El eco de la escuela

Me encontraba a un tiro de piedra de las ruinas y a pocas horas de que acabara el siglo, cuando me di cuenta de que aquella sensación era ridícula frente a la grandeza que contenían las semillas del viejo tilo que, como todas las simientes y a pesar de la nieve, andaban buscándose la vida.

Las descubrí a mis pies, con sus volanderas y sus dos granos a medio enterrar, como si se tratara de un autogiro estrellado aquella misma noche, en medio del violento vendaval, en una llanura de Siberia.

Debieron de volar desde el viejo tilo que en 1923 mandó plantar doña Leonor pegado a la escuela recién estrenada. Emprenderían su alocado viaje cuando a la madrugada cesó el silencio de la nevada y se despertó el aullido del viento que siempre baja después, dando dentelladas, desde los cubiles del puerto.

Me arrodillé junto a ellas, les eché el aliento para poderlas fotografiar y fue entonces cuando sentí estremecido cómo las inexorables saetas del tiempo segaban, uno tras otro, los últimos haces de la memoria de aquel arrinconado y arruinado lugar donde, por cierto, nació mi madre en el mismo año en que se plantó el tilo.

Enfoqué las semillas con los dedos entumecidos y no me fue difícil escuchar el poético sonsonete de aquella fiesta del árbol de 1923 en que lugareños y escolares, según me contó Ascensión poco antes de morir, lo plantaron. "Cuando mi madre y mi hermana repasen la ropa a los pies de este árbol, cuando mi padre se cobije a su sombra, concluida la ardua jornada, cuando... ; entonces será cuando..." Unos versos germinados durante años en su memoria que hicieron que yo me preguntara en aquel instante si no serían aquellas semillas que tenía junto a mis pies lo último que quedaba del eco de la vieja escuela y del buen hacer de aquella maestra, a la que los vecinos, por primera vez en la historia del Magisterio local, le otorgaron el título de doña.

Hasta que ella llegó sólo se puede hablar de oscuridad, porque en aquel edificio que llamaban escuela apenas se podía leer el cartelón que silabeaba la obra del Creador. Poca cosa, porque apenas había libros y, los pocos que había, se los llevaba el maestro para hacer escuela de temporada en la aldea vecina. Nimio montante, porque, mientras el Estado tuvo a los lugareños con la soga al cuello para desamortizarles los dos mejores panales del monte, los hombres tuvieron que robar ocho pinos y un haya de un bosque vecino para levantar un magro edificio que, a la vez, hiciera de fragua, leñero, cubil de las letras y nicho para los huesos del maestro.

Bien poca cosa, porque o las nevadas intimidaban a los escolanos o bien ellos levantaban su campamento en el robledal, a medio camino de la escuela vecina, expuestos a que el famélico lobo, que aún olisqueaba por aquellas laderas, se los llevara entre sus fauces para agrandar las supersticiones que aún hacían suyas, con palabras viejas, aquellos abuelos que vestían faja, calzón y sombrero de ala ancha.

Cómo sería la situación antes de llegar doña Leonor que Conrado dice en sus humildes memorias manuscritas que aquella maestra "resucitó al pueblo, en enseñar e imponer respeto que era muy preciso y que, hasta que ella llegó, el pueblo estaba muerto en aquel aspecto".

Por eso, a nadie debe extrañar que, en aquella aldea perdida y descarnada, donde sólo crecían trece frutales y eso gracias a que el bíblico Miguel de Pardo les "daba buena alentada", todos aquellos abuelos, salidos de la noche más oscura, se alegraran de la claridad que se abrió cuando en 1923 se levantó la nueva escuela, se plantó junto a ella el tilo y comenzó a brillar aquel lucero del alba que era doña Leonor y que anunciaba nuevos tiempos para aquellas montañas.

Ella había nacido en otro pueblo, en uno de esos valles donde en una ladera se dice buenas tardes y, en la de enfrente, las letras se merman hasta que la cosa queda en "bona tarda". Llegó con su familia una mañana de otoño y lo hicieron por el borde donde las hayas dan, para esas fechas, un lametazo ocre al cuenco de la aldea. Desde el alto divisaron el humo blanco de las chimeneas y les llamó la atención aquella casa nueva, de grandes ventanales que miraban hacia el sur y que no era otra cosa que la casa-escuela donde, por fin, tras muchos años de interinidad, ella, y otros tantos de vendimia en Francia, él, iban a hacer realidad un auténtico sueño familiar que, como pronto se vio, se propagaría hacia el resto de los hogares.

Conozco a doña Leonor a través de una fotografía de familia. Era gruesa, tenía poco cuello y su gesto parecía tan severo como el de aquellas mujeres intelectuales de la época que lo precisaban para ser tomadas en serio. Su aire circunspecto se fortalecía porque, además, vestía de negro y se desdibujaba, al comprobar la dulzura con que apoyaba sus manos anchas en los hombros del hijo mediano y del marido. Todos iban repulidos. El esposo era el único que estaba sentado. Iba trajeado, lucía chaleco elegante y corbata. Entrecruzaba las piernas para que se viese bien el brillo de sus botas que, junto al bigote y buen porte, decían más de un profesional liberal que de un temporero casado con una maestra. No era la suya una elegancia chulesca, se veía de lejos que era un trozo de pan. La escena gotea bondad y evidencia el buen zumo de aquella mujer que demostró ser tan sensible como inteligente y que, como el tilo que mandó plantar, tenía muy bien puestos los pies en la tierra.

Al parecer, cuando encontró la paz en aquella aldea perdida, su fuerza educadora creció de tal modo que en las frías noches de invierno, a la luz del candil y leyendo los renglones del periódico La Tierra, enseñó a leer al propio marido y a aquellos mozalbetes que sabían todo del surco y del yugo, pero nada de juntar dos letras.
Como bien dice Conrado en sus memorias, aquella mujer cambió el universo de la veintena de mocosos asilvestrados que, hasta que ella llegó y se estrenó la nueva escuela, campaban a su antojo, cuando no se ocupaban de recoger espigas o cuidar ovejas. Lo primero que hizo fue enderezar las pobres mentes de aquellos padres que no alcanzaban a comprender qué puñetas pintaban sus hijas en la escuela, si lo que les esperaba era servir o quedar preñadas.

El tilo recién plantado fue testigo en aquellos años de la nueva y soleada alegría que se sentía en clase, de los recitales, pero también, de los razonamientos encadenados que unían a la escuela con la vida, la Polar con la Osa menor y ésta, con el oscuro cielo que, de noche, cabalgaba severo sobre el puerto; la llegada de la bonanza, con el deshielo y éste, con el bramido del barranco y el quejido lastimero de las dos ruedas del molino; la muerte del hayedo, con la recogida de la hoja para llevarla a las cuadras donde haría un dadivoso estiércol y, éste, con el grano del que saldría pan para que continuase la vida en aquel rincón oculto; las telas de araña con que curaba las heridas la abuela de Casa Franco, con los hongos invisibles y la penicilina; pero, sobre todo, siempre que pasaba por delante de la escuela mi abuelo, el que vino de milagro de Cuba, siempre se oía la misma cantinela: "Vamos a ver, mis escolanos, ¿a dónde se encamina a estas horas el señor Domingo? A apacentar el ganado doña Leonor. Muy bien. ¿y dónde estuvo el señor Domingo? En la guerra de Cuba. Bien dicho. ¿y qué se le perdió a él allí? Cosa, porque aquello yera una guerra creminal. Les he dicho mil veces que hablen a lo sano, que el lenguaje aspro, que ustedes manejan, se lo reserven para el hogar. Bien, veamos... ¿y qué comía el señor Domingo en Cuba? Cosa, nada, bel dátil, que ye o fruto d'a palmera. Madre mía, concluía la maestra, lo que puede el océano de la tradición frente a la gota de la escuela..."

Aquella conversación se había producido hacía muchos años, pero en el mismo siglo que, unas horas más tarde, se iba a esconder como las semillas del tilo que tenía a mis pies, clavadas en la nieve.

Las fotografié y recorrí pausadamente las ruinas y los callejones de la aldea, empeñado en encontrar, entre el musgo y la soledad, alguna otra astilla del eco colegial.
Me decepcionó el recorrido. En la escuela, la lluvia había borrado las flores y los frutos exóticos pintados antes de la guerra; la tarima y los marcos de las ventanas, hacía tiempos que los excursionistas los habían quemado; y, por fin, hacía más de una década que un incendio había humillado su tejado. Fuera, por el pueblo, mientras hundía los pensamientos en los veinte centímetros de nieve, sólo encontré una suma, hecha a lápiz en la puerta de un yerbero, que juntaba las ovejas con los corderos y las borregas. Eso y las firmes iniciales de las estelas del cementerio, que junto al año y la cruz, hablaban de los últimos muertos del pueblo, "J.A. 1958, D.O. 1951, A.R, 1959...", y cuya imagen sugería tanto la oscuridad medieval como la luz severa que introdujo la excepcional maestra.

Esa era toda la huella que, en aquel último día del año 2000, a pesar del corrosivo ácido del abandono, aún quedaba de la tiza de la escuela.

Eso en la aldea, porque en mi casa guardo notas escritas con letra de bucles amables como las semillas del tilo. Detrás de ellas aún se ve la mano cariñosa de doña Leonor que lleva sobre el papel la de mi madre. Es la letra ágil que aprendió una generación infantil para comenzar otra vida en un mundo que se intuye donde el hayedo ocre cierra el horizonte. Son notas que hablan de las fechas en que se pone en conserva el tomate, de la receta de aquel guiso que tanto le gustó en la boda del sobrino, del año en que se compró la televisión y se cambió el motor de la lavadora; lo de siempre, la fe notarial del quehacer humilde trasplantado al pisito de la ciudad.

El resto del eco de aquella escuela tal vez sea la preocupación con que mi madre vivió el que se me atragantaran las tablas de multiplicar, la alegría que compartimos los dos cuando abrimos mi primera enciclopedia Álvarez, su gozo cuando en catequesis me regalaron una entrada para ver la película El Álamo, aquella de David Croquet y el general Santana, su ilusión cuando mi madrina me regaló una pluma Parker y, sobre todo, su orgullo cuando me vio trabajar como maestro, sentimiento que no comparten todas las familias humildes, sobre todo las que han tenido roce, en el mundo rural, con la cruz del Magisterio.

Pero aquella tarde cenicienta y fría, en que caía el siglo y yo estaba agachado y ensimismado encima de la semillas del viejo tilo de la escuela, ignoraba que, en otra cercana tarde como aquella, mi madre iba a perder el pulso y ya no iba a hacer jamás aquella preciosa letra que, para mí, era el reflejo más preclaro de la obra de doña Leonor.

Sin embargo, aquella desgracia me mostró el auténtico eco de la vieja escuela. Lo comprobé acongojado cuando en la lista de pésames fui leyendo la firma de las personas que aún quedaban de aquella primera y última generación letrada que salió del pueblo. Emilio Azón, Rosalía Oliván, Adolfo Azón, José María Azón..., gente que, cruzado el año dos mil, aún hacía la misma letra, que dejaron la hoz para entrar en las fábricas a golpe de sirena o para abrir surcos salitrosos en los pueblos de colonización.

Por todo ello, por más que en Ainielle ya no queden en pie ni las casas ni la escuela y sólo el viejo tilo dibuje, año tras año, bucles en el cielo con sus semillas, que nadie crea que éstas son todo el legado que queda de aquella maestra que educó para dejar la aldea y forjar una nueva vida.

(Relato del libro de Enrique Satué, Pirineo de Boj, PRAMES, Zaragoza, 2005)