Sabiñánigo, la estación y el Balneario de Panticosa

Se podría considerar que Samianigo, o Sabiñánigo, y el Balneario de Panticosa tuvieron en cierto modo una historia común, por haber contribuido ambos a su desa rrollo económico en tiempos pasados, uno como enclave de acceso y camino de paso al Balneario y otro como destino elegido por los viajeros desde Zaragoza o de más lejos, de toda España, para la mejora de su salud.

El origen de nuestra capital serrablesa podría ser una villa rural de la época de la romanización por lo que su topónimo procedería del nombre romano Sabianus o Sabinius, con varias grafías en documentos antiguos tales como Sabiganeko, Savivianego, Savinyanego y Sabinnanego.

En realidad esta sería la historia de Samianigo pueblo, pues Sabiñánigo como tal no existiría hasta finales del siglo XIX y principios del XX. En esa época Samianigo pueblo era un pequeño núcleo rural, con unas veinticuatro casas, parte de las cuales vivían de sus propios recursos, del cultivo de las tierras y del ganado. En concreto en el año 1900 Samianigo tenía unos 280 habitantes, siendo uno de los pueblos mayores de la comarca del Serrablo.

En cuanto a los accesos en aquella época todos los caminos, y en especial los del Pirineo eran de herradura y casi intransitables, como ilustra una frase de Madoz del año 1850 en relación a las comunicaciones de la época, "de manera que solo los acostumbrados desde la infancia a aquellos precipicios pueden andar por ellos, no obstante todos los años hay que lamentar alguna desgracia, ya sea de personas o de caballerías... ". Así pues, hasta bien entrado el siglo XIX no existían carreteras de acceso, siendo la principal vía de comunicación los caminos de carros, de difícil transitabilidad. Existía una ruta que comunicaba Jaca con los valles del Pirineo por medio de caballerías, siendo un camino que de este a oeste los unía y que también permitía el acceso a Santa Orosia.

El viaje al Balneario de Panticosa podemos imaginar que era entonces por veredas estrechas y tortuosas que serpenteaban por las márgenes del río Gallego, siempre lógicamente con grave riesgo, aunque poco a poco fueron haciéndose algunas mejoras que suavizarían las escabrosidades del camino, debiéndose la reforma de la mala senda que unía el pueblo de Panticosa con "las aguas" al Sr. Guallart, primer propietario del establecimiento balneario.

Ya a partir de las primeras décadas del siglo XX empiezan a aparecer los primeros proyectos de carreteras que conducían a los balnearios, muy de moda en esa época, pero las obras van a depender de la disposición de las autoridades a colaborar con los propietarios de éstos. En concreto el camino de Biescas a Panticosa se trans- formó en carretera en el año 1881 y esto favoreció a Sabiñánigo, que empieza a crecer en torno al camino arbolado que llevaba al Balneario de Panticosa y que todos llamaban "Paseo de la Estación", actualmente convertido en la calle Serrablo.


La obra de esta carretera que uniría por fin Biescas con el Balneario, proporcionando un buen acceso, fue posible debido a la aceptación creciente del establecimiento de Panticosa, por los buenos resultados de sus aguas, y a la necesidad de proveer de comodidades a los enfermos que acudían a él de todas las partes del Reino, para mejorar su salud en esas alturas. Por ello la Sociedad propietaria consiguió del Gobierno de S. M. que ordenara realizar el proyecto y las obras correspondientes. Sin embargo será el desarrollo del ferrocarril el que impulse definitivamente el acceso y las comunicaciones con el Balneario. Con la construcción de la red de ferrocarriles, era muy fácil y cómodo el viaje hasta Huesca desde toda España, y desde allí se podía acceder en carruaje hasta Jaca en la temporada de 1853, en la de 1856 se llegaba a Sabiñánigo y Biescas y posteriormente, con la carretera, llegaron ya los primeros coches hasta las puertas del establecimiento lo que supuso poco a poco un aumento considerable de la concurrencia debido a la mejora obtenida entre hacer el viaje en mulo, en cómodos carruajes y por fin en automóvil.

En el caso de Sabiñánigo la conexión por ferrocarril con Huesca y por lo tanto con Zaragoza, realizada a finales del siglo XIX y en la que colaboró para su impulso un antepasado mío, D. Mariano López Allué, por entonces Presidente de la Diputación de Huesca, añadió nuevos atractivos a las estancias en el Balneario, evitando las incomodidades de los caminos. D. Mariano había asistido a la inauguración del primer ferrocarril español entre Barcelona y Mataró en el año 1848 y desde entonces empezó a soñar con uno que llegase cerca de su tierra, el Señorío de Baranguá, consiguiéndolo con la estación de Orna de Gállego, cediendo para ello sus propios terrenos.


La llegada del ferrocarril, que vendría a unir Zaragoza con Francia por Somport en pleno cambio de siglo, llenó de optimismo a toda la comarca del Serrablo dando un cambio de rumbo a su capital, llegándose a decir en la época que "el dinero corría en forma desconocida en estos parajes". De tal forma entraban los reales en la zona en ese momento que se decidió la celebración de una fiesta, en concreto una corrida de toros en Cartirana, que describen las crónicas como de gran resonancia y a la que acudió la gente de todos los pueblos del entorno y de más alejados como Valle de Tena, Yebra, Guarga, Ara, etc. viéndose llegar por los caminos autenticas caravanas de serrableses y otras gentes que venían a presenciar lo nunca visto en la comarca. La plaza de toros se realizó con materiales provenientes del ferrocarril como raíles, traviesas, tablones y vallas estando todo adornado con banderas, organizándose también un desfile que dio la vuelta al ruedo con militares, los jefes de la construcción del ferrocarril, los alcaldes y jóvenes engalanados de las mejores casas.

La estación de tren se situó a un kilómetro del primitivo núcleo, también llamado barrio de San Hipólito debido a su Iglesia, junto al río de la Tulivana y al otro lado de las colinas de los Capitiellos, surgiendo un nuevo núcleo de población junto a esta estación, que tenia ya en 1904 dieciséis casas y que pasaría a llamarse Sabiñánigo Estación. No obstante existió al parecer un cambio en la ubicación de esta estación, que se iba a situar más cerca de la plaza de la Iglesia de Cristo Rey, debido a que la familia Sánchez-Ventura cedió sus terrenos de forma gratuita para la construcción de ésta, a imitación de lo que hizo en su día mi antepasado en Orna, originando con ello el urbanismo algo singular de este barrio de la Estación, que todavía permanece.

Las oficinas principales de los promotores del ferrocarril se establecieron en la casa de Escolano, en la que se abrieron grandes ventanales para poder observar, con catalejos, las obras en varios kilómetros. En el mes de septiembre de 1928 dicha estación adquirió nueva relevancia al ser visitada por S. M. Alfonso XIII acompañado del General Primo de Rivera y otros personajes, que venían a inaugurar el largo túnel de Canfranc de casi ocho kilómetros y por tanto la conexión ferroviaria con Francia.

La estación de Sabiñánigo pasó a ser enseguida un centro de reunión y negocios para toda la comarca, debido a su ubicación estratégica y gran tamaño. Allí se firmaban tratados, escrituras y negocios ya que los notarios llegaban cómodamente hasta la localidad en el ferrocarril. En concreto las capitulaciones matrimoniales de mi abuelo D. José Ferrer Aznar con su primera esposa se otorgaron el 16 de mayo de 1904 en la Estación de Sabiñánigo ante D. Pascual Marquesan Albalate, notario de Javierrelatre. También era lugar de celebración de todo tipo de actos debido al gran comedor artesonado con que contaba el edificio.

Sabiñánigo se desarrolló al ritmo del barrio de la estación, siendo ésta punto de enlace para ir al valle de Tena y al Balneario de Panticosa, por lo que la afluencia de cada vez mayor número de viajeros hizo necesaria la aparición de casas como la de Roldán, fondas como las de Bielsa o Rapún y comercios como el de Ángel López, la farmacia de D. Leonardo Coli y otros abastecimientos para el centro turístico de gran fama de la época que era el Balneario. Al borde de este camino de la estación se irían construyendo también las primeras casas. Sabiñánigo vivía entonces del turismo y como tal ciudad de servicios los conductores de los carruajes se disputaban a los veraneantes, que popularmente eran llamados "agüistas" por venir a tomar las aguas.

Además con el desarrollo de las carreteras, ya a principios del siglo XX, se van imponiendo poco a poco los vehículos automóviles, tanto los autobuses como los particulares, que van a tener una importancia decisiva en la historia de los balnearios. Con este fin había nacido la línea de autobuses "La Hispano Tensina" en el año 1909, que comunicaba la Estación de Sabiñánigo con el valle de Tena, siendo el origen de su nombre que el capital invertido en ellos era todo de los habitantes del Valle de Tena, dado su interés en mejorar sus comunicaciones.

Pero hay que hablar de la importancia del Balneario de Panticosa en aquella época para entender como contribuyó al desarrollo económico de la localidad de Sabiñánigo y de toda la zona, ya que además de las reconocidas virtudes medicinales de sus aguas, todo el conjunto irradia un ambiente que invitaba a relajantes paseos que al parecer contribuían a la mejoría de la salud de sus visitantes, disfrutándose además de un paisaje espectacular.


El Balneario de Panticosa, como define la "Guía del Bañista en Panticosa" del año 1875, "está situado en el antiguo Reino de Aragón y confín de la provincia de Huesca, partido de Jaca y municipio de su nombre". Enclavado en el centro de los Pirineos, en una de sus mesetas, a 1636 metros sobre el nivel del mar, linda con el Valle de Tena. El Balneario está situado a ocho kilómetros del pueblo del mismo nombre, comunicado por una carretera de fuerte pendiente que explica las dificultades de los antiguos accesos a éste. Se encuentra rodeado de elevadas y escarpadas montañas de origen granítico formando un verdadero circo natural en el corazón del Pirineo, cuyas elevadas cimas de más de tres mil metros de altitud se hallan cubiertas de nieves perpetuas.

En la pradera que se forma en el centro del circo del Balneario, llamada de Plandigon, se levantan los magníficos edificios que lo constituyen. Una tercera parte de esta cuenca, que tiene forma elíptica, está ocupada por una gran laguna o ibón aunque retocado por la mano del hombre, donde se disfruta de un agradable paseo en barca. Este ibón está alimentado por siete torrentes que en forma de espectaculares cascadas se precipitan hasta la pradera desde lo más alto de las montañas dando origen al río Calderés.

En este circo monumental quedan encerradas las cuatro fuentes minero-medicinales y todas las dependencias de hospedaje y explotación de sus aguas. Las fuentes se llaman de Tiberio, La laguna, La del estómago o la belleza, y la de San Agustín. Estas fuentes tienen temperaturas que llegan a superar los 50 grados y son aguas sulfuradas, sulfatadas, cálcicas, sódicas y magnésicas ligeramente radiactivas, propiedades de las que se derivan sus indicaciones para problemas de reumatismo, piel, vías respiratorias, aparato digestivo, riñón e hígado. Estas aguas se utilizaban tanto en baños como envasadas, llegándose a vender en comercios y farmacias de distintas ciudades españolas.

Recordemos que aunque los egipcios, fenicios y griegos ya utilizaban las aguas mineromedicinales, fue el pueblo romano el que convirtió el uso de estas aguas en una actividad, además de terapéutica, de ocio y ostentación donde se reflejaban las diferencias entre el pueblo y la clase social dirigente, fenómeno que se repitió muchos siglos después, con la llamada "belle epoque", no solo en España sino en toda Europa.

En el siglo XVIII llamado de las luces se recuperaron todas las ciencias, entre ellas la médica, tomándose de nuevo conciencia de que la balneoterapia se había de recuperar y así el desarrollo de esta ciencia dentro de la Medicina tiene un papel fundamental en la recuperación de la actividad de los balnearios.

El punto culminante de la importancia del balnearismo o de "tomar las aguas", como se decía al gusto de la época, es la aparición, a principios del siglo XIX de la figura del Medico-Director para cada balneario. Estos profesionales serían los encargados de garantizar a los clientes cada vez más abundantes que el servicio que se les estaba dando era eficaz y fiable, lo que a su vez atraía a clientes con mas posibilidades económicas y aumentando el interés por invertir en mejorar las infraestructuras existentes.

Pero además de este capital natural, como son las fuentes de agua termal y/o natural, que fomentaba las inversiones surgía la necesidad de lugares de relación y de ocio para una clase adinerada como la burguesía. La última década del siglo XIX y las dos primeras del XX fueron las de la "belle époque", un período de esplendor para determinadas clases sociales. En esa época los balnearios se convirtieron en una atracción deseada para las clases altas, que hicieron del rito de "tomar las aguas" un singular acto social. La riqueza que proporcionaba un próspero desarrollo comercial y financiero, así como unas alianzas matrimoniales que desarrollaban auténticas redes sociales, llevaron a dotar de gran prestigio y poder a las clases aristocráticas y burguesas más ricas sobre la gran mayoría de la población, favoreciendo este fenómeno.

En este ambiente se entiende el refinamiento con el que se manejaban las relaciones en el interior de estos círculos que necesitaban sus propios espacios de sociabilidad, uno de los cuales fueron los balnearios como el de Panticosa.

Pero esta situación del Balneario de Panticosa no fue siempre así, antes de esta época dorada los manantiales, luego famosos por ser origen de salud y riqueza, estaban bajo el dominio de los tres pueblos que constituían el quiñón de Panticosa. Debido a la ausencia de inversiones permanecían en estado de casi abandono y sus aguas eran utilizadas sin demasiado control por los naturales de la zona y los visitantes.

Sin embargo cada vez despertaban mayor interés las aguas del Balneario y el entonces Gobernador militar y político de Jaca D. Luis Maria Adriani se lo hizo saber al Gobierno de S. M. D. Fernando VII. Con objeto de mejorar un poco su situación se nombró Director Médico del Balneario al profesor de Medicina D. Bartolomé Sierra, quien a partir de 1817 asistió al establecimiento por muchos años. No obstante continuaban los comentarios sobre el estado de abandono en que se hallaba el establecimiento donde brotaban unas de las mejores aguas medicinales de España, por lo que el Rey decidió conceder en 1827 la propiedad de dichas aguas y sus terrenos al Sr. D. Nicolás Guallart, vecino de Búbal, a condición de mejorar convenientemente sus condiciones y pagar un canon anual al quiñón de Panticosa.

Desde ese momento cambió la suerte del establecimiento que sufrió un cambio gradual hasta llegar a ser unos de los centros más importantes de la época. Debido a la actividad del nuevo propietario y sus cuantiosos recursos, así como a la Dirección médica del Balneario, en poco tiempo se transformó de tal manera que ya en 1845 ofrecía grandes comodidades.

Este nuevo propietario lo llevo al grado de esplendor que le parecía merecían las propiedades de sus aguas llevándole a formar en 1845 una Sociedad para conseguir mejor sus objetivos. En ese momento contaba el estable cimiento balneario con nueve edificios de buena construcción, de estilo modernista y con todo el esplendor de la "belle époque", en los cuales podían alojarse de cien a ciento veinte personas y había instaladas quince bañeras, en donde podían darse doscientos baños en las doce horas del día.

A partir de la constitución de la Sociedad que gestionaba el Balneario se realizaron grandes inversiones y se desarrollaron a gran escala proyectos de perfección y embellecimiento del mismo, construyéndose un magnifico templete en donde brotaba la fuente principal y cinco edificios más para el alojamiento de los bañistas, dependencias y aplicaciones de las aguas. Los edificios que se construyeron eran típicamente balnearios, con hoteles, villas y servicios varios que lo dotaron de una cierta organización interna autónoma. En 1868 se construyo también la magnifica casa de la pradera, donde se encontraba la consulta del Medico Director, la fonda española y la francesa y la suntuosa Iglesia que se abrió al culto en 1875, consagrada bajo la advocación de Nuestra Señora de Panticosa y de San Nicolás y donde se dice gustaba de orar la Santa Vicenta María en sus prolongadas estancias.

Además la estética y sus prestaciones le distinguieron como una estancia de lujo apreciada por personajes ilustres de la época, aristócratas y miembros de la burguesía aragonesa, catalana, navarra, vasca y madrileña, de tal forma que hasta D. Santiago Ramón y Cajal llego a pasar días de descanso y curación en sus dependencias.

Santa Vicenta María, fundadora de la Orden del Servicio Doméstico y emparentada vía paterna con mi familia, tomaba las aguas de Panticosa para sus dolencias tuberculosas, por recomendación de los facultativos que la atendían. En el libro "Vida de la Reverenda Madre Vicenta María" narra su primer viaje al Balneario en 1879 con treinta y dos años, cuando éste ya gozaba de gran esplendor, saliendo de Madrid para detenerse en Zaragoza y de ahí emprender la ascensión al Pirineo, en un cómodo viaje para la época en la berlina de la diligencia. Después de su estancia, que se prolongó por treinta días, emprendió de nuevo viaje también en diligencia hasta Huesca tardando una noche entera en llegar. Desde esta ciudad se tomaba el tren hasta Zaragoza y resto de España.

A lo largo del siglo XIX el establecimiento de Panticosa se fue convirtiendo en una gran villa balnearia, con sus años dorados entre 1885 y 1950 aproximadamente. Tenía capacidad para albergar a más de 1500 personas lo que era inusual para los centros turísticos de la época. Puede imaginarse entonces que esto fue fuente de riqueza también para las localidades como Sabiñánigo que eran lugar de paso o estancia en el camino al Balneario, debido a su situación estratégica para las comunicaciones. De hecho en el cartel de la época que promocionaba las estancias en el Balneario, muy al gusto de entonces, se lee "viages cómodos desde estaciones de Saviñánigo (Huesca) y Laruns (Francia Pirineos)".

Este establecimiento, por el número de edificios que eran veintitrés, por las condiciones de sus habitaciones, por las mejoras implantadas por indicación del entonces Director médico Dr. Arnús, que consistían en un sistema completo de hidroterapia con todos los aparatos más modernos que estaban a la disposición de la ciencia médica y en general por todo su conjunto ocupaba, con justicia, el primer lugar de los de España rivalizando incluso con algunos del extranjero, por lo que se entiende su importancia.

Este "tomar las aguas" o más exactamente el balnearismo pudo ser de influencia determinante para la historia económica de núcleos rurales como Sabiñánigo. Esta actividad que comenzaba con las denominadas "casas de baños" gracias a la explotación de un capital natural como son las aguas minerales, debido a sus beneficios terapéuticos, pasaba después, cuando su fama se consolidaba, a explotarse de forma más impor tante formándose complejos balnearios como Panticosa, con gran impacto económico y que llegaban a formar un núcleo territorial dedicado al ocio que respondía a las necesidades de las clases sociales mas adineradas.

Así fue durante un siglo, la edad de oro de los balnearios, hasta que el desarrollo de nuevas ciencias médicas como la microbiología, que contribuyó a solucionar o al menos mejorar muchas enfermedades de la época, provocó que la balneoterapia cayera poco a poco en declive y con ella sus grandes complejos.

Por otro lado, la mejora en las posibilidades de desplazamiento con las nuevas comunicaciones abiertas a destinos diferentes, que llevaron a cambios que atribuían ahora mejores propiedades a los "baños de mar", puestos de moda por la Familia Real en San Sebastián, pudieron contribuir al declive de una actividad que fue de un impacto turístico y económico muy importante en la comarca de Serrablo y Valle de Tena.

Actualmente se están realizando en el Balneario de Panticosa grandes inversiones y una profunda restauración que esperamos sea cuidadosa para devolverle y respetar toda la belleza que tuvo en el momento de su construcción, a finales del siglo XIX, y llevarle al lugar que ocupó en esas épocas ya pasadas. Esto podría estar propiciado por una vuelta a la creencia en los beneficios de las aguas mineromedicinales y en sus actividades derivadas como programas físico-deportivos, terapéuticos, de relax y antiestrés considerados nuevamente fuente de salud.

Por ello cabria esperar que nuevamente el Balneario junto con otros sectores deportivos, de ocio y de servicios promuevan nuevas inversiones económicas y sean nuevamente motor de desarrollo para Sabiñánigo y toda la zona del Serrablo, Tierra de Biescas y Valle de Tena.