Cuando me cambiaron de colegio yo no dejaba de llorar, temiendo iniciar nuevas amistades. Sin embargo, todo fue mucho más fácil de lo que yo esperaba. Me llevaba bien con todo el mundo pero especialmente con una compañera que llevaba poco tiempo viviendo en Madrid y que había nacido en una pequeña aldea oscense llamada Cerésola.

Tal era el cariño y añoranza hacia su tierra que no dejaba de hablarme de ella por lo que poco a poco empecé yo también a enamorarme de aquellos paisajes que ni siquiera conocía.
En lugar de jugar en el recreo, cada día imaginábamos una excursión por la zona. Primero me dio algunos datos geográficos describiéndome el paisaje de los Pirineos que se divisaba al norte de la provincia de Huesca, en una comarca llamada del Alto Gállego o del Serrablo.
El núcleo central de población se situaba en el valle del Río Gállego, en Sabiñánigo. El resto de las poblaciones se situaban entre los 600 y los 1.400 m. de altitud.
Se trata de una zona poco poblada que se ubica en su mayor parte en la ribera del río. Sus habitantes vivían de la agricultura y la ganadería hasta la llegada del ferrocarril en 1893 y la industrialización de Sabiñánigo que aún persiste.

Me recomendó visitar la zona en otoño porque la gran variedad de vegetación suponía un mosaico de color matizado por algunos toques blancos de las primeras nieves caídas y un aroma floral indescriptible.
Tantos son los lugares de los que me hablaba y las rutas a que invitaba su paisaje y su arquitectura que soñamos una rápida excursión para visitar los entrañables pueblos que salpican la comarca meridional de la Guarguera. A los lados de su sinuoso río surgen caminos forestales o carreteras comarcales que conducen a los distintos destinos de nuestra ruta. La amplitud del valle aconseja emplear en el recorrido al menos dos jornadas, pues, aunque se trata de la zona más despoblada de la comarca, posee el mayor número de peculiaridades arquitectónicas como bordas: edificio generalmente de una sola planta que servía para almacenar paja y heno, era refugio de animales y a veces de personas; los arnales o colmenares: pequeñas edificiaciones con tejado a un agua situados a las afueras de los núcleos urbanos; las placas de propiedad con inscripciones conmemorativas en los muros exteriores de las construcciones y las chimeneas troncocónicas. El primer núcleo que visitamos es el pueblo de Ordovés con su pequeña y encantadora iglesia mozárabe de San Martín y los bien conservados restos de la casa de O Señor de siglo XVI con su entorno de majestuosa vegetación a 800 metros de altura. No lejos visitamos la borda y el arnal.

Volviendo a la carretera nos desviamos a la derecha para visitar los pueblos de Gésera con su majestuosa Casa Tejedor dignamente restaurada, que contenía la abadía y la iglesia, sus magníficas bordas y sus entrañables chimeneas, pozos, abrevaderos y la fuente del Moro.
Si elegimos el otro ramal del mismo desvío accedemos a los pueblos de Yéspola y Grasa. En aquél encontramos uno de los arnales mejor conservados de la zona, su caserío y su herrería.
Grasa es un núcleo de los que mejor se conservan en la zona porque algunos de sus vecinos pasan temporadas vacacionales en él. La iglesia está situada a las afueras en un alto tozal. El pueblo conserva abundantes pozos y las bordas de la Casa Castán y la de los López. Pueden citarse, además, dos lápidas funerarias de piedra de principios del siglo pasado.
Volvemos a la carretera general y muy cerca de ella subimos al Castiello de Guarga estratégicamente situado en lo alto de un collado donde abundan, alternando el reposo con el vuelo majestuoso, gran cantidad de buitres. Sólo hay una casa habitada de nueva construcción y las ruinas de una iglesia románica.
En ese mismo margen, unos kilómetros adelante, llegamos finalmente a la desviación hacia Cerésola, el tan añorado pueblo de mi amiga, actitud totalmente justificada pues ascendiendo por un camino forestal hasta los 1.118 metros, contemplamos un paraje de ensueño donde las ruinas escalonadas en la ladera parecen levantarse para comunicarnos sus siglos de historia. En primer lugar divisamos la Casa Juan Domingo formada por una gran casa rodeada de construcciones agropecuarias en torno a un patio, con ventanas decoradas y una piedra armera tallada con escudo. Otro edificio señero es la ruina de la edificación que fue escuela hasta los años 60 del pasado siglo y que presenta influencias arquitectónicas galas como las ventanas "ojo de buey" o los amplios vanos. Los antiguos dueños de la casa Juan Domingo mandaron construir en la parte alta del pueblo una balsa triangular con una placa inscrita y fechada en 1907 y una ermita adosada a la cueva de Saliellas. Las bordas y los cerezos que rodean la población completan un paisaje idílico donde los animales pacen con tal tranquilidad que, con un poco de suerte, es posible ver parir a las ovejas junto al camino, en pleno campo.

Como la excursión resulta, además de emotiva, bastante cansada para hacerla en tan solo una jornada, pero no disponemos de más tiempo, decidimos apurar el día y continuar hasta el último pueblo del trayecto, Laguarta.
Es el único que atraviesa la carretera que finaliza en el valle de Boltaña. Está situado cerca del nacimiento del Río Guarga y a 1.154 m. de altitud. Aquí sorprende encontrarnos con la magnífica casa de los Villacampa junto a la iglesia del siglo XVII. Aquélla está formada por varios edificios siendo el central la casa El Señor con tres bloques adosados y dispuestos en pendiente comunicados entre sí por una escalinata. Es de destacar la decoración de las fachadas con canetes, cornisas, dinteles e inscripciones lapidarias fechadas en el siglo XVII. Al otro .lado del pueblo destaca la Casa Chironé como modelo de casa patio del siglo XIX. En los alrededores las tradicionales bordas con trapas a ras de suelo para echar la paja a la parte baja del edificio. A pesar de su importancia, se trata de uno de los pueblos españoles que aún carecen de luz eléctrica como indican los carteles a la entrada del mismo, problema que ha obligado al cierre de un albergue. Sin embargo, nos consta que esta situación está pronta a resolverse gracias al esfuerzo del Ayuntamiento de Sabiñánigo y este lugar volverá a recobrar su grandeza anterior.
Como ya empieza a oscurecer, decidimos volver a casa pero con el propósito decidido de volver a imaginar en otra ocasión alguna de las numerosas rutas que nos ofrece esta zona.
Por mi parte, yo decido convencer a mi padre para que me lleve a conocer en persona la zona pues se que a él también le gustará y cuando llega a casa, le digo: ¡Papá, llévame al Serrablo!