El baño

Imagen de Fernández Fuster, Luis

Llovía con frecuencia. Los primeros días de septiembre habían sido húmedos, pero no obstáculo para que recorriera el pueblo y sus más inmediatas cercanías. Entre éstas había llegado, abajo, en el barranco, hasta el molino, que tenía una balsa azul, ovalada, profunda y atractiva. Me había prometido usada de piscina tan pronto como mejorase el tiempo, y cometí el error de decido a los alumnos en la clase.

A mediados del mes bajé a Zaragoza a examinarme de ingreso en la Facultad de Filosofía y Letras y al regreso hallé un tiempo espléndido, sereno y voluptuoso. Fue pues, al terminar la clase de la mañana y antes de comer cuándo decidí inaugurar la balsa del molino como mi piscina particular. En casa me puse el bañador y con sólo las alpargatas, la camisa y el pantalón bajé por la rambleta en dirección al barranco.

Allí me llevé la primera sorpresa; todos los alumnos habían bajado y acompañados de medio pueblo, adultos y viejos de todas las edades y sexo rodeaban la balsa dispuestos a ver el espectáculo gratuito que el nuevo maestro les iba a ofrecer.
Agustín, el molinero, ya me había advertido que en la balsa no se podía nadar porque "cubría cubierta". Quería decir que en la parte más honda tenía unos tres o cuatro metros de profundidad. Cuándo la gente de Bergua viajaba a Broto, tenía que cruzar el río Ara para alcanzar la carretera y tenían que vadeado. A esta acción que, a veces, lo hacían montados en caballería o a pie con agua hasta las ingles, lo llamaban "nadar".

-He pasado Forcos a nado- era la expresión corriente. Y lo cierto era que no habían visto nadar a nadie nunca.

Agustín estaba temeroso de que me arrojase a la balsa y por última vez me propuso, al ver mi determinación, atarme a una cuerda que a tal efecto tenía preparada y sacarme cuando lo pidiera, o él viera que la cosa no marchaba bien.

Yo me había quedado, mientras tanto, en bañador, (un bañador de cuerpo entero con tirantes, obligatorio en aquellos años) causando, con ello la primera sorpresa de los espectadores. De pie, en el borde de piedra de la parte honda de la balsa, contemplé la escena que no dejaba de tener su tensión. Quiza algunos esperaban que me ahogase. De todos modos no dejaba de ser, para todos, una situación límite, inesperada en la tranquila vida pueblerina de Bergua.

Cuando todos empezaban a creer que todo era una farsa, una ópera bufa, ¿para qué el maestro se había mostrado en un traje con tirantes que le dejaba brazos y piernas al desnudo? Un traje que mostraba su delgadez bien poco apolínea. Esto era teatro. ¿O tenía alguna enjundia dentro, que no acertaban a comprender?

Cuándo nadie lo esperaba me tiré de cabeza al agua. Estaba helada y tuve que reaccionar rápidamente. Era un mundo líquido que podía, sin duda, apasionarme. Con mi "doble over", no muy perfecto, crucé la balsa de parte a parte y volví al punto de partida, saliendo del agua y poniéndome, reluciente, de pie sobre el pretil de piedra de la badina.
Era cierto; El maestro había dado una lección a todo el pueblo reunido. Nadar era otra cosa. Nadar no era vadear. El maestro dominaba el agua. Acostumbrado a su temperatura hice la plancha, el over sencillo, la braza, ...

Cuándo me disponía a entrar en el molino para vestirme, el pueblo iba adarme otra lección. Fue Agustín que encontró la aplicación práctica de mi enseñanza. El milagro fue substituido por el pragmatismo pirenaico. Y me dijo:

-Pues hace más de un año, se me cayó un jadico, aquí mismo, pero lo menos habrá tres metros...

Era una invitación y es claro que no la desaproveché. Volví al agua, que ya no encontré tan fría y tragando aire me sumergí hasta el fondo. Allí estaba el jadico, limpio, destacando sobre las piedras del suelo. No tuve mas que recogerlo y subir a la superficie. Como cuando Sancho Panza recobró su borrico, Agustín lo tomó de mis manos como si fuera de oro.

Lentamente, la gente, chicos y grandes subían a comer al pueblo. Ya tenían motivo de conversación para unos días.

Varias veces volví a bañarme en la balsa del molino. Algunas tenía que romper la delgada capa de hielo que la cubría. Pero en aquellas ocasiones ya no tenía espectadores.