La Vida en Berbusa (1920-1958)

Agricultura

Tradicionalmente, la vida en estos pueblos de montaña se basaba en dos pilares básicos (cereales y ganado) y Berbusa no era una excepción. Las labores agrícolas y ganaderas seguían un patrón cíclico ancestral similar al descrito para otros pueblos cercanos, como Ainielle (2) o Escartín (4). El trigo se sembraba para el Pilar y se recogía para Santiago. Por supuesto, cada casa sembraba la mitad de las tierras un año y dejaba el resto descansando para el siguiente. La molienda se realizaba preferentemente en el molino de Orós Bajo, copropiedad de Casa Gregario de Orós Bajo y Casa Colorado de Oliván, a cambio de la correspondiente maquila. Más ocasionalmente, cuando las circunstancias lo aconsejaban, también se acudía a los molinos de Escuer, Ainielle, Biescas e, incluso al de Bergua. En Oliván también hubo molino (de hecho todavía se conservan restos) pero dejó de funcionar a caballo entre el siglo XIX y el XX. Con la harina se elaboraban panes de aproximadamente 15 libras de peso en el horno que poseía cada casa. Los panes se disponían de canto (se "casaban" unos con otros) en tablas dispuestas en el granero, donde se almacenaban. Los huertos (judías, patatas, tomates y cebollas), los frutales (ciruelos, manzanos, cerezos, perales, acerolos, nísperos, melocotoneros, parras, almendros y nogales), el cáñamo y el lino completaban la producción agrícola. Existía un campo, denominado La Molina, que era particularmente rico en frutales, tanto en cantidad como en variedad. Este campo se encontraba cerca del actual puente del mis,mo nombre y el agua con la que se regaba se recogía en el mismo punto en el que, desde hace pocos meses, se capta agua destinada al abastecimiento de Oliván. Las nueces, manzanas y cerezas de Berbusa eran muy apreciadas en la zona y frecuentemente se utilizaban como moneda. En ocasiones aprovechaban la romería de Santa Orosia para subir cerezas en las caballerías y venderlas a los romeros de los demás pueblos (5). Las citadas frutas se distribuyeron por Biescas y el Valle de Tena, incluyendo el balneario de Panticosa. Hay que tener en cuenta que, en aquel entonces, no existían prácticamente frutales en el citado valle, por lo que les hacían frecuentes pedidos. En cada viaje subían tres barquillas, una a cada lado de la caballería y la restante en el centro; cada barquilla tenía una capacidad de entre 20 y 30 kg de fruta. En temporada, también recogían perejil, té, robellones, champiñones y moras. Estas últimas eran particularmente apreciadas por los vecinos de Ainielle, que acudían a recogerlas.

Hasta la aparición de la filoxera, a finales del siglo XIX, existían viñedos en Berbusa y Susín y las casas hacían su propio vino. En Casa Mallau de Susín aun se conserva el "cuarto de la cuba". En el caso de Berbusa, algunas casas, como Chuanico y Agustina, disponían de grandes prensas y de bodegas con bóveda de piedra picada, donde el mosto se transfería a cubas para su fermentación. También resulta llamativo que una de las casas se llamara precisamente "Casa Racimo". Manuel Arnal señala que, según la tradición oral, le pusieron ese nombre porque producía mucha uva. Los viñedos se disponían principalmente entre el camino de Ainielle y el río, zona que poseía una abundante toponimia referente a este cultivo (viñacans, viñadainielles, las viñas, viñafau, viña Agustina) y donde todavía se pueden encontrar algunas cepas secas. Uno de esos campos (viña Agustina) estaba situado en el límite con Ainielle, al lado mismo del camino, y aun hoy en día se pueden apreciar los restos del embalse de la Agustina, cuyas aguas procedían del barranco Peñacans, y que se utilizaba para riego. En verano, el sol calentaba el agua del pequeño embalse por lo que servía de lugar de baño para los niños, a pesar del miedo que tenían a las abundantes culebras de agua.

Ganadería

Como en los pueblos de Sobrepuerto, el ganado ovino era esencial en la economía de Berbusa ya que proporcionaba corderos, lana y leche. Las ovejas se ordeñaban hacia San Juan durante un mes y con su leche se elaboraban distintos productos, entre los que destacaba el queso. El mantenimiento de la cabaña ovina obligaba a la trashumancia hacia Tierra Baja (Grañén, Poleñino,...). El hecho de que el número de cabezas fuera relativamente modesto obligaba a agruparlas con rebaños de otros pueblos cercanos. Manuel Arnal recuerda como, incluso en los últimos años, Domingo Malo llevaba el ganado de Casa Racimo con el de las casas Royo, Francho y Mateo, todas ellas de Otal.

Las casas de Berbusa también poseían cabras que, aunque menos numerosas que las ovejas, eran más longevas, proporcionaban más leche y permitían explotar los montes de peor calidad. En cuanto al ganado vacuno, cada casa tenía 3 ó 4 vacas, que se mantenían en los establos y únicamente se sacaban a pastos en verano, concretamente al monte de Berbusa, en la zona más cercana al término de Cartillas. Cuando los terneros tenían aproximadamente un año se vendían en la feria de Biescas.

Otros animales fundamentales eran los machos, utilizados para transportes y para las faenas agrícolas. Se adquirían en la Feria de Jaca o en la de Huesca con una edad de 3 años y se vendían cuando alcanzaban 4 ó 5 años. Las caballerías de Berbusa estaban particularmente acostumbradas a vadear el barranco de Oliván y el río Gállego, ya que lo tenían que hacer al menos dos o tres veces a la semana y, en muchas ocasiones, el agua les llegaba a la altura de la cabeza. Durante la primera mitad del siglo pasado, el herrado de los machos corrió inicialmente a cargo del herrero de Biescas, luego del de Cortillas (casa O Ferrero) y, finalmente, de su hijo Manuel Oliván, herrero de Fiscal y en activo hasta hace muy pocos años.

Por lo que se refiere al porcino, las casas solían tener un par de cerdas de cría, que se mantenían hasta que alcanzaban cerca de dos años de edad. Las matacías tenían lugar en febrero y durante los quince días previos al sacrifico, los animales se cebaban con maíz. Antiguamente, solía haber al menos un verraco en el pueblo y los de Ainielle traían sus cerdas para que fueran cubiertas. Sin embargo, en los últimos años las cerdas de Berbusa tenían que ser cubiertas en Orós Bajo. Los lechones se vendían principalmente en Biescas, Cartillas, Senegüé y Valle de Tena.

Adicionalmente, cada casa poseía un gallo, alrededor de una docena de gallinas y alguna disponía de palomar (Chuanico, Esteban). En las ultimas décadas, únicamente Casa Piquera explotaba colmenas pero antiguamente otras casas debían realizar la misma actividad ya que, por ejemplo, en la calle La Costera, y adyacente a la borda compartida por Racimo y Francho, existía un pasadizo que se conocía como "el abejar de Francho". Cuando llovía recogían caracoles, a los que mantenían en ayuno en cestas de mimbres y posteriormente cocían en aceite. En invierno la caza (conejos, zorros, garduñas) proporcionaba pieles que se vendían en Jaca y, ocasionalmente, también en Biescas. También se cazaban liebres, perdices y, en menor cantidad, codornices y jabalíes; el número de estos últimos empezó a crecer a medida que los pueblos se fueron deshabitando. Finalmente, la dieta se complementaba con las truchas que pescaban a mano en el barranco.

Actividades complementarias

Sin embargo, el hecho de que Berbusa estuviera situada en una ladera con gran pendiente dificultaba el laboreo de los campos y provocaba que la productividad fuera baja. No es de extrañar la importancia que tuvo la pardina de Isábal, tanto para la producción cerealista como para el pastoreo del ganado, hasta el mismo año en que se deshabitó el pueblo. La mitad de la pardina pertenecía, a partes iguales, a tres casas de Berbusa (Chuanico, Pepico y Tejedor) aunque los campos se utilizaban de forma comunal. Entre mediados de mayo y finales de agosto, las tres casas propietarias se reservaban la explotación ganadera de la parte de monte de la pardina, pero permitían que el resto de casas de Berbusa llevara allí su ganado a un precio "módico" (entre 5 y 8 duros por cabeza de ganado a mediados del siglo XX). Por otra parte, el censo ovino de Berbusa era modesto y no daba para la conformación de rebaños propios para la trashumancia. Estas circunstancias hicieron que los vecinos de Berbusa tuvieran que dedicarse, en mayor o menor medida dependiendo de las casas, a otras actividades con las que complementar su economía: (1) migración temporal de tiones a Francia, (2) marcha de niños y jóvenes a servir a otras casas de la zona; (3) la venta de frutas y nueces comentada anteriormente; y (4) la producción y venta de carbón.

Antiguamente prácticamente todos los tiones iban a trabajar a Francia durante el invierno de donde se traían parte del sueldo y los objetos (esquilas, relojes de pared, etc.) y animales (lechales) que pudieran escapar a la vigilancia de la frontera. Manuel Arnal recuerda perfectamente cómo todos sus tíos emprendían esa marcha por los puertos de Gavarnie o del Portalet; sin embargo, su generación, la última de adultos en Berbusa, fue curiosamente la primera que no conoció dicho movimiento migratorio. En cambio, algunos de ellos s tuvieron que ir de sirvientes, lo que, en ciertos casos, supuso una mejora en sus condiciones de vida.

El propio Manuel, cuando tenía quince años de edad y ya iniciada la guerra, estuvo sirviendo durante aproximadamente seis meses en casa Lacasa de Escartín. Posteriormente, fue evacuado con el resto de vecinos de Berbusa y, de vuelta a lo que quedaba de Berbusa, Antonio Satué, de casa Ferrer de Escartín, le vino a buscar para contratarle como sirviente en su casa. En aquellos momentos, en casa Ferrer vivían, además de Antonio, su esposa Serafina, su hijo mayor José con su esposa Julia y su primer hijo (Luis, nacido en 1936), su hija Avelina y una hermana de Julia (Angelines, de casa Royo de Otal). La necesidad de mano de obra era evidente ya que tres hijos de Antonio (Ángel, Vicente y Enrique) se encontraban en distintos frentes y poco después, el hijo mayor también fue movilizado al cuartel de caballería de Zaragoza. Además, el propio Antonio se encontraba en un estado delicado de salud debido a frecuentes bronquitis. Aparte del trabajo en los campos, el ganado tenía que seguir desplazándose hacia el sur en invierno (Manuel estuvo con el rebaño de casa Ferrer en Noales, cerca de Grañén, cuando en Cataluña todavía no había finalizado la guerra) y hacia el norte en verano. Durante la guerra estuvo prohibido subirlo hacia Bujaruelo por lo que se quedaba en Linás de Broto, concretamente en una mallata de Cotefablo, justo al salir del túnel (construido hacía poco tiempo) en dirección a Linás. Como el tráfico era escaso, aprovechaban el túnel para guarecer a los corderos durante la noche.

Aun así, la situación de Berbusa, donde no había quedado nada, y la de Escartín, donde a pesar de todo no escasearon los alimentos, eran diametralmente opuestas. De hecho, algunas casas de Berbusa acudían a Escartín para adquirir comestibles, especialmente harina (40-50 kg en un viaje), pan, cecina de oveja y queso.

Manuel permaneció dos años en casa Ferrer y sus padres acudían a Escartín cada cuatro o cinco meses, aunque alguna vez se marchaban sin poder verle porque se encontraba realizando labores fuera del pueblo. Tuvo mucho trabajo pero todavía recuerda lo bien que se alimentó durante ese período y lo mucho que le apreciaban Antonio y Serafina, quienes le trataban como a uno más de la familia.

El carbón de Berbusa

Pero, si por un producto destacaba Berbusa, ese era el carbón, lo que explica el apodo de carboneros que recibían sus habitantes. La mejor época para producir carbón vegetal era entre noviembre y febrero, ya que en esos meses la madera no "sudaba", un requisito imprescindible para que el carbón tuviera peso. Además, era cuando los ciclos agrícola y ganadero dejaban más tiempo libre para otro tipo de actividades. Las maderas más empleadas, por su disponibilidad y rendimiento, eran las de roble y haya.

Antiguamente, las carboneras o caberas se realizaban en el monte lo que añadía un elemento más de dificultad a una actividad de por sí dura ya que exigía una presencia permanente en condiciones climatológicas adversas. Más concretamente, se iba al solano si la materia prima era roble y al paco si se partía de haya (5). Cerca de la carbonera, se construía una pequeña choza con palos y ramaje donde poder guarecerse en los escasos momentos en los que la carbonera "daba un respiro" a los responsables de su control. Sin embargo, la práctica de desplazarse al monte terminó desapareciendo yval menos en las últimas décadas, las caberas de Berbusa se montaban en las eras, cerca de las casas, lo que mitigaba en cierta medida la dureza del trabajo. Aunque resulta increíble, todavía se aprecian restos de una carbonera en la zona de la era de casa Chuanico que está adosada a una borda de Pepito. Todas las casas estaban involucradas en esta actividad aunque cada una de forma independiente. Aproximadamente se hacían entre 10 y 15 carboneras por casa y año.

El proceso de elaboración del carbón estaba integrado por distintas fases. La primera era la tala (con hacha o sierra manual) y entresaca de la madera del monte, faenas que no solían ser del agrado de los guardias pero a la que habitualmente accedían, especialmente cuando había una "propina" de por medio. La madera se obtenía tanto de montes comunales como de montes privados y, para evitar problemas, procuraban seleccionar árboles muertos ("leña muerta"), con la ventaja de que su madera estaba más seca. No obstante, tampoco tenían inconveniente en utilizar "leña verde" (procedente de árboles vivos) como materia prima. En ese caso, no la almacenaban para dejada secar sino que la utilizaban directamente y la mezclaban con la leña muerta que tuvieran disponible.

Posteriormente, se procedía a trasladar la leña al terreno destinado a la carbonera. Para ello se empleaban machos y burros, lo que limitaba el tamaño de los troncos que se podían transportar (hasta una longitud máxima de unos dos metros). Una vez allí, se procedía a cortar la madera al tamaño adecuado, seleccionando troncos y ramas en función de su longitud y grosor, lo que facilitaba el montaje posterior.

Seguidamente, se iniciaba el montaje de la carbonera colocando en el punto central, y perpendicular a la base, entre dos y cuatros troncos de entre 1,5 y 2 m. de longitud. Estos troncos estaban ligeramente separados entre sí y ese espacio se dejaba hueco en la mitad superior de la carbonera, de tal manera que actuara como chimenea (también denominada caño o tiro). El inicio era vital ya que por la chimenea no sólo seencendía la carbonera. sino que se alimentaba y cebaba cuando era necesario.

A continuación, y de forma concéntrica, se depositaban sucesivas capas de leña ligeramente inclinadas respecto al eje central, siempre con la precaución de que las piezas más gruesas estuvieran en las zonas más centrales y las más finas en la periferia de la carbonera. Las piezas se debían ir colocando de forma que no quedaran prácticamente huecos entre ellas, ya que así se favorecía la cocción.

El siguiente paso consistía en cubrir toda la leña con ramas de boj, a excepción del orificio de la chimenea. Este cubrimiento tenía la misión de evitar que la tierra que cubría externamente la carbonera penetrara en su interior, dificultando la cocción y empeorando la calidad del carbón. Después se cubría la carbonera con una capa de tierra quemada de unos 10-12 cm. de espesor. Esta tierra procedía de carboneras previas y había que mojada abundantemente con agua antes de aplicada con la ayuda de una pala. La capa de tierra tenía el objetivo de preservar la combustión interior y evitar la entrada de oxígeno que podría conducir a la formación de llamas. Conviene recordar que la función de las carboneras era cocer la leña y no quemada. Finalizado el montaje, se colocaba una escalera para facilitar el acceso de una persona a la chimenea. La carbonera resultante era de forma cónica y tenía de 2 a 3 m de altura y de 5 a 6 m. de diámetro.

La siguiente fase era el encendido de la carbonera. Llegado ese momento, el carbonero subía a la parte más alta de la carbonera e introducía brasas incandescentes o madera ardiendo por la chimenea. De esta manera el proceso de combustión incompleta de la leña se iniciaba en la base de la carbonera y se iba dirigiendo hacia su vértice. Tras el encendido, se cerraba el caño, aunque durante los primeros días se abría algunas veces y se añadía leña menuda con la ayuda de un palo largo (holgunero). Así se alimentaba la carbonera y se controlaba el desarrollo de la cocción. De este modo, la temperatura de la carbonera iba subiendo lentamente hasta alcanzar la idónea, (unos 400°C). A medida que avanzaba el proceso se abrían respiraderos (fumeras, gateras o boqueras) por las partes inferiores cuando era necesario. Estos orificios se abrían o cerraban para controlar el caudal de aire a fin de que ni la combustión se detuviera ni la leña se quemara. La experiencia era fundamental para saber qué convenía hacer en cada caso ya que, por una parte, cuanto mayor era la respiración más rápido era el proceso pero, por otro lado, el carbón se hacía mejor (y había menos riesgo de que se quemara) cuanto menos tiro tuviera la carbonera. Por ese motivo, y aunque lloviera o nevara, siempre tenía que haber alguna persona al tanto de la cocción. Cuando la combustión llegaba arriba, se cerraba completamente la carbonera (tanto chimenea como fumeras) y se consideraba que, a partir de ese momento, la carbonera empezaba a hacer carbón.

A medida que transcurrían los días de combustión y se iba cociendo la leña, la carbonera perdía altura, se aplanaba (perdiendo su forma cónica) y, finalmente, quedaba reducida a menos de la mitad de su tamaño original. El cambio de color de la tierra (de negro a blanco) y del humo (de blanco a azul) era la señal que indicaba que la leña estaba cocida y que, por lo tanto, se había formado el carbón. En general, la cocción tardaba entre ocho y diez días, e incluso hasta 12 si había mucho volumen de leña.

Finalmente, se procedía a la extracción del carbón, tarea en la que colaboraban todos los miembros de la casa. La carbonera se desescombraba paulatinamente con la ayuda de un rastrillo y se limpiaba el carbón, que se alejaba de la carbonera y se extendía para que se enfriara; una vez enfriado, se comprobaba que no quedara ningún rescoldo encendido para evitar que se prendieran los sacos en los que se iba introduciendo. Nunca se debía enfriar con agua ya que se echaba a perder el carbón obtenido. De la cantidad inicial de leña de la carbonera se obtenía aproximadamente entre una tercera y una quinta parte de carbón. Más concretamente, cada carbonera solía proporcionar entre diez y doce sacos, cada uno de ellos con unos 35-40 kg. del producto final. El carbón vegetal, obtenido de la manera descrita, era un combustible que ardía con mucha facilidad, contenía pocas impurezas y poseía una potencia calorífica de unas 8.000 kcal./kg., por lo que era muy utilizado para cocinar y para tratamientos térmicos de metales (en herrerías, por ejemplo).

El carbón producido en Berbusa se vendía básicamente en Biescas, Sabiñánigo y por todo el valle de Tena (Sallent, Panticosa) aunque durante la primera mitad del siglo pasado destacaron tres clientes. El primero era el coche de línea (popularmente "el Ford") que hacía el trayecto Biescas-Jaca. En este caso, el carbón era necesario para la obtención del combustible (gasógeno) con el que funcionaba el vehículo. El segundo cliente especialmente recordado .' era Alejandro Pérez natural de Ayerbe y afincado en Biescas, donde regentaba una confitería en la que se elaboraban afamadas pastillas, caramelos y turrones. El establecimiento fue destruido durante la guerra y estaba situado en el lugar que ocupa actualmente el Ayuntamiento. Este cliente compraba mucho carbón para el funcionamiento de los hornos y otras máquinas del obrador.

Finalmente, el tercer cliente era el balneario de Panticosa, donde se empleaba el carbón para la calefacción de las instalaciones. Ellos mismos transportaban el carbón al balneario y, en esas ocasiones, se solían juntar al menos tres o cuatro casas, no sólo de Berbusa sino también de Susín y Casbas, donde también se hacían carboneras. El grupo, conformado por entre ocho y diez caballerías, partía temprano (sobre las dos de la mañana), pasaba por Oliván, Orós Bajo y Orós Alto, y se les empezaba a hacer de día en Biescas. Allí dejaban aviso en Casa Miguel Juan de la hora aproximada a la que regresarían, de tal manera que tuvieran merienda preparada. A la altura de Santa Elena, cogían un camino hacia El Pueyo y de ahí subían, también por camino de herradura, al balneario. La carga era de unos 80 kg. por macho, e incluso hasta 90 kg. si la caballería era buena. Una vez entregada la mercancía, los establecimientos del balneario les pedían nuevas cargas que tenían que entregar en la fecha que acordaran. Generalmente, hacían un viaje cada uno o dos meses, aunque eran más frecuentes en primavera y para San Miguel, momentos en los que llegaban a tener una frecuencia semanal. Por supuesto, evitaban subir en invierno, cuando el trayecto era especialmente penoso y peligroso, pero para entonces el balneario ya había adquirido suficiente carbón como para hacer frente a las necesidades del periodo invernal. Obviamente, a la ida tenían que ir a pie, pero una vez entregada la carga, podían hacer el viaje de regreso a los lomos de los machos. Se les hacía de noche en Biescas, donde paraban en casa Miguel Juan para dar buena cuenta de la merienda y dar un merecido pienso a las caballerías y llegaban a Berbusa entre las once de la noche y las dos de la madrugada.

Como se ha comentado, también suministraban carbón a Sabiñánigo. En esta localidad, la mayoría de los compradores eran pequeños clientes que empleaban el carbón para sus usos domésticos. No obstante, como el número de estos clientes era muy elevado, la venta de carbón en Sabiñánigo era muy importante para Berbusa. Baste como dato que una casa podía utilizar entre 300 y 400 kg. de carbón durante el invierno. Para ir a Sabiñánigo cruzaban el río Gállego enfrente de Oliván o en Lárrede, que tenía mejor vado. En ese momento, evaluaban el caudal del río y, en muchas ocasiones, decidían regresar por Latas, Lárrede y Susín para evitar cruzado de nuevo.

Referencias
(1) Llamazares, J. (1988). La lluvia amarilla. Seix Barral, Barcelona.
(2) Satué, E. (2003). Ainielle. La memoria amarilla. Prames, Zaragoza.
(3) Lasaosa, R. y Ortega, M. (2001). El sistema hidroeléctrico del Cinca. Actas del II Encuentro sobre Historia y Medio Ambiente. Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca.
(4) Satué, J.M. (1997). Semblanzas de Escartín. Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca. (5) Satué, E. (1982). El carbón de Berbusa. Serrablo, 44: 3-4.

Últimos dueños o dueñas de las casas de Berbusa

I
Casa Dueño/Dueña Destino
-
Tejedor Leonor Casasús Barcelona
Racimo Antonio Malo Biescas
De Blas Manuel Arnal Zaragoza
Esteban Antonio Pérez Barcelona
Piquero Casimiro Pardo Sabiñánigo
Francho Dolores Casbas Sabiñánigo
Chuanico José Miranda Biescas
Pepico Roberto Miranda Sabiñánigo
Pincho Pedro Grasa Sabiñánigo
Agustina Joaquín Lardiés Casbas (después Sabiñánigo)