Aquel día se me acercó el molinero. Parecía preocupado y me habló bajando la voz, como si quisiera que el asunto quedase entre los dos. Pensando, ahora, en ello, también me pareció observar un destello socarrón en su mirada pero, o no le presté atención o es figuración mía al relatarlo.
Estábamos en la puerta de la Escuela y él había esperado a que saliera el grupo bullicioso de mis alumnos. Llevaba, como todos los montañeses, la boina hasta las orejas y, al saludarme, sin llegar a quitársela, le dejó la marca de la blanca harina que había molido por la mañana.
"Pues, mire, señor maestro, que yo quería que usted me ayudase a encontrar la solución de lo que debo hacer; que yo solo no me decido. Y si hago una cosa me enfrento a mi padre, y si hago la otra, será con mi parienta. Y estoy hecho un lío y no me aclaro". Y así siguió dando rodeos al asunto sin decidirse a entrar en él.
Pasados estos circunloquios, por otra parte obligados, pude enterarme de lo que tenía a mal traer. Se trataba de un bancal, en el camino de Escartín que llevaba dos años en barbecho, y era ya hora de sembrarlo. En casa se había originado una discusión entre las dos generaciones de amos; una se inclinaba por centeno, la otra por avena. Pero el caso era que si sembraba centeno podría sembrar más cantidad. Había pues, que determinar el número de almudes y de uno y de otra que podrían obtenerse, poniéndole o sin ponerle abono a los dos, o a uno de ellos, lo cual triplicaba la cosecha. Y cuánto podría obtener en la venta, a tantos reales el almud de centeno y el almud de avena.
Se trataba, como se ve, de un problema con unidades de medida todavía en vigor en el Sobrepuerto, y de las que apenas me sonaban los nombres. Como era la hora de comer le despedí diciéndole que ya lo pensaría. Tuve que consultar varios enigmas de relación entre fanegadas y almudes, precios de las semillas y de los abonos, tiempos de la siembra y de germinación.
Cuándo me volví a encontrar con el molinero ya estaba en condiciones de darle, con toda clase de números, las soluciones laboral y económica. Pero a ellas, le agregué otra más, la psicológica, que era la siguiente: Que aunque era más conveniente la siembra del cereal que preconizaba su padre, que tomara partido por el que quería su mujer; que el enfado subsiguiente de los amos viejos no duraría mucho y que, al fin y al cabo, con quién se acostaba todas las noches era con el ama joven.
Fue mucho tiempo después, en una conversación con alguien de un pueblo vecino, que me dijo lo bien considerado como maestro que estaba en todo el Sobrepuerto, por haber aprobado el examen que me había puesto el molinero. Se dio cuenta, enseguida, que había cometido una indiscreción, pero la cosa quedó clara. El complicado asunto de las fanegadas y de los almudes no era más que el modo de calibrar la valía del maestro que les habían enviado de la capital. Y ello era una costumbre "universal" en el Sobrepuerto. Hablando con Marcos le pareció recordar algo semejante, que bien pudo ser un examen; y, también Teresa, la maestra de Otal, vino a coincidir en lo mismo. Los problemas eran diferentes.