La Nueva España: domingo, 5 de octubre de 2003
El sabio con cara de niño
Texto: Pablo Álvarez
Dibujo: Pablo Garcia
El pasado lunes, a eso de las doce del mediodía, Carlos López Otín abandonó su despacho aliviado. El. teléfono no había dejado de sonar en toda la mañana. Tras un chaparrón de felicitaciones y parabienes, se disponía a afrontar la versión amarga de la historia.
Efectivamente, horas antes, la revista científica mas prestigiosa del mundo había dado a conocer un relevante avance en la maratoniana lucha contra el cáncer, protagonizado por el catedrático de la universidad de Oviedo. La noticia alcanzó una considerable repercusión, especialmente en los ámbitos científicos. Pero, ese mismo día, un cáncer había puesto punto y final a la vida de un ovetense de 25 años. Otín asistió al funeral celebrado en la iglesia de los Carmelitas de Oviedo, en memoria de Jaime Lago Rayón. Al final, se acerco a la madre del fallecido, Consuelo Rayón, hematóloga y responsable del área del cáncer del Servicio de Salud del Principado, y trato de consolarla. No es que les uniera una estrechísima amistad, pero el profesor de Bioquímica quiso estar allí en vez de dejarse envolver por el embriagador aroma del éxito.
"Situaciones como la de Jaime te ponen en tu sitio", comentó a la salida de la iglesia. En su sitio trata de estar siempre Carlos López Otín. Y en su sitio intenta enmarcar sus logros, cada vez más incontestables. y su sitio suele ser, muchas horas al día, su despacho del edificio de Bioquímica que lleva el nombre del ex rector Santiago Gascón.
El desaparecido Santiago Gascón es precisamente uno de los principales responsables de que Otín esté en Asturias. Que un candidato foráneo obtenga una plaza en una Universidad tan ferozmente endogámica como la de Oviedo requiere algo más que el talento del propio aspirante. Y ese algo más lo puso Gascón, quien desde el primer momento se apercibió de la valía de un joven aragonés nacido en Sabiñánigo (Huesca), que cuando arribó a tierras asturianas, con 28 años, tenía cara de niño y hoy, frisando los 45 años, sigue teniendo cara de niño.
Primero fue profesor titular y, poco más tarde, y con sólo 34 años, catedrático de Biología Molecular. En este tiempo, Carlos López Otín ha ido configurando -con dificultades, por la escasez de medios y, a menudo, de apoyos- un grupo de investigación que es ya el más productivo de la especialidad en España. Ha ganado un buen puñado de premios importantes. Ha conquistado una considerable reputación como. conferenciante por medio mundo, incluidos los Estados Unidos, plaza exigente. Ha sido designado el mejor bioquímico europeo menor de 40 años... Y, lo que es mucho más difícil que todo lo anterior, todo esto no se le ha subido a la cabeza.
No se le ha subido a la cabeza porque no ha perdido el contacto con la realidad. Y la realidad que percibe un día tras otro es la que le proporciona una multitud de llamadas y mensajes de enfermos de cáncer o parientes allegados que, en mayor o menor grado de desesperación, recurren a él como último recurso. Evidentemente, no tiene respuestas eficaces para todos, ni siquiera para una mayoría. De entrada, porque una buena porción de los tumores son, sin más, incurables. Segundo, porque López Otín no es médico, sino investigador básico. Pero aún no se conoce el caso de alguien que no se haya ganado una explicación detallada, una orientación valiosa o unas palabras de consuelo... además de algunas llamadas posteriores que revelan que la conversación no ha caído en saco roto.
El bioquímico aragonés sabe que no es infalible. Y, lejos de ocultarlo, lo proclama: "Ni yo ni ningún miembro de mi grupo vamos a curar el cáncer con estos descubrimientos. Ese papel corresponde a los médicos", declaró hace unos días a este periódico. Aquí reside una de las claves de que no le agrade salir en los medios de comunicación. Aparte de que la popularidad le acarrea los recelos de algunos sectores de su entorno universitario, suscita en determinados enfermos unas expectativas que no se corresponden con la realidad. Y una parte de esa presión moral recae sobre su conciencia.
Carlos López Otín es miembro de la escuela de Severo Ochoa. Uno de los últimos jóvenes investigadores que tuvo el privilegio de hablar de ciencia con el Nobel asturiano. Tras estudiar Química en Zaragoza y Madrid, realizó la tesis doctoral en el Hospital Ramón y Cajal, de la capital de España. Completó su formación en las universidades de Lund (Suecia) y Nueva York. Más tarde, se incorporó al Centro de Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid, donde su formación fue dirigida por Eladio Viñuela, marido -ya fallecido- de la asturiana Margarita Salas.
Luego comenzó la etapa asturiana. En la venida de Otín al Principado fue decisivo el hecho de que su mujer -también profesora de Biología Molecular- fuera asturiana. Se asentaron en Salinas, en un piso pegado a la playa. Y allí continúan residiendo, con sus dos hijos, y suscitando una frecuente pregunta: ¿cómo es posible que un científico de este nivel siga en Asturias?
La respuesta es simple: porque no ha querido marcharse. En los últimos años no le han faltado un puñado de ofertas para cambiar de aires con todas las facilidades y un considerable aumento de sueldo. No ha habido forma de convencerle. Él suele aducir que prefiere Asturias a Madrid, Barcelona o Boston porque "mi mundo es pequeño". Dicho de otro modo, porque vivir aquí le permite una absoluta cercanía a las personas y a sus problemas, lejos del aislamiento narcisista que propician las grandes ciudades. Le facilita priorizar la atención a su familia. Le ayuda a no perder el norte de la finalidad última de su trabajo.
Y es que si Vicente del Bosque decía hace unos meses, en réplica a las críticas de un colega, que prefería ser buena persona antes que buen entrenador de fútbol, Carlos López Otín trata de repetirse todas las mañanas que si su trabajo científico no contribuye a resolver problemas contantes y sonantes no le interesa para nada. Eso es lo que explica que, aunque sus investigaciones se relacionen con varios tipos de enfermedades, el cáncer le atraiga de forma especial, pues no hay más que abrir los ojos para comprobar sus funestas consecuencias.
Subrayan los biógrafos de Severo Ochoa la enorme capacidad del Nobel luarqués para elegir líneas de investigación llamadas a triunfar. De Otín también cabe destacar su poderosa intuición y su cualificada visión de conjunto de la biología molecular, disciplina de la que Ochoa fue un cualificado precursor. De esa amplia perspectiva se deriva una singular creatividad, imprescindible en Un terreno científico tan competitivo. No conviene olvidar que, según aseveración generalmente aceptada, sólo en la ciudad de Boston trabajan tantos bioquímicos como en el conjunto de Europa.
Otín ha dado que hablar esta semana y, si nadie lo impide, continuará haciéndolo a corto y medio plazo. Su carrera atraviesa un momento de plenitud. Su teléfono volverá a sonar con insistencia. Responderá las llamadas hasta que llegue la hora de atender alguna petición de auxilio moral. Entonces se olvidará de albricias y enhorabuenas y saldrá en busca del autor del SOS. Y luego, otra vez a trabajar.