Apodos Altoaragoneses

A los de La Aldehuela de San Esteban los apodaban cascaros. En la documentación antigua la aldea recibía el adjetivo de San Esteban del Cascara. Tal vez el apodo fuese en principio un mero gentilicio. Según opinión de un anciano de Grasa el cascaro - ¿cascallo? - es un tipo de suelo que se deshace y se vuelve a juntar. El territorio donde asentaba la pardina recibía el topónimo de El Cascara. Además según un tión de Belarra- recibían el apodo de colectivos. No nos pudo precisar la causa. Había aldeas que tenían una vieja tradición social comunalista, donde los vecinos, a pesar de la institución privativa de la casa, estaban vinculados por fuertes lazos de comunalidad. Algunos que han tenido renombre en ese sentido son los de Bara, Lanuza, Bentué de Nocito.

Los de Gésera eran los mirafustes. Los fustes eran tres estrellas alineadas de la constelación de Orión. Eran un signo empírico de los pastores transhumantes, pues según en que posición se hallaban marcaban distintos ciclos de la trashumancia del ganado. Según informantes de Ordovés y Belarra ese apodo "les en dirían porque serían estrelleros y también que serían amadrugadores, pues en una época determinada los fustez aparecían poco antes del alba". A los de Gésera les decían los de Madrid el Pequeño, pues hasta el espaldamiento de la sociedad tradicional y la aglutinación de aldeas en el novel Ayuntamiento de Sabiñánigo, Gésera fue cabecera municipal de algunas aldeas del entorno. Ese carácter de lugar central ensanchaba la vanidad colectiva y los de las aldeas pedáneas, por darles quésentir, los motejaban de madrileños. Es una constante tópica de la literatura satírica montañesa. El engolamiento de los de Gésera, que por ser centro administrativo se considerarían superiores, era definido con el sabroso adjetivo popular de balluaqueros.

Las gentes de Grasa eran del pueblo de los pinatones. El aumentativo, en aragonés, tiene una connotación despectiva casi siempre. Parece aludir a que el pinar de su término sería ralo, raquítico. Según algunos vecinos de Lasieso, en el término municipal de Grasa abundaba sobremanera la masa pinariega y en los montes del término había buen pinar, en concreto hacia la pardina de Pequera, abundante en humedad y avenamiento. La parte baja del pinar era de peor calidad forestal. Según un vecino de Villobas, eso "les en dirían porque la chen tendría una fisonomía corrutaca -desmedrada- y regordillona". El mismo informante decía que los pinos del término eran mezquinos, y aún nos daba una tercera interpretación: "Ixo sería porque se doblarían poco -flexibilidad escasa- a la hora de traballar". En Ordovés nos comentaban que Grasa era el pueblo que más pinar tenía de toda la Guarguera.

En la pardina de Arraso los llamaban por mal nombre balconeros. Balconero en la semántica popular personifica la extroversión rayan a en la alcahuetería. El carácter montañés se inclinaba a la introversión, encarnada en las miradas huidizas -de huronez- desde los angostos ventanucos de las casas tradicionales montañesas. Balconero equivale a curioso y ocioso, vicios muy despreciados en el sistema moral autóctono. Balconero es también sinónimo de malfainero, es decir, vago. La pardina de Arraso tenía un buen patrimonio laborable y eso propiciaba el desahogo económico y la profusión de recursos. Según criterio de las gentes entrevistadas en Lasieso, la de Arraso merecía el calificativo de "buena pardina", e incluso el amo recibía el tratamiento de señor en la redolada, tratamiento extraño en la sociedad rural montañesa. Según ellos, la casa de Arraso tenía unos balcones grandes, asolanados, yeso también era un elemento de crasitud. En épocas de prosperidad se remozarían las mansiones y se abrirían vanos más grandes. Las casas de más recursos obraban más y engrandecían sus dependencias domésticas. Según un tión de Belarra "los de ixa pardina eran muy amigos de querer saber -curiosos- lo que se cocía por allí y siempre estaban como los forigones -entrometidos- con los mozicos -codos- plantaus en los alféizares, vamos, alparziando".

En Yéspola.,tenían el apodo de casaleros. Según otros de casalizos. El caxal era el madero del húmero en el hogar. Casaleros parece una designación derivada de casa. La casa, en la montaña, era una institución trascendental. Además de casaleros, casalizos, también eran cajalizos, todos epítetos de la misma raíz semántica. En Lasieso nos confirmaron lo antedicho: "A los de Yéspola les deciban caxalizos porque les cuacaba de estar algo en casa a los amos y saliban poco al monte". También lucían el apodo de topos en ese lugarcillo. Se debía a las particularidades fisiocráticas del término de la aldea, donde abundaba el terreno de re gano -regadío- y los banqueros de alfalces, que eran el edén de los topos. El terreno de pradería siempre estaba infestado de esos animales.

A los habitantes de Belarra en el trovo comarcano los llaman zorillas. Zorro es sinónimo de ebrio, borracho. Al montañés le encantaba el vino y en su tierra lienta no se criaba, y por eso bajaban a encubar con caballerías de rehata a los Somontanos. El vino era trasladado en boticos -odres-. En Lasieso nos comentaron que recibían el sobrenombre comunal de borrachotes, que es sinónimo del anterior. Además tenían el apodo de cazataires y ceperos, concomitantes en sentido. Según es notorio tenían una extremada inclinación a la caza, en tanto que recurso energético y económico. Las pelletas' de las rabosas -pieles de zorra- bajaban a venderlas a Huesca o las vendían a los pellejeros ambulantes. Para alegorizar el prurito cazador de la vecindad había una fábula, según la cual dos rabosetas que iban a entrar en el término sembrado de cepos de Belarra (de ahí el sobrenombre de ceperos) se despedían trágicamente con esta frase hecha: "Bueno, chica, si no nos vemos más, hasta o pellejero". En la aldea de Lasieso nos comentaban que los de Belarra "cuando rayaba el alba -amanecía- ya teneban o jornal en a pocha" y nos contaban la anécdota de un tal Manuel, anciano de Belarra, que en cierta ocasión cogió la Tensina con una rabosa viva y la llevaba de un ramal por el Coso delante de Huesca. Los de Belarra -como todos los montañeses- también practicaban el método de cazar con Jorón -hurón- al que introducían en los cados -madrigueras-. Hasta dos docenas de conejos cogían con esa práctica cinegética, cuando abundaban esos animales. De toda esta memoria se deduce que los de Belarra, como en todos los lugares de la montaña, cazaban por necesidad de minchar carne y fer cabal. Comer y hacer capital. También tenían los de Belarra el sobrenombre de estripacharcos. Y para justificarlo, en la zona nos adujeron dos motivos: Cuando el estiaje de agosto los vecinos iban a Jer canals a las charcas y de allísacaban agua para el riego hortense. Según otros, el apodo provenía de una leyenda municipal estrambótica: Un día, en la noche obscura, vieron ciertos vecinos la luna reflejada en el vientre magnético de una charca y, creyendo que podrían aprehenderla, puncharon en la charca para cogerla, de ahí el apodo de estripacharcos.

Los de la aldea monreposina de Alavés tenían el sobrenombre de cabezudos. Cabezudo, motolón, motoludo, motolodunaz, tastarruz y otros epítetos aragoneses equivalen en castellano a contumaz, terco, recalcitrante. Ésa es la explicación que nos dieron en la contornada, que eran muy tozudos. En el fatal año de 1898 el de los escritos heridos por el concepto de España- ya dio muestras de terquedad, ingenio y visión de futuro un tal Cosme, vecino del lugar, que se construyó una pista forestal a sus expensas (murió en el fatal 36 con 92 años de edad) para poder acceder a la huerta del fondo del valle con carro. Otras gentes nos decían lo consabido y tópico, lo que se desprende en derechura del apodo-calificativo: "que eran muy bestias y tozoludos, tanto como los bueyes, que por donde pasaban la cabeza teneban que pasar los güembros". Que no recapacitaban.