Acerca de algunas ideas de semblante postmoderno en el joven Cajal

I. LA NATURALEZA DE LA REALIDAD

El año 1996 constituyó un hito clave en lo relativo a lo que cabe entender por conocimiento y, en forma concomitante, por realidad. De facto, la pregunta acerca de la naturaleza de la realidad es una pregunta muy antigua que ha estado presente a lo largo de la historia de la cultura. Aún más, se trata de una pregunta que se mantiene siempre abierta, si bien se han hecho algunos progresos al respecto por parte de la moderna epistemología en conjunción con las prácticas características de la comunidad científica.

En dicho año, el profesor Alan Sokal, adscrito al Departamento de Física de la Universidad de Nueva York, remitió un artículo zumbón 1 a la prestigiosa revista Social Text, mediante el cual se propuso poner en evidencia el abatimiento de los estándares de rigor intelectual por parte de un sector de las ciencias humanas atrincherado en las ideas postmodernas. El golpe de efecto de tal artículo estuvo acompañado de la publicación, poco tiempo después, de otro artículo suyo, en la revista Lingua Franca, gracias al cual reveló la naturaleza de su parodia 2. Desde entonces, los intelectuales postmodernos a lo largo y ancho de todo el orbe han montado en cólera por obra y gracia de la broma gastada por Sokal, la que ha hecho fluir ríos de tinta a granel.

Pero, ¿qué ha hecho tan especial a la parodia antedicha? En primera instancia, la broma de Sokal ha dejado al desnudo tanto los abusos del lenguaje científico y técnico como los devaneos con el relativismo epistemológico y axiológico por parte de los intelectuales de marras. En segundo lugar, y más delicado en el fondo, ha hecho ver el peligro que las ideas postmodernas entrañan para el desarrollo de los países, del Tercer Mundo, los que bien podrían ceder a la tentación de dar el salto al vacío que implica la postmodernidad, puesto que echarían por la borda los sistemas de valores de factura grecorromana gracias al nefasto influjo del relativismo axiológico, y sin haber conocido aún la herencia de la Ilustración. En lo que a nuestros países hispanos atañe, tal peligro no puede perderse de vista habida cuenta del hecho que la historia de nuestra cultura se ha caracterizado las más de las veces por la carencia de tres factores cruciales para el real desarrollo de una sociedad, a saber: libertad, modernidad y tecnología 3.

Stricto sensu, el episodio Sokal constituye la punta de un témpano, puesto que no pocos intelectuales comprometidos con el proyecto moderno, amén de prestigiosas academias científicas, como la de Nueva York, han denunciado los abusos aludidos desde varios años antes de la parodia del profesor Sokal. Ahora bien, conviene dejar claro en este punto que las ideas postmodernas no son una novedad de los últimos tiempos. No faltan quienes las remiten incluso a la obra de Nietzsche sin ir más lejos.

Empero, no es el objeto de este artículo el hacer una relación prolija de la postmodemidad y su esfera de influencia, empresa poco menos que imposible de acometer en unas pocas cuartillas. Más bien, nos interesa detenemos en cierto episodio de la vida de estudiante de don Santiago Ramón y Cajal, el cual nos revéla un cierto amorío intelectual pasajero suyo con ideas del tipo que hoy se clasifican como póstmodemas.

II. EL JOVEN CAJAL Y SU PASAJERO DELIRIO POSTMODERNO

En la primera parte de su autobiografía, Mi infancia y juventud, narra don Santiago un episodio de sus días de estudiante universitario en Zaragoza relacionado con la que bautizó con humor su manía filosófica. De entrada, conviene reproducir aquí el fragmento clave 4 (los seis subrayados son de quien esto escribe): ...A decir verdad, esta manía razonadora no era nueva en mí según consta en capítulos anteriores; asomó ya durante mis estudios del Instituto, pero después de la Revolución (años de 1871 a 75) tuvo peligroso recrudecimiento. Paréceme que por aquel tiempo esta afición no era del todo sincera; lo fue, sin duda, más adelante. Pero entonces, antes que meditar honradamente sobre tan altos asuntos, deseaba apropiarme los ardides de la sofística para asombrar a los amigos. Con este espíritu de frívola curiosidad fueron leídas, y no siempre entendidas, las obras de Berkeley, Hume, Fichte, Kant y Balmes. Por fortuna, las obras de Hegel, Krause y Sanz del Río no figuraban en la biblioteca universitaria. Yo me perecía por las tesis radicales y categóricas. Adopté, por consiguiente, el idealismo absoluto. A la verdad, el gallardo idealismo de Berkeley y Fichte teníanme cautivado. Ni se ha de olvidar que por aquella época era yo ferviente y exagerado espiritualista. Con un ardor digno de mejor causa. pretendía refutar ante mis camaradas. un poco desconcertados, la existencia del mundo exterior. el noumenon misterioso de Kant. afirmando resueltamente que el yo, o por mejor decir. mi propio yo. era la única realidad absoluta y positiva. Como es natural, los amigos Cenarro, Pastor Senac, Sierra y otros, a quienes mortificaba a diario con mis latas, se resistían a ser considerados como meros fenómenos o creaciones de mi autocrático yo, y protestaban enérgicamente contra mis sofismas de guardarropía. En el fondo, estaba tan seguro como ellos de la objetividad del mundo; pero que me seducían las paradojas y los malabarismos dialécticos. Excusado será advertir que tan pueril juglarismo de leguleyo contribuyó muy poco a mi formación espiritual, a menos que se consideren como ganancias positivas cierta agilidad de pensamiento y algo de sano escepticismo. Sin embargo, la citada afición a los estudios filosóficos, que adquirió años después caracteres de mayor seriedad, sin transformarme precisamente en pensador, contribuyó a producir en mí cierto estado de espíritu bastante propicio a la investigación científica. De ello trataremos oportunamente.

Hasta aquí el valioso testimonio de don Santiago. Durante el resto de la narración en Mi infancia y juventud, lo mismo que en la segunda parte de su autobiografía (Recuerdos de mi vida: historia de mi labor científica) no hay más evidencias acerca de este tipo de devaneos del insigne histólogo aragonés. Por así decido, fue un pecado de juventud por parte de Cajal.

Las frases subrayadas en el fragmento extraído de la autobiografía de Don Santiago recogen, a juicio de quien estas líneas escribe, el sentido de los abusos actuales de las jdeas postmodernas en la óptica denunciada por Alan Sokal, Jean Bricmont, Mario Bunge, Steven Weinberg y algunos otros intelectuales empeñados con el proyecto moderno. Así las cosas, detengámonos en este aspecto de la cuestión que aquí nos ocupa por la vía de la comparación entre los segmentos arriba subrayados y las tesis centrales del texto más emblemático del aún reciente episodio Sokal, Imposturas intelectuales 5.

Comencemos con el primer segmento subrayado: deseaba apropiarme los ardides de la sofística para asombrar a los amigos. Como se puede apreciar, la anterior declaración de Cajal insinúa cierto afán de posar de profundo ante su auditorio. Desde luego, una actitud comprensible en un adolescente con ambición de nombradía. Empero, una actitud tal adquiere un cariz por completo distinto cuando se trata de intelectuales que, en principio, se han convertido en estrellas de primera magnitud del firmamento académico mundial de los últimos tiempos, como, botón de muestra, Julia Kristeva y Paul Virilio, desenmascarados con motivo del episodio Sokal y sus antecedentes. En concreto, denuncian Sokal y Bricmont 6 que uno de los abusos de los intelectuales de marras consiste en exhibir una erudición superficial lanzando, sin el menor sonrojo, una avalancha de términos técnicos en un contexto en el que resultan absolutamente incongruentes. El objetivo sin duda, es impresionar y, sobre todo, intimidar al lector no científico. Aquí, se capta un sentido similar al de la declaración de Cajal de pocas líneas más arriba, con las naturales diferencias de matiz.

En cuanto al segundo segmento (fueron leídas, y no siempre entendidas), salta de inmediato a la vista el enorme parecido con otra de las denuncias formuladas por Sokal y Bricmont 7. En efecto, otro de los abusos de los intelectuales postmodernos puestos en entredicho en Imposturas consiste en hablar prolijamente de teorías científicas de las que, en el mejor de los casos, sólo se tiene una idea muy vaga. Es en extremo obvio que, en una distorsión manifiesta del sentido riguroso de la interdisciplinariedad, intelectuales postmodernos como los cuestionados por los profesores Sokal y Bricmont se permiten su buena licencia para hablar de temas en los que no reflejan el dominio y manejo propios de un real conocedor. Desde luego, tal denuncia de ambos profesores no debe entenderse como una prohibición para trascender los linderos de la propia disciplina, actitud ésta que, en rigor, es altamente saludable para el avance del conocimiento, siempre y cuando se tenga como estandarte la honradez intelectual imbricada con la puesta en uso de la caja de herramientas para la detección de falacias lógicas y retóricas.

En este orden de ideas, agrupamos aquí los siguientes dos segmentos, puesto que comparten un mismo sentido (Yo me perecía por las tesis radicales y categóricas. Adopté, por consiguiente, el idealismo absoluto; Con un ardor digno de mejor causa, pretendía refutar ante mis camaradas, un poco desconcertados, la existencia del mundo exterior, el noumenon misterioso de Kant, afirmando resueltamente que el yo, o por mejor decir, mi propio yo, era la única realidad absoluta y positiva). En efecto, los dos segmentos antedichos aluden de forma directa a la pretensión de negar la existencia de una realidad física que existe objetivamente por fuera del yo, pretensión central a los intelectuales postmodernos de actualidad. Según lo declarado al pie de la letra por el joven Cajal, cabría tildársele de solipsista... sino fuera por la contradicción manifiesta en su declaración al respecto, esto es, el Cajal adolescente pretendería ser un solipsista que necesita de un auditorio al cual poder decírselo. Se tiene aquí lo mismo que Bertrand Russell contaba de una lógica eminente, Christine Ladd Franklin, quien le decía a Russell, en una carta, que era solipsista y que le asombraba que no hubiera otros como ellas.

Ahora bien, el segmento que sigue en nuestra lista nos muestra a un Cajal que termina por caer en la cuenta de su contradicción al respecto, manifiesta en un laxismo teórico que se torna insostenible: En el fondo, estaba tan seguro como ellos de la objetividad del mundo; pero que me seducían las paradojas y los malabarismos dialécticos. Lo mismo se encuentra en las posturas harto contradictorias de hoy día en los intelectuales postmodernos, quienes, pese a negar la existencia de uIla realidad física objetiva y a reducir las leyes naturales a meras creencias consensuales, perdiendo así de vista la esencia misma de los hechos fehacientes que constituyen uno de los cimientos de la ciencia, no dudan, por ejemplo, en ir al médico si se sienten gravemente enfermos mientras recomiendan al pueblo, sobre todo en los países del Tercer Mundo, que se entreguen a la superstición sobre la base de un insensato relativismo epistemológico. En estas condiciones, la honradez intelectual se ha convertido en una pobre dama vergonzante.

Desde el punto de vista de la formación integral propiamente dicha en el seno de nuestras instituciones educativas, máxime ante la crisis actual de nuestros mal llamados sistemas educativos, suena como un campanazo de alerta el último segmento que hemos elegido del joven Cajal: Excusado será advertir que tan pueril juglarismo de leguleyo contribuyó muy poco a mi formación espiritual, a menos que se consideren como ganancias positivas cierta agilidad de pensamiento y algo de sano escepticismo. Es decir, puesto que muchos intelectuales postmodernos se han infiltrado en universidades, academias y ateneos en todo el mundo, lo mismo que en los restantes niveles de la educación, propagando a diestra y siniestra su ideología plagada de un rigor intelectual en extremo precario, es fácil inferir las consecuencias de semejante estado de cosas en la formación de las nuevas generaciones. Como bien se sabe, don Santiago superó sin mayores contratiempos su devaneo con las ideas que hoy llamamos postmodernas, logrando de paso "cierta agilidad de pensamiento y algo de sano escepticismo". Empero, no podemos darnos el lujo, en nuestras instituciones educativas, de correr el riesgo de dar por sentado que nuestros alumnos podrán superar en forma airosa, por sí solos, la intoxicación postmoderna de forma similar a la del insigne hijo de Aragón. Así, en tanto educadores conscientes de los peligros de la ideología postmoderna y su cantinela anticientífica, hemos de estar ojo avizor en nuestro quehacer formativo al respecto, pues, entre otras cosas, formar conlleva el enseñar a nuestros alumnos a pensar por cuenta propia y a vivir en consecuencia. Después de todo, como bien decía don Francisco Giner de los Ríos 9, ilustre coetáneo de don Santiago, el arte lógico, primera base real de la vida, está concebido para la recta indagación de la verdad y su sistemática información en, la ciencia.

En este mundo poseído por demonios que habitamos en calidad de seres humanos, la ciencia es acaso lo único que nos aísla de la oscuridad que nos rodea. La ciencia, que tanto amó don Santiago, usada con sabiduría, es una llave que, según hacía ver el celebérrimo Richard Feynman, abre las puertas del cielo, cuestión que implica resistir el canto de sirenas de la postmodernidad y su harto dudosa ideología. Si en realidad nos concebimos como educadores y actuamos en consecuencia, no podemos darle la espalda a la herencia de la Ilustración sin negarle, por ahí derecho, a las jóvenes generaciones un legado que les pertenece. Pero con esto no hemos descubierto nada nuevo, ya que don Santiago supo vedo con suma nitidez.

1 SOKAL Alan D. Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity. In: Social Text. N° 46/47 (Spring/Summer 1996); p 2170252.

2.A Physicist Experiments with Cultural Studies. In: Lingua Franca.Vol. 6, N° 4 (May/June 1996); p 6264.

3 A propósito de estas carencias en el seno de nuestra cultura, trató el filósofo español Miguel Quintanilla en el seno del Congreso Mundial de Filosofía celebrado en Boston en 1998, en cuanto a su relación con la precaria producción hispana en el campo de la filosofía de la tecnología frente a los países avanzados.

4 RAMÓN Y CAJAL, Santiago. Mi infancia y juventud. 8 ed. Madrid: Espasa-Calpe, 1968. p 193-194.

5 SOKAL, Alan y BRICMONT, lean. lmposturas intelectuales. Barcelona: Paidós, 1999. 315 p.

6 Ibíd., P 22-23.

7 Ibíd., P 22. S Ibíd., P 66. 9 GINER DE LOS RÍOS, Francisco. El arte y las artes. En: Antología del ensayo hispánico. (http://www.ensayistas.org/).