Ecos de un lavadero

El sonido perpetuo y cristalino del agua, casi petrificado al caño desde siempre, conduce nuestro recuerdo hacia un pasado cercano. Hacia esa pieza clave en la ruda asepsia de hace un siglo; el lavadero, que hoy permanece desolado y semioculto en la neblina del olvido.

Cuando en lo alto, las espadañas de las iglesias lanzaban sus tañidos al viento hasta el último rincón habitado, abajo, en el lavadero, las mujeres desgranaban las mañanas y construían sin saberlo, buena parte de la atmósfera histórica transmitida, en ese montón de hogares cruzados por callejas de tierra que eran entonces los pueblos del Alto Aragón.

Cuidadosamente construidos de piedra fuerte para perdurar en su cometido, de ellos sólo permanece el golpeteo del agua, acallado antaño con el sonido de fondo del canto de algún gallo despistado, del chirriar de los carros, o la llegada del correo traído por valijero cuando las distancias eran mayores. Y sobre todo, por el murmullo de las voces que en él nacían; conservadas, discutidas o cantadas; al ritmo del volteo, escurrido y apaledado de las prendas. Un lugar que se convertía en" la redacción de un diario hablado y en coral de voces blancas. Sonidos de auténtica balada interpretada por la sociedad rural en comunión con la Naturaleza que la acogía. Cuántos secretos atesoran los muros del lavadero...

Ya no resulta sencillo reconstruir en la imaginación el retrato vivo -aunque sea en color sepia de época- de aquel elemento integrador en tantos pueblos. De aquellas lavanderas que debían madrugar, pues sólo las más tempraneras encontraban la prebenda de poder situarse junto al caño, límpido, dejando para las demás el agua ya enturbiada. O de los lutos, que tenían no sólo de dolor el corazón sino también las prendas antes blancas, dejando a menudo su rastro oscuro deshilachándose en la corriente.

Era complejo aquel proceso doméstico, hoy concentrado por fortuna en un simple programa de lavadora. Nadie como la experiencia nacida de las incómodas maneras de restregar en las aguas gestadas en la nieve, las indomables coladas de mantas de lana y camisas de lino y cáñamo.

Remojar la ropa, enjabonada. Bataneo de paleta y restregar nudillo contra nudillo y, según quedase, vuelta la enérgica azotaina de paleta hasta comprobar que la espuma, antes oscura, ahora fluye blanca por entre las acanaladuras labradas. De la misma forma, fluían de las gargantas cánticos y jotas cuyas notas ayudaban a su manera a sobrellevar aquellas arduas tareas. Mientras, yacían en el suelo las grandes canastas de mimbre esperando acoger de nuevo la ropa limpia y enroscada, las paletas de madera y el jabón de tajo hecho en casa o salido de las fábricas oscenses, barbastrenses y alguna otra, que convertían en los preciados adoquines, las morgas de los molinos aceiteros al menos desde el siglo XVIII.

Pero la tarea no terminaba en este episodio ya duro de por sí. Sería reemprendida a la jornada siguiente con el ritual propio de la colada, de ahí su nombre, ya que debía "colarse" el agua hirviendo sobre la ceniza en el roscadero para blanquearla. De nuevo al lavadero para aclarar las prendas y, finalmente, al tendedor en que a veces se convertían los matorrales y los muros carasolados. Era allí donde en silenciosa competencia se exhibían las artes que cada mujer, en materia de blancuras, ponía en boca de las demás. Unas ramas de romero, lavanda o algún membrillo suelto perfumarían los ajuares textiles cuidadosamente plegados en los recios armarios roperos. También las manos precisaban de cuidados después de tratar con aguas cortantes de puro frío, y éstos venían en forma de crema casera hecha con aceite crudo y limón.

Crear el artilugio arquitectónico consistía en la sencilla solución de prolongar la fuente; ésta siempre presente pues sin ella no había pueblo; a veces en abrevadero, y otras, además, en el elemento que pretendemos arrancar de la nostalgia. A partir de aquí, los esmeros constructivos se abrían a la originalidad y porqué no, a las atenciones que el común de los hombres proferían hacia sus consortes, pues no en todos los pueblos gozaban de lavadero cubierto y con fogaril. Pues cuando las jornadas debían ser largas, impuestas por los grandes fardos que provenían no sólo de los hogares particulares, sino también de los cuarteles, aquella estancia quedaba convertida a la vez en cocina y comedor que permitiría reanudar las faenas de cara a la tarde.

Esa ambientación podía vivirse en Sardas, lugar que exhibe uno de los más completos ejemplares de lavadero techado a dos aguas. En su interior queda el moblaje .de la época: la farola que pende del entramado de madera, un banco corrido junto al hogar, los restregaderos acanalados, las coladeras... y a extramuros, la bella fuente de un caño con largo abrevadero fechado en 1911 donde tantos cántaros debieron arrimarse. Cerca, como en casi todos los lavaderos, vivían antaño los grandes árboles criados con las humedades y nutrientes "naturales" que emergían de los espumosos desagües.

Ya no había que llevar al río ni la tabla de lavar ni el cajón rodillera. El lavadero era todo un adelanto en la rudeza de la vida tradicional, y al que hoy nadie echa de menos.

La pesada llave de hierro despereza el mecanismo de la vieja cerradura, clausurando también la jornada en un tiempo no lejano... donde los grandes leños de roble, carrasca y haya alimentaban los fuegos que, tras dejar su calor en los hogares, escapaba en jirones de humo por las regias chamineras del escenario serrablés. El invierno teñía de blancos el paisaje agreste y humano de Sardas, mientras resonaban comentarios de cadiera en una casa cualquiera:

-Mañana madrugaré, que tengo que ir al lavadero...