Apodos Altoaragoneses

En el lugar de Gillué los apodaban maravillas. Según un informante de Villobas, ese apodo obedecía a que en Gillué abundaban las mozas y tenían notoriedad de ser hermosas. Además -y por contraste con el vecino pueblo de Fablo- recibían el apodo de gente fina, antitético del de gente basta que se aplicaba a los de Fablo.

Los de Cañardo eran los berracotes. Berraco es el cerdo toriondo, masto. El que copulaba con fines reproductivos con las tocinas. Según opinión de Lasieso se compararía a los vecinos con los sementales, porque a los hombres de ese lugar les gustarían algo las mujeres. Cuando algún mozo se extralimitaba en la libidinosidad lo motejaban de berracote. Antaño el mantener un barraco resultaba oneroso para la austera economía de las casas montañesas. Era un gasto ordinario de mantenimiento en un mundo de recursos parcos. Algunas casas de determinadas aldeas se dedicaban a criar un barraco y ahí acudían las gentes de las demás casas de la aldea y de otras de la comarca, para que fecundaran a las tocinas. Hay numerosas anécdotas sobre lo sacrificado de esos viajes, por la terquedad de los cerdos a la hora de obedecer. Los de Linás de Marcuello, por Ayerbe, llevaban a cubrir sus tocinas al semental de la aldea de Santa Engracia de Loarre. La casa a la que pertenecía el barraco recibía el apelativo de casa "Mastero", que desplazó al anterior antropónimo de casa "Usieto".

De Laguarta -aldea más oriental de la Guarguera- decían el sobrenombre de serralla-puertas. Según un vecino de la misma población, el motivo pudiera aludir a que como Laguarta era la población límite de la Guarguera era la puerta que abría y cerraba el valle. Ese concepto jánico-geográfico también lo usufructuaba el pueblo de Troncedo, en la huega de La Fueva y Ribagorza, según decía la máxima popular: "Troncedo tronza La Fueva con Ribagorza". Otros informantes nos decían que el apodo era de rompepuertas. Como todos son semejantes es factible que la confusión proceda de una corrupción popular del vocablo primitivo. La transmisión oral tiene estas rémoras. Además, a los de Laguarta los llamaban Roma o los de Roma y era porque se hallaban en el lugar más accesible de la Guarguera y era encrucijada y enclave en las comunicaciones naturales del valle, pues se hallaba a caballo entre el Sarrablo y la Boletania.

A los de Matidero se los conocía con el apodo de rompebancos. Y se añadía un estrambote somarda: "sin estral". Según juicio de las gentes locales el apodo se debería a que en esa aldea serían algo amigos de estar en o canto de o fuego como los gatos cenizosos. Banco equivale a escaño o cadiera. Otros nativos decían que el estrambote sin estral era una alegoría epigramática que simbolizaba la vagancia de las gentes de esa aldea, pues tan proclive s eran a estar sentadas en las cadieras y a evitar trabajos. Una mazada montañesa que exhorta a la laboriosidad dice: "largo en la cadiera no se hace artica". Esa peculiaridad de la vagancia es la correcta interpretación del apodo.

Los de Matidero también tenían el apodo de lobos, aunque era menos popular que el de rompebancos. Cuando existían lobos los montañeses tenían avidez por exterminarlos, pues eran dañinos para sus intereses pastoriles. Y se les tenía un miedo cerval. Hay leyendas donde los lobos devoran a los hombres, como la del Barón de Espés, oriundo de las tierras del Turbón ribagorzano. La topo nimia de la Guarguera desvela la profusión de esa especie y la memoria popular asegura que quedaron extinguidos a principios del siglo XX. Como el lobo era considerado un depredador peligroso, en algunas aldeas se dedicaban a capturar lobezno s en las madrigueras. Era una dedicación muy lucrativa, pues los que los capturaban iniciaban un periplo por todas las aldeas de la comarca y los iban mostrando y eran obsequiados pecuniariamente por las gentes, pues el haber capturado a los lobezno s -que luego eran sacrificados- estaba considerado como un hecho de beneficio social común.

A los de Secorún los llamaban campaneros. El tamaño de las campanas era objeto del orgullo municipal. No obstante el apodo se basa en una facecia popular -¿apócrifa, real?- que acaeció en el lugar de Secorún. En cierta ocasión los de la aldea mandaron una misiva al obispo de Jaca, que era capital diocesana. La carta era breve y contundente: "Señor obispo de Jaca, campanas rotas, al buen entendedor, palabras pocas". Gracianesca. La franqueza de la carta debió molestar al bispe jacetano, que contestó tosca y destempladamente: "Mis queridos feligreses de Secorún de lo que me decís de las campanas, que las tenéis rotas, me tocáis los cojones os compráis otras". Este chascarrillo grosero se atribuía también a las gentes de Aineto y Embún. A los de Secorún también los apodaban madrileños, dictado tópico de los montañeses para significar que esa aldea era cabecera de Ayuntamiento y tenía aldeas adscritas y pedáneas.

Los de Aineto eran señoritos. Señorito aludía en la montaña a cierto desahogo económico y a un modelo de vida menos trafagoso que los de las poblaciones vecinas. Según algunos informes de Lasieso, Aineto era una población con un término laborable privilegiado yeso provocaba más variedad y cantidad de recursos, lo que se traducía en un incipiente refinamiento de costumbres. Nos decían: "Dentro de la Guarguera alta, era o lugar con mejor terreno. Era más plano y de mejor palpar y tenían muy güenas valleras de tierra de labor". Gésera tenía el mismo renombre en la Guarguera baja. Un informante de Belarra comentaba: "En ixe lugar d'Aineto tenían casas grandes que parecían palacios. Erafama de siempre de buenas casas". La casa deslumbraba al montañés. Una casa en concreto de Aineto lucía el apelativo del "Señor", lo que denota grandeza de jurisdicción social y económica, que provendría seguramente de la vieja institución real del señoriado, en la antigua organización feudal del medievo. Un informante de Villobas, con la renombrada socarronería montañesa nos decía: "Ixo les endirían porque serían bella cosa chandros y pijaitos y traballar se les fería cuestarriba". Puede ser una exégesis no muy descaminada, pues por principio el origen de los apodos más estriba en la mordacidad que en la lisonja.

Los de Solanilla recibían de estafadores -según unos-, el sobrenombre estafagüegos -según otros- y también el de caldereros. Como sucedía en la novela picaresca -y también en la literatura oral alto aragonesa- el hambre vieja era mala consejera. El que estaba laso cometía hurtos en la propiedad ajena para apocar al Peirot, que es como se bautismaba y personificaba al hambre. En los siglos medievales a los caldereros (solía ser oficio ambulante) se los considera gente de mala ralea y popularmente el oficio se asociaba con el latrocinio. En el texto de las Cortes de Madrid de 1528 se los consideraba personas de mala reputación. Es curioso que por un lado los de Solanilla tuvieran el apodo-sambenito de estafagüegos y estafadores y que el otro apodo de la aldea, el de caldereros, también complete esa semántica de la rapiña. Un anciano de Ordovés nos ofrecía otra versión: "a lo mejor les en dirían porque serían muy negrazos, como los calderos". En el Alto Aragón los mayores conocieron a gentes de ese oficio ambulante, e incluso nos comentaban detalles sobre la técnica del oficio: "la pieza de compostura la agregaban interiormente y luego la remachaban".

En Lasaosa eran apodados conejeros. Antes de la epidemia de mixomatosis el Prepirineo era ubérrimo en liebres y conejos y la caza era un recurso alimentario de distinción culinaria. Las casas de economía paupérrima sólo incluían carne en su dieta alimentaria si se cazaba. A lazo, a loseta, a barraca, a arciello, con hurón. Desde tiempos provecto s las gentes de Lasaosa estaban muy constreñidas económicamente por el gravamen de censos y tributos. Los montañeses, además, disfrutaban cazando, pues era un modo de implicarse en los secretos del medio y de conocer sus leyes. Según un anciano del valle, los de Lasaosa "teneban muita afición a la cazata, se meteban polainas y subían hasta la punta de Picardiello y huronaban firme por allí" .