Una lectura de LA LLUVIA AMARILLA

Continuación

La fiesta o encuentro de los antiguos habitantes y amigos de Ainielle se inició en 1995, por iniciativa personal mía, pero recogiendo un ambiente favorable que venía determinado por varias cuestiones, como la celebridad que para los foráneos había adquirido el pueblo, el que ya hubiera habido iniciativas a nivel familiar, o de casa, y el que las fiestas-­reencuentro en .los pueblos abandonados ya era un fenómeno de sobras extendido por todo el Pirineo.

En la zona, muy al comienzo de los años ochenta y al socaire del movimiento aragonesista naciente, la Asociación Cultural CHEN, de Biescas, había promovido la fiesta de Barbenuta. Más tarde lo hicieron los antiguos habitantes de los pueblos del valle de Tena afectados por la política hidráulica y, finalmente, casi a la par, en los noventa, tomaron la iniciativa tres pueblos del área de Sobrepuerto: Ainielle, Escartín y Otal. Haciendo notar que las romerías de la zona, sobretodo la de Santa Orosia, el 25 de junio, hacía mucho tiempo que constituían, además de nudos religiosos, lugares de reencuentro con las raíces.

Ya se ha dicho que el libro, literariamente, ha tenido poca repercusión entre la primera generación del éxodo de Ainielle. En cambio, sí que ha elevado la autoestima que respecto a sus orígenes tenía; fenómeno que en otras partes del Pirineo ha venido de la mano del dinero, de la plusvalía que la moda y la marea socioeconómica ha ejercido sobre los edificios y los solares.

Pensando en el materialismo de los tiempos que corren y que Ainielle pertenece a la Administración, la plus valía que han recibido sus antiguos habitantes sólo ha sido, en el mejor de los casos, simbólica y espiritual.

Existen casos de antiguos habitantes para los que Ainielle no existe, pues de su pueblo sólo les queda la mácula de un sueño que les aportó bastantes desdichas. Algunos no han estado nunca en el reencuentro porque no quieren darse de frente con las ásperas y abancaladas alucinaciones que, todavía hoy, cuando duermen en su patria adoptiva, les asaltan de vez en cuando.

Esbozado este simple perfil sociológico hasta la fecha y dadas las limitaciones geográficas de Ainielle, el estatus, ocupaciones, edad y fragmentación de sus descendientes, éstos no han iniciado ningún contacto con la Administración para intentar la reversión, compraventa inversa, total o parcial de "la finca".

Tal vez sea esta circunstancia, la ausencia hasta la fecha de intereses materiales, lo que ha dado al reencuentro un sabor prístino, ecológico y espiritual (si no se quiere decir cristiano). Lo cual no implica 'lue no sea lícito, e incluso loable, que lo intentasen, por ejemplo a través de una cooperativa para gestionar un albergue y recuperar algunos elementos arquitectónicos que aún se pueden salvar, como el molino.

En este terreno, no hay que olvidar que la escuela, el viejo solar público donde estaba la anterior, y la iglesia, pertenecen los dos primeros al municipio de Biescas y el tercero al obispado de Jaca.

El año 1995, el del primer reencuentro, congregó a mucha gente. Llegaron los medios de comunicación, incluida la televisión, gran parte de los antiguos habitantes y, por supuesto, numerosas personas atraídas por la singularidad del fenómeno de la novela.

A partir de aquella fecha, y durante seis años, el reencuentro se ha ido reduciendo en cuanto al número de los asistentes por varios motivos entre los que caben citar algunos fallecimientos (Laureano, Esmeralda, Victoriano. ..), el avance en la edad de algunas personas que cada día se ven más imposibilitadas y la pista abarrancada que, desde el Castillón, hace impracticable el acceso con vehículo hasta el pueblo.

Un elemento fundamental del reencuentro durante estos años ha sido Ricardo Mur, sacerdote, antropólogo, investigador y dinamizador cultural de la zona; conocido de modo especial por sus trabajos etnocristianos alrededor del papel de reencuentro que ejercen las romerías y de inculturación o aproximación hacia los sectores tanto rurales como neorrurales del Pirineo.

A él se debe la visión tan particular del encuentro, cargado de simbología, mirando tanto al pasado como al presente, centrado en la importancia de las cosas humildes y discretas, que trascienden "como el grano de mostaza que acaba siendo un árbol, siguiendo el camino de las cosas de Dios"; como un abrazo, un trago, como el aire de Sobrepuerto...

En cada celebración anual también están presentes las viejas casas, el recuerdo a los antepasados simbolizado en simples cartulinas dobladas, a modo de tejado, con el nombre de cada una de ellas: O Rufo, Ambrosía, Usieto, Escartino, Juan, Franco... No faltan tampoco las velas encendidas por un representante de cada una de ellas, ni la torta y el vino después de la misa, la vieja fiesta de la caridad que antaño celebraba toda la montaña y Ainielle de un modo especial; ni la colecta para el Tercer Mundo, que no se vive como una parte de la llamada, malintencionadamente muchas veces, moda solidaria, sino como una fórmula sencilla y digna de decir que Ainielle vive, o al menos, de que crea vida.

Durante estos años no han faltado a la cita, siempre que han podido, Miguel del Rufo, como dice él, un auténtico patriota de Ainielle que, a pesar de vivir en la emigración, no durmió tranquilo hasta que pudo arreglarse una borda en el próximo Barbenuta; Angelito del Botero -otro patriota- siempre dispuesto a subir a su pueblo y a ayudarme -con su hermano José María en la realización del trabajo; Camada, el ilusionado informante de mayor edad, quien espera la publicación de este libro como un auténtico tesoro; Antonio de Ambrosio, que un año vino con sus banderines y fotos de la guerra de Ifni, aquella a la que marchó desde Ainielle, con un. metro de nieve, una noche de Navidad; Antonio Callaved, marido de mi tía Rosalía, el auténtico duende oculto, que cose todos los años, con sus vacas, por el barranco, el puerto, la Selva y los viejos campos, los jirones de Ainielle; y Elena del Botero -entre otros-, en tiempos apodada la perdigana, porque la echó al mundo su madre en un campo, debajo de Pundachunda, una tarde de agosto oscura y tormentosa, de segar precipitado, del año 1926. 1

Dicho todo esto, cabe añadir que el futuro de la fiesta es incierto si se pretende seguir ubicándola en el mismo pueblo de Ainielle, lo que equivaldría a privar del reencuentro anual a las personas más mayores, siendo más lógico hacer un repliegue prudente hacia Susín u Oliván, a la entrada del valle. Por otra parte también hay que tener en cuenta, en su contra, que el concepto grupal de pueblo y casa ya no existe, prácticamente, dentro de los elementos de la tercera generación del éxodo.

Otra opción sería que todos los pueblos abandonados del área de Sobrepuerto la celebrasen en el centro estratégico de la Cruz de Basarán, pero en su contra estarían la tradicional cultura individualista de la montaña que, por inercia, aún continúa en la emigración y el que ya exista todos los años una reunión que la suple, la romería de Santa Orosia, a la que acuden en el día equinoccial muchos de los antiguos habitantes procedentes de las zonas que circundan el puerto sacralizado.

No hay que descartar, aunque parezca un engreimiento, que este libro pueda ejercer de elemento cohesionador y como pequeño revulsivo que refuerce los vínculos del grupo y que atraiga a otras personas aglutinadas alrededor del ámbito del pirineísmo y de la novela de Julio Llamazares. Ya lo viví cuando publiqué Las romerías de Santa Orosia y ví como el libro añadió un grano de arena para levantar, a mediados de los ochenta, un reencuentro que se mermaba de año en año. Sería muy pretencioso creer que la remontada se debió exclusivamente a aquel trabajo, pero sí que opino que hizo de acupuntura o de homeopatía, tocando el amor propio y la conciencia de muchas personas. Hoy la romería, con otros estudios como los del propio Ricardo Mur, se mantiene, si no va a más, y la vieja pastorada, o diálogo teatral de los danzantes, ha reaparecido haciéndose eco del viejo y presente pulso de estas montañas.

1 Dicen los informantes que tras dar a luz Generesa a su hija Elena en el monte, comentó: "Nadie muere hasta que no es hora y cada uno saca las uñas cuando las necesita".