Desgraciadamente -y porque este mundo es así- no todos los seres humanos que nos dejan son recordados a través de unas líneas. Sentada esta injusticia, bien está que, al menos, recordemos a aquéllos que se dieron a los demás con la mayor humildad, y bien merece la pena que los amarremos a nuestras vidas, como referentes, la mayor parte de la andada que nos queda por hacer.
Y decir esto cuando, a la par que en nuestros valles reviene la savia, la sangre se nos coagula de indignación, cobra un especial sentido porque Javier Arnal se nos ha ido mientras la arcana hoguera de San Benito de Orante festejaba el equinoccio y el cielo de la Humanidad se encogía de pavor.
Durante muchos años Javier fue "el amigo oculto de Serrablo", el paleta constructor de la cultura -que es sinónimo de paz- a cambio de nada. El fue, aun siendo muy fuerte, el último baquetón de nuestro conjunto de iglesias y la más discreta pieza etnológica de nuestro museo.
Para todos los que lo conocimos, no es cuestión de mitos..., es cuestión de tenerlo presente. Y para los que supimos de su cosmovisión, es cosa de que él nos ayude a entender de qué va esto.
Si Gladiator decía "fuerza y honor" él, que también fue un luchador sin decirlo, tenía por lema "fuerza y humildad".
Más que nunca, Javier "un abrazo mozárabe".
Enrique Un amigo del Serrablo