Una lectura de LA LLUVIA AMARILLA

Enrique Satué Olivan

Hasta que en 1988 apareció La lluvia amarilla, Ainielle era un perfecto desconocido, un pueblo más entre los que, a lo largo del Pirineo aragonés, conformaban la estirada procesión de la pena y el silencio. Los antiguos habitantes, quitando algún caso de romanticismo congénito, habían pasado página y no lo visitaban. Las asociaciones montañeras de la provincia todavía no se habían adentrado en el treking cultural y se ceñían a las altas cumbres del Pirineo y a la sierra de Guara. Al pireneísmo francés, centrado hacía años en este ultimo espacio, le había pasado desapercibido el Sobrepuerto. En resumidas cuentas, a pesar de la iglesia prerrománica de Otal, de la joya del molino de Ainielle, de los bancales aéreos y andinos, de los afortunados balcones abiertos de par en par a dos mil metros, de las profundas aguas abarrancadas, de los contrastes de vegetación, de las bordas y chimeneas deterioradas pero muchas en pie aún, nadie -salvo la gente del país- había oído hablar del Sobrepuerto y Ainielle.

Por eso -ya lo he dicho- cuando el día de fin de año de 1986, Julio Llamazares publicó en el periódico El País un adelanto de su novela, titulado "Nochevieja en Ainielle", me invadió una extraña sensación, algo así como un escalofrío, como si alguien me hubiese estado espiando toda la vida.

A partir de allí el pulso y la dieta de los 1988, el 23 de abril, se hizo en Ainielle una presentación simbólica de la novela, poco más tarde llegó el papel de aluminio, las latas de bebidas y mi frustración. Me costaba comprender el fenómeno. ¿Cómo era posible que una buena caminata y la lectura de un libro no fuesen aduana suficiente de ciudadanía? A partir de entonces se apoderaron de mí sentimientos ambivalentes e híbridos que iban desde el orgullo a la culpabilidad.

Y como una marea imparable, como si se hubiese producido una aparición o una revelación ­bien se recuerda en Susín y Oliván- comenzó a trenzarse la romería. Primero llegaron unos pocos romeros en fin de semana, aunque luego, conforme el libro era revelado y divulgado, acudían en cualquier momento del año y desde lugares inverosímiles, siguiendo aquella novedosa Vía Láctea en la que -por supuesto- yo participé como un romero más (parece una ironía pero hablo en serio. Mi tesis doctoral giró, hace años, alrededor de los fenómenos de religiosidad popular).

Poco a poco, intuyendo lo que se estaba fraguando, dejó de interesarme el fenómeno literario del libro, pasando a sentir curiosidad por la condensación cultural oculta que traía a las gentes hasta Ainielle.

Como comencé a moverme desde impre­siones subjetivas, conversaciones, encuentros, observaciones de todo tipo, pronto me di cuenta que hacía falta un soporte más objetivo y científico, como iba a ser la colocación en la escuela, primero, y después del incendio, en la iglesia (teniendo en cuenta el filtro que el cambio iba a originar) de una serie continuada de libros de visitas en los que se iba a plasmar tanto la filosofía de los que acudían a Ainielle como una aproximación al número de los que lo hacían.

El análisis de los libros de visitas confirmaba mi hipótesis previa, el fenómeno del éxito de La lluvia amarilla, vertido sobre Ainielle, tenía mucho que ver con las necesidades religiosas que, manifestadas de un modo u otro, e incluso travestidas de laicismo, son tan viejas como la humanidad.

El arranque estaría en los procesos de orfandad nacidos en la sociedad industrial y urbana del siglo XX que, habiendo invalidado los caminos del materialismo dialéctico, sintiendo sonrojo de manifestar concomitancias con los principios -generacionalmente mal vistos- de la Iglesia, y alejados de los esforzados senderos personales que, en un mundo consumista, conducen hasta la moral humanista, finalmente, sobre todo a partir de la crisis industrial, arrastraron hacia la vuelta nostálgica a lo rural, a lo romántico y lo rousseauniano; todo ello, comprimido entre las arcanas manifestaciones precristianas y los elementos cristianos.

Y es que, como bien dice el filósofo Eugenio Trías, la raza humana a la que pertenecemos sigue siendo, todavía, y tal vez por mucho tiempo, la del Hamo Symbolicus, obsesionado con los temas del origen y la muerte. y tal vez por eso el hombre urbano, que somos casi todos, sintamos miedo a quedar colgados del vacío, nos atenacemos a las ramas que brotan de nuestras ancestrales raíces rurales, y busquemos, si no las tenemos bien definidas, nuevos espacios amnióticos donde sentimos protegidos, como en el abrigado cuenco de Ainielle.

Sería éste el terreno en el que, aunque le cueste aceptado a la mayoría de los visitantes, alrededor de Ainielle y la famosa novela se ha ido configurando durante ya más de doce años una diáfana manifestación pseudorreligiosa, en la que -sin rizar el rizo- no falta prácticamente ninguno de los elementos que conforman una romería.

Existe un libro, una revelación, un texto hagiográfico por donde caminan héroes y santos (el protagonista y los antiguos habitantes). Los visitantes/romeros se relacionan con ellos a través de lo que los psicopedagogos llamarían el juego simbólico de la primera infancia, creyéndose la novela.

Existe un espacio sagrado, un macro­santuario con dos ermitas. El gran espacio es Ainielle, un lugar "mágico y muy especial", incluso vinculado con la Vía Láctea, como indican algunos visitantes. Las dos ermitas son laicas, una funcional -la escuela- hasta que en 1998 ardió, y la otra asociada a uno de los nudos medulares de la novela -el molino- (pido disculpas al lector religioso por el uso metafórico del lenguaje).

Se han producido y colgado exvotos en el primer espacio sacralizado. El primero apareció en 1992 y era de Conrado Escartín, quien, amando su pueblo y animado por su celebridad y por las visitas que acogía, redactó a mano y enmarcó unas líneas en las que recogía con emotividad el penoso panorama en el que, a comienzos del siglo XX, se desenvolvía la vida en Ainielle. Conrado colocó su testimonio/exvoto en la pared de la escuela y no tardó en aparecer una réplica a su lado, también enmarcada pero, esta vez, escrita a ordenador por un grupo excursionista en la que reconocía pseudorreligiosamente la dura vida de los antiguos habitantes del pueblo, entre los que se encontraba Conrado. Más tarde, a su lado, apareció otro, en las mismas claves y, creo recordar, varios más a los que habría que sumar la gran cantidad de graffitis que se expandían por la vivienda superior.

Envuelto el contexto en este proceso sacralizador, entre religioso y laico, en 1991 se arreglaron los dos santuarios generados por La lluvia amarilla, la escuela y el molino. Participé en el tema, amparado en la Asociación Cultural "Amigos de Serrablo" y presentando el proyecto al COMENA. Arreglada la pista para poder actuar, tampoco faltaron expoliadores (Eriks Belgas, chapuceros) que se llevaron varias piezas, sin que, por otro lado, faltase la denuncia enrrabietada y documentada que presenté.

Y aún faltaban elementos por configurar el marco pues pronto me enteré de la existencia de niñas a las que se les había puesto el nombre de Ainielle (una magnífica y preciosa decisión, por cierto) e incluso, alguna familia se dirigió a mí, a través del museo, solicitando información.

Toda esta tupida red de elementos es la que ampara a un público que, hasta la fecha, teniendo en cuenta el muestreo de los libros, rebasará los ocho mil visitantes; muchos de los cuales dicen sentir una profunda paz y regeneración interior, como en los viejos caminos iniciáticos, como bajo los senderos de la Vía Láctea -confiesa un internauta- augurando al mismo tiempo para Ainielle, sus chimeneas y sus antiguos habitantes, inmortalidad

Esta sacralización que se venía produciendo la constataron numerosos visitantes, lamentando, en algunos casos, que Ainielle se hubiera convertido en un lugar de culto para crear una cortina de humo sobre el problema del resto de los pueblos abandonados y, sobre todo, de los que iban camino de estado, a veces, amenazados por el traumatismo de la política hidráulica. Sin embargo, un gran número de participantes en la pseudorromería no era consciente de sedo y, una vez quemada la escuela o santuario laico, increpaba a los antiguos habitantes, empeñados en adecentar la iglesia y en celebrar en el encuentro anual una misa cuando aquéllos entendían que lo que había que arreglar era el refugio/escuela.

Paradójicamente, dejándolo para análisis más profundos, mientras unos hacían un acercamiento precristiano, de juego simbólico o de la época del tejo, los otros, gente pragmática que aún recuerda los años de escasez de pan, celebran una misa.

Finalmente, tampoco han faltado participantes intransigentes, ácratas negativos y faltos de sensibilidad, que han elaborado contundentes teorías descalificatorias como aquella que fue reflejada de este modo, con algún punto de verdad: "¡Putos románticos, parásitos de mierda, no sabéis ni lo que es un jadico, sólo sois un jodido cero a la izquierda!" (junio de 1996). "Mucha libertad, mucho nirvana y aire espiritual, pero al final todos funcionarios en casita y a cobrar afin de mes. ¡Horteras!" (4 de mayo de 1997). Son los neosardinos que, de haber vivido en el 36, seguramente también hubieran dado mala vida a los santos de la iglesia.

Durante estos doce años se han interesado muchos estudiosos, alumnos y profesores, en el aspecto literario de Ainielle y su lluvia amarilla. A algunos los he conocido personalmente, como a Magali Gabaude, de la Universidad de Tolouse le Mirail, que entrevistó también a mi madre y de otros muchos he tenido referencias por carta o Internet. No faltando tampoco -ya lo he dicho- alguno que, armado de valor y viniendo de territorios acantilados y brumosos, se haya perdido buscando Ainielle. Una buena parte de los estudiosos han hablado con Julio Llamazares y recogen acertadamente que la novela, paradójicamente, es urbana.

Respecto a los visitantes que ha recibido estos años, cabe reforzar algunas otras cuestiones que aparecen matizadas en el anexo, en los libros de visitas depositados y en los grafitis analizados hasta que la escuela, el día del Pilar de 1998 -para la fiesta de Ainielle- ardió.

Por medio de estos últimos se aprecia como, a partir del año 91, aparecían los antiguos habitantes, obnubilados por la repentina celebridad del pueblo; escribían mensajes escuetos, lacónicos, sin carga alguna de poesía, eran pequeñas frases acerca de su pertenencia a determinada casa -en la emigración de Sabiñánigo o a los pueblos de colonización, sigue teniendo vigencia ese origen- y sobre la fecha en que marcharon. Abundaban, de modo especial y reforzando la hipótesis, los que tenían un origen y filosofía nacionalista y urbana (País Vasco y Zaragoza), no faltando algún que otro crítico hacia el fenómeno, por entonces ya arrollador, de la novela ("El protagonista de La lluvia amarilla está hasta los cojones de que no os llevéis la basura a vuestra casa", por citar uno directo).

Los libros de visitas, más asentados en el tiempo, captaban mejor el origen geográfico del flujo amarillo y su distribución temporal. Durante 31 meses acudieron a Ainielle una media de 40 personas mensuales, procediendo en un 40% de Zaragoza, en un 15% de Francia -donde el fenómeno de In pluie jaune ha calado mucho, sobre todo en los ambientes pirineistas- y distribuyéndose el resto por lugares dispares de España (Euskadi, León por el origen del escritor, etc.) y por el del resto de Europa, América y Asia (Japón). El grupo más numeroso, el de la capital aragonesa, utilizaba los fines de semana y, sobre todo, las fiestas de la Virgen del Pilar. Siendo célebres, al parecer y hasta que la escuela ardió, las noches de Ainielle.

Las 258 impresiones plasmadas en los libros han sido clasificadas, según su importancia numérica, en nueve bloques que van desde el grupo más numeroso (16%) atraído exclusivamente por el libro; pasando por las de los visitantes llamados, además, por la naturaleza, el senderismo y los pueblos deshabitados; las vinculadas a los antiguos habitantes; las de filiación nacionalista; las asociadas al alumnado de institutos que todos los años, tras leer el libro, visitan el pueblo; hasta las del testimonial pero relevante grupo de los detractores del fenómeno, de la novela y de su autor que se muestran cansados de "tanta historia mística".

Para comprender esta estratificación, al margen de lo ya dicho, no hace falta insistir en que dentro del marco reivindicativo aragonés, además del problema del agua y otros como el ferrocarril del Canfranc, la problemática de los pueblos abandonados ha constituido, como bien se refleja en el estudio, un centro temático permanente (se llega a hablar de "limpieza étnica" y aparecen, de modo permanente, proyecciones como ésta: "Cal continuar luitando contra a espoblazión d'istos chiquetes lugars. ¡Entalto Aragón!").

Para finalizar y asentar más aún la hipótesis de trabajo y la separación de motivaciones y vivencias que existe entre el estrato urbano/novelado y el minoritario de los antiguos habitantes, en uno de los libros, en medio de tanta variedad de opiniones, un hombre nacido en Ainielle escribió un contundente punto de vista al que nada cabe añadir: "Ainielle y el Sobrepuerto no saben de política" decía-, mientras que unas páginas más adelante, una visitante francesa suponía que las viejas gentes del pueblo habían gozado de "l'emotion d'une vie authentique". En definitiva, dos mundos: el real y el virtual.

Continuará