Todo el Sobrepuerto era una comarca de altitud extrema, donde los cultivos adquirían una costosidad casi marginal y por eso se vivía casi exclusivamente de los pastos y de la ganadería. Eran grandes cabañeros -ganaderos- de los que tradicionalmente emprendían la trashumancia hacia la tierra plana, al objeto de alogar -alquilar- los pastos de invierno. El clima era tan adusto para el ciclo cerealista y se colectaban cosechas tan miserables y exiguas que el trigo era casi una reliquia. Los campos de labranza y las parcelas cultivables eran tan angostos que solían ser hazas y artigas, roturaciones estrechísimas, puestas inverosímilmente en las empinadas laderas que rodeaban la orografía levantisca de las aldeas.
Una de las aldeas más representativas en ese sentido era la de Ainielle -Ain en vasco significa altura y no va descaminada la etimología- y la cosecha cerealista en este lugar Recaba de rala y por tanto de marginal en tanto que recurso sustentativo de las gentes vecinas de la aldea.
Si os acercáis hasta este pueblecito espaldau comprenderéis bien de lo que hablamos, ya que todavía se perciben las parcelas agrarias abandonadas, que circundan el monte y son altas, estrechas y, como decían en la terminología medieval, como escaliadas al monte con el jadón.
Hasta que en la década de los sesenta empezó el maquinismo y de la autarquía económica se pasó a una tendencia económica más globalizadora y de mercado, los ancianos aún tenían constancia de haber visto roturar a azada campos en sitios inverosímiles por su altitud y su desnivel, ya que prácticamente eran robados al monte estéril, es decir, a la monteriza, que decían los pastores.
De Ainielle se cuentan innumerables facecias y a causa de su término físico tan montaraz se los apoda terreno de fajetons. En Oliván nos decían que los vecinos de Ainielle y del Sobrepuerto decían con ironía a los que llegaban: "Nosotros enganchamos por la mañanada y cuando queremos dar la vuelta tenemos que desjuñir". En una interpretación recta se pensaría que tenían unos campos tan dilatados que a los labradores les costaba todo el día de hacer una sulquiada, pero la realidad era más penosa ya que las artigas eran tan sumamente estrechas que los labradores no podían dar la vuelta con el apero y cada vez que tenían que dar la vuelta y hacían cabo tenían que soltar el apero. El anciano de Oliván agregaba con cierta ironía. "¡Ixos lugares del Sobrepuerto qué manera de llevar trigo tal Servicio!". La proverbial somardería montañesa. Otro apólogo popular nos ilustra sobre la penuria cerealística de estas aldeas altas: "Un fillo le preguntaba a su padre... papa no hay trigo para la sembradura... y el padre, carranoso le contestaba... ¡qué dices,fato, más que fato, trigo y trigo tiens en ixa escudilla de la espedera!". La escudilla era un recipiente pequeño, de poca capacidad, pero para el montañés era como si tuviera un silo en casa. Otro anciano de Oliván nos decía que en ixas fajetas de Ainielle no sacaban pan ni pa comer y malas que una oveja se ponía lacrada, ya la sacrificaban pa tener carne pa comer. Los de Ainielle también tenían fama de cazataires y los cuentos populares también exponen esa faceta municipal. Un cuentecillo narra: "Iban chino chano dos cazataires de Ainielle y salta una liebre y un cazataire exclama... ¡oy, niño que cazolada en va!... y el otro cazataire pa quitarle la falaguera le decía... ¡pero que aún corre!... y el primer cazataire le contestaba... ¡oh, que a cazauela aún está desemparada!". Cazar por necesidad no por afición cinegética. El informante añadía que ixos de Ainielle, o lugar que celebraba afiesta lugar que celebraba a fiesta en tiempo nieve, habieran como más que cazaban y que el día que cazaban abundante era el mejor día de fiesta.
De Cortillas, Cillas y Sasa hay dichos que aluden a las localidades conjuntamente, no de los del tipo de las aleluyas y los trovos, sino con un contenido algo más insustancial y en nuestras indagaciones no hemos conseguido obtener los apodos privativos de cada una de esas aldeas. Los tuvieron sin duda pero esta zona está excesivamente despoblada, van pasando los años desde que se amortó la sociedad tradicional y cada vez es mayor el impedimento para la obtención de datos.
A los de Basarán (en estado ruinoso) los apodaban pixolos y según opinión de un vecino de Lárrede ese mote podría derivar de unos utensilios del ajuar doméstico llamados pixolas o pixolos, que eran un tipo de jarritas de alfarería del basto y acababan en un pico acusado, que hacía las veces de brocal para beber y que eran muy utilizadas en tiempos por el mocerío para beber vino en las lifaras, fiestas y francachelas.
Los de Escartín tenían una economía eminentemente ganadera, de los que más de un territorio que de por sí era de tradición pastoril. y por eso recibían el apodo de comequesos. En esa aldea elaboraban artesanalmente un requesón muy sabroso, ya que tenían abundante materia prima, pues eran todos los vecinos grandes cabañeros. Según informantes de Fanlillo -en el valle de Basa- era el pueblo que más ganadería poseía de todo el Sobrepuerto y el que más queso producía. Ese producto lácteo era uno de los principales recursos alimentarios de la dieta de las gentes de ese hábitat. Un dicho de gran renombre abona estos datos. Se ideó en un típico espique entre las gentes del Sobrepuerto y las del valle de Basa y surgió concretamente en las romerías tradicionales de Santa Orosia en el puerto de Yebra. El dicho rezaba lo siguiente: "Si no por a seriqueta, lo requesón y lo prieto, no habría chen viva en todo ro Sobrepuerto". El informante de Lárrede proseguía diciéndonos que en Otal y Escartín cada vecino sólo tenía una cabaña entera de ganado y que una u dos veces por añada subían buhoneros de tierra plana a comprar o intercambiar productos a trueque. Un arriero famoso era Fabián de Alquézar que suministraba aceite a los montañeses y lo trucaba por los famosos quesos de leche.
Los de Bergua tenían de apodo gatos, gatitos. En la aldea de Oliván nos dieron una versión peregrina y curiosa, pero que tiene grandes visos de verismo. Nos decían que como Bergua está asentado en un pacino -umbría- y que además en esa zona nevaba mucho, los senderos estaban a menudo helados y nevados y eran muy traicioneros, lábiles y resbaladizos y que por eso las personas y las caballerías se esbarizaban y que con frecuencia teneban que sacar as uñas para acarrazarse y agarrarse. Es decir que sacaban las uñas "metafóricamente" y que por eso eran los gatos. Las caballerías calziaban -piafaban- desconfiadamente en los helero s y para evitar que volcaran los amos ponían en los ventisqueros las mantas de las caballerías y así se atenuaban los resbalones y posaban las pezuñas con mayor confianza. En la villa de Boltaña nos dieron otra versión sobre el origen de este apodo de los de Bergua. Al parecer en cierta ocasión acudió un serrador de Bergua a la aldea de Asín de Brota (al otro lado del nivoso Ara) y el zeribato de él se había olvidado los gatos (útiles de ese oficio) y por esa calaverada se bautismó de gatos a todos los vecinos de Bergua.
Bergua era considerado también el pueblo de las nueces. Al parecer abundaba sobremanera el nogal, que se adaptaba bien a estas altitudes. En tiempos bajaban a venderlas a las ferias del contorno -Biescas, Broto- y también eran muy renombradas sus manzanas.
Las gentes del pueblo de Otal tenían varios sobrenombres comunales. Les decían los cazoleros o cazoletas, porque el caserío estaba enclavado en un hondón muy acusado, rodeado de fajas de cultivo ganadas al monte inverosímilmente a causa del gran desnivel orográfico. Era un pueblo que estaba en una fuesa. Algunos decían de este tipo de emplazamientos ahocinados y con sentido despectivo que estaban en el culo del mundo. Cuando el cultivo era dificultoso y el territorio escabroso las gentes de la contornada exclamaban con cierta procacidad aquella frase hecha vituperadora tan establecida en la montaña... ¡vaya lugar de pesca... si hubiera río!. En cuanto a la existencia diaria y a los recursos el medio dejaba bastante que desear, eso era lo que venía a decir la frase hecha menospreciativa. No conocerían la plétora ni tendrían nunca las cornucopias que emblematizaban la abundancia. El entrevistado de Lárrede nos comentaba que eran pueblos de tanta altura sobre el nivel del mar y de un clima tan riguroso, hiperbóreo y chelador que los ciclos agrarios eran más largos y complicados que en los pueblos del valle y que para que encertaran las cosechas tenían que ser bastantes provisores y precavidos y sembrar en el mes de septiembre, con sazón o no, y que al año siguiente -tras transcurrir un año cabal, no como en el mito de Ceres y Perséfone- en el mismo mes de septiembre segaban y las añadas pluviosas en verde. Los vecinos de Otal -según quiere la satírica popular- se jactaban de que sembraban en agosto y segaban en septiembre. Esto lo dirían a modo de embromamiento y para encubrir cierta resignación resultante de la crudeza ambiental de la zona. Otal al estar en el fondo del valle y bajo derrocaderos de laderas impresionantes, la aldea representaba el arquetipo ideal del aislamiento y la cerrazón y de todas estas aldeas en la ribera del Gállego se tenía un concepto de remota lejanía. El informante de Lárrede nos decía que parecía que estaban en el fin del mundo todas las aldeas del Sobrepuerto y el propio nombre de la comarca es muy indicativo de ese emplazamiento a desmano de las zonas de hábitat tradicional. Las comunicaciones eran difíciles hacia todas las vertientes (ribera de Basa, valle del Gállego y ribera del Ara). Para encarnar ese aislamiento en las poblaciones del entorno idearon un chascarrillo: "Una mesacha de Otal, Dios que cuestarruzios que te quitan el pulso, subió en romería hasta la ermiteta de San Benito, que estaba a caballo de los montes y al esgollarriar desde allí los paisajes lueñizos que se beyeban cata ta toz los cabos, se quedó con agüilla en os ojos y exclamaba... ¡no podríais saber o grande que es el mundo niñas!". En ese cuentecillo admirativo está personificado el aislamiento de estas gentes del Sobrepuerto.
Los de Otal tenían también el sobrenombre de berros, pues ese vegetal que gusta de hontanares y humedales, se daba con profusión en el término liento de esta aldea.