¿Por qué Cajal es un Maestro?

I. PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN

La literatura disponible acerca de la vida y obra de don Santiago Ramón y Cajal suele llamar la atención las más de las veces a propósito del magisterio del conspicuo hijo de Aragón. La verdad sea dicha, es muy raro no toparse siquiera con algún pasaje o nota a pie de página en alusión a tan distintivo rasgo de don Santiago. Ahora bien, si nos fijamos con detenimiento, podremos observar que tales pasajes dan cuenta de dicho magisterio bien sea desde el testimonio mismo de Cajal merced a su propia experiencia educativa, con algún apuntalamiento en sus lecturas de índole pedagógica 1, o bien sea desde los testimonios de quienes le conocieron, testimonios que dan cuenta de una percepción de lo magisterial a partir de la intuición de los testigos, esto es, un saber no necesariamente sistematizado. Además, se advierte en los testimonios antedichos una manera de aproximarse al discurso educativo muy a tono con la que cabe hallar en otros autores de culturas y épocas diferentes, como, por ejemplo, la consignada en los ensayos mucho más recientes de científicos anglosajones como Carl Sagan y Richard Feynman. En efecto, Cajal, Sagan y Feynman comparten en común, reflejo de su compromiso intelectual, una honda preocupación por la decadencia de sus respectivos países e intentan abordar la solución a los males correspondientes desde la educación fuertemente engastada en el modo científico de ver el mundo. De aquí, se tiene un primer indicio significativo en relación con la vigencia del pensamiento educativo de Cajal en sus aspectos esenciales. No obstante, la convergencia anotada entre las percepciones de Cajal, Sagan y Feynman no basta para obtener la conclusión previa en un santiamén, por lo que convendrá, en lo que sigue, apuntalar dicha conclusión desde la óptica moderna sobre la educación. Pero, en primer lugar, nos detendremos con algún detalle en lo que llamaremos la percepción tradicional de la maestría de don Santiago.

II. LA PERCEPCIÓN TRADICIONAL DE LA MAESTRÍA DE CAJAL

En la literatura existente de o sobre don Santiago, se tiene todo un Potosí de testimonios que reflejan con creces el magisterio de Cajal, tantos que su sola enumeración desborda en exceso los límites de este ensayo. Empero, bastará con unos cuantos a fin de reflejar aquí la percepción de la maestría de don Santiago, sea de su propia pluma, sea de la de testigos que le conocieron en forma directa.

A juicio de quien esto escribe, cabe denominar como tradicional dicha percepción habida cuenta del hecho que la literatura correspondiente suele abordar la cuestión, poco más o menos, de la misma manera, esto es, el tono habitual suele ser panegírico las más de las veces por parte de quienes le conocieron, acaso reflejo mismo de un sentir nacionalista. Ahora bien, si procuramos hacer a un lado, en lo posible, un sentir tal a tono con lo hispano, surge con naturalidad la siguiente pregunta al caminar por el buen sendero del rigor intelectual: ¿Resiste el magisterio de Cajal el análisis desde la mirada que plantea el discurso educativo actual? Es justo de la respuesta a esta cuestión de lo que se ocupa este ensayo. Pero, antes, centremos la mirada en la antedicha percepción tradicional del magisterio antedicho.

Durán y Alonso 2 brindan valiosas piezas claves, como, por ejemplo:

  1. no es dable negar el valor pedagógico en la ejemplar lección de su vivir;
  2. lo cajaliano conserva una plenitud y una actualidad que para sí quisieran las ideas y actos de los hombres de hoy;
  3. ese fascinar que tiene el nombre y la obra de Cajal es lo que en el terreno de la pedagogía les salva de ser un oscuro profesor porque su enseñanza no está en las incomprendidas explicaciones de cátedra, sino que nos fue dada fuera del aula;
  4. siempre modesto, cuando no tenía más remedio que autocitarse, hacíalo de pasada y como avergonzado;
  5. con él comenzaron entre nosotros los catedráticos que hacían medicina y no oratoria;
  6. escudado en su propio ejemplo, ganó otra batalla a favor de la enseñanza, al explicar su clase con una claridad y sencillez admirables;
  7. Cajal sintió la enseñanza como un rito religioso, como la más noble función del espíritu. Hasta aquí, tenemos algunas muestras de lo que Durán y Alonso brindan a propósito del Cajal catedrático, distinguiéndolo, cosa curiosa, del Cajal maestro. Por lo que parece, su criterio de distinción ha consistido en asociar la cátedra con el escenario del aula, mientras que la dimensión magistral la enmarcan por fuera del mismo. Según veremos en el siguiente aparte, un maestro no lo es por fracciones parciales.

De momento, sigamos la curiosa distinción realizada por Durán y Alonso en cuanto a catedrático y maestro en lo que a Cajal atañe. Es curiosa tal distinción dado que, si bien catedrático y maestro no son vocablos sinónimos, en un maestro digno de tal nombre una escisión bifronte tal causa algún desconcierto.

En la categoría de maestro, cabe extractar de la fuente citada los ejemplos que siguen:

  1. Como es frecuente en los hombres ejemplares, su influencia fue ejercida al margen de la Universidad, fuera de sus aulas;
  2. si un hombre extraordinario en una especialidad -la que sea- no generaliza, no podemos llamarle maestro en el amplio sentido que damos a la palabra;
  3. En Cajal, el calificativo de maestro es el que mejor le cuadra, porque sus escritos, sus consejos, sus ideas, son aplicables y útiles para todos;
  4. no podemos menos de señalar la actitud romántica y desinteresada de Cajal, buscador de glorias y no de materialismos;
  5. Decía Cisneros, y repetía Cajal, que el mejor predicador es Fray Ejemplo;
  6. Otro aspecto de la gran obra y trascendencia de Cajal como auténtico maestro fue el de sus consejos y estímulos privados. Hasta aquí esta segunda selección de muestras representativas en la óptica de nuestro interés. Si la comparamos con el conjunto precedente de testimonios, salta a la vista más la semejanza que lo disímil, de lo que nace la extrañeza ante la distinción entre catedrático y maestro planteada por Durán y Alonso para el caso Cajal. Por supuesto, una comparación más rigurosa entre ambos conjuntos nos exige ir a la fuente citada a fin de tener a la vista todos los testimonios allí consignados, pero la conclusión básica permanece incólume y en armonía, salvo las naturales diferencias de matiz, con lo que cabe inferir de los datos consignados por otros autores, como, botón de muestra, López Piñero 3.

Por lo tanto, vemos que la imagen sugerida por la literatura cajaliana nos lo presenta como maestro según su obra por fuera de las aulas, visión que, según considera quien estas líneas escribe, no le hace plena justicia al ilustre hijo de Aragón. Así las cosas, pasaremos a precisar en debida forma la imagen de Cajal en tanto maestro.

III. LO QUE NOS DICE EL DISCURSO EDUCATIVO ACTUAL

Suele escasear las más de las veces la buena literatura educativa que recoja con la debida elocuencia la idea precisa de lo que implica ser maestro. De entre los pocos textos disponibles, nos apoyaremos, en primera instancia, en un ensayo sencillamente fascinante del padre Alfonso Borrero 4, ex rector de la Pontificia Universidad Javeriana, Sede de Santa Fe de Bogotá, institución señera en el campo educativo en el ámbito colombiano.

Téngase muy presente que don Santiago se desenvolvió en el medio universitario, sede misma de la educación en y para lo superior, lo que presupone la realidad histórica del maestro. Stricto sensu, hay profesores, lo mismo que maestros. Si hemos tenido la fortuna de conocer un verdadero maestro, podremos afirmar que ganó para sí tenaz presencia en nuestra vida a fuer del desbordamiento de los límites de pedagogía didáctica. En una palabra, el maestro rebasa el dominio de sus Conocimientos. Como bien sostiene el padre Borrero, la maestría muestra, sin necesidad de demostrada, la conquista del hombre sobre sí mismo. ¿Y no es acaso Cajal una muestra elocuente de una maestría tal reflejada en su persistente ejemplo sobre la tonificación de la voluntad? Más aún, el maestro, el genuino maestro, conoce las medidas de la sencillez y la humildad, rasgo muy patente en Cajal y reflejado en algunos de los testimonios recogidos en el aparte previo.

Por otro lado, el maestro conjuga el universo de la cultura. Y, de nuevo, don Santiago es muestra excelsa de esto, hecho observado en las muestras de testimonios antedichos dada la aversión de Cajal en lo que al síndrome del especialista atañe. En efecto, no importa el escenario de que se trate, esto es, el aula, el laboratorio, las salas de conferencias, el debate público, Cajal, habida cuenta de su honda pertenencia al mundo hispano, conjuga nuestra cultura, sobre todo al captar nuestro desolador panorama de mosaico fragmentado en repúblicas divorciadas de la madre patria en tremenda actitud suicida. De este modo, puesto que nuestra situación actual difiere muy poco de la de los días de don Santiago, su fina clarividencia es más que vigente, precisamente, por ser maestro, por ser el artífice de una obra que ha logrado persistir más allá de los linderos del tiempo y el espacio, influyendo, de facto, en quienes jamás lo conocieron. Así, Cajal, en tanto tema generativo de la historia de la ciencia en el mundo hispano, hace las veces de portador de las herencias culturales de una a otra generación.

Por consiguiente, no puede sostenerse que, dentro del aula, Cajal es catedrático a secas en vez de maestro. Después de todo, el saber que imparte ha nacido de su misma labor inquisitiva, motivada, bien lo sabemos, por la angustia que le produce la postración de su patria, sumida en el conformismo y la cerrazón mental. De otra parte, a la luz de las modernas concepciones sobre el currículo, se deshace como la nieve al Sol la distinción establecida por Durán y Alonso entre un Cajal catedrático y un Cajal maestro, puesto que el aula, junto con los demás espacios universitarios, forma parte del conjunto de escenarios en los que transcurre el acto educativo. En otras palabras, la noción moderna de currículo abarca los diversos escenarios en los que adquiere su pleno sentido la formación humana. En esta perspectiva, el currículo connota la complejidad propia de la cultura. Así las cosas, para el caso Cajal, carece hoy día de sentido afirmar que, en su cátedra, el insigne histólogo aragonés no influía en la formación de sus educandos, pese al hecho consignado por Durán y Alonso a propósito de la índole más de alumnos que de discípulos de quienes pasaron por su cátedra. En todo caso, es indiscutible que el magisterio de don Santiago brilla más por fuera de la Universidad al haber marcado la vida de toda una generación hispana durante el primer tercio del siglo XX, y, merced a la labor de sus discípulos radicados en México y algunos otros países hispanoamericanos, de generaciones subsiguientes, pero muy en especial en México habida cuenta del hecho que el grueso del capital intelectual español se radicó en dicho país tras la guerra civil.

La etimología nos aporta otras luces adicionales a fin de respaldar la argumentación previas. Comencemos con el vocablo alumno dada la insistencia de Durán y Alonso en llamar por tal nombre a quienes pasaron por el aula de Cajal poco menos que sin pena ni gloria. En rigor, alumno significa literalmente "sin luz" o bien "tendiente a la luz", mientras que discípulo es quien acepta algo previamente aceptado como "bien" por el agente de la acción, quien, a su vez, recibe varias. denominaciones: maestro como "el más grande" o educador como la persona que educa, esto es, que saca del ducto, que hace aflorar. Existen otras denominaciones para los actores del acto educativo, pero las señaladas bastan para la argumentación presente.

Así las cosas, Cajal es maestro por ser el más grande en su ámbito, lo que le permite captar de una forma en extremo diáfana el "bien" que le brindará a sus discípulos en el contexto de una acción de aceptación en el cálido seno del laboratorio. Pero, ¿qué acontece en el aula? Desde luego, don Santiago educa en el seno de la misma habida cuenta de la índole mayéutica del acto en cuestión, más patente en la primera media hora de clase de Cajal, dedicada ala realización de preguntas. Eso sí, educa con las naturales limitaciones de tener que vérselas con grupos numerosos de estudiantes en su cátedra de Madrid, no pocos de ellos poco proclives en extremo a la ascesis inherente a la academia. Pero educa, hace aflorar de sus alumnos más interesados en sus lecciones, así se trate de unos cuantos, la luz que logra encender en ellos. Además, Cajal profesa, declara abiertamente, habla y da fe de su ciencia no poco imbricada en una dimensión artística. En una palabra, don Santiago es maestro con todo el derecho, amén de educador y profesor en el sentido estricto que ambos términos entrañan. Es maestro en el amplio sentido del término según nos lo sugiere la prescripción del actual discurso educativo.

De manera que no cabe excluir la dimensión del Cajal maestro del escenario del aula, puesto que el ser maestro no es un estado dependiente del número de discípulos, no es una condición emanada del espíritu asambleísta. Esta idea la deja muy en claro el citado padre Barrero: Se puede ser maestro careciendo de discípulos. No es posible lo contrario. Además, sirva de ejemplo complementario de lo previo el caso del inglés George Edward Davis, padre de la ingeniería química, quien se constituyó en maestro por derecho propio pese a que apenas contó con un único discípulo, Norman Swindin, quien, así mismo, fue otra figura sobresaliente en la historia de dicha rama de la ingeniería 6.

Y tan maravillosa consonancia del magisterio cajaliano con el discurso educativo de hoy queda reflejada en forma contundente en la siguiente anécdota contada por Pedro Serrano, fundador y ex presidente de la Sociedad Médica Hispano-Mexicana, anécdota que, más allá de persuadir, convence al respecto 7: Serrano, cuando se presentó ante don Gregario Marañón, cuyas lecciones se disponía a tomar por algún tiempo, le preguntó al insigne médico e intelectual español: ¿Es usted el maestro don Gregario Marañón? A lo que éste respondió: En efecto, soy Gregario Marañón, pero debe saber que el único maestro que ha habido en España se llamó don Santiago Ramón y Cajal. Hasta aquí la anécdota del doctor Serrano, en la que cabe ver otro rasgo clave del ser maestro, señalado por el padre Barrero en el ensayo citado: ser maestro no es grado académico que se otorgue tras discusión ni se someta a exámenes y concurso, sino que es fruto de consenso espontáneo. Así de simple.

Bien, la conclusión central de lo dicho hasta aquí es en extremo obvia: el magisterio cajaliano resiste airosamente el análisis que impone el discurso educativo de actualidad. Precisamente, don Santiago es maestro por resistir con tenacidad el paso del tiempo. ¿ Terminaremos por perder de vista los hispanos el acerado parecer de Marañón? Más que en España, don Santiago es el único maestro que ha habido en todo el mundo hispano. ¿Exageración? Que la historia de nuestra cultura nos brinde la respuesta a tal interrogante.

1 No olvidemos que don Santiago fue un lector voraz de la literatura pedagógica de boga en su época. Botón de muestra, los pensamientos de índole pedagógica consignados en sus Charlas de Café dan perfecta cuenta de las preocupaciones educativas de Cajal suscitadas, sobre todo, con motivo del desastre colonial de 1898.

2 DURÁN MUÑOZ, García y ALONSO BURÓN, Francisco. Los problemas de la enseñanza en el pensamiento de Cajal. En:Cajal: Vida y obra. 2 ed. Barcelona: Científico-Médica, 1983. p 475-537. (Según quien esto escribe, esta fuente es de obligada consulta a fuer de la cercanía que los autores tuvieron con respecto a don Santiago).

3 LÓPEZ P., José M. Cajal. Barcelona: Salvat, 1985. 221 p.

4 BORRERO c., Alfonso. El maestro. En: SIMPOSIO PERMANENTE SOBRE LA UNIVERSIDAD (XIX SEMINARIO GENERAL NACIONAL). Conferencia VI. Santa Fe de Bogotá: Asociación Colombiana de Universidades, 1999.

5 CAMPO V., Rafael. Tesis doctoral. San José: Universidad de Costa Rica, 2000. p 14-22.

6 FRESHWATER, D. C. George E. Davis, Norman Swindin, and the Empirical Tradition in Chemical Engineering. En: FURTER, William F. (ed.). History 0f Chemical Engineering. Washington: American Chemical Society, 1980. p 97-111.

7 PELAEZ C., Manuel (compilador). Vivencias de don Santiago Ramón y Cajal. México: Sociedad Médica Hispano Mexicana, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto Politécnico Nacional, Fondo de Cultura Económica; 1999. p 17.