El cartero de Bujaruelo

Heraldo de Aragón, domingo 4 de agosto de 2002

A Miguel Pintado la guerra civil no le sentó demasiado bien, como a casi todo el mundo. Con apenas 16 años lo enrolaron los republicanos para cavar zanjas en Cotefablo y no le gustaba mucho. Prefería sus montañas de Bujaruelo. Allí, su familia regentó el mesón de San Nicolás desde 1928 a 1953 y él era pastor de vacas, actividades que le permitieron conocer a sus vecinos franceses de Gavarnie y Gedre. Tenía 10 años y aprendió a leer y escribir en la escuela de Gedre, donde hizo muchos amigos. En los albores de la guerra civil, los milicianos asesinaron al cura de su pueblo, Toda, y Miguel Pintado, que admiraba al párroco, optó por desertar al bando nacional. Teruel, Castellón, y después de la contienda fraticida, tres años de "mili" de vigilante de un campo de concentración en Cádiz. Mucha tragedia para un joven.

Sólo por amistad a Francia

Volvió a Bujaruelo a sus vacas el invierno de 1942, coincidiendo con la ocupación alemana de toda Francia. Un día, sus amigos de Gedre y Gavarnie (quizá su compañero de pupitre de la escuela, explica su nieto Miguel Flores) le pidieron ayuda para enviar cartas de la Resistencia con información secreta. Su padre no lo veía con buenos ojos, pero Miguel no podía negarse. La amistad podía más que el peligro al que se exponía. Aliado del mesón de San Nicolás estaba un cuartel de carabineros de avanzadilla de otro que había en Torla, a la entrada del Parque Nacional de Ordesa.

"Los carabineros sabían lo que hacía mi abuelo porque muchas veces se refugiaban en el mesón sus amigos de la Resistencia o los escondía en las cuevas de Bujaruelo", relata su nieto Miguel Flores, de 26 años, que regenta el Hotel Edelweiss. Sólo un año antes de morir, en 1991, el abuelo accedió a contar al nieto un sucedido que el escritor francés René Arripe le había contado. "Tu abuelo es conocido como 'el cartero de Bujaruelo' y una vez escapó de los alemanes", le desveló el francés a Miguel Flores. "Un día le pregunté y de manera muy parca me contó que acompañaba a un oficial francés y a otro amigo de la Resistencia desde Gavarnie y Gedre a Sabiñánigo cuando, al ir a pasar la frontera, vieron que les seguía una patrulla de alemanes. Aceleraron el paso hasta llegar a San Nicolás", rememora emocionado Miguel Flores.

Cruzada la muga, Pintado pensaba que había conjurado el peligro, pero no fue así. Los alemanes cruzaron la frontera. "Mi abuelo se dio cuenta y al llegar al mesón le dijo a mi bisabuela que venían persiguiéndoles. Se marchó rápidamente hacia Torla. Los alemanes registraron Bujaruelo de arriba abajo, aunque de manera educada y sin que los carabineros del pueblo opusieran ninguna resistencia. Mi bisabuela les sirvió un café en la terraza del mesón, que se tomaron juntos alemanes y carabineros", agrega "el nieto de Miguel", como le conocen los amigos franceses de "el cartero de Bujaruelo".

Esos miembros de la Resistencia de Gavarnie fueron los que en septiembre de 1944 acudieron a comer a Bujaruelo con Miguel Pintado para celebrar la liberación de Francia. "Ellos han sido clientes fijos del hotel y me han contado muchas más cosas de mi abuelo. En mi familia sólo lo sabía mi tío, aunque los abuelos de Torla deben conocer la historia y no dicen nada", reconoce Miguel Flores.

La parte triste de la historia es que Pintado solía ir con una perra llamada Canela que un día de 1944 no volvió a Bujaruelo. Se enteró que los nazis, que sospechaban de él, la mataron. "Fue la única víctima de la II Guerra Mundial aquí".

Correo y oficiales a Sabiñánigo

Miguel Pintado podía cruzar la frontera francesa con la excusa de llevar sus vacas a pastar desde el 26 de julio hasta noviembre, en virtud del tratado de la Passerie, firmado en 1389 por Juan II, que todavía sigue vigente y se practica. Su misión era llegar hasta Gavarnie y recoger el correo o a los oficiales franceses para trasladados hasta Sabiñánigo.

"Mi abuelo no llegó a mirar las cartas. A veces las echaba en Torla y otras las llevaba a Sabiñánigo, si tenía que acompañar a alguien allí", comenta su nieto Miguel Flores. En la capital serrablesa el contacto era el cónsul francés, Robert Lamit, gerente de la empresa Pechiney y colaboracionista con las redes de espionaje aliado en Aragón, como su compatriota, el jefe de la Aduana francesa de Canfranc, Albert Le Lay. Ambos eran muy amigos y precisamente un coche enviado por Lamit al pueblo viejo de Canfranc fue el que sirvió a Le Lay para huir de la Gestapo el 23 de septiembre de 1943 rumbo a Zaragoza-Madrid -Sevilla -Gibraltar-Argelia.