Apodos Altoaragoneses

Los de Aspés -Azpe en los mapas de la Administración- tenían el mote vecinal de secretarios. Aún se rastrea en la cultura tradicional montañesa que existió una gran admiración hacia oficios tan prestigiosos como el de escribano, abogado, secretario, ya que todos estaban vinculados al poder y además gozaban del misticismo de la literatura y del arte de la escritura. Por eso secretario en la simbología tradicional alude a la ilustración, al investimiento en las formas del poder social y económico, a una larga tradición letrada y la sagacidad personal. Un dicho popular de la zona occidental de Huesca reza: "El tensino más tonto era secretario". El saber defenderte adecuadamente y conforme a fuero en las distintas pruebas existenciales y de convivencia que te planteaba la existencia, era tanto como sacar provecho de las situaciones y tener una posición social privilegiada. Cuando los montañeses aplican la palabra "secretario" estaban dando a entender todo eso. En la zona de Nocito asociaban el apodo de secretario más concretamente a que las pocas casas que conformaban la aldea -hoy abandonada- eran consideradas como "ricas", es decir de economía solvente. Estas casas destacaban porque lo normal en las casas que podríamos llamar de economía más común era la simple subsistencia. El informante nos comentaba con cierta dosis de admiración que en aquellos tiempos -antes de la década de los cincuenta quiere manifestar esa frase de "in illo tempore"- al amo de una de las casas de Aspés ya lo declaraban millonario. En el Diccionario de Madoz -que tantos datos suministra de los pueblos ya yermos- a estos amos hacendados se los denominaba "mayores contribuyentes". Las casas de Aspés o Azpe -según el mismo informante- tenían buenas fincas de labranza y pastos y nutridos rebaños de vacas de leche, que entonces –nos decía- beber leche era cosa de marqueses. Por esa riqueza económica también desarrollaron una cierta actitud de superioridad y soberbia. Otro entrevistado de Nocito nos comentaba -hará ya veinte añadas- que realmente gozaban de una economía privilegiada, pero que ellos eran unos balluaqueros, es decir vanos y ostentosos, y que a pesar de que tenían una economía sólida, ellos mismos por figurar y engrandecerse todavía aparentaban más y eran tan vanidosos que incluso restringían su círculo de amistades y no tenían trato con cualquiera. Los montañeses, por norma, odiaban la petulancia. Otro informante de Bara atribuía el apodo a que eran elocuentes -bienhablaus- y a que eran gente con un cierto grado cultural -estudiosos y leídos- y agregaba -sentencioso- "que pa no tener pista ya era merito". Las gentes de Bara llevaban fama de ocurrentes y lapidarias.

Los de Bara recibían el pseudogentilicio de contrarios. Como no hacían migas con nadie, tenían predicamento de ser muy etnocéntricos y exclusivistas. Bara ejemplificaba en grado extremo el endogamismo de la sociedad montañesa. Los de Bara se casaban mucho entre ellos (no lo hemos comprobado documentalmente, sino que nos atenemos a lo que manifiesta la memoria oral de la comarca) y recelaban de los mozos forasteros que acudían a la aldea con pretensiones de festejar. Como era una sociedad hermética recibían el apodo de contrarios. Otro encuestado de Nocito nos decía que eso se lo decían porque en toda esta zona había una cierta inclinación al liberalismo en el siglo XIX -a los carlistas se los llamaba descalificatoriamente faiciosos, como recogió Luis López Allué en su obra literaria costumbrista- y ellos, como siempre llevaban la contraria, a modo de embromamiento eran tildados de carlistas, cosa que por cierto les debía saber. a rayos y a cuerno quemau, según el propio informante. Un vecino de Nocito nos comentaba que lo de contrarios se lo decían también porque siempre estaban en desacuerdo entre ellos mismos y sobre todo con los de Azpe. Entre Azpe y Bara surgía la conflictividad relacional porque los de Bara siempre estaban ratiando -actitud picaresca de rapiña en término ajeno- y nos lo ejemplificaba diciéndonos que a lo mejor tenían la leña en la puerta de casa, pero que la consideraban sagrada y no la tocaban y se iban al monte vecino, a la muga de Azpe, para hacerla con los recursos ajenos. Esta problemática de jurisdicción de recursos es tradicional en toda la sociedad pirenaica. A veces derechos medievales como el de alera, que permitía pastar de "sol a sol y de era a era" a los hatos de una población en los términos de la contigua, con el tiempo perdieron su sentido pero no su jurisdicción real yeso entablaba rencillas intermunicipales.

Bara era una población de gran particularismo social y además sus gentes tenían fama de sentencieros redomados. Un informante nos decía -con gran grafismo- que eran mucho de ellos, que escuchaban y mientras tu hablabas ya te estaban preparando la contestación de mazada, es decir, que ya se estaban preparando para tirarte la piedreta. La memoria oral popular había salvaguardado ciertas frases reseñativas de la agudeza conceptual y sofista de los vecinos de Bara. Una de estas frases que adquirieron celebridad es ésta: "Calla y no me hables que antes tuve que fer de buco y ahora de craba". Buco porque engendró a un hijo con su mujer y craba porque el fillo había nacido enfermizo y muchos días tenía que subir hasta la aldea de Azpe a comprar leche de cabra porque en su casa no tenían. A un vecino que tosía hondamente, desde las cavernas del pulmón, un macero de los muchos de Bara le decía: "¡Pero que tos tiens... si parece que estás en una gorga!". A veces eran expresamente lapidarios: "¡A piazos que me lo encontrara en la carretera lo conocería!".

En Rodellar nos dijeron que a los de Bara también les decían los fuseros. Este apodo parece estar alezetau/cimentado en cierto suceso municipal. En una romería al concurrido Santuario de San Úrbez de Nocito acudieron los romeros de Bara llevando fusos de filar.

A los de Bara también les decían maceros -sentencieros- y ya hemos hablado el porqué. A un mozo que bailaba algo espeso -sensualmente- con una moza de la aldea, los mozos le sentenciaban premonitoriamente: "¡Me parece que te vas a presentar en o lugar tuyo con o ramal arrastro!". En Nocito, el antiguo amo de la pardina de Orlato nos decía que los de Bara -y también nos dijeron lo mismo- tenían la costumbre de escribir censuras y frases lapidarias y críticas en las leneras -losas- del monte y, claro, lo hacían anónimamente. Se escribían machuchadas a lo mejor los de un pueblo contra los de otro, o los de un valle emulando con los de otro valle. Allí estaban hasta que la intemperie las borraba, pero entre tanto ya habían tomado celebridad y los vates chungones las iban repitiendo por toda la contornada.