Tres Pilares de un País

Imagen de Marcuello Servós, Chaime

Nos sentamos en la cadiera. En la mesa unas pastas con un par de vasos de vino rancio. Comenzamos a charrar Sin prisas. Nadie nos encorría. Sólo las idas y venidas de Mateo, -con sus dos años y pocos meses- incordiaban de tanto dondiar por la sala. Habíamos quedado para hacer memoria. Rescatar recuerdos. Refrescarlos. Revivirlos. Un errequeerre contra la biografía, contra el paso del calendario y el archivo de la historia. Un combate, por otra parte, desigual. A todos nos derrota. Aunque, sin embargo, podemos ganar el pulso en nombre de los que se fueron. Es sabido que, sólo cuando alguien nos nombra y nos rescata del olvido, nos hacemos eternos. Es la única manera de vencer al tiempo.

Y ese algo de eternidad tienen nuestros tres mosenes. Pasaron por las tierras de Serrablo en momentos distintos. Cada uno a su modo. Los tres dejando su huella impresa en el silencio del paisaje. Esta tierra ondulada que se ve desde el alto de Monrepós hasta romper en la muralla de los picos más altos del Pirineo. Un paisaje tan lleno de historias como despoblado de gentes. Junto a los que ahora quedan y con los que ya no están, estos tres hombres han dejado su obra incrustada en este país. A pesar de lo minúsculo de su presencia actual, nada sería igual sin ellos... y los que se fueron.

José Pardo Asso (1880.1957), Jesús Auricenea Garitacelaya (1928-1975) y Antonio Durán Gudiol (1918-1994) fueron curas seculares que combinaron su vocación con su pasión personal. Cada uno la suya: las palabras, el arte, la historia. Revalidaron el título de mosén en el día a día.

A cada uno le preocuparon las cosas de sus parroquianos y, por supuesto, del mundo en el que vivían. Estuvieron siempre con los ojos puestos en la vida y los pies en el presente. Quizá por eso mismo tuvieron sus más y sus menos con quienes mandaban. Con quienes entendían las relaciones sociales desde el poder y el sometimiento. Aun siendo muy distintos, los tres tuvieron como común denominador el compromiso con sus vecinos y con las gentes más sencillas. Lo cual no es tan extraño, dada su condición. Antes que ningún prejuicio, norma o costumbre estaban -y están- las personas. La autoridad no puede convenirse en excusa para someter o humillar ni pasar por encima de nadie.

Al cerrar los ojos, la sombra de don José (17-08-1880) se prolonga sin solución de continuidad. En un juego de claroscuros, como una extensión de su negra sotana y su teja apoyada sobre el paraguas en la mano izquierda. En la derecha, una colilla casi consumida... sujeta por los dedos de un fumador empedernido de cuarterón y farias.

Sus manos firmes, como su carácter, hablan de un hombre enérgico y, a la vez, tierno. En ellas quedan las muestras de un buen carpintero, capaz de fabricar por sí mismo los muebles del comedor, con mesa y sillas incluidas. Manos de cazador que en los años de su último destino de párroco -Sabiñánigo, pueblo- ya no pegaron ningún tiro. Para entonces el cuerpo ya no tenía ganas de correr por el monte detrás de las piezas. Antes más de un xabalin, perdigacho y cuniello cayeron en la olla.

Pero las fiebres maltas y el tabaco mermaron capacidad y ganas. Unas fiebres que casi se lo llevaron al otro barrio antes de tiempo. Afortunadamente, la providencia junto con el buen hacer de D. Pedro Ramón y Cajal, hijo de su parroquia, remediaron su salud. Internado en Zaragoza recuperó, poco a poco, las fuerzas.

Quedaban muchas cosas por hacen Don José llegó a Sabiñánigo después de peregrinar como párroco de varios lugares de la diócesis de Jaca. Desde Yésero a Jasa, pasando por Santa Cruz de la Serós, Santa Eulalia de Gállego y Larrés.

Traía consigo una buena formación humanística. Demasiada para la época. Había estudiado y enseñado a estudiar. En su estancia en Zaragoza, supo hacer de la necesidad virtud. Tuvo que bajar de las montañas para buscarse el pan en la capital. Corrían malos tiempos para el clero. Las visceralidades republicanas tenían demasiada ira y mucho anticlericalismo enquistado. Aunque algunos se lo habían ganado, pagaron todos sin distinción. Entre otros este cura nacido en Santa Cilia. Malos tiempos que iban camino de lo peor.

Mientras tanto, don José fundó una modesta residencia de estudiantes y academia de estudios. Necesitaba sobrevivir en una sociedad que estaba en ebullición. Una sociedad con demasiadas energías y tensiones. Tantas que en breve estallaría la barbarie: la sangría de la guerra civil.

En este hombre de rostro serio y adusto siempre pesó más el valor de las personas antes que su condición o su ideología. ¡Así le fue! Cura y amigo de anarquistas de la CNT. En su estancia en el hospital entabló una relación humana que iba más allá de los estereotipos. Ni unos ni otros entendían aquel hombre. Con sotana puesta y fiel a sus amistades. Con sotana puesta y al servicio de quien se lo pidiera.

Así, de regalo, dos meses en el campo de concentración de San Juan de Mozarrifar. Año 42, la guerra -aunque acabada- no se había terminado. Las venganzas y abusos de los vencedores no dudaban en perseguir cualquier disidencia. Antes, la crueldad no tuvo nombre, ni límites, ni pudor.

Ese aspecto serio y estirado dejan traslucir la voluntad de un hombre recto, disciplinado y riguroso. Ocultan un gran corazón. Que aun escondido, nunca para de salir de sí. Su dinamismo personal se traduce en una extensa red de relaciones sociales. Desde sus compañeros de partida en el Framan hasta sus tertulias eruditas con académicos de la lengua, con gentes como Miguel Allué, o Miguel Asín Palacios. Visitas a Madrid e incluso conversaciones con el mismísimo Menéndez Pidal.

Don José fue un apasionado de la palabra. ¡Oigan su voz! Algo rota por el tabaco, serena, seria... Su vida la pasaba leyendo, escribiendo y cazando. Cazador de lápiz, sin disparos. Fue un cazador especial. Recogía las palabras. Atrapaba maneras de nombrar el mundo. Quería rescatar las voces de sus parroquianos. No dejó de visitar ningún pueblo del entorno. Montañés de origen, era consciente de que tanto él como la gente de las montañas tenía una forma de hablar claramente distinta de las gentes del Llano. En la capital, el hablar de sus convecinos era visto como la manifestación de unos catetos que hablaban fiero. Chen que no sabía, en su mayoría ni leer ni escribir. Pero que, sin embargo, para él tenían una grandísima riqueza, un modo de estar en el mundo: una lengua cargada de rico vocabulario.

Tras las gafas de mosén José, unos ojos llenos de letras y bondad. De combinaciones innumerables de versos, de poemas, de diálogos, de normas ortográficas. En realidad, un cosmos. La sociedad montañesa tradicional se dejaba atrapar en las cuartillas de ese precursor, de ese etnolinguista aragonés. Sin consciencia de la repercusión de su obra, su obsesión fue dotar de dignidad al habla de sus paisanos. Aquel modo de nombrar el mundo merecía tener su sitio en los diccionarios. Merecía ocupar el rango de lengua bien registrada. Las referencias de su época le impedían llamar a aquella lengua por su nombre. El aragonés estaba lejos de ser reconocido. Sin embargo, mosén José escribió su Nuevo Diccionario Etimológico Aragonés (1938).

Sabía don José que las diferencias sociales se disipaban con el conocimiento. Y el dominio del lenguaje es la mejor puerta para romper los estratos. Las castas se diluyen cuando se sabe poner el nombre adecuado a cada cosa. La dignidad del que sabe hablar bien borra las diferencias de poder. O, como mínimo, sitúa en una misma posición de equidad a quienes parten de la ventaja de una posición social privilegiada.

Mosén José, entre coto y coto, charrada, confesión, sermón y paseo rescató para siempre los universos de palabras de las gentes de este país. Guardó en las páginas de sus libros las claves con las que él quería ayudar a solucionar muchos de los males de su tiempo. Cazó con buena puntería verbos, sustantivos y adjetivos que han ido depositándose en el sedimento de los mayores. Sin su obra, hoy muchas palabras se habrían disipado en el desuso del habla cotidiana.

Entre los papeles de su poblada biblioteca se quedaron manuscritos pendientes de publicación. Poesía, teatro, ensayos, artículos de prensa... ¿Nadie se preocupó de guardar las cuartillas y cuadernos? Nadie. En algún lugar es posible que sobrevivan esperando a un lector. Entre esos papeles se fue una pieza única. Una pieza teatral escrita en el aragonés de la época. Quienes la leyeron todavía recuerdan la historia de amor entre Rosendo, un médico y su amada. Una historia trágica. Un drama que, si la fortuna ha colaborado, está esperando a un editor.

Las hojas garabateadas de notas y definiciones, se quedaron sobre el escritorio. Las estampas de los libros de grabados cerraron silenciosamente su presencia. Mosén José durmió para siempre el 28 de agosto de 1957. Un cáncer de pulmón se lo llevó.

Después de la partida hay que volver a casa. Las fuerzas vivas del lugar han intercambiado sus triunfos, sus filias y sus derrotas. La cuesta de la Estación es empinada. ¿Cuántas veces habrá subido paseando su sombra por la cuneta?

Quizá las mismas que le tocó lidiar a mosén Jesús (12-03-1928) con el agua del Gállego. Llegó venido de las Vascongadas, de entonces. Decían algunos que lo mandaron a estas tierras para sacarlo de donde estaba. Un sacar imperativo. Y lo plantaron en Lárrede. Traía ilusión, dinamismo, empuje y fortaleza de espíritu. Llegó a un lugar donde las piedras hablaban solas. Aún hoy lo hacen.

Dobla la esquina de la plazeta mira al campanario y escucha su silencioso monólogo. Los baquetones y ventanucos parecen sonreírse al mirar el rostro de los humanos, ahí abajo.

Muros, ventanas, puertas, ábsides... Sólo hacían falta unos ojos foranos para darse cuenta del valor de aquellas iglesias. La mirada de mosén Jesús supo ver, encontrar e impulsar el cuidado del país cuando a pocos preocupaba. ¡Tantas paredes se iban a espaldar!

Jesús Auricenea fue un hombre cercano. De conversación fácil. Una forma de ser que le llevaba a entablar relación con rapidez. Le preocuparon sus parroquianos, sus quehaceres domésticos, sus cosas minúsculas... En los primeros años esa manera de estar en el mundo le llevó a emprender tareas más allá de sus límites. Siempre los quiso superar. De hecho, aunque irónicamente, su gran humanidad se fue ensanchando en un cuerpo generoso. Más grande y orondo a medida que ganaba en años. Todo bonhomía y humanidad.

Cuando llegó en agosto del año 52 a Lárrede encontró una sociedad todavía maltrecha por los efectos de la guerra y su postguerra. Una sociedad rural, -tradicional- que se iba a transformar a pasos agigantados por la industrialización creciente. Las viejas chamineras se habrían de ir apagando sin porvenir. El éxodo de las gentes del país estaba sólo comenzando. Después vendrían los años del abandono y de la tristeza.

Entonces, cuando llegó mosén Jesús los ábsides estaban habitados. Maltrechos, repintados, encalados y enlucidos con azulones impropios del arte mozárabe... Aunque pedían a gritos una mano amable... estaban habitados.

En ese contexto, mosén Jesús que nunca se estuvo quieto. Saco a la luz su vocación emprendedora. Fue un hombre creador. Pocas cosas se le ponían por delante. No tenía pereza. Tanto es así que no dudó en moverse para reconstruir el puente sobre el Gállego.

Sentado con la sotana remangada. El rostro rojo, rebosando sudor, y abundante ira. Los curas también tienen derecho a enojarse. Su corazón latía enfurecido. Después de haber rescatado unas vigas de hierro. Muertas de risa durante años. Después de la enorme y exagerada paliza. ¡Desde Escuer hasta el río! - "Estos remataus dicen ahora que las vigas son de ellos." - "¿Se las llevan?" - "Se las llevan." - "¡Pues el puente lo terminaremos!"

Las vigas que faltaban se cambiaron por sirgas bajadas de Formigal. Si un camino falla a buscar otro. Al jinete de su Napoleón no le faltaban recursos. Y a su grupa, a lomos de su rocín recorría los lugares cercanos. Montado en un caballo de ninguna sangre aristocrática mosén Auricenea supo estimular la restauración de las iglesias de Lárrede de Satué, de Javierre, de Isún... Fueron obras que anticiparon la tarea de restaurador y rescatador que después se multiplicaría.

Para la Virgen de agosto de 1958 se marchó de Lárrede. Fue destinado a Navardún. Lejos de las tierras serrablesas. Pero no impedía seguir en contacto con lo que fue su empeño principal. Las piedras de estos lugares de la montaña guardaban consigo una riqueza de historia y de arte pendiente de atención.

Desde la sede episcopal de la diócesis de Jaca se dedicó a promover obras en las iglesias. En su ir y venir encontró muchas pinturas escondidas tras los mazacotes de yeso y estuco. Impulsado y animado por el obispo Angel Hidalgo puso en marcha la creación del Museo Diocesano de Jaca. Don Jesús fue el principal motor de una iniciativa necesaria. Su quehacer fue mucho. El románico aragonés y cualquier persona que aprecie el arte sabe que tiene una deuda con don Jesús. Bien lo siguen recordando las piezas del museo Diocesano de Jaca.

¿Cómo habrán llegado basta aquí estos murales? La respuesta es fácil, el trabajo ímprobo. La mayoría de las iglesias de esta tierra tenían ocultas sus riquezas. El paso de las épocas, con sus modas y gustos, cambiaron las partes más sensibles de las obras originales. Durante muchos años las viejas pinturas románicas sirvieron de decoración y de catecismo. Fueron utilizadas a modo presentaciones multimedia acompañadas de sus curas párrocos y de la devoción de sus feligreses. Pero el tiempo, que todo lo envejece, trajo blancos y azules sobre gruesas capas puestas por los yesaires en los muros. Menos mal. Porque en muchos casos, el tesoro artístico se conservó mejor. Escondido. Callado. Detrás. Esperando una mano experta. Otras veces no sobrevivió al paso de los años. ¡Qué años, siglos! Sólo los desastres de las guerras fueron más agresivos. El fuego es más devastador que el tiempo. En muchos lugares, la sinrazón hizo que se perdieran obras destinadas a pervivir por generaciones.

Este hombre colaboró con todas las iniciativas que podían hacer salir adelante la tarea de recobrar para el futuro el legado del pasado. Mosén Jesús rebuscó por los rincones de la diócesis. Y en algunos lugares se adelantó a las desidias de otros. E incluso se convirtió en "descubridor-rescatador" de la historia de un país que fue haciendo suyo. ¡Cuántas horas pasó hasta dar con lo que algunos no valoraban! Desde hermosas tallas, hasta retablos y paredes completas... ¡Quién iba a decir que aquel corral de Calvo en Luesia guardaba los restos de un monasterio del XII! Había que poner mucho corazón para conseguir que las piedras y losas no se convirtieran en ruinas enronadas para siempre.

Quizá fue un guiño con el que llamar a su destino. Mosén Jesús Auricenea murió el 31 de agosto de 1975 a la entrada del pueblo de Navardún. Había cenado en Sabiñánigo. Se marchó para aprovechar el día siguiente. Se sintió indispuesto. Se detuvo. Estaba en su coche, aparcado. El corazón le falló. Demasiado trajín y demasiadas tareas por hacer.

Como don Antonio (21-12-1918). ¡Si hubiera tenido más tiempo! Si hubiera podido estirar los días del calendario. Él es de esas personas que después de haber exprimido sus vidas y su obra más allá de lo habitual, seguirían dando más de sí.

¡Quién se lo iba a decir! Era difícil que alguien pudiera imaginar la trayectoria de ese presbítero recién escudillau. Llegó a Huesca con veinticuatro años. Venía de Vich. Tras su formación eclesiástica se presentó a la vacante de canónigo archivero de la catedral. Consiguió el puesto.

Dejó sus raíces. Apostó por lo, -relativamente- desconocido. Aunque Huesca ciudad nunca ha sido un territorio propicio para las aventuras. Sin embargo, para mosén Antonio ésta capital de provincia se iba a convenir en la tierra de sus mayores peripecias... y de su rutina vital a lo largo de más de cincuenta años.

De negro riguroso. Risueño. Con ojos vivos y limpios. Adornado por un bonete de época. Ligero de equipaje.

Traía pocas cosas. Nunca tuvo grandes posesiones. Libros sí. Eso sí. Pasó la vida entre ellos. Propios o ajenos, los cuido como sí fueran suyos. Algunos los guardé siempre. Su Biblia, su Misal, su Diurna 1...

Nada más tomar contacto con su nueva realidad ya tuvo que responder con agilidad a las cosas pequeñas de las relaciones humanas. Nadie se libra. Don Antonio Durán Gudiol tocaba bastante bien el órgano. Héte aquí que la plaza de organista estaba libre. En un juego de intereses extraños a él, los propios colegas de profesión le ofrecieron un cambio de puesto. Mosén Antonio dijo no. Él venía de Vich porque estaba interesado en el trabajo con el Archivo. Intuía. Sabía que su pasión por la historia tenía ahí una fuente inagotable de satisfacciones.

También de tensión y algún disgusto. Pero esto segundo se encuentra en todas partes. Cualquier opción pasa por la lucha. No hay vocación o situación humana que esté al margen de las pasiones y los enredos en los que nos metemos los seres humanos. ¡Ni entre papeles se está tranquilo!

Mosén Antonio dedicó su trabajo del Archivo a la catalogación, a la investigación y a la divulgación. Su tarea fue concienzuda. Su dedicación encomiable... Desde su rincón de la ciudad fue haciéndose un sitio en las revistas internacionales especializadas. Los historiadores de todas partes del planeta entraron en contacto con sus estudios.

Así sus publicaciones fueron difundiendo la historia y el nombre de la ciudad. China chana, nunca quiso correr. Prefería e! valor de las cosas bien hechas antes que las prisas que ahora nos llevan sin sentir.

Charrar, pasear... la Costanilla, camino del Coso. Levanta ligeramente la boina. - "¡Espera un momentico!" Enciende su enésimo cigarrillo. Aspira fuerte el humo. Sonríe y continúa la conversación... Conversar fue uno de sus mayores placeres. Era un experto, tanto para escuchar como para proponer.

Don Antonio Durán Gudiol supo vivir entre papeles con la mirada puesta en las gentes de su tiempo. E incluso al mirar al mundo fue capaz de anticiparse, de innovar y de impulsar actividades sociales que hoy son imprescindibles.

En el trato personal siempre mostró una sensibilidad exquisita. Una dulzura que pocas personas son capaces de desarrollar. Y un compromiso directamente proporcional. Siempre tuvo palabras de apoyo, gestos de solidaridad y acciones acordes con ambas. Tanto que nunca dudo en echar una mano a quien se lo pidió. Si la causa merecía su confianza, él estaba a todo. Como dijimos antes, por otra parte, nada extraño en un hombre de su condición.

Eso hizo que para muchos de sus conciudadanos fuera representación de un cura de izquierdas y "vendido a los rojos". En su caso, quisieron confundir su coherencia cristiana con otros turbios intereses. Ningún poderoso lleva bien que alguien se desviva por los que no pueden. Quizá fue demasiado grande para la ciudad. O mejor al revés, a esos pocos que constituían la oligarquía oscense les venía grande un hombre de su talla.

Poco más de metro sesenta. Sonriente. Ojos vivarachos y juveniles de tras de las gafas. Unas manos de aspecto delicado. Acostumbradas a los pergaminos, legajos y cartularios. ¿Un hombre de trato amable era una amenaza para la sociedad?

Algo así pensaba el gobernador civil de la provincia. Siendo alcalde don Emilio Miravé cuajó la idea de nombrar hijo predilecto de la ciudad a mosén Antonio. Una gran parte de la ciudadanía se alegró. Era lógico y merecido. Pero para otros pocos -entre ellos el preboste de turno- aquello fue una jugada imperdonable. Eran años complicados. Don Antonio se había destacado mucho con el paso del tiempo: sus intervenciones públicas, tanto con sus artículos con sus charradas en la radio... con su sola presencia muchos se irritaban.

¿Cómo puede un cura ser así? De algún modo mostraba las incoherencias del status quo. Las cartas cruzadas entre unos y otros dejaron maltrechos a muchos. A don Emilio le costó el puesto. Dimitió. Fue el alcalde Antonio Lacleta quien le entregó la mención el 30 de agosto de 1973. Desde entonces este hijo de Huesca siguió conquistando con su dedicación tanto el corazón de las personas como un lugar en la historia de este país. Sus actividades fueron más allá del área de influencia de la catedral. Supo recorrer la provincia -incluso escribió guías para conocerla- tanto a través de su historia como del presente pensando en el futuro.

Valga un ejemplo. Sin don Antonio, probablemente, las iglesias de Serrablo hubieran desaparecido. Él fue quien impulsó la idea de la asociación que después puso en marcha algunas de sus tesis. Esas pequeñas iglesias fueron otra de sus pasiones. Don Antonio fue el primer amigo de Serrablo. Lo cual también le llevó a entablar una minúscula batalla para explicar los orígenes de unas piezas únicas. Todavía hoy sigue la polémica. Algunos, -que rara vez alcanzarán su categoría-, se empecinan en llevarle la contraria. Como bien sabe don Antonio, el asunto no se resolverá nunca. Sin embargo, lo que menos importa son las teorías. Sin mosén Antonio las piedras espaldadas serían muestra de nada. Hoy, si las generaciones actuales y futuras seguimos su ejemplo el arte medieval tendrá un sitio siempre en estas tierras. Y lo mismo se puede decir de las otras cosas que llevó entre manos.

Afortunadamente, ese reconocimiento que le niegan algunos la sociedad aragonesa se lo otorgó en su momento. El gobierno de Aragón le premió en 1991. Y don Antonio a Aragón al aceptarlo. Ahí le había llevado su dedicación y su servicio. Tanto en lo social, en lo cultural como en lo científico la figura de mosén Antonio Durán Gudiol ha dejado su huella indeleble en la historia de este país. Murió el 6 de noviembre de 1994.

Quedan cuatro pastas. En los vasos unos posos y Mateo se ha dormido recostado en el sofá. Hemos hablado mucho.

Por dentro, sin decirlo, nos queda una sensación placentera. Recordar a personas queridas produce algo misterioso. Es similar a una respiración profunda. Se toma aire, se llenan los pulmones en plenitud y se suelta pausadamente sintiendo una bocanada de espíritu que inunda el interior.

Los recuerdos de amigos son siempre una fuente de energía. Hemos mirado para disfrutar. Ha sido un recuerdo refrescante. Nuestro errequeerre ha querido ir más allá de la biografía.

Si usted, tanto si los conoció como si no, ha sentido el gusto de encontrarse con estos tres hombres, señal de que "O calibo puede estar chera". Los rescoldos de una vida sólo necesitan de la memoria para hacerse hoguera.