Aquel día 4 de agosto

Aquel día 4 de agosto, a la caída del sol se vislumbraba todavía a lo lejos el humo ocre rojo del desastroso incendio que seguía causando estragos en los Mallos de Riglos. Desde la plaza del castillo-palacio de Larrés, aquella visión de espacios naturales mágicos arruinados por el fuego proyectaba como una sombra inquietante sobre el paisaje agreste y apacible de los alrededores de Sabiñánigo. Ahora bien, aquella imagen angustiosa y casi goyesca de destrucción y ocaso desesperante se fue desdibujando poco a poco al entrar en el Museo-Castillo de Larrés donde tenía lugar la inauguración de la exposición antológica de dibujos del gran pintor aragonés Alberto Duce. Dibujos exquisitos de línea tan pura y ambiente tan ameno que le sumían de inmediato a nuestro espectador en un universo placentero de ensueño y juventud florida. Dibujos selectos realizados entre 1944 y 1955 que recrean otra realidad, la del extraordinario mundo gráfico de Duce.

Pues bien, en la sala uno del Museo de Larrés se exponían en aquel mes de agosto de 2001 unos veinticinco dibujos de Duce, obras de ayer y hoy, creaciones intemporales llenas de delicadeza y emociones. En su mayoría, figuras de chicas que bailan, tañen instrumentos, se peinan, juegan o simplemente posan. Figuras de jóvenes voluptuosas que parecen llevar una vida dulce y tranquila.

A nuestro espectador se le antojaba colarse en la realidad tan atractiva de los dibujos expuestos para evadirse de su tiempo y olvidar sus preocupaciones diarias. En verdad, la atmósfera agradable de las escenas dibujadas suscitaba en él alegría de vivir y optimismo. Era una verdadera invitación a compartir un momento de descanso y gracia poética.

- "¿Se te ocurre algún adjetivo para definir estos retratos de figuras femeninas?", decía entre si nuestro espectador. E inmóvil se quedaba contemplando la composición a tinta y acuarela titulada "Peinado con estrellas". Sobre el papel coloreado con ligeras aguadas rosadas y azuladas destacaban dos mujeres de gracia fascinante y fuerte carga sensual. Sencillamente, nuestro amante del arte estaba mirando los dos cuerpos semidesnudos dibujados con línea firme y sugestiva, y se estaba estableciendo una especie de complicidad entre él y las modelos sorprendidas en un instante de intimidad. Y se le ocurrieron los adjetivos «erótico», «amoroso» y «lúdico» para definir dicha composición en la que todo era pura armonía desde las curvas corpóreas, los drapeados y los peinados hasta la gentileza de los ademanes e incluso el subterfugio del espejo.

Espejo, caballete, florero, guitarra, damero, dados, mandolina. Unos cuantos objetos que llamaban la atención de nuestro espectador. Unos cuantos elementos recurrentes en los dibujos de Duce, excusas para justificar la actitud de una figura o rellenar un vacío, pretextos para armonizar con gran rigor el espacio compositivo.

Pasó bastante rato y nuestro amante del arte disfrutaba del placer de estar experimentando a la vez sensaciones sosegadas y suave confusión. Le encantaba la vital serenidad de una bailarina de Duce o la dulce imagen de una mandolinista vestida con túnica griega en un paisaje bucólico. Se daba cuenta de que era un homenaje a la belleza femenina en particular.

Si a primera vista nuestro espectador podía sospechar que aquellos estudios del natural y dibujos preparatorios, aquellos esmeradísimos retratos de vestales y lascivas muchachas celebraban exclusivamente a la Mujer, bien pronto reparaba con sorpresa en la presencia de dos desnudos masculinos entre los cuadros presentados: una academia de hombre en movimiento de línea ajustadísima, y un crucificado sereno de ojos abiertos.

A nuestro espectador el arte de Duce le atrapó y entonces supo que nunca podría olvidar aquellas lineas de una pureza tremenda, aquel poder del claroscuro, aquel tratamiento tan elocuente de las formas. A él lo que le seducía definitivamente en las obras del pintor aragonés, era no sólo su lirismo lineal sino también su sobriedad, su equilibrio en los elementos expresivos.

De repente, nuestro espectador se fijó en la mesa presentadora dispuesta en el centro de la sala en que estaban expuestas portadas de revistas y carteles realizados entre 1937 y 1942, ilustraciones de tamaño cuartilla o de formato grande que revelaban otra faceta de la actividad gráfica de Duce.

- "Oye tú -le dijo su amiga que era gran adrmiradora del pintor- éstos son dibujos publicados durante los años de la guerra. Duce hizo retratos que representan a soldados en diversas actitudes para la revista donostiarra La Ametralladora. Ilustró también una larga lista de novelas, algunas de Agatha Christie, para la única revista literaria que había en Aragón en aquel entonces la revista Letras".

Aquellas informaciones sobre la obra del artista le interesaron mucho a nuestro amante del arte que descubría en aquella exposición dos aspectos del lenguaje artístico de Alberto Duce, dibujante e ilustrador de incomparable talento.

Había poca luz y el aire estaba fresco y ligero cuando nuestro espectador salió del Museo de Larrés. Respiró hondo y se quedó pensativo, tranquilamente sentado en el muro de cerca del castillo. Se dejaba llevar por las líneas melódicas de aquellos dibujos que reproducen en multitud de variaciones y posiciones el cuerpo humano. Aquellas formas curvilíneas seguían despertando en él el interés más grande y los más bellos sentimientos al mismo tiempo. El arte de Duce hablaba a la inteligencia tanto como al corazón de nuestro espectador seducido en particular por «aquella femenil tropa» a lo Góngora que poblaría en adelante sus sueños más íntimos.

Su amiga se lo había dicho. Probablemente, dentro de unos meses, habrá una retrospectiva de Alberto Duce en el Museo Camón Aznar de Zaragoza. Por nada del mundo perdería tal ocasión de saber más sobre aquel gran maestro del presente...