Una vez

S.PEDRO DE LÁRREDE. Alzado este.Una vez, hace ya tiempo, estas piedras que hoy vemos, tuvieron un amor. Fue como una tormenta que retumbó por todos sus rincones. El ruido de aquel momento hizo temblar sus torres y sus naves, y sacudió lo más profundo de sus fríos corazones. Pero hubo tanto mido que, tal vez, lo primordial no se ha oído todavía con claridad.

Lo importante es que aquellos que se apasionaron con estas piedras y nos trasmitieron su entusiasmo tengan un hueco en todo momento entre nosotros. En tu aniversario, a un infatigable trabajador, recibe el reconocimiento de esta asociación.

Francisco Iñiguez Almech, según publica el diario Heraldo de Aragón el 22 de marzo del presente año, nació en 1901 y obtuvo su título de arquitecto en la escuela de Madrid. Su extraordinaria disposición para el dibujo permitió su intervención, antes de terminar su carrera, en el proyecto de restauración y conservación del castillo de Olite. Su ingente labor como restaurador comienza en 1932 cuando se ocupa de la jefatura de la segunda Zona del Tesoro Artístico Nacional. Actúa en docenas de monumentos: La catedral de Jaca, San Juan de la Peña, Silos, Burgos...

Y además en esta recóndita iglesia que es la de San Pedro de Lárrede. Sus estudios, junto con Sánchez Ventura, le llevarán a realizar un primer análisis del grupo de iglesias del Serrablo que, ciertamente, podemos actualmente darle toda la validez a pesar de los muchos otros autores que se han interesado por el tema.

Sus investigaciones aparecen publicadas en Archivo español de arte y arqueología, nº 25, en el año 1933. Señala en un primer momento los lugares de actuación, aunque poco exactos. Dice lo siguiente: "El mapa da idea de la situación de este grupo, (de iglesias) pero en forma poco precisa, pues la exploración no se puede considerar agotada ni por el Este ni por el Sur, quedando únicamente fijos los linderos Oeste y Norte hasta la frontera francesa".

Un testigo de aquellos primeros tiempos fue D. Joaquín Gil Marraco que cuenta lo siguiente: "... Nos dirigimos hacia Lárrede... Íbamos, desde luego, Sánchez Ventura, creo que Oliver y Rafael Gastón Burillo... y yo, cargado con mi cámara de placas, tamaño 9 x 12 y con un pequeño trípode que todo había de emplear en lo que esperábamos encontrar". El monumento objeto de investigación nos pareció extraordinario. Los arcos de herradura de su puerta principal y ventanas, todas provistas de alfiz, no tenían en el Pirineo Jaqués, más antecedentes que San Juan de la Peña. Pero en Lárrede se presentaba su piedra desnuda y sin ningún enmascaramiento. Su torre lucía su esbeltez con las triforas de su coronación, un detalle entonces desconocido. Pero lo que nos trascordó fue el ábside: con sus siete arcoaciones ciegas y friso de rollos. Todos estos extremos desconocidos hasta entonces en el Pirineo y que generaban el conocimiento del Arte del Serrablo. Por fin, el interior de la iglesia presentaba, igualmente, los arcos de herradura. En el presbiterio lucía, conservado perfectamente, su altar; bella obra de fin del Renacimiento, sin influencia alguna barroca. En la iglesia aparecía un coro de madera, accesible por escalera del lado de la Epístola..."

Boletin nº 50 Amigos de Serrablo.

Pasaron los años y en 1933 se actúa en la iglesia de Lárrede aunque previamente se realizó un análisis por Sánchez Ventura e Iñiguez Almech sobre las alteraciones que probablemente había sufrido el edificio a lo largo de los siglos.

"Las modificaciones son: se cerraron las ventanas primitivas, excepto una de los pies de la iglesia; apertura de otras nuevas en el lado del ábside, en la capilla lateral de la Epístola y a los pies en el mismo lado; la escalera adosada al muro norte; el coro; la sacristía agregada, pero que debió sustituir a otra dependencia, porque la puerta de comunicación abre hacia ella y tiene arco de herradura; las bóvedas de lunetos de los tres primeros tramos, el muro que cierra la iglesia poco más debajo de la puerta de ingreso; un encalado total con grandes pinturas barrocas, y los altares. De todos estos agregados valen la pena las bóvedas de lunetos, para declarar cual pudo ser la cubierta primitiva. Se ve que los lunetos son necesarios para que la bóveda no tape las ventanas primitivas, cerradas a pesar de tal bóveda. Sobre ella hay un tejado de madera y pizarra (losa) más alto que los de la cabecera. Este dato y la rareza de este tipo de bóveda, en la fecha primitiva que hemos de suponer, son suficientes para afirmar su modernidad. Apoya sobre fajones de medio punto que se cortan a bisel poco más abajo del arranque, sin pilastra que los sustente, y que pueden ser primitivos, para ver lo cual hay que analizar tres tipos de cubierta, ya que el encalado suprime los datos constructivos, que serían los más eficaces. Como el tramo primero de la nave y las dos capillas llevan bóveda parece lógico pensar que los tres restantes también la tuvieron. Pudo ser de cañón, como la de San Juan de Busa, y como ella, cerrando las ventanas, y como las de la cabecera de directriz, de herradura; y pudo ser de arista como las de San Caprasio de Santa Cruz de la Serós. Para lo primero existe la rareza de cerrar las ventanas, aunque ya se ha anotado que sucede en San Juan de Busa y con carácter primitivo, como veremos, aunque con particularidades que aquí no se dan, como es el dato indudable de que las ventanas no se terminaran. Para ser de arista tienen también el inconveniente de haberse de trazar sobre plantas rectangulares; así son las de San Caprasio; pero esta iglesia tiene datos suficientes para afirmar su posterioridad. Queda la hipótesis de cubierta de madera, sobre estos fajones, solución que suele ser tardía. Y no es posible mayor aclaración. Como, por otra parte, los arcos primitivos, los de la cabecera son de herradura apoyan todos en pilastras, son dudosos los restantes, y por eso parece lo más seguro pensar en la cubierta de madera, y a pesar del desplome de los muros, que puedan haber causado las bóvedas actuales. Las bóvedas de cañón en herradura del primer tramo de la cabecera y las capillas, tienen una dificultad suma para afirmar su forma como primitiva: están deformadas. Los desplomes son fuertes y quizá su forma sea producida por esto; pero repetirse en las tres es un síntoma de que así fueron siempre. Es un dato más para aclarar cuando se limpie esta iglesia de encalados, que bien lo merece."

Y este fue el comienzo del arte mozárabe serrablés. Estos estudios marcaron las fases previas a lo que luego será, sin lugar a duda, el gran logro de todos aquellos que han trabajado y trabajan por la conservación de este patrimonio. Con más honores que mercedes demostrando que, el que podríamos llamar, renacimiento del arte serrablés, surgió de las palabras de estos aventajados investigadores y de la obra de Francisco Iñiguez Almech, que trataremos en el próximo número de nuestra revista.

Planos realizados por Francisco Iñiguez, antes de la restauración.