Un fragmento del Museo de Dibujo "Castillo de Larrés".

Marca un hito en el Museo de Dibujo, por su antigüedad y por ser una de las piezas cumbre que allí se exhiben -con carácter permanente-, me refiero a la CABEZA DE OBISPO[1534] que en 1874 fue efectuado por la reconocida mano de FRANCISCO PRADILLA ORTIZ (1848-1921). Pintor finisecular, zaragozano, copista en el madrileño museo del Prado, y el más importante dentro de la "renovada tradición romana". El mismo año en que está datado el dibujo presente, Pradilla es enviado como pensionado a Roma; así, y a juzgar por esta fecha, estamos aquí ante una obra de juventud del artista, que realizó a los 26 años con lápiz, pudiendo constatar que fue hecha en la capital italiana en el transcurso de su primer año de estancia allí. Pradilla ostenta un meritorio puesto como uno de los mejores en pintura institucional de historia de la segunda mitad del siglo XIX (de la talla de un Rosales o un Casado del Alisal); dentro de este ámbito, su idiosincrasia radica en el cuidado sentido documental, la verosimilitud de todo lo representado, incluidos los más mínimos detalles, -a esta intencionalidad cabría corresponder el ensayo de los tipos, actitudes, gestos... a que respondería este dibujo-. Su interés por reflejar lo más emotivo y dramático del episodio representado, se manifiesta en una poética enfática del argumento.

Consigue que todos estos aspectos queden integrados en las obras por un tratamiento realista. Otros géneros que este zaragozano practicó, fueron el retrato (de la aristocracia madrileña, como no podía ser de otro modo en un artista ligado siempre a lo académico y vinculado a las principales instituciones que podían favorecerlo) y el paisaje, parcela en la que alcanzó gran calidad, tanto en paisaje aislado como cuando forma parte del fondo ambiental de sus composiciones de temática histórica. Dentro de esta última consideración encuentra un puesto prioritario su óleo sobre lienzo Doña Juana la Loca (1878), hoy en el Prado, y en su tiempo primera medalla en al Nacional, además de un puesto privilegiado en las Internacionales.

CABEZA DE OBISPO, se conforma por medio de línea de contorno y adquiere volumen a través de un modelado sencillo resultante del trazado del lápiz de 45 grados. El rostro encierra honda expresividad contenida, transmite ese sentido melancólico al observador mirándole directamente. Era necesario el gesto humano, pleno de sentimientos, para que este tipo de manifestaciones artísticas alcanzaran su objetivo, lograr que el espectador esiableciese una identificación emocional con los personajes y con el argumento descrito, siempre paradigmático de los momentos más gloriosos, los que encienden el orgullo dentro de la historia de España, revisados en una etapa como ésta de la segunda mitad del XIX, en que el devenir del país era pésimo en demasía. No se hace tan extraña la incorporación de un personaje como el obispo a una pintura de historia que tenía como último y principal fin la exaltación del papel de la monarquía como indispensable en todos esos episodios, vistos ahora como henchidos y anhelados espectáculos de grandeza patriota; huelga aludir a la intensa dependencia Rey-Iglesia (y w.) desde el principio de los tiempos. La tiara portada por el personaje, que remite a su condición, describe un tratamiento sintético, apenas el contorno, en contra de la precisión de factura de la cara, que es lo que en definitiva importa, haciendo así mención del deseo de dotar a las crónicas pasadas de vigencia y trascendentalidad por la profunda huella que había de imponer en el espectador.

Siendo la parcela de temática histórica la que mejor define a Pradilla, parece evidente la relevancia de este dibujo como representación del afamado artista en el Castillo de Larrés.

Al hilo del apunte que he anunciado al principio de mi exposición acerca del lugar de factura de este obispo, me baso en un óleo sobre lienzo de 3'08 x 7'95 m. Que hoy se encuentra en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid titulado La Disputa del Santísimo Sacramento, que data de 1875, y que Pradilla realizó, en colaboración con Alejandro Ferrant (así mismo pensionado en Roma entonces) y que, a su vez supone una copia de un fresco de Rafael (que ambos estudiaron, además de a Miguel Ángel), cuyo resultado final fue enviado a España como justificación de su actividad italiana, siendo galardonado con calificación honorífica por un jurado compuesto por individuos de la talla de Carlos de Haes (puntal en la vertiente realista española y renovador del concepto de paisaje), Luis Madrazo, Rafael Monleón, Domingo Martínez, José Vallejo y Francisco de Mendoza. Ferrant, ocupose de la parte superior del enorme lienzo, mientras Pradilla lo hizo de la inferior, más amplia; a este respecto merece ser citada la opinión de Casado del Alisal al respecto. "Ferrant ha copiado con toda exactitud el original, ajustándose estrictamente al modelo, e igualmente Pradilla, quien ha sabido prescindir de su modo de ser para mejor identificarse con el espíritu del autor". En La Disputa del Santísimo Sacramento, Pradilla se ha encargado de captar a todos los personajes que asisten a dicho suceso, entre los cuales reaparece la cabeza del obispo, el único de entre todos los figurados que mira directamente al frente. El dibujo de Larrés se corresponde exactamente con lo manifiesto en la obra definitiva, no se aprecian cambios fisionómicos, de actitud o gesto, todo lo cual permite, como conclusión, asegurar una calificación del dibujo como boceto preparatorio.

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL (1852-1934) cuenta con un AUTORRETRATO[688] que ha ido a parar precisamente a este lugar donde el médico pasó varios años de su infancia. Cabe la posibilidad de que pudiera haber sido un buen artista, su profesor de dibujo en el Instituto de Huesca así lo anunció a sus padres, recomendando vivamente permitirle explotar estas facultades en una academia o escuela. Su padre se negó, posiblemente por tener demasiado premeditado el futuro que se deparaba a su hijo.

Finalmente se acaba centrando en la investigación médica, campo en el que alcanzó grandes logros y que siempre le permitió disponer de unos huecos para el asueto que él invertía en el dibujo y la pintura (paisajes, bodegones, retratos). El retrato de Ramón y Cajal refleja esa habilidad como dibujante, capta su fisonomía, la expresión de gravedad de su rostro, incluso las orejas, las arrugas y sus facciones enjutas. El resultado global resulta alterado por la desproporción, o bien la falta de correspondencia entre cabeza y tronco, lo que no le resta maestría. Entronca con los retratos de intelectuales hechos por Zuloaga, Sorolla, Solana, tan centrados como éste en la captación de la psicología, a menudo empática, de estos autores respecto de sus modelos. Unamuno, Baroja, Azorin, Valle Inclán, también Ramón y Cajal, de rostros ajados y expresión grave, afectados por ser portadores de la objetividad, por llevar el peso intelectual, por vivir esa España de capa caída. Sus rostros mismos son un alegato en pro de la realidad paisana.