Si la memoria no me falla, corría el año ochenta cuando entré en contacto con "Amigos de Serrablo", en concreto con su entonces -y desde la práctica totalidad de vida de la asociación, incluidos los tiempos actuales- presidente, con Julio Gavín. Para entonces, ya llevaba nueve años de inquieta y fructífera singladura, desde aquel año 1971 que vio y vivió su nacimiento y primeros balbuceos. Para entonces ya se habían llevado a buen puerto loables proyectos, ésos que a otros -con toda seguridad- les hubiera desbordado, les hubiera animado a abandonar: en esos nueve años ya se habían restaurado, salvándolas de su ruina y pérdida irremisible, las iglesias y ermitas de Ordovés, Lasieso, San Bartolomé de Gavín, Orna de Gállego, San Juan de Busa, Oliván y Susín, además de estar culminándose la de Orós.
Primer contacto motivado por el afán de colaborar, de arrimar esfuerzos y voluntades para seguir llevando adelante más empresas de ese tipo, para conseguir ir salvando poco a poco el interesante legado cultural de la comarca serrablesa. Realizado en un momento en el que el asociacionismo, la unión de gentes en torno a una asociación cultural para llevar a buen puerto marcados y nunca bien enaltecidos fines, estaba en boga, era uno de los sistemas idóneos -casi único- para conseguir tan destacados propósitos. Un asociacionismo que en las tierras altoaragonesas tuvo especial arraigo e incidencia, sobre todo en aquellos años de finales de los setenta e inicios de los ochenta, que -a su vez- posibilitaba el surgimiento de nuevas e inquebrantables amistades, como en el caso que nos ocupa de Serrablo las de -entre otros y citados, por otra parte, por haber desarrollado mano a mano, conjuntamente, más proyectos- José Garcés, Enrique Satué, Javier Arnal o el ya mencionado Julio Gavín.
Seguirán pasando los años y seguirán llevándose a cabo más realizaciones, como las restauraciones de las iglesias de Rapún y Otal. O la de Allué, cuya preservación se realizó entre los años 1982 y 1983, de la que queda un entrañable y directo recuerdo, una experiencia única por lo que supuso en cuanto al edificio y en lo personal. Y es que durante todos los fines de semana de algo más de un año y medio, un grupo de personas procedentes de Zaragoza -Enrique Canfranc, Mariano Martín o Enrique Arnas, además del que suscribe- nos juntábamos con los que llegaban desde Sabiñánigo, desde la comarca serrablesa. Vienen a la memoria, entre otros, Pepe Garcés, Javier Arnal, Enrique Satué, Jaime Marcuello o el propio Julio Gavín. Como también vienen a la memoria los gratos momentos pasados en el entorno de Allué, acampando en la pradera sita frente a la iglesia objeto de nuestra actuación, disfrutando de buenos y saludables almuerzos, y pasando entrañables e inolvidables instantes gracias al entorno natural y a la insustituible compañía. Allí íbamos sábado a sábado, introduciéndonos por la carretera del Basa, vadeando las aguas de este río, transitando la posterior pista que nos iba a dejar justo a la entrada del pueblo, junto a la iglesia. Ese edificio que poco a poco fuimos descubriendo, picando sus revoques y suprimiendo aquellos añadidos que tapujaban obras primigenias. Así saldrían a la luz partes y componentes antes ocultos, de los que apenas se tenía referencia, si es que se tenía. Así se abrió una puerta de la nave añadida en época moderna, de este modo se descubrió una bella ventana de factura gótica, por medio de este trabajo de desbroce y supresión de aditamentos surgieron en el casquete del ábside los restos de unas pinturas murales francogóticas que también se consolidaron. Tras nuestro paso vendrían los albañiles, quienes llevarían a buen término los trabajos más especializados de la restauración, los mismos que desenmarañarían y consolidarían el cercano y exento horno de pan. 
Y siguieron los trabajos, las colaboraciones, la amistad. Buena prueba de ello fue la exposición montada en el Centro Pignatelli de Zaragoza sobre la asociación, las labores relacionadas con el Museo de Artes Populares de Serrablo -sobre todo la elaboración del primer libro-catálogo-, o las actividades desarrolladas con concretas personas -sirva, a modo de ejemplo, la memorable experiencia y estancia en los puertos y mallata de Aso de Sobremonte, ésa que nos llevaría a Enrique Satué y a mí a convivir, a hacer una nueva amistad y a no olvidar nunca a Antonio Oliván-. Continuación de esos trabajos desde el seno de "Amigos de Serrablo", que según han ido pasando los años ha dado como resultado la restauración de las iglesias o ermitas -bien por la acción directa de la asociación o bien por efecto de su incidencia- de Isún, Arto, Cerésola, Arruaba. Espierre, San Juan de Espierre y Acumuer; como también lo han sido la creación de sendos museos, el etnológico o de Artes Populares de Serrablo y el de dibujo "Castillo de Larrés", un buen y fundamental paquete de publicaciones -aspecto en el que no se puede olvidar su boletín trimestral-, así como otras actuaciones y actividades, entre las que merecen destacarse las encuestas etnológicas o la anual misa de rito mozárabe, punto de encuentro -este último- de un buen número de amigos y afines de Serrablo.
Parece que fue ayer. Sin embargo ya han pasado veinte años. Dos décadas de amistad, de trabajo e ilusión, con una asociación, "Amigos de Serrablo", y con un elevado número de sus miembros, el componente -o componentes- más entrañable, humano y enriquecedor. Veinte años de amistad con toda muestra patrimonial y cultural de una zona rica en dichas manifestaciones, fundamentada en los lazos y en la unión humana habida entre sus miembros, entre las personas con las que a lo largo de este tiempo ha existido -y seguirá existiendo- ese estrecho y rico vínculo.