Un museo para el futuro

En el año 79 se inauguraba el Museo de Angel Orensanz y Artes de Serrablo, tras una labor encomiable y adelantada de Amigos de Serrablo y, en particular, de su presidente Julio Gavín.

Capaceta de herrar de Julio Gavín.Aquella década, todavía, era un tiempo de puertas abiertas y buhardillas repletas en las no hacía mucho, casas y pueblos abandonados; era todavía un tiempo de menosprecio hacia la cultura popular.

Por estas tierras del Gállego en las que las circunstancias históricas y los estudiosos se han empeñado en trazar frontera -como la que en ellas intuía el ilustre etnólogo Violant i Simorra, abanderado de un mundo pirenaico bipolar, vasco y catalán- durante todo el siglo, aunque especialmente cuando en los años sesenta comenzaba a desvertebrarse el andamiaje humano y económico del Pirineo, pasaron infinidad de anticuarios haciendo el agosto, amparados en la ausencia de valoración de lo rural propiciada desde el sistema y que los montañeses fueron asimilando ya antes del éxodo.

Por eso, frente a aquella actividad depredadora, utilizando la coyuntura favorable, siendo conscientes de que un mundo milenario se iba de las manos, y tratando de dar contenido ideológico a la orfandad histórica de Sabiñánigo, nació con visión adelantada y futurista el Museo.

Cañardo. Tenaza de madera para sacar la cera de Julio GavínUna institución que hoy sería imposible de conformar porque el arrasamiento, la ruina, y -afortunadamente- la valoración positiva que del pasado hacen las segundas generaciones del éxodo impedirían, aún con compensación económica, el obtener piezas.

Hecha esta introducción, en sus párrafos aparecen latentes todos los elementos que pueden seguir dando vida y sentido al museo: las señas de identidad, el hombre natural, la dialéctica pasado-presente, y el museo activo, referente cultural para la zona.

Durante mucho tiempo, por razones históricas y sociológicas, el paradigma urbano y el centralismo arrasador no han sabido situarse en puntos de equilibrio y respeto frente a la idiosincracia rural y a la raíces, hecho que de haberse producido a todos hubiesen beneficiado. De esta actitud no se han privado los ambientes académicos y universitarios que hasta no hace mucho, hasta la llegada de la moda etnohistórica gala han visto la documentación etnográfica -salvo contadas excepciones- con desdén En diciembre, a lo largo de las beiladas, se rendirá homenaje en el museo a una de ellas; a don Antonio Beltrán Martínez, catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza. Además en el mismo acto se presentará el libro Raíles y traviesas (homenaje a Don Antonio Beltrán Martínez) . , inertes ante la desaparición de una tradición oral y material que se hundía, como un enorme ajuar, como un tesoro, en la noche más remota de los tiempos.

Y por todo eso, de aquel polvo vienen estos lodos...; si a la intransigencia frente a las raíces le sumamos la globalización cultural y otras consideraciones políticas e históricas, allí tenemos la exclusión del otro, porque la verdad es poliédrica y pasado un nítido umbral lo que es benéfico puede convertirse en lo contrario.

Por todos estos motivos este museo entiende la Etnología como herramienta de unión más que de diferenciación, y eso nos lo demuestran cada día los visitantes mayores que tanto de Galicia, como del Bearn, como de Extremadura, nos dicen cuando conocen nuestras tradiciones que, por más que nos empeñemos, son más las cosas que unen a las culturas tradicionales que las que las diferencian.

Y todo esto se dice al margen de las circunstancias sociopolíticas actuales, pues ya se refrendaba de forma muy clara en el Ideario del museo creado en 1992, o cuando en las beiladas o publicaciones de A lazena de yaya combinamos amor profundo a lo nuestro, a las raíces que bebimos de nuestros antepasados, con el interés por la esencia humana dignificada, de aquí y de allá (recuérdese al emblemático Pedrón, el diablo del Museo de Serrablo, colaborador de Unicef o a Tfarrah, el Sáhara desde aquí, generador de un proyecto para la infancia de los refugiados saharauis, a través del MPDL).

Respecto al hombre natural rousseauniano reflejado en este museo, no caemos en idealizaciones románticas; la sociedad tradicional era muy dura y excluyente para algunos sectores, aunque -no hay que olvidarlo- también cupiese en ella la alegría y la vivencia profunda de pequeñas realidades trascendentes que los tiempos actuales están olvidando: la palabra, el valor natural de los alimentos, el equilibrio con el medio, el protagonismo en la fiesta, etc.

De allí pues que el museo haga beiladas, revitalice pastoradas, fomente la fiesta de las hogueras o las sanjuanadas; no por romanticismo demencial sino por convicción en su valor añadido para nuestro hoy.

Por otra parte, este museo es consciente de que todavía existen en la tierra pueblos que viven bajo parámetros culturales similares, o menos evolucionados, al expuesto en sus propias salas, por lo que otra de nuestras inquietudes, aunque sea en pequeños actos y contribuciones, sea el pretender limar las diferencias entre el Norte y entre el Sur.

Como se va viendo, la preocupación fundamental del museo es positivar la dialéctica "pasado-presente/inutilidad utilidad" y hacer de un museo de cacharros viejos una institución útil para el presente, procurando que de alguna manera constituya un referente cultural importante para la zona.

Estos son pues los mimbres con los que se puede urdir un museo con futuro para el próximo siglo, pieza que no sólo quedará bien formada con acertados fines e ilusión, sino que como señalé, no hace mucho, en la revista TrébedeSatué Oliván, Enrique Aragón, territorio museo Trébede 40-41 julio-Agosto 2000 p. 53 y ss. , además, se le va dotando, progresivamente, de medios técnicos y humanos, porque el voluntarismo ha sido un valor fundamental que, sin relegarlo, por sí sólo hoy no basta.