Este año el Instituto de Estudios Sijenenses "Miguel Servet" cumple sus primeros 25 años de vida. Fundado por Don Julio Arribas Salaberri y dirigido hasta hace pocos meses por Don Miguel Lavilla Galindo, el Instituto ha mantenido viva la llama del servetismo en España y allende de nuestras fronteras. A lo largo de estos 25 años el Instituto ha sufrido constantes carencias económicas y materiales y un cierto olvido por parte de las autoridades. Estas circunstancias no han impedido que esta institución haya sido la depositaria de un rico debate intelectual en torno a la figura y obra de Miguel Serveto (1511-1553) alejado de esa concepción lúdica, superficial y meramente divulgativa de la cultura que parecen tener algunas de nuestras autoridades culturales y educativas.
A pesar de los esfuerzos del Instituto por dar a conocer el pensamiento y la obra del humanista aragonés, todavía son muchos los que en Aragón y no digamos en el resto de España desconocen la importancia de Miguel Serveto en la historia del humanismo europeo. El veinticinco aniversario del Instituto debería proporcionar el marco adecuado para reflexionar acerca de la influencia que la personalidad y el ejemplo de Miguel Serveto debe ejercer en la sociedad y cultura contemporáneas. En este sentido, quizás sea su actitud en el proceso por herejía incoado contra él en Ginebra la que refleje más diáfanamente la singuralidad humanista de Miguel Serveto, uno de los "ingenios", al decir del Dr. José Barón Fernández, "mas esclarecedores con que ha contribuido España a la cultura universal".
Miguel Serveto, aragonés errante en una época dominada por las luchas religiosas alentadas inicialmente por la reforma luterana, sacudió con sus doctrinas antitrinitarias y anabaptistas las bases de la religión cristiana de su tiempo. Como Erasmo de Rotterdam (véase su Elogio de la Locura), pero desde posiciones más rupturistas, Serveto criticó también la corrupción del cristianismo oficial y propuso un retomo a los orígenes y pureza del cristianismo. No fue, sin embargo, por estas críticas por lo que fue finalmente ajusticiado sino, principalmente, por su postura contraria al dogma de la Trinidad.
El dogma de la Trinidad reposa en la creencia de que Dios es una sola esencia, pero la unidad esencial de la naturaleza divina es compartida por tres personas: el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo. Los tres son Dios, pero ninguno de ellos individualmente es Dios. Serveto estudió en su juventud los textos religiosos judíos y musulmanes, llegando a la conclusión de que la principal diferencia dogmática entre las tres religiones monoteístas reposaba en la concepción cristiana de Jesucristo como hijo eterno de Dios. Quizás guiado por un espíritu ecuménico Serveto estudió las Sagradas Escrituras en las que, según el aragonés, no encontró fundamento alguno a favor de la doctrina de la Trinidad. Para Serveto, Jesucristo fue un hombre al que Dios había insuflado una sabiduría divina y sólo en este sentido podía decirse que era el Rijo de Dios. Sin embargo, solo Dios, no su hijo, era eterno. La teoría de Serveto convierte a Jesucristo en una especie de profeta, acercando de esta forma el Cristianismo a las concepciones religiosas de mahometanos y judíos.
La doctrina de la Trinidad era uno de los dogmas en los que coincidían católicos, protestantes y calvinistas por lo que cualquier ataque a dicho dogma convertía a su autor en reo de herejía en las jurisdicciones civiles y eclesiásticas de prácticamente toda la Europa cristiana. Por ello no es extraño que antes de ser procesado en Ginebra Serveto fuera perseguido y condenado a ser quemado vivo a instancias de la Inquisición católica en Viena de Delfinado (Francia). El 7 de Julio de 1553 Serveto huía de la prisión en la que había sido confinado, por lo que la sentencia solo pudo ejecutarse en rebeldía quemando una efigie de Serveto.
Tras vagar varios meses por tierras francesas, Serveto decidió dirigirse al Reino de Nápoles, dominado a la sazón por la Corona española, para ejercer allí la medicina. No sabemos a ciencia cierta qué impulso a Serveto a elegir la ruta ginebrina. Lo cierto es que el 13 de agosto de 1553 Serveto era detenido y encarcelado por las autoridades de dicha ciudad. La denuncia contra Serveto no fue presentada por Calvino, sino por un testaferro de este ultimo llamado Nicolás Lafontaine. No es de extrañar que el llamado "Papa ginebrino" optase por esta fórmula, ya que en virtud de las leyes procesales del Código Carolino vigente en Ginebra, el denunciante tenía que permanecer preso con el denunciado hasta demostrar la culpabilidad de este último.
El análisis detallado de cada una de las fases del procedimiento que condujo a la condena de Serveto escapa a la finalidad de este escrito. Sí resulta interesante, sin embargo, referirse a dos aspectos fundamentales de dicho procedimiento: la incompetencia del tribunal civil para conocer de conductas heréticas y el error incurrido por los jueces ginebrinos en la calificación de los delitos de herejía imputados a Serveto.
El día 22 de agosto el propio Serveto dirigió un escrito al Consejo Menor de Ginebra, órgano competente para juzgarlo, en el que solicitaba la desestimación de la acusación criminal. Según Serveto, era ajeno a la doctrina de los Apóstoles y los discípulos de la primera Iglesia acusar de delito por diferencias resultantes de la interpretación de las Escrituras. En el mismo escrito Serveto solicitaba que se le asignase un procurador para asistirle en su defensa. El fiscal general se opuso a ambas peticiones de Serveto. La razón aducida por el fiscal para denegar toda asistencia letrada a Serveto, y que fue aceptada por silencio negativo por el tribunal 7, parecía anunciar su trágico final. Según el fiscal general, puesto que Serveto "sabía mentir tan bien" no había razón para acceder a su solicitud.
Menos frívola fue la discusión relativa a la procedencia de las acusaciones delictivas por diferencias en la interpretación de las Escrituras. Como argumentó Serveto en su escrito de defensa, durante los primeros siglos de la existencia del cristianismo la Iglesia trató de dirimir sus diferencias internamente y por medio de la discusión pacífica. Esta situación empieza a cambiar cuando el Cristianismo deviene la religión del Imperio Romano a raíz del Edicto de Constantino (313). Aunque el Concilio de Nicea (325) ya había condenado las posturas antrinitarias de Arriano, la criminalización de la herejía religiosa tuvo lugar en tiempos del emperador Teodosio el Grande (379-395). El llamado Código de Teodosio fue completado por el Código de Justiniano (527-534). Este último, vigente en los territorios del Sacro Imperio Romano-germánico, prescribía en los capítulos "De summa Trinitate et fide catholica, de hereticis, de apostatis" la pena de muerte para las herejías consistentes en la negación de la Trinidad y la reiteración del bautismo.
El Código de Justiniano podría haber justificado legalmente una sentencia condenatoria contra Serveto. De hecho los jueces ginebrinos preguntaron a Serveto si conocía la existencia de este texto legal. Serveto respondió que conocía la existencia del Código, pero que, en cualquier caso, su existencia no invalidaba su argumentación ya que Justiniano no pertenecía al tiempo de la iglesia primitiva, sino más bien a una época en la que los "obispos comenzaban ya su tiranía, y se habían introducido ya las acusaciones criminales en la Iglesia". El Código de Justiniano, sin embargo, no sirvió de base legal a la sentencia pronunciada contra Serveto ya que las leyes canónicas habían sido abolidas en 1535 por los reformadores ginebrinos. Se plantea por tanto la cuestión de la base legal que sirvió de fundamento a la sentencia dictada por los Síndicos ginebrinos contra Serveto. Aunque la sentencia condenatoria no lo menciona expresamente, parece que Calvino y los jueces ginebrinos basaron su condena directamente en la Ley Mosaica, que prescribe la pena de muerte para todos aquellos que blasfemen contra Jehová (Capítulo XIII del Deuteronomio). Frente a la Ley Mosaica aplicable en Ginebra, de poco sirvieron las alusiones de Serveto a los primeros cristianos, en cuyo Nuevo Testamento es difícil encontrar fundamentos favorables a la persecución criminal de hechos como los imputados a Serveto.
El enfrentamiento entre Serveto y Calvino refleja, por tanto, la tensión entre dos concepciones opuestas de entender la Divinidad. Serveto proclamaba el Dios del Nuevo Testamento, es decir, un Dios alejado del Dios vengativo del Antiguo Testamento propagado por la teología medieval. Solo teniendo en cuenta este punto pueden entenderse las referencias de Serveto a la libertad y a la tolerancia religiosa. Por el contrario, Calvino, al igual que Lutero, propagó la imagen inflexible del Dios del Juicio Final recogida en el Antiguo Testamento. Curiosamente, esta concepción judaica de Dios defendida por los reformadores confronta con la visión humanista de Dios propagada por el Renacimiento.
El día 26 de octubre de 1553, el Consejo pronunció su sentencia contra Serveto condenándolo a ser quemado vivo en la colina de Champel. La sentencia condenaba a Serveto por haber impreso "veintitrés o veinticuatro" años antes un libro (De Trinitatis Erroribus) que contenía blasfemias contra la Trinidad y por haber corrompido a los cristianos y difundido su herejía antitrinitaria en una obra posterior (Christian ismi Restitutio). Asimismo, la sentencia condenaba a Serveto por condenar y rechazar el bautismo de los párvulos. Obsérvese, sin embargo, que los jueces ginebrinos parecen haber incurrido en un error intencionado en la calificación de las conductas imputadas a Serveto. De la lectura de las actas del proceso y de las conclusiones recogidas en la sentencia no se deduce que el delito de herejía del que era acusado Serveto hubiera llegado a con sumarse en territorio ginebrino. Aplicando los principios generales del Derecho penal moderno, los jueces ginebrinos deberían haber resuelto que Serveto había cometido un delito a lo sumo en grado de tentativa y, en consecuencia, haber aplicado una pena menor, como por ejemplo el destierro. Finalmente, también resulta sorprendente que la petición de Serveto para que su causa fuese elevada al Consejo de los Doscientos fuese ignorada por los Síndicos ginebrinos. Este proceder, junto a la denegación de asistencia letrada para nuestro aragonés, es otro ejemplo de las irregularidades que viciaron el proceso contra Serveto y demuestra el escaso rigor jurídico del tribunal ginebrino, sin duda fruto del férreo control que la teocracia instaurada por Calvino ejercía sobre todas las instituciones ginebrinas.
El día 27 de octubre de 1553 Serveto era conducido a la colina de Champel. Su cuerpo fue atado a una estaca con una cadena de hierro y su cuello sujetado con una cuerda gruesa. Para más "Inri" colocaron en su cabeza una corona de paja salpicada con azufre. Siguiendo los usos de la época, un ejemplar de su Cristíanismi Restitutio fue colocado a sus pies. El suplicio se prolongó más de dos horas a causa de la leña verde. Hasta el último momento los reformadores ginebrinos trataron de convencer a Serveto para que abjurase de sus doctrinas. Todo fue en vano, Serveto, a pesar del severo y cruel encarcelamiento al que se le sometió, se mantuvo fiel a sus doctrinas, no tanto por tozudez sino principalmente por convicción.
Calvino lo condenó, pero la Historia, a veces el más efectivo tribunal de apelación, no tardó en absolverle. Su integridad moral durante el proceso y finalmente ante la pira no pasaron inadvertidas en su época. La muerte heroica de Serveto sirvió para que otros humanistas alzasen su voz a favor de la libertad de conciencia y en contra de los que postulaban la aplicación del hierro para castigar los delitos de herejía. Pero el ejemplo de Serveto se dejó sentir más allá de su época. Sembró el germen de un debate sobre la libertad religiosa y de conciencia que sería desarrollado por los pensadores del Siglo de las Luces y que inspiró los procesos democratizadores que tuvieron lugar en las sociedades occidentales durante los siglos XIX y XX.
Los hechos acaecidos en Ginebra merecen también una lectura contemporánea. La visión de nuestra sociedad a la luz de la odisea de Serveto refleja el escaso desarrollo moral que ha experimentado el ser humano desde el siglo XVI a esta parte. Este anquilosamiento moral contrasta con los avances tecnológicos experimentados desde la Revolución Industrial por una humanidad cada vez más materialista y hedonista. En la actualidad son muchos los "Servetos" que son perseguidos por no comulgar con las doctrinas políticas o científicas dominantes, lo que demuestra la incapacidad de las nuevas generaciones para aprender de los errores cometidos por sus predecesoras. Es difícil encontrar una explicación a esta incapacidad de aprendizaje y algunas explicaciones pueden ser terriblemente pesimistas. Yo creo que dicha incapacidad radica en el deseo que tiene cada generación de vivir plenamente su propia experiencia lo que conlleva un desinterés por cuanto han hecho las generaciones precedentes. En estas circunstancias, el periplo vital de Serveto se erige en un referente moral que trasciende a su tiempo, pudiendo iluminar a una sociedad que, como la nuestra, desprecia las esencias espirituales del hombre y el valor de la tradición.
Finalmente, la peripecia de Serveto, quien nunca regresó a España, permite también a las nuevas generaciones apercibirse de que ya en el siglo XVI el Reino de Aragón y en general España se configuraron como tierras que exportaban humanistas y científicos. Esta balanza intelectual deficitaria no ha sido todavía corregida en la actualidad, por lo que hoy son todavía demasiados los "Servetos" que se ven obligados a abandonar nuestro país en busca de territorios más fértiles para la creación intelectual y científica. En una época en la que la competitividad de un país en la comunidad de las naciones civilizadas se mide por su capacidad para generar avances tecnológicos, se hace más necesario que nunca corregir esta tendencia multisecular que ha vaciado de tanta inteligencia nuestro país para provecho ajeno. Este sería uno de los mejores homenajes que se le podrían rendir a un aragonés perseguido y solitario, que en pleno siglo XVI defendió con su vida su libertad de pensamiento.