El "descubrimiento" de las Iglesias de Serrablo

Imagen de Monreal y Tejada, Luis

Cuando Dios concede el privilegio de llegar a los 88 años en bastante buen estado de salud, con excelente memoria y sin merma de la capacidad intelectual, el mayor goce que uno siente es el de recordar la propia vida, sobre todo sí ésta ha sido activa, agitada y con más momentos de felicidad que de desdicha. Se siente una especial complacencia en contar hechos que ocurrieron y en dejar constancia de cosas que en sí pueden no tener gran importancia, pero que incluyen algún dato que acaso interese a alguien.

Con este ánimo voy a relatar a mis amigos, los "Amigos de Serrablo", lo que podemos llamar, con bastante presunción, el "descubrimiento" del famoso grupo de iglesias al que dedican sus afanes.

Realmente cuando yo era mozo y ya me interesaba por el Arte, especialmente por el de nuestro Aragón, nadie hablaba de la existencia de las iglesias del Serrablo. Acaso haya viejas referencias, por ejemplo en trabajos de don Ricardo del Arco, que lo vio todo en la provincia de Huesca. No he revisado su Catálogo Monumental, en el que seguramente dirá algo.

En el estío de 1932 yo acababa de cumplir 20 años y de licenciarme en Derecho, pero seguía siendo estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras. Era ya el quinto año en que asistía a los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza en Jaca, pues desde 1928 mi padre era en ellos profesor de lengua francesa para españoles y de española para extranjeros.

En uno de esos meses de julio o agosto de 1931 recibí una carta que desde Madrid me escribía don Francisco Iñiguez Almech, Arquitecto Conservador de Monumentos de la Zona de Aragón. Este servicio dependía de la Dirección General de Bellas Artes dentro del ministerio que entonces se llamaba de Instrucción Pública. A pesar de nuestra diferencia de edad éramos amigos y yo estaba al corriente de sus estudios y trabajos en monumentos aragoneses, especialmente en la catedral de Jaca, donde él había realizado tareas en veranos anteriores y sobre la que yo había publicado mi primer trabajo de investigación, sosteniendo que el templo había tenido un claustro románico en el mismo emplazamiento que el actual de época barrocaMonreal y Tejada, Luis El claustro primitivo de la catedral de Jaca. Revista Aragón S.I.P.A. por los años 1930 ó 1931 Zaragoza . Muy poco después el propio Iñiguez hacía una limpieza en la catedral jaquesa y dejaba al descubierto la fachada de la sala capitular románica, exactamente en el emplazamiento que le correspondía a mi claustro.

Pues bien, la carta de Iñiguez de 1932 me comunicaba que Rafael Sánchez-Ventura le decía que había dado largos paseos por los alrededores de Sabiñánigo y había visto unas pequeñas iglesias muy raras, en las que había arcos de herradura y también elementos muy extraños de aire románico. Me rogaba Iñiguez que me enterara de estas vagas noticias, sin darme nombres de los lugares donde se encontraban.

Haré una brevísima semblanza del "descubridor" Rafael Sánchez-Ventura, hermano de José María, muy conocido pues años más tarde fue alcalde de Zaragoza. Algo más joven que éste, Rafael era entonces profesor auxiliar de la Facultad de Filosofía y Letras, en la cátedra de Literatura si recuerdo bien. Muy reconcentrado, de pocas palabras, acaso -creo yo- de una timidez casi enfermiza. Se le veía solitario y tenía el aspecto de un dandy, con su bastoncillo de puño de marfil en la mano.

Me dispuse a cumplir el encargo del arquitecto. Pero en aquella época un estudiante no disponía de medio de locomoción y para esas excursiones no contaba más que con mis piernas más la compañía de algún amigo de mi edad. Opté por salir a la suerte e ir a lo más cercano. Salimos a pie de Jaca, cruzamos el Aragón por el estupendo puente de San Miguel que pasaron tantos peregrinos medievales y nos dirigimos a la aldea que se veía enfrente; estoy casi seguro de que se llama Guasillo, pero puedo equivocarme. Sea cual sea su nombre, lo primero que vi en la iglesia fue un precioso ventanal ajimezado, con sus dos arcos de herradura.

A continuación llegamos hasta la aldea de Banaguás y allí vi por primera vez el friso formado por baquetones puestos en sentido vertical en la parte alta del exterior del ábside.

Era suficiente; Sánchez-Ventura tenía razón. Tomé unas notas, saqué unas fotografías y se las envié a Iñiguez. Vino este a la Jacetania, recorrió el Serrablo, empezó enseguida una primera restauración de San Pedro de Lárrede. Unos meses más tarde, ya en 1933, se publicó un artículo sobre las iglesias en "Archivo de Arte", la revista española de más alto nivel en estas materias; lo firmaban Francisco Iñiguez y Rafael Sánchez-Ventura.

A partir de entonces se divulgó este curioso fenómeno artístico, raro conjunto homogéneo que parece resistente a la oleada románica lombarda que invade el Pirineo desde la primera mitad del siglo XI, incluso en lugares tan cercanos como la preciosa iglesita lombarda de San Caprasio, en Santa Cruz de la Serós.

Ahí está el numeroso grupo de las del Serrablo con su fuerte acento de independencia y originalidad. A ellas acudieron, unas décadas más tarde, los Amigos de Serrablo Y quiero repetir lo que tantas veces he dicho: esta asociación es, con enorme diferencia la primera de iniciativa social en cuanto a la perseverante eficacia demostrada al servicio de nuestro Patrimonio Cultural. La primera de España y quizá de Europa.

En mi libro más reciente Monreal y Tejada, Luis Castillos medievales en España. 1ª Edición española "Lunwerg". Barcelona noviembre 1999 2ª edición, octubre 2000. Otras ediciones en Francia, Gran Bretaña y Alemania.
, al referirme a las diversas actuaciones a favor de los castillos españoles, incluyo las siguientes frases. "Mencionaremos como modelo a los Amigos de Serrablo, en la comarca oscense cuya capital es Sabiñánigo, quienes en veinticinco años de labor no sólo han restaurado un numeroso conjunto de pequeñas iglesias de los siglos X a XII, sino que además han acondicionado el castillo de Larrés en pleno Pirineo, instalando en sus salas un importante Museo del Dibujo, único en España por el momento".

En fin, este artículo, no tiene más objeto que el de evocar a aquellos dos precursores que hace sesenta y ocho años fueron en cierto modo "descubridores". Para aquel muchacho que sirvió de enlace, todavía es una satisfacción haber desempeñado tan modesto papel.

N. R.- En el número 50 de nuestra revista, correspondiente al mes de Diciembre de 1983, se publicó un amplio artículo de JOAQUÍN GIL MARRACO con el título: Recuerdo de cuando se descubrió el arte románico-mozárabe del Serrablo..