Caídas y atropellos en el Puerto de Santa Orosia

Una de las devociones de mayor raigambre y tradición en estas tierras de la montaña en los valles y llanuras que se perfilan al pie de los Pirineos, es la de Santa Orosia o Eurosia. Dicen los viejos relatos que es una princesa que venía desde Bohemia para contraer matrimonio con el Rey de Aragón o quizá el de Pamplona. Nos invita la Historiografía reciente a pensar que es un típico caso de hija de matrimonio mixto (musulmán y cristiano), que murió por no querer abjurar de su religión cristiana. Y sobre todo ello, nos llena de asombro la abrumadora cantidad de datos que conocemos de esta Santa mientras no deja de ser entrañable el ir viendo cómo los montañeses siempre se han fiado de la ayuda espiritual de esta mujer que fue martirizada.

Los cielos de esta tierra altoaragonesa siempre han sido deudores de la oración y la rogativa a la santa, los cielos de la llanura del Ebro no quisieron quedar ajenos y proliferó el culto a la Santa como en ningún otro caso... Y luego la Corte, y Sevilla y Nápoles, y Roma... La devoción orosiana se extendió al Nuevo Mundo y se convirtió en un valor de la espiritualidad española.

Y mientras esto ocurría, en las tierras del Pirineo central se mantenía el culto a las reliquias custodiadas en Jaca (el cuerpo) y en Yebra de Basa, donde en un hermoso relicario del siglo XV se guardaba la cabeza. Yebra tenía capilla renacentista en el propio altar de la iglesia parroquial, un auténtico sagrario que no se abría más que en ocasiones contadas, con todas las autorizaciones del mundo y con un enorme recogimiento.

Pero el lugar de Yebra, capitaneando el valle del río Basa que había sido tradicionalmente un lugar de encuentro de culturas, tenía además todo un rosario de recuerdos orosianos que se iban manifestando por el monte que levantaba sus perfiles al cielo del Serrablo.

Estaban las cuevas de la Santa, que sin duda alguna eran antiguos eremitorios visigóticos en los que sucedieron algunos momentos de la peripecia vital de Eurosia. Huellas en las rocas, tradiciones en determinadas zonas del camino que ascendía al sagrado monte, aguas milagrosas saltando por el precipicio... Todo era un conjunto que exaltaba el itinerario espiritual de esta mujer que seguramente pertenecía culturalmente al mundo hispanogodo.

Y las gentes que subían al monte, al encuentro con los recuerdos de la Santa, decidieron construir una nueva ermita en el monte de Yebra para que fuera el lugar en el que los romeros pudieran descansar y en el que siempre se mantuviera el culto a la Santa. Y así lo decidieron los jurados de Yebra de Basa en 1665. La decisión era derribar la vieja capilla del puerto, que sería una mera estancia al modo de ermita, y ampliar su capacidad y sus funciones, pues se le añadió un hogar para los romeros.

La cuestión estaba clara, se había acabado la obra y reforma de la iglesia parroquial y ya se podía iniciar una nueva intervención de la comunidad de Yebra, que iba a emplear todas las limosnas recibidas en esta obra. Para ello, en los primeros meses del año se cerraron las esperanzas que se iban acumulando desde el año anterior, y en la mañana del día 3 de junio de 1665 se comenzaron las obras con toda solemnidad y aprovechando las suaves mañanas que proporciona la inmensa llanura que corona el monte que alcanza más de mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar.

Junto a un pequeño manantial de agua, en el mismo sitio donde en 1860 se construiría la actual fuente, en medio de la pradera, se marcó en el terreno la planta del templo y se comenzaron a subir los muros laterales. Todos colaboraban en la empresa y muchos eran los que se empleaban en acarrear los materiales, gentes preferentemente de la zona del valle de Basa que trabajaban en la tarea. Desde el 3 de junio de 1665 al 10 de septiembre de 1669, se construye un templo con tres naves y atrio, en cuyo interior se deja colocar dos altares a dos familias que debieron de colaborar especialmente: Los Ramón de Sasa de Sobrepuerto y los Oliván de Javierre del Obispo, en cuya capilla se dejaba la peana de Santa Orosia.

Más de cuatro años de invertir jornales de verano en el edilicio de la vaguada del puerto, hasta cubrir las más de mil libras que costó la construcción del templo. Cuatro años que dieron materia para documentar una serie de milagros que se vinculan a la construcción del templo y casa del santuario que, por cierto, constituiría una preocupación para los obispos jaqueses de principio del siglo XVIII, asustados por los asaltos que sufre la casa por parte de los pastores de Sobrepuerto, a algunos de los cuales no les importó guardar el ganado dentro de la ermita.

Era rector de la villa de Yebra de Basa Miguel Tolosana, un clérigo que ocupaba el cargo desde antes de promover la construcción y que sería el oficiante de la primera misa en dicha capilla. Pues bien, en tiempos de este rector acarreaba piedra para la ermita un vecino de San Román de Basa llamado Domingo Esteban. A este Domingo Esteban no sabemos lo que le pasó pero si conocemos que acabo en el suelo cayendo desde el yugo que llevaban los animales. Toda la escena la vio un paisano suyo, de nombre Pedro Cañardo, que contaba asombrado cómo una vez caído al suelo le arrolló violentamente el carro, por cierto cargado de piedras, sin que le pasara nada.

El milagroso suceso causó el asombro de todos y traspasó las fronteras de la comarca para saltar a otros espacios orosianos, puesto que no iba solo. Sobre todo porque parece que ocurrieron otros portentosos acontecimientos mientras duraba la construcción del templo. La siguiente protagonista fue una doncella nacida en Yebra de Basa, de nombre Catalina de Bergua, que estaba ayudando a los albañiles de la obra y que -por un descuido- se precipitó al vacío aunque se salvó de una muerte segura colgándose de un maderillo que utilizaban los albañiles para levantar y sostener la fábrica de la capilla en construcción.

Y como no hay dos sin tres -unos diez años después, en 1679-, cuando llegaba la procesión de la Santa a la explanada del Santuario, se pusieron a tocar las campanas y uno de los bandeadores, un muchacho del lugar, salió despedido al vacío por la fuerza de la campana y cayó sobre unos bancos, a la pradera, ante el horror de todos los asistentes. Poco después, puede que algo aturdido por el estacazo, se levantaba ileso y seguro que no sería el primero -ni el único- en levantar la vista al campanario y a ese cielo del valle de Basa desde el que Santa Orosia ha vigilado a tantas generaciones de devotos. Sólo veintitrés años después ya relataban el milagroso suceso en los compendios de la vida de la Santa.