3ª Edición del libro "Arquitectura popular de Serrablo"

La arquitectura popular es el eje de la vida rural, es el símbolo de la institución familiar.

Al leer un libro, a mi entender, se puede apreciar lo que dice y lo que explícitamente no dice, así como lo que sí dice pero de una manera implícita, que nada tiene que ver con lo que me recomendaba mi padre, que para entender los contenidos de muchos escritos había que leer entre líneas. Así pues, queridos amigos, no os voy a hablar de lo que dice el libro, aunque tangencialmente silo haré, sino de lo que explícitamente no dice, pero implícitamente sí.

Previamente permitidme que os haga partícipes de unas reflexiones personales sobre lo que ha supuesto y lo que hoy supone la arquitectura popular de reciente pasado, consecuencia de mis visitas a muchos pueblos de esta zona, de conversaciones con lugareños y de haber leído y consultado publicaciones de autores de renombrado prestigio, como Torres, Balbás, Feduchi, Flores, Violant y Simorra, García Mercadal y tantos otros de gran interés, como es el caso del libro que hoy nos ocupa.

Arquitecturas sin arquitecto o la arquitectura de la lógica.

Con ideas lógicas y racionales, la arquitectura del pasado de nuestros pueblos -muchos de ellos abandonados y con aparente carácter de arqueología rural- no se puede enmarcar en la percepción procedente del bien hacer de quienes la concibieron y construyeron. Basta recorrer sus calles adentrarse en sus viviendas, embeberse en sus espacios, tanto exteriores como interiores, apreciar sus sistemas constructivos, para reafirmamos en que estamos ante ejemplos de una clara lógica constructiva y una humilde pero firme racionalidad estética, a la vez que funcional.

Nada es gratuito en la concepción de estos lugares: organización social, tipos de cultivos, riegos, además de orientación, clima y materiales disponibles en la zona son elementos que, usados de forma razonable y justa darán como resultado asentamientos que, curiosamente o no tan curiosamente, son reivindicados en muchas arquitecturas de hoy en día. Todo es perfectamente adaptado a las necesidades humanas del propio lugar, sacándole el máximo partido tanto a la climatología, a fin y efecto de restarle agresividad y aprovechar sus beneficios, como a la experiencia, mejorando cada día sistemas, procedimientos y técnicas, tanto constructivas como medio ambientales. Con ojos críticos y mente clara puede apreciarse todo ello al deambular por muchos de nuestros pueblos que aún se mantienen en pie, desgraciadamente cada día menos numerosos. Pero aún hay sutilezas y matices que, en esta lógica y racional forma de entender de cómo fue creada esta arquitectura, la hace diferente según las zonas y lugares donde está ubicada, independientemente de la proximidad o alejamiento de sus asentamientos.

Estas edificaciones tienen en común la razón funcional, siempre presente la economía material y de medios, tal como afirma Grassi en "La Arquitectura como oficio"; (Edit. G. Gili 1980 pág.193), en su comentario como la lógica de lo obvio, reafirmado por Antonio Bonet Correa en el prólogo del libro "La casa popular en España", de Fernando García Mercadal, adaptada a lo próximo: los voladizos, los gruesos de los muros, las dimensiones de las ventanas, la posición de los marcos o las contraventanas -cuando las hay-. De forma análoga sucede con la topología y la tipología: situación y dimensión relativa entre vivienda y cuadra o establo, chimeneas laterales o centrales, situación de huecos exteriores con respecto a los usos y ventilación, etc. Estos aspectos definen muy concretamente el lugar. He aquí pues las bases de lo que, comenzado el siglo XX y con las necesarias distancias y matices, se daría en llamar la Arquitectura Racionalista, para luego adentrarse en la Arquitectura Funcional y hoy, inicios del S. XXI, Arquitectura Bioclimática.

Sólo la perennidad de los factores físicos -clima y materiales disponibles- tienden a la formación de tipologías locales, con características puntuales sobre las que poco o nada influyen los llamados estilos históricos, si bien aún pueden apreciarse algunos marcos de ventanas, alféizares, jambas y cabezales de piedra labrada con tendencias renacentistas, por ejemplo. Lampérez afirmaba que la arquitectura popular ofrecía la extraña dualidad de ser variable socialmente y permanente constructivamente. (Arquitectura Civil Española. Tomo 1, pág. 31), aunque, a mi entender, con las lógicas matizaciones.

La permanencia geográfica es consecuencia obligada del clima y de los materiales con que se construye. Varían las costumbres pero perduran las condiciones físicas, que hacen tan cerradas y pétreas las viviendas de Ainielle como las de Escartín o Lárrede. Distintas serán las habitaciones y su disposición según sea la capacidad económica del propietario. Llegamos a lo que antes hemos codificado como estructura social, en cualquier caso, reflejo de lo imperante en su tiempo. Hay autores que clasifican la tipología de la arquitectura rural, no por su concepto formal, ni tan siquiera por sus sistemas constructivos, sino por las relaciones que se establecen entre los hombres, los animales y las cosas. Hoy diríamos que se basaban en criterios funcionales, reafirmando que la edificación rural es, para el usuario, un instrumento para su resguardo y lugar de trabajo, sin considerar, en ningún caso, los fines estéticos, aunque el resultado sea firmemente racional.

De ahí que fuese quien la había de habitar quien, a su manera, la proyectase y construyese, con la posible ayuda de un piquero, atendiendo a sus propias necesidades, así como a sus personales gustos, si la economía, en este caso, lo permitía. Ratificamos aquí el título de este comentario La arquitectura sin arquitecto ¿O sí eran arquitectos los que empleaban su primitivo ingenio, a falta de mayores conocimientos, para construir sus viviendas?

A modo de anécdota os relataré el diálogo que sostuve, hace algunos años, con un boticario, por cierto, de una gran personalidad y humanismo, en un pueblo próximo a este lugar:

- Bonito pueblo este, don Joaquín, le manifesté yo.

(Don Joaquín no sabia mi profesión, dicho sea de paso).

- Bonito y majico de verdad, me contestó. Tienes razón y lo era antes más, hasta que aparecieron los arquitectos... y la jorobamos.

Tal como se puede apreciar en el discurrir de las páginas de este libro que presentamos hoy sobre la arquitectura popular de Serrablo, estos piqueros artesanos tenían muy clara la idea del arte de construir, firmemente reflejado, por ejemplo, en la orientación, en la disposición y dimensiones de los huecos de fachada y en la propia distribución interior de la vivienda, en la que el horno o la cuadra, la cocina o la sala y las alcobas, ocupan el lugar que les corresponde. Desde los alazes a las barrigueras, hasta los entabicados hechos con salceras y buro, pasando por las cubiertas de losas apoyadas en cabios y zapateros de madera, todo era ubicado y construido de forma racional y lógica.

"La arquitectura popular, hoy". Cogitaciones sobre el libro "Arquitectura popular de Serrablo".

De este estudio de investigación, más que de descripción, si la lectura en el verano del 89 ya me supuso entonces una gran satisfacción, hoy, presente esta nueva edición, espero con ilusión poderme adentrar en su contenido para efectuar una nueva y más tranquila lectura.

El trabajo que Garcés, Gavín y Satué nos presentan no es, a mi juicio, una investigación sectorial, sino que abarca una amplia zona de consideraciones del fenómeno social-arquitectónico que se produjo en todo el Serrablo. La aportación que hace este libro viene a llenar unas lagunas que, consciente o inconscientemente, otros autores habían omitido de forma evidente, o reflejado tangencialmente, en anteriores estudios publicados y que, en parte, queda enumerado en la amplia bibliografia a la que al final del libro se hace referencia.

Lo memorable de este trabajo no es que los autores se hayan recorrido todos y cada uno de los pueblos que comprenden el Serrablo, peinando la zona desde Nocito a Biescas y desde Matidero a Javierrelatre, pasando por Ainielle, Escartín y Bescós, a pesar de reconocer el esfuerzo físico que ello supone. Tampoco, la manifestación de una memoria observada y que queda reflejada en el texto, fotografías y dibujos. Lo destacable del libro es, a mi entender, algo que, en su lectura, nos obliga a una tensión por recuperar esa memoria culta que nos hace presente una arquitectura de un próximo pasado haciéndola intemporal. Con una prosa literal en lo descriptivo y gráfica en lo perceptivo, los autores nos demuestran un culto inteligente por lo que de belleza formal tiene esta arquitectura serrablesa, sin dejarse deslumbrar por sus propias emociones, las cuales no pueden reprimir cuando cualquiera de los tres se expresa verbalmente. Lo reafirman inteligentemente al exponer piedras que, por su gran valor testimonial, han transportado muchas veces personalmente, con gran esfuerzo físico, al Museo de las Artes de Serrablo, logrando con ello que no se perdieran para siempre.

El contenido de este libro, amigos lectores, es sin duda un magnífico y metódico estudio por el que José, Julio y Enrique nos introducen en el acontecer arquitectónico de esta zona, acercándonos, con criterio y con rigor, a una realidad que nos la hace imaginar, sentir y admirar y, en algunos momentos de este discurso, incluso poseer. He aquí uno de los muchos alicientes que el lector encontrará a lo largo del discurrir de las hojas de este libro. No es solamente una visión panorámica de un acontecer histórico, que lo es, ni tampoco una absoluta mirada crítica de las vicisitudes que acompañan a estos pueblos, que también se encuentra en su contenido, sino un profundo y bien estructurado estudio tipológico y morfológico en el que lo gráfico -dibujos y fotografías- y lo textual ocupan un adecuado lugar y extensión, tanto por su contenido como por su rigor implícito en el acercamiento social. Todo ello cumple con la sentencia de que de una manera objetiva se debe expresar lo visto y percibido, haciéndolo presente, guardando esa impronta que sólo la inteligencia es capaz de asimilar y transmitir.

En el fondo este libro es, sin lugar a dudas, una magnífica y seria aportación al hecho cultural de la arquitectura social de una parte de nuestra historia, de esa cultura no reconocida y mínimamente valorada que produjo esa arquitectura sin arquitecto y que está a punto de desaparecer.

Y esto es lo que implícitamente se puede contemplar, amigo lector, en este libro que hoy y aquí me cabe el honor de representar, y digo "re" pues ya son varias las ediciones que de él se han hecho, creo que esta es la tercera, la de ahora corregida y aumentada.

Quien busque lo pintoresco como valor turístico, si este libro cae en sus manos, es mejor que lo deje estar. Si se me permite, yo lo contemplaría bajo varios aspectos, uno de ellos el medio físico. Los que hemos andado por esos caminos de Dios, mochila a la espalda, cargados de blocs en blanco dispuestos a manchar cada una de esas páginas con eso que llaman lápiz y haciendo dibujos, sabemos lo que representa llegar, ver, pensar, analizar, dibujar... y seguir caminando. Otro aspecto importante es para mí analizar sus contenidos y su forma de expresarlos. El discurrir de este libro nos lleva a hacer nuestros d clima, los materiales, la estructura social en que se han llevado a cabo cada uno estos pueblos, así como las vicisitudes socioeconómicas que han propiciado su abandono y desertización. Vemos cómo influyen sobremanera estos elementos, por ejemplo, en la disposición de la planta y en su íntimo desarrollo, el cual va cambiando de una época de la historia a otra, de un lugar a otro debido, a mi juicio, a la dependencia inmediata del factor social, por un lado, y a fenómenos político-sociales por otro.

Las fichas de todos los pueblos del área serrablesa, magníficamente estructuradas, no se limitan a reseñar datos, sino que en el fondo aportan e interpretan con gran rigor descripciones de casas y edificios, mediante dibujos, fotografías y textos de arquitecturas que nunca precisaron nada de esto para su realización; bastó la actividad culta del artesano para, amparados en la función, la racionalidad y la necesidad del momento, elevar unas construcciones a la categoría de Arquitectura, sí, con mayúscula.

Otro aspecto que me gustaría remarcar, y que queda implícito en el contenido de este libro, es que para su investigación y redacción ha sido necesario, además de mucha dedicación y esfuerzo, contar con el silencio y la escucha. La escucha requiere d silencio. Los autores, en sus recorridos, en el discurrir por esos senderos, casi siempre cuesta arriba, saltando riachuelos y torrenteras, lo hacían meditando en silencio; incluso cuando, en un alto en el camino, recuperaban fuerzas y echaban mano de la bota, verificando una emocionada reflexión silenciosa, o cuando en el recodo de la senda se les aparecía la torre de la iglesia y sus pajares próximos, como fondo de las bordas y parideras. El descargar las mochilas junto a la fuente y el abrevadero en la plaza del pueblo, o sentados en el porche de la iglesia, también lo hacían en silencio, contemplando los foragiles y sus chamineras enmarcadas en el cielo. Silencio prolongado y escucha del saludo con que les obsequiaba la vecina vestida de negro que se dirigía al huerto.

Se aprecia en la lectura de cada uno de los párrafos de este libro cómo el silencio les abrió la mente para profundizar en todos aquellos aspectos que les llevaron los pasos hasta llegar allí, con ese sincero entusiasmo con que, ahora, con su lectura, nos hacen adentrarnos en el espíritu del pueblo, de sus habitantes y de sus propias casas y nos predisponen a entender toda la información que nos comunican a través de sus páginas y que ellos traspasaron al deambular por sus calles tomando notas, dibujando y fotografiando, todo lo que creían que seda de interés para hacérnoslo llegar. En sus conclusiones se adivina que nunca caminaron en silencio con la condición de espectadores, sino como compañeros de quienes fueron capaces de crear tanta belleza. Se fueron asimismo en silencio, camino de otro pueblo de otro lugar, algo más tristes, como apesadumbrados por haber roto la intimidad del lugar, tanto de sus habitantes como de sus casas, de sus calles y de sus piedras. Se iban cargados de imágenes, dichos y mazadas que quedaron guardados en sus mochilas, con respeto, cariño y admiración y por qué no, con algo de envidia por que allí quedaba parte del silencio.

Finalmente ratificaré, con todo lo que he dicho anteriormente, que tenemos ante nosotros una nueva edición de esta obra, Arquitectura Popular de Serrablo, la cual no se limita a la recogida de datos, sino que queda implícito en su contenido un riguroso análisis de la arquitectura popular de esa zona, estudio serio y desapasionado, por lo objetivo, de los asentamientos humanos de esta región a través de sus morfologías y tipologías rurales, así como un exhaustivo y pormenorizado recorrido puntual. Nos encontramos ante algo muy superior a un inventario, es el reflejo de una arquitectura, de un modo de vivir y entender el quehacer social en un medio agresivo, y que a no tardar, desaparecerá para siempre. Esto supondrá que la referencia cultural quede supeditada a estudios como el que hace referencia este libro y que nos deparan de una manera brillante José Garcés Romeo, Julio Gavín Moya y Enrique Satué Oliván, sus autores.

A modo de resumen me gustaría indicar, amigo lector, si no nos encontraremos con este libro ante una especie de manifiesto doctrinal, que impera como concreción ideológica de los autores, todos ellos miembros de la Asociación Amigos de Serrablo. Mi modesta opinión es que visto el contenido del mismo, debe ser interpretado como un despenador de conciencias que José, Julio y Enrique nos presentan con la intención de salvar una arquitectura, un bien cultural, nada arqueológico, en trance de desaparecer, cuando no ya desaparecido.

Sus autores, siempre entusiastas y plenos de actividad, han conseguido, con este libro, hacer nuestro un recorrido por este maravilloso Valle del Gállego, desde la Tendeñera hasta la Sierra de Guara, desde las tierras de Biescas hasta los Valles del Aurín y Basa, sin olvidar tanto el Sobrepuerto como la Guarguera, y que, a no dudar, deberá tener una amplia repercusión pública para que, a quien corresponda, asuma su responsabilidad, si bien, y mediante patrocinios, ya hay entidades que así lo han entendido.

Ojalá esta presentación no sea, parafraseando a García Márquez, el réquiem por la agonía de una muerte arquitectónica anunciada.

Candanchú, 1 de Noviembre de 2000.