La ciudad de Dios.

Hay una ciudad de Dios y hay una ciudad terrenal. Hay una ciudad en la que los hombres aman a Dios y hay una ciudad en la que los hombres se aman a sí mismos y a las cosas mundanas. Hay una ciudad allí y hay otra aquí. Es una ciudad agustiniana, africana y escatológica que se alza desde el suelo y llega alto, pero no tan alto que no la podamos ver, pues está próxima, casi al alcance de todos.

Ciudad teológica para la humanidad, tan lejana y tan cercana. Morada rocosa que se nos presenta en ascensión nuestra y asunción divina.

Torre de San Bartolomé de Gavín. Alzado sur.Nuestros templos son innumerables destinos de ultratumba donde se da esa clara dicotomía entre el bien y el mal y donde el destino último se nos presenta en forma de trabajadas masas petreas por laboriosas masas humanas.

Hay una ciudad de Dios en San Bartolomé de Gavín. Es tan nítida que se diría la imagen de los temores del evangelista San Juan redivivo en aquella Jerusalén mesiánica.

Es tan sobrecogedora que Dante Alighieri contemplaría con gusto esos dos ojos del cielo de su imaginario purgatorio.

Es tan perfecta que el archipictor Magio revisaría sus tintes para dar a sus obras color y forma.

Ciudad mesiánica, cuadrada, tapiada con bóveda celeste. Tres puertas a Oriente y tres a Occidente. Tres al Norte y tres al Sur. Ciudad liebanense donde el Sol y la Luna sirven de intermedio entre lo mundano y lo divino.

Una, múltiples urbes por el corazón y los extremos del Serrablo. Civitas amuralladas y ascendidas, inexpugnables, Ilíones homéricas rodeadas de aqueménidas ansiosos de asalto. Ciudad en guerra y ciudad en paz. La Tebas de Hesíodo del Escudo.

Torre de San Bartolomé de Gavín. Detalle.Inclitos investigadores han hurgado en las entrañas, arúspices, de este enmarañado teatro serrablés de piedra, historia y arte. La pregunta es la de siempre: de dónde viene y desde cuándo viene esta manifestación humana que dejó su impronta milenaria sobresaliendo de los muros. Una pregunta cuya respuesta se puede perder en el tiempo y que se hace presente en cada etapa del llamado progreso. Progreso o recapitulación. Esta es la preocupación principal alejándonos de disquisiciones ontológicas inglesas asaz populares.

Los muros de las iglesias y sus torres son libros cuajados de imágenes para el creyente que quiere creer y para el estudioso que quiere estudiar. Desde fuera, en la formidable torre Bartoloménida, solo se ven dos rosetas en cada cara, compuestas por una decena de dovelas dispuestas en círculo y abiertas en óculo en su centro. Esto es lo que el ojo humano ve actualmente. Pero sin duda alguna, que este tipo de disposición ya sea en círculo, triángulo, cuadrado... uno, dos, tres... dice algo, diáfano al hombre pretérito, oscuro, tal vez, para el actual.

La torre de San Bartolomé es la representación existencial de la ciudad mesiánica Del Apocalipsis saca la bóveda esquifada como cúpula celestial. Los doce baquetones bajo el alar del tejado son los doce Apóstoles. Estos rulos de piedra simbolizan seres humanos o corpóreamente humanos. Las tres ventanas del campanario son tres puertas a los cuatro puntos cardinales. Y abajo, separada ya de esta ciudad, aparecen representados el Sol y la Luna, del mismo tamaño pues así lo son al ojo del hombre, encerrados ambos astros en destacada franja, aparte, como aparecen en los beatos, los ojos del cielo de la tradición mitológica.

En el mundo sublunar está la ciudad terrenal.

La torre de San Bartolomé, en si, tal vez haya permanecido ajena a este tipo de consideraciones. Pero si se asciende por sus peldaños llegaremos a ver, en ese cúmulo de piedras ordenadas, a la imaginación del hombre que construye sus obras seguro de las causas y de los efectos de sus acciones.

Todavía ahora lo podemos contemplar.

Dibujos: Julio Gavín