Justo Ramón Casasús.

Justo Ramón Casasús.«Los azares de la profesión -escribe don Santiago- llevaron a mi padre, Justo Ramón Casasús, aragonés de raza y de carácter y modesto cirujano por entonces, a la insignificante aldea en donde vi la primera luz y en la cual transcurrieron los dos primeros años de mi vida». En ediciones posteriores de «Mi infancia y juventud», Cajal sustituyó «aragonés de raza y de carácter» por «aragonés de pura cepa» con lo que acentúa si cabe, el orgullo de su condición y su raigambre.

Había nacido en Larrés, en el arranque del valle de Tena, en 1825, donde nacería también su hijo Pedro, 29 años más tarde. Era hijo de Esteban, del vecino lugar de Isín, y de Rosa, del mismo Larrés. Ya de muchacho entró al servicio de un cirujano, que ejercía en Javierrelatre, junto a Anzánigo, en la orilla de Gállego.

Aprendió el oficio de barbero y sangrador. A los diez años de estar allí decidió quemar las naves; marchó a pie a Barcelona, para trabajar de oficial en una barbería de Sarriá. Como buen montañés, aprovechó el tiempo y se matriculó en la Facultad de Barcelona; con sobresaliente en todas las asignaturas, logró el título de cirujano de segunda.

Petilla de Aragón. Dibujo de Pedro Frías.Así llegó a Petilla de Aragón. Todo su anhelo se cifraba en llegar a ser cirujano de acción y operador de renombre; alcanzó su propósito, pues la fama de sus curas extendióse por gran parte de Navarra y del Alto Aragón, granjeando con ello, además de fama, crecientes y saneados ingresos. Gran cazador, en sus continuados desplazamientos a pueblos y aldeas de su partido médico se hacia acompañar de perro y arma. En Petilla, donde permaneció desde 1850 hasta mediados de 1854, monopolizó bisturí y escopeta.

Casó al año con Antonia Cajal, hija del tejedor de Larrés, a la que conocía de niña. Y en Petilla nació el 1 de mayo de 1852 Santiago, su hijo mayor; permaneció hasta 1854 en que se trasladó a Larrés, donde nació el 23 de octubre su hijo Pedro, el segundo sabio de la familia. Para mejorar en sus afanes profesionales pasó a Luna y, en 1856, a Valpalmas, donde nacerían sus hijas Paula y Jorja, y donde vería cumplido su anhelo de ser médico-cirujano. Fue don Justo carácter enérgico, extraordinariamente laborioso, lleno de noble ambición. Apenado en los primeros años de su vida profesional por no haber logrado, por escasez de recursos, acabar el ciclo de sus estudios médicos resolvió, ya establecido y con familia, economizar, a costa de grandes privaciones, lo necesario para coronar su carrera académica sustituyendo el humilde título de cirujano de segunda clase por el flamante diploma de médico cirujano. Sólo más adelante, cuando yo frisaba los seis años de edad -sigue contando don Santiago en su estupendo libro «Mi infancia y juventud»-, dio cima a tan loable empeño.

La fama quirúrgica de don Justo iba en aumento por lo que pudo establecerse en Ayerbe (a la que don Santiago llama «mi verdadera patria chica»). Siendo ya el futuro premio Nobel estudiante de Medicina, se trasladó don Justo a Zaragoza, ganando por oposición, en 1870, plaza de profesor de Dirección y Osteología en la Escuela Libre y Regional de Medicina, sostenida por la Diputación Provincial. En Zaragoza llegó a ser, junto con Arpal, el cirujano de más fama, que la completó con portentosas actuaciones obstétricas. Falleció en 1896.

Don Justo tenía enorme parecido físico con su hijo Santiago. Cuando ya famoso, éste visitó Petilla, varios vecinos así lo manifestaron. Realmente fue un autodidacto; su segunda vocación era la enseñanza; con grandes sacrificios supo enseñar a sus hijos a leer y escribir, gramática, aritmética, geografía y francés (así lo cuenta Santiago en sus memorias). Ramón y Cajal, enfrentado a su padre en numerosas ocasiones, nunca dejó de proclamar su profunda admiración por el autor de sus días. «No puedo quejarme de la herencia biológica paterna. Mi progenitor disponía de mentalidad vigorosa, donde culminaban las más excelentes cualidades. Con su sangre me legó prendas morales a las que debo todo lo que soy: la religión de la voluntad soberana, fe en el trabajo, convicción en el esfuerzo, hermosa ambición en ser algo, no reparar en sacrificios, no torcer la trayectoria por causas segundas. Empero faltóme la más valiosa quizá, su extraordinaria memoria».

Estas virtudes supo transmitirlas don Justo a sus hijos. Señala Pedro Ramón y Cajal Abelló el prestigioso ginecólogo zaragozano, que el mayor héroe y prohombre de la familia fue en realidad su bisabuelo, quien transformó a dos díscolos muchachos en dos científicos excelsos, el mayor, Santiago, el creador mundial de la neurociencia, en cuya tarea recibió la ayuda decisiva de Pedro, que destacó también en otras ramas de la Medicina, la obstetricia y la patología regional. Esperemos que el Ayuntamiento de Zaragoza dedique calles a don Justo y a don Pedro, a ser posible cerca de la de don Santiago.