Nuestras bóvedas.

Bóveda de la Pardina de FanloHay lugares en nuestros campos, en nuestros montes que invitan a recalar en ellos y dar libertad a la imaginación que es lo mismo que ponerla a trabajar. Pocas cosas pueden despertar mayor interés al ojo del hombre que sus propias obras. Seguramente muchos opinarán que es la naturaleza la que acapara nuestro asombro con mayor asiduidad pero tanto su orden como su capricho escapan al entendimiento humano en innumerables ocasiones.

Nuestras facturas, utilizando los materiales que la naturaleza nos brinda, son atractivas y más cuando todo ya ha quedado en silencio y en paz. En silencio sí, en paz tal vez todavía no, pues las ruinas se aferran a la verticalidad alzando sus desgarbados restos al cielo no queriendo caer al suelo en desbaratada descomposición, y volver al caos de los primeros tiempos, cuando, antes de ser conjunto y forma, no eran más que un montón de piedras esparcidas por tierra sufriendo quebranto con los rigores del paso del tiempo o desapareciendo bajo el polvo y las cenizas que todo lo cubren.

Bóveda de la Pardina de AtósPero de la tierra venimos y a la tierra volvemos y trata a todo por igual, y más tarde o más temprano vuelven a rodar por el suelo, amontonadas, con los maderos cuajados de carcoma, con los hierros en completa herrumbre, con los muebles destartalados para que rápidamente un espinoso manto vegetal los arrope y los proteja en un plácido sueño.

Pero, en algunas ocasiones, cuando ya aquellos tentáculos pétreos han sido amputados, sobreviven nuestras bóvedas, bocas edilicias abiertas de par en par en constante grito desgarrado sabedoras que serán los últimos testigos del derrumbe imparable que las acecha por todas partes. Son bocas sólidas, rezumantes de humedad, faringes comunicadoras con el resto del edificio ya desecho. Bocas que se van cerrando, ya entreabiertas, manifiesto de agonía. Un Guernica sin museo, un lienzo sin artista.

Cabecero de la Pardina de AtósAllí quedan, para el caminante observador, para el expoliador sin escrúpulos que arranca los dientes de oro al finado, para su lucro, sin ningún cuidado, perdiendo parte del botín en su apresurada y ansiosa huida. Y allí seguirán como un cadáver sin amortajar pudriéndose al sol hasta que la propia naturaleza acepte ese trabajo y las cubra. Arrullo y nana que callarán para siempre sus constantes gritos de dolor y lamento.