Mil años de historia de los valles de Serrablo y Fanlo (958-1958).

Los lugares de señorío eclesiástico en la Val de Serrablo entre 1200 y 1500

Las vicisitudes de los dos lugares de la Val de Serrablo, más Arasilla, que pertenecieron al viejo patrimonio del Monasterio Fanlense, fueron paralelas, a lo largo de la Baja Edad Media.

Fanlo se convirtió un asunto incómodo para Sancho Ramírez, después de la disputa con Banzo, pero no se atrevió a entregarlo a San Juan de la Peña, porque la conquista de Huesca le iba a obligar a nuevas fundaciones, y sobre todo a graciosas donaciones, para lo que tenía que estar preparado. La ocasión propicia se presentó en 1074, año en el que Sancho donó el Monasterio de San Andrés a Loarre, con todas sus pertenencias [1]. Pocos años más tarde -1093-, el mismo Monarca entregó la Iglesia de Loarre a Montearagón, fundado en 1086 [2]. En el documento de donación se dice expresamente... concedimus etiam eidem ecclesie Ihesu Nazareni monasterium Sancti Andree de Fanlo... En la enumeración de bienes de Montearagón, de 1391, se citan estos lugares -Abenilla, Arasilla y Atós- como pertenecientes a la Abadía [3].

En 1571, y como consecuencia de la creación del Obispado de Barbastro, y la restauración del de Jaca, los cuantiosos bienes de Montearagón fueron repartidos, siendo el Monasterio de San Pedro Viejo, de Huesca, el recipiendario de la Iglesia de Fanlo, incluidas sus antiguas posesiones en la Val de Serrablo [4].

Matidero, y su Honor, fueron asignados a Santa María de Alquézar, pero por alguna razón desconocida volvieron a manos reales a fines del siglo XII [5]: En 1203, Pedro II realizó una permuta con San Juan de la Peña, entregando el Monasterio Matirerense, con sus villas y palacios, ya citados [6].

El tercer grupo de lugares de Señorío Eclesiástico en el Valle, esta constituido por Cerésola, el único enclave dependiente de las Ordenes Militares en estos predios.

Curación y rasero de la Iglesia

Como ya se ha indicado en otro capítulo, la cristianización efectiva de las gentes de estos valles, que mantenían las costumbres y ritos prerromanos, era uno de los objetivos de obispos y monarcas. La carta del Abad-Obispo Oliva de Vic, a Sancho III de Pamplona -1023-, es suficientemente explícita en algunos de sus postulados: "augurios"-adivinación; brujería; demás costumbres anticristianas en ese sentido; y "amores incestuosos" -fiestas de fecundación; relaciones fuera del matrimonio; búsqueda en los primeros tiempos de la sucesión matrilineal, etc.- [1].

Sancho era un hombre de la Montaña Pirenaica Occidental, que conocería bien las tradiciones seculares de su pueblo, y al que todas estas observaciones posiblemente no le producirían el menor atisbo de escándalo y confusión; en tanto que Oliva había sido educado en la tradición cultural romano-cristiana, bajo la tutela del Obispo de Narbona; y eso si que era definitorio a la hora de poder establecer un punto de confluencia.

Recién reconstituida la antigua Sede Jacetana -1571-, su Obispo comenzó una nueva organización de la misma, de acuerdo con los nuevos tiempos, derivados del Espíritu Contrarreformista Tridentino, impulsado por el Papado. En 1600, el Prelado visitó el lugar de Senegüé, en su itinerario pastoral, y dejó constancia escrita de su preocupación por la situación de pecado, en la que según él se encontraban muchos de sus feligreses; especialmente los que cohabitaban con las mujeres con las que todavía no se habían casado: Innumerables son las ofensas que se cometen contra Dios Nuestro Señor, por no celebrarse el Santo Sacramento Matrimonio con la puridad y limpieza que es razón; es infernal el abuso que so color de ligamientos tienen introducido el demonio generalmente en todos los lugares del presente Obispado, persuadiendo a todos los que se casan que se junten con aquellas que piensan casarse antes de ser sus legítimas mugeres con notabilísimo daño de sus almas... porcurando cuanto en nos fuere que por nuestra parte no entre el demonio a hacer tanto estrago en el rebaño redimido por la Sangre del Señor, requerimos y so pena de excomunión mayor y 20 ducados mandamos a todas y cualesquiera personas del dicho lugar, y en particular a los dueños de las casas, no consientan ni en manera alguna permitan que los que así se hubieren de casar se junten en sus casas ni cometan dichos delitos hasta ser legitimamente casados [2].

Si se recuerda, aunque sea someramente, el gran auge que experimentó la brujería en el siglo XVII, especialmente en los Altos Valles, como el de Tena [3], es lógico comprender que las tradiciones ancestrales de las Gentes Pirenáicas seguían vivas seiscientos años después de la carta de Oliva.

Pero no quedan aquí las cosas. El rastreo de los monótonos libros parroquiales, proporciona al investigador un caudal inconmensurable de datos. De vez en cuando aparecen en los mismos pequeños detalles, que vienen a indicar tanto el talante del cura, como el de algunos parroquianos.

No deja de resultar sorprendente que en las listas anuales de la Confesión y Comunión Pascual, se haga constancia con frecuencia, a veces año tras año, del hecho de que alguien no había cumplido con el obligado ritual, mediante la anotación: "ausente". En el caso de Biescas, y de Broto, tales ausentes solían ser Infanzones y gentes adineradas. Otra suerte les corría a los pobres en rebeldía, algunos de los cuales quedaban excomulgados, de lo que también se hacía la correspondiente anotación [4]. Un detalle de la connivencia del clero con la nobleza se puede encontrar en un documento notarial de 1433, en el que el Rector de Gavín es acusado de no haber querido entregar al Señor de la Baronía, Guiralt Abarca, una "letra descomulgatoria" [5]. Del mismo modo se toleraban otras cosas a determinados personajes o familias, como la convivencia fuera del matrimonio -Joan de...; la moça de Joan de... [6].

El hecho de poder realizar testamento ante un sacerdote, en ausencia de notario, reconocido por el Derecho Aragonés, puede dar, aun más una idea de la implicación absoluta del clero en la vida rural aragonesa.

Los hijos ilegítimos, verdadera plaga y reflejo de eso que se ha venido en denominar fríamente "la condición humana" -en estos predios-, durante los siglos XVI-XVIII, eran recogidos por la propia, y sobre todo por otras familias más pobres, a las que se daban ciertas compensaciones económicas por parte de los padres de la madre. En este sentido los libros dejan simplemente constancia de que en determinadas casas hay hijos no legítimos. La única Beneficencia para recogimiento de estos niños, de todo el Alto Aragón Occidental se encontraba en Jaca. En 1848, según Madoz, contaba con 124 incluseros [7].

La tradición oral y escrita, enunciada una y otra vez de padres a hijos, en el Entorno Mediterráneo, desde los tiempos del Imperio Medio de Egipto -Las Inscripciones repiten monótonamente, ...de hijo a hijo; de heredero a heredero...; lo que no solo se refería a las tradiciones y ritos, sino también a los bienes de la propia familia-, hace continuas referencias a la pervivencia de aquello que es referente a la familia, y al grupo en el que ésta está integrada. En el Alto Aragón la frase repetida hasta tiempos recientes rezaba así: ... sobre todo que no se pierda la cosa.... El sentido de este contundente enunciado encerraba una filosofía de permanencia frente al inhóspito e inseguro mundo, a todos los niveles, que rodeaba al montañés. Muchas casas se amortaban por causa de la peste, o porque el único heredero fallecía al poco de matrimoniar, sin haber tenido descendencia; pero esto también había sido previsto por la tradición, y lo más frecuente era que la viuda intentase tener un hijo de otro hombre -padre, abuelo o ... - lo más rápidamente posible; lo que no parecía estar mal visto [8]. Todo antes de que se perdiera la casa. Por contra las bodas de las viudas estaban muy mal admitidas, y eran objeto de crueles burlas [9].