El castillo-torreón de Escuer.

Ignoro cuales son los anteriores siete edificios que completan el octógono maravilloso de nuestra comarca. Ni siquiera se puede decir que el torreón de Escuer ocupe el lugar numero ocho. Pero sí que fuera de la septarquía edilicia serrablesa se está dando de lado a un considerable monumento que irremediablemente se va viniendo abajo, se muere de abandono y tristeza por la ignorancia y la apatía.

No es necesario hacer una ponderación histórica sobre él. Sólo basta con hacerle una visita turística para damos cuenta de lo que allí se encuentra resistiendo en una batalla, pues para eso fue creado, cruel, no por su intensidad, sino por su duración, pues el paso del tiempo nos reta a todos por igual en singular y desigual lid de la que, hasta ahora, resultamos siempre perdedores.

Allí, asomándose al paso del tráfico que discurre en el llano, juega al escondite con las azarosas gentes que van y vienen frenéticas por las carreteras visitando los lugares más bonitos del Pirineo, o al menos, eso es lo que creen.

Pocos suben a verlo. Lejos de las arterias principales discurre su vida entre las numerosas bestias que puntualmente acuden cuando el mal tiempo arrecia o la noche cae. Velan las rapaces la guarnición de día y de noche mientras abajo la tropa descansa. Una soldadesca torpe, crasa y despreocupada que llevada en tiempos a la fuerza se niega a abandonar esa posición estratégica, ahora, que ya no hay nada que defender.

Hace años que fui a visitarlo acompañado de Don Lupo de Lárrede, insigne infanzón, con cartas de hidalguía que todavía guarda en su casa blasonada.

Aquel día era jornada de puertas abiertas. El vigía anunció nuestra llegada. Después, ante la singular visita salieron las autoridades castrenses a recibirnos lo mejor que pudieron pues su pobreza les impedía atendernos como era menester. Dos mozos llevaron las caballerías al establo que se encuentran extramuros, adosadas al murallón Sur. Y nos invitaron a pasar. Y entramos.

Entre la muralla y el castillo hay un jardín descuidado, pero siempre verde, muy soleado que rodea la torre. Allí la guarnición del fuerte reposa a sus anchas y vigila los caminos por las numerosas aspilleras. Entramos a la iglesia e hicieron misa. A la iglesia se entra por una puerta apuntada y estrecha aunque no es tanto que impida el paso de los habitantes más entrados en carnes que allí conviven.

La sala es cuadrada y bastante capaz toda abovedada a base de piedra tosca y arcos fajones en numero de tres. Es sombría y algo húmeda a pesar de sus dos grandes ventanas a oriente y a poniente. La factura es inmejorable.

Al salir de oír misa subimos por unas empinadas escaleras hasta la planta primera. Ante la puerta de labra notable no nos dimos cuenta de que bajo nuestros pies había un foso pr9fundo, tapado. que asemejaba una terrible mazmorra. Mas nada preguntamos.

La sala noble era de gran riqueza. La bóveda toda de piedra se levantaba varios metros sobre nuestras cabezas recorriendo la sala de punta a punta. Protegía ricos muebles debajo y un gran hogar donde una olla daría alimento a todos los que allí aquel día nos encontrábamos. Y nos pusimos a dar buen fin a lo que nos ofrecieron.

Después de la comida despachamos con el alguacil de la torre en un banco de piedra desde donde por un amplio ventanal se divisa cualquier incursión por poniente. Allí nos contó como la falta de atención que a estas guarniciones daban, había repercutido en el estado de ánimo de la tropa que desertaba y abandonaba su oficio, no pudiendo atender como debiera al deterioro de la torre y de los edificios anejos por falta de medios, poniendo al país en gran aprieto si algún enemigo pretendía hacer incursión por estas tierras.

Una puerta se abre hacia el sur. Un entablado de madera protege el acceso principal haciéndolo casi inexpugnable. Desde allí se sube al segundo piso. la bóveda es de piedra aunque no de tan buena factura. Allí descansa la tropa a cubierto. Es una posición defensiva extraordinaria. Las aspilleras controlan el terreno palmo a palmo sin dejar ángulos muertos. La altura de esta planta proporciona vistas al sur, al este y al oeste.

Oscurecía y emprendimos el viaje. Sacaron los caballos del establo y todos los que allí vivían salieron a despedirnos. Nosotros prometimos trasmitir las quejas de la guarnición a las autoridades superiores para que los que allí permanecían llevaran una vida más digna y sin tantas estrecheces y miserias, pues velaban por la guarda de todos nosotros. Y así partimos, sin dejar de entrar en la iglesia para tener el viaje benigno, y pasarnos por el pueblo y por el camino llegamos al valle donde las gentes, en gran numero, iban y venían a buen ritmo. Y al poco rato se hizo la noche.