En la historia de Santa María de Iguacel hemos consignado, que al fundar, el Rey de Aragón D. Pedro II, el convento de religiosas de San Bernardo, que existió en aquel Santuario, lo dotó, entre otros bienes, con los diezmos de Senegüé y su honor. No sabemos que pueblos compondrían el honor de Senegüé, pues hoy solo tiene por anejo al de Sorripas, que está al lado opuesto de la carretera de Sallent y Panticosa, que pasa entre aquellos dos lugares. También ignoramos el origen y etimología del nombre del pueblo, aunque por su posición entre los ríos Gállego y Aurín, caudalosos en los días de grandes lluvias o deshielos en las cordilleras pirenaicas, pudiera tener alguna relación con las márgenes del Senegal, río de África, que desagua en el Océano Atlántico, después de recorrer doscientas ochenta leguas.
A trescientos metros del pueblo, sobre un collado majestuoso, aunque humilde por la elevación, se alza, rodeado de verde y amena campiña y enclavado entre la iglesia matriz y su anejo Sorripas, el Santuario dedicado a la Santísima Virgen, al que el terreno donde está enclavado le da con propiedad la denominación de ermita del Collado. Es verdad que el terreno convidó a los devotos para que lo prefirieran como el más adecuado para constituir el templo; pero una rara casualidad hace que la Reina del Valle se haya situado a igual distancia de ambos pueblos, simbolizando en este hecho su deseo de ser igualmente abogada y protectora de los hijos y devotos que moran en ambas localidades. Hemos leído, y queremos consignar, que en el pueblo de Peña, en España, hay también otro Santuario dedicado a la Santísima Virgen, bajo la misma denominación de Nuestra Señora del Collado, y celebra su fiesta el día 29 de Setiembre.
Aunque se ignora la antigüedad del Santuario de Senegüé, está marcando en todos sus detalles una época remota. La situación de Oriente a Poniente; su puerta de entrada al Mediodía; la armadura de madera que lo cierra, y queda al descubierto por no estar velada de cielo raso ni artística bóveda; la sagrada Imagen mirando al Poniente: sus muros ennegrecidos por los años y la intemperie, todo está decantando una existencia de muchos siglos, sin ostentar huella alguna de haber sido añadido o restaurado.
No es muy espaciosa la iglesia, pero sí capaz y suficiente para la feligresía a que pertenece, pues mide doce metros, treinta y cinco centímetros de longitud, por cuatro, veinte y cinco de latitud, dentro de los muros, y está decorada con dos bonitos y antiquísimos altares, ornados de pinturas alegóricas. El primero y principal está dedicado a la Santísima Virgen, y es dorado en todos sus resaltes, con los fondos pintados. En tres compartimientos se divide. El inferior tiene en su centro pintada en lienzo la Resurrección del Salvador, en la que se descubre el dichoso sepulcro, y la imagen de Jesús alzándose gloriosa, para verificar por su propia virtud la Ascensión a los Cielos. Los colaterales de este primer cuerpo, están enriquecidos con las imágenes pintadas, también en lienzo, de San Juan Bautista y San Miguel Arcángel, en actitud de humillar con su planta la cerviz del dragón infernal.
En el centro del cuerpo principal está emplazado el camarín de la Virgen, adornado en ambos lados por cuadros de lienzo, reproduciendo. el de la derecha, el misterio de la Anunciación, que fue el principio de la regeneración de la humanidad, y en el que el fiat de la Virgen la elevó a la sublime jerarquía de Coredentora. En el de la izquierda aparece el portal de Belén, donde todo un Dios quiso mostrarse al mundo bajo la figura humana, para recordar al hombre de la virtud de la humildad, eligiendo por morada un establo, por cuna un pesebre y por lecho la paja despreciable. El trono de este compartimiento lo ocupa la imagen de la Santísima Virgen. preciosa escultura en madera y toda dorada, que mide 84 centímetros de altura, v tiene al Niño Jesús en su brazo izquierdo. Esta es la imagen de a que fue elevada por toda la Beatísima Trinidad a la grandeza que no alcanzó ninguna otra criatura. Comparada fue con los cedros del Líbano, que tienen sus raíces en la cumbre de las montañas, y alzan sus penachos sobre las nubes, para que sean dorados por los rayos del sol; mereciendo que el cristiano exclame a su vista, como Pedro de Amiens "Enmudezcan y bajen los ojos las criaturas todas; no se atrevan a mirar la inmensidad de esta dignidad incomparable". El ángel de la escuela Santo Tomás dice, que María recibió una dignidad infinita: copiaremos sus palabras. "Desde el punto de vista de su grandeza personal la concibo más y más grande; pero desde el punto de vista de su grandeza pública, alcanza el límite de lo infinito". Aprendan los devotos de la feligresía de Senegüé, silo ignoran, cuanto es y cuanto vale la que tienen como protectora y abogada, y en las calamidades públicas, en las adversidades de la vida y en los reveses de la fortuna, acudan ante su trono, como lo hicieron siempre sus abuelos, llenos de fe y confianza de alcanzar los favores que la pidan, siempre que las oraciones vayan acompañadas de la virtud o del arrepentimiento.
Sobre el arquitrabe del segundo cuerpo del retablo, descansa el tercero, que forma el coronamiento, y lo constituye un precioso cuadro en lienzo representando a Jesús Crucificado, como fuente de donde brota toda la grandeza y poder de María; y a sus costados están, la Heroína del Calvario y el Discípulo amado; únicos seres que forman la corte del Rey de los Cielos y de la tierra en la trágica escena del Calvario.
El martes siguiente a la festividad del nacimiento de la Santísima Virgen, se celebra desde tiempo inmemorial la fiesta principal del Santuario; lo que prueba que rinden culto y adoran a su abogada bajo la advocación de la festividad que instituyó San León Magno por revelación angélica, según testimonio de San Anselmo, y que fue aumentada con octava solemne por el Papa Inocencio IV.
La que rodeada de pastores nació en Séfero, a tres leguas de Nazareth, según afirman el Abulense y San Mateo, fundados en que en aquella torre, ó castillo, tenía a San Joaquín sus ganados; y quiso entre pastores nacer la que predestinada estaba para ser Madre del que nacería en el establo y sería adorado por pastores: esa es la que los cristianos de Senegúé y Sorripas eligieron por patrona y abogada. En el día 8 de Setiembre nació la Santísima Virgen; día que era sábado, según el Doctísimo Cartagena, y nació al amanecer, como Aurora que había de ser del divino Sol de Justicia. Para celebrar el dichoso natalicio de la que fue la aurora más brillante, el clavel más rojo, la rosa más carminada y la más cándida y nívea azucena, el sol brilló todo el día más resplandeciente que de ordinario; la luna pretendió robar sus resplandores al sol, y las nubes no empañaron el azulado cielo, durante los días de la octava.
También los hijos y devotos de que nos ocupamos celebran tan dichoso natalicio, ordenándose en devota procesión, que sale de la iglesia parroquial a los primeros rayos del sol, y cantando el Rosario suben a la Ermita de la Virgen, donde tiene lugar una solemne misa. Si ésta es la fiesta principal, no es la primera que durante el año se celebra en el Santuario, porque en el día precedente, o sea el lunes después de la Natividad, tiene lugar otra que, si no es de alabanzas a la Virgen, no deja de sería grata y consoladora. Me refiero al aniversario por los hermanos difuntos, que la Cofradía fundada desde tiempo inmemorial en la ermita y bajo la advocación de la Santísima Virgen del Collado, que cuenta hoy ochenta y ocho cofrades alistados bajo sus banderas, celebra todos los años en el día citado, siendo grande el concurso de fieles que acuden a pagar ese tributo de recuerdo y amor, a las almas de sus parientes, amigos y hermanos.