Esto de recordar a los desaparecidos y contarlo a los demás es muy complicado. Se entra en un marco ritual, de formas y obligaciones que, a la postre, lo único que hacen es enturbiar los auténticos sentimientos del que escribe que, por lo general, siempre son admirativos hacia el finado. De cualquier modo, a la persona que se le propone la faena no le queda otra alternativa, pues de lo contrario, si guarda encerrados sus sentimientos, teme aparentar, fundamentalmente, insensibilidad.
Hecha esta pequeña introducción pseudofilosófica, que todos comprenderán, no cabe la menor duda que “Amigos de Serrablo” y el Museo etnológico de Sabiñánigo deben hacer un hueco en su revista para recordar y ponderar la figura del amigo, recientemente desaparecido, Rafael Andolz.
Desde fuera, se puede decir que Rafael ha tenido una vida plena, y que ha iluminado y guiado, en gran medida, la de otras muchas personas.
Sacerdote, de formación jesuítica, poliglota, humanista, antropólogo, investigador, dinamizador de grupos juveniles y enseñante, disfrutaba de un sesgo personal inconfundible, cálido, próximo y entrañable.
Y todo eso que era, en los días posteriores al fallecimiento, se ha visto reflejado en cómo se le decía el último adiós: "As trazas son estadas d'o mesmo surco que a bida y o suyo quefer: purnetas pequeñonas que s'han prendiu asti y allá, sin esbarafundiar sin tartir, sin galimatías político, fumiando cutio cutio, pero sindembargo guallardas y sinzeras; d'as que brincan dende o corazón".
Rafael rompía moldes, y allí estaba su genialidad. Estando capacitado para escribir en lenguaje academicista y, formalmente, universitario, hacia lo que no todo el mundo sabe hacer: contar cosas profundas de manera sencilla y encontrar los grandes principios filosóficos en las almas más sencillas y humildes aunque, no por eso, menos ricas.
Como sacerdote, era evidente que vivía su papel, especialmente en la faceta educativa y juvenil. Allí está su recordado paso por el Instituto "Ramón y Cajal" de Huesca y la creación del grupo scout de esta ciudad, todavía vivo, y testimoniando que Rafael no se ha apagado.
A mí me dió clase y lo recuerdo en la palabra que los tiempos y las circunstancias dan "A primera bez que bide a Rafael estió en o Instituto. Binió ta dar-nos clase de dotrina, pero nos dexó lelos: febános treyato leyiu, debates y atrás cosas que en ise saso monegrino yeran bel paco de tremoletas y frescor.
¿Qué pena que estásemos tan zoquetes! ¡Pobre Rafael, que pazenzia teneba. .. y encara Ii quedaban ganas de fablar con Beliu de Panticosa, con Bal d'guas, con Tolosana d’AImudevar... Lis preguntaba por o mote d'o lugar, por os nombres d'as casas, por bella mazada... y nusatros nos dezíbanos: "¡Iste cura ye chalau!" ¡Qué bendizión pedagoxica tan malamén aprobeitada!".
Es una lástima que Rafael se haya ido tan pronto, porque estaba sumido en una fase pletórica de producción literaria y antropológica, habiendo dejado algunas obras sin concluir, e innumerables proyectos aparcados en el margen de sus anotaciones.
Pero allí queda todo lo suyo, para leer y releer, queda en los colegios, en los institutos, en las asociaciones, en las semanas culturales -a las que sólo, en caso extremo, faltó-, en las bibliotecas más humildes, incluidas en las de la gente que nunca compra libros, pero que con Rafael se echó a leer.
Rafael Andolz ha perfilado todos los rincones del alma del hombre y la mujer de estas tierras: un diccionario de Aragonés, contrabandistas, gigantes, curas, iluminados, brujos, sanadores, niños, reciencasados, abuelos... todo un completo rompecabezas de un mundo tradicional que se va, o que ya se ha ido, como él; su cronista.
Para finalizar, también le he de recordar desde el Museo etnológico de Serrablo, al que en los últimos años -los de la ampliación- prestó una ayuda inestimable. Aquí, durante varias convocatorias, fue miembro del jurado en el Premio de escultura "Angel Orensanz" sobre mitología pirenáica y además donó para la biblioteca -que lleva su nombre- una importante cantidad de libros etnológicos.
Por todo esto que he contado, y por otras cosas que no sé contar, voy a recordar en aragonés, en la lengua que él hacía la misa de Navidad en San Pedro el Viejo, la última vez que lo vi:
"A zaguera vez que nos beyemos estió en Huesca, en o fogaril d'os yayos, en a carrera de San Chorche, a l'otro lau d'a bía d'o tren. De tardis, cuando yo pasaba por a puerta, cucutiaba un poquer y si lo belleba enzenegau con as cartas y os agüelicos, no le diziba cosa, pero si lo veyeba amagau, esperando redolín pa chugar, lo clamaba y nos fébanos bel cortau y charrabanos la mar de bien. Ta la tornada d'o berano, dimpués d'amallatar-me con a mía familia por ixos mons, como as paniquesas, lo clamé ta la parroquia de Santiago, en do i feba misa de maitins, y un mosen me dizió que feba tiempos que no bi iba. Con as suyas palabras prexiné bella cosa mala, y asinas estió".
Y por lo mismo -por todas estas cosas- vamos a dedicar a Rafael el número l0 de la colección de libros abierta en el Museo, bajo el título de A lazena de Yaya, un trabajo etnohistórico sobre el antiguo Sahara Occidental Español, destinado a financiar un proyecto de infancia en los campamentos de refugiados de Tindouf (Argelia); es un trabajo hecho desde aquí pero con el espíritu universal y solidario que Rafael nos trasmitió.