El paisaje del Pirineo debe buena parte de su aspecto actual al paso de grandes masas de hielo que ha tenido lugar durante el Pleistoceno. Las condiciones climáticas globales han favorecido el hecho de que en los últimos 1,6 m.a. (millones de años) hayan habido al menos cuatro grandes ciclos glaciares registrados en diversos puntos del planeta, aunque no siempre de manera clara.
El último ciclo tuvo su paroxismo en el Pirineo hace alrededor de 50.000 años, entonces en la vertiente meridional del Pirineo discurrían lenguas de hielo de hasta 50 km. de longitud y en algunos puntos, entre 600 y 800 m. de espesor, finalizando en cotas alrededor de los 800 y 900 m. sobre el nivel de mar. En la vertiente septentrional las condiciones eran algo más favorables, las lenguas eran algo más largas y el hecho de no existir un extenso Prepirineo hacía bajar el hielo hasta los 400 m. sobre el nivel de mar, depositando su carga de sedimentos en forma de importantes complejos morrénicos conservados hasta hoy.
Un hecho singular es que el máximo pirenaico sea diacrónico con el registrado en Alpes, Norte de Europa y Norte de América. En estas regiones tuvo lugar en torno al 20.000 B.P. Esta importante diferencia se explica tradicionalmente por la singular situación geográfica del Pirineo frente al resto de grandes cordilleras.
Durante el máximo finipleistoceno, el glaciar del Gállego o Galligo tenía una longitud aproximada de 44 km. teniendo su final en el espacio comprendido entre Senegüé y Samianigo (Sabiñánigo).
Las huellas del paso del hielo entre el Congosto de Santa Elena y Samianigo son abundantes. Podemos dividirlas en dos grandes grupos:
Erosivas: de relativa importancia en nuestra zona, destaca la forma de U del Valle del Gállego. El hielo bajaba muy encajado por el Congosto de Santa Elena debido a la resistencia a la erosión de los materiales calcáreos, cretácicos y paleocenos, que lo forman. Bajo el hielo, el agua de subfusión excavó una estrecha garganta subglaciar. El siguiente conjunto de materiales que encontró el hielo fueron las turbiditas eocenas que fácilmente erosionables, permitieron que el hielo se expandiera en la Ribera de Biescas e incluso que penetrara en los valles afluentes de Arás, Sía, Escuer, Barbenuta, Oliván...
Las turbiditas están surcadas por unos estratos de rocas más duras denominados megacapas y que por erosión diferencial han quedado resaltados en forma de umbrales. Un ejemplo bien visible es el escalón donde se asienta Biescas.
De mucha menor importancia son los pequeños circos glaciares que existen en las zonas altas de la Sierra de la Partacua y de Sabocos, cuyas lenguas seguramente no llegaron a contactar con la principal.
Acumulativas: principalmente se trata de cordones morrénicos laterales y frontales. Se componen de una matriz fina en la que se alojan bloques de distintos tamaños y de naturaleza granítica, calcárea y metamórfica, pues sus orígenes mayoritariamente son los macizos de la cabecera del Gállego. Las morrenas laterales se encuentran en los barrancos afluentes al valle principal y en su momento hacían de represa a los cursos fluviales menores dando así lugar a un segundo tipo de depósitos: glaciolacustres, destacando los del Barranco d’Arás.
Como morrena frontal existe únicamente la que sirve de soporte a la localidad de Senegüé, siendo probablemente el mejor arco terminal del máximo glaciar que se conserva en el Pirineo meridional. Seguramente corresponde aun momento de estabilidad algo posterior al máximo, pues a una escasa distancia hacia el sur puede distinguirse un pequeño promontorio de material de origen glaciar (till) que parece señalar la máxima extensión alcanzada por el hielo.
El río que nacía del extremo terminal del glaciar retrabajó los sedimentos que transportaba el hielo dando lugar a las terrazas fluvioglaciares, existentes aún hoy al sur de Senegüé.
Por último tenemos los bloques erráticos. Se trata de grandes rocas que el glaciar transportó y que las abandonó, bien entre material morrénico disperso o bien de manera aislada, desconectados de cualquier cordón lateral o frontal. Al igual que las morrenas, son válidos como indicadores de posiciones alcanzadas por el hielo. En nuestra zona existen bastantes ejemplos en el entorno de Gavín, Espierre, Barbenuta, etc.
Sin embargo resultan especialmente llamativos los de Susín. Cerca de esta pequeña localidad hay diversos bloques de considerable tamaño y de naturaleza granodiorítica, con un evidente origen en el batolito de Panticosa.
Se encuentran a unos 230 m. por encima del fondo del valle del Gállego y desconectados de los cordones laterales de Oliván.
Si tenemos en cuenta que tradicionalmente se viene suponiendo un espesor de hielo a la altura de Biescas de 300 m. (500 m. para algunos investigadores) y situamos el fin de la lengua en Senegüé, vemos que el glaciar en ocho km. apenas rebaja su espesor mientras que en los últimos cinco km. el descenso es prácticamente brusco. Esta situación, observando la terminación de lenguas actuales similares en los Alpes o el Himalaya, parece poco probable.
Existen pues, unos rasgos geomorfológicos aparentemente sobredimensionados para lo que pudo ser el glaciar del Gállego durante el máximo finipleistoceno. Parece razonable pensar que en el Serrablo septentrional existen los restos de una glaciación anterior, aunque es casi imposible determinar si del Pleistoceno Medio o Inferior.
En resumen y para concluir, hemos visto que toda la zona de estudio es rica en elementos de geomorfología glaciar, sobre todo de tipo acumulativo. Entre estos últimos son particularmente interesantes los bloques erráticos que yacen en los alrededores de Susín y cuya importancia radica en que pueden ser marcadores de un ciclo glaciar anterior al último máximo del Pleistoceno. Este tipo de marcadores son bastante escasos en todo el Pirineo.
Todos los restos que dejó el glaciar del Gállego son parte de un rico patrimonio geológico que atesora el Serrablo y que merece ser conservado.
![]()