Instruidos en el comportamiento campestre e iniciados en lo que fuera municipio de Serrablo, continuamos nuestro periplo por estas tierras. Volvemos a la carretera de La Guarguera en dirección a Boltaña, justo antes de cruzar el barranco del Molino de Escartín intentamos ascender por una pista en dirección a Bescós o Villacampa, pero el suelo es impracticable y por miedo a metemos en una barranquera sin retorno, volvemos sobre nuestros pasos, justo al otro lado del barranco mencionado sale otra pista, a la izquierda igual que la anterior, pero la dejamos. Nos orientamos por el mapa que nos marca este itinerario: Seguir por la carretera hacia Boltaña, tomar el desvío de Gillué y antes de llegar al pueblo torcer a la izquierda y remontar sobre el barranco de Labainera. La vista sobre Gillué es buena y lo fotografiamos, no está abandonado ni despoblado: una casa grande reformada exhala humo por su chimenea.
La pista se convierte pronto en un infierno, el coche va dando tumbos: barro, agujeros, grandes rodadas, escorrentías, pinos caídos... No se puede dar la vuelta, tenemos que seguir hasta alcanzar otra pista que asciende ante nosotros, debe de tratarse de la que dejamos sin explorar, justo al cruzar el barranco del Molino de Escartín -luego lo comprobaríamos. Cuando vamos por fin a conectar un alambre de espino se interpone en nuestro camino, qué pintará allí. El miedo lo dejamos en la pista que acabamos de pasar, una mirada cómplice a Ferrando es suficiente para que me alcance unos alicates. Por nada del mundo daría la vuelta y menos por un alambre de espino que alguien colocó de forma ilegal. Ningún cartel avisa de que aquello se fuera a interrumpir, nada hay que exprese que aquello sea particular, esto es el viejo camino público que unía Gillué con Bescós y Villacampa.
Continuamos a la derecha hasta llegar sin más contratiempos a Villacampa. Un gran pajar todavía en pie nos recibe, frente a él una casa de la que apenas quedan algunos muros y la portada como una boca desgarrada, parece un animal muerto y consumido por el tiempo, entre ambos edificios estuvo la era. Seguimos a poniente para dar con los restos de la iglesia. Se trata de un edificio gótico, fechable en el XVI, con bóveda apuntada de la que sólo queda un arco fajón y la parte correspondiente a la cabecera que es recta. La portada es curiosa, tiene dos únicas dovelas que completan el arco de medio punto para descansar en pequeñas ménsulas que parecen capiteles, al tener una especie de collarino que les une a las jambas monolíticas. Una solución brillante para el poco material y dinero con que contaría el artífice. Sobre la clave hubo un reloj de sol que no ha mucho desapareció.
El interior estuvo decorado con pintura que imita sillería. Lo que más llama la atención es el hecho de que la torre permaneciera exenta y fuera unida por una especie de estrecho túnel a la iglesia. La torre es románica de origen militar, pues presenta acceso en la segunda planta, teniendo que acceder a ella mediante escala móvil. Esta torre ha sido estudiada por A. Castán con cuya propuesta coincido plenamente, máxime si hace unas semanas planteábamos aquí un hecho similar en San Felices de Agüero: torre defensiva románica, iglesia más tardía a los pies, unión posterior de ambos elementos mediante un pequeño atrio para que la torre sirviera de campanario. Aquí la unión se produjo a través de un pequeño pasadizo con bóveda algo apuntada.
Esta torre debió ser origen del señorío y apellido de los Villacampa que lo extendieron por todo Serrablo, ya en 1067 aparece en la documentación un tal Sancho Garcés de Villacampa, con el importante cargo de mayordomo. Entre la puerta de acceso a la iglesia y la cabecera quedó la sacristía y el cementerio. Seguimos hacia poniente hasta descubrir una nueva casa de buenas dimensiones con portada adintelada, en el centro del dintel conserva una inscripción orlada: AVE MARÍA PURISIMA. AÑO 1858. La ruina es total.
Intentamos ahora acercarnos a la parte Norte de la torre e iglesia, pronto nos emboscamos en una tupida red de zarzas y espinos. Con la tozudez propia de esta tierra, intentamos seguir avanzando hasta caer a suelo. Es una situación difícil caer en medio de centenares de afiladas puntas, con los pies enganchados por encima de la cabeza. Busco puntos de apoyo para agarrar las manos pero todos están tomados por los pinchos. Al final la desesperación me devuelve a la verticalidad y decido salir reptando de aquél entramado; es curioso como los animales hacen caminos que solo descubrimos al echarnos al suelo y al andar por ellos con los codos, esta es la mejor manera de salir de estos espinosos atascos aunque uno tenga la sensación de ir a pedir una subvención o un favor al político de turno. Una primera evaluación de los daños ofrece poca cosa: pinchazos y arañazos que sangran poco, ninguno alcanzará la posteridad en forma de cicatriz.
Ferrando contempla algunas plantas, me advirtió de que por allí no había forma de pasar pero como a veces consigo algunos imposibles a base de empuje y romper camisas, le digo que he llegado al final y que no había nada de particular. Así no me siento tan ridículo. Se me olvidaba comentar que entre la iglesia y la vivienda hay una fuente-aljibe con acceso moldurado, fechable por tanto en época tardo-gótica. Villacampa, tan cerca del cielo, debió temer a las tormentas quizá por ello eligiera a San Bartolomé como patrón, celebrando sus fiestas el 23 y 24 de agosto.
Volvemos a la pista descendiendo desde los 1.110m. de Villacampa. A la derecha cogemos un camino que va en dirección a Bescós, el camino es indecente y nosotros más por meternos entre medio de pinos caídos cuyas ramas casi arrancan los limpiaparabrisas, un embellecedor salta -nos daríamos cuenta de vuelta en Huesca- y una rama se clava en los bajos, no queremos seguir ni siquiera andando por estos vericuetos. Ocupando un cerro se quedan las tristes ruinas de Bescós que conformaron 5 ó 6 casas y una iglesuela dieciochesca arruinada. Más allá queda también Fenillosa con sus 2 casas -más la de La Pardina- arrasadas y una pequeña iglesia gótica con empedrado y sin techo. Pueblos míseros que uno no entiende como pudieron medrar en medio de un ambiente tan hostil.
El Madoz ya apunta que el suelo había venido a menos por falta de abonos y aguas. En Bescós sabían con exactitud el terreno que cultivaban: 8 cahizadas para avena, cebada y mijo y dos fanegas para huerta en las fuentes de las que sacaban legumbres y hortalizas. La única subsistencia estaba en el bosque y en aprovechar algún pasto. Después de la Guerra del 36 los bosques estaban exhaustos y las gentes tuvieron que emigrar, los montes fueron adquiridos por el Patrimonio Forestal del Estado que en aquél entonces no se devanaba mucho los sesos y lo repoblaba todo con pino, igual los montes monegrinos que las tierras prepirenaicas. Y aquí el pino cuajó y si no que se lo pregunten al pobre coche que ha tenido que pelear con todos los que cayeron en la pista tras las últimas lluvias.
Y aún queda por deshacer lo andado: vuelta al camino impracticable y al vaivén lento que lleva el coche, a pesar de avanzar despacio salta la goma que sujeta la bomba de hinchar, afortunadamente la podemos recuperar al mirar hacia atrás para ver, medio en serio medio en broma, si habíamos perdido algo. Regresamos a la carretera por la pista del Molino de Escartín que no habíamos explorado.
Por aquí los bosques están este año muy propicios al incendio, las lluvias de estos últimos años han provocado una gran proliferación de arbustos, al mismo tiempo el terreno ha sufrido corrimientos y se ha reblandecido dejando caer varios pinos, todo está lleno de zarzas y maleza, si no llueve y se seca el fuego puede correr a sus anchas. Limpiar el bosque es una tarea ingente pero si seria bueno rehacer las pistas que están impracticables, un todoterreno apenas puede pasar, un camión imposible. Esperemos que abunden las lluvias y que el verano vuelva a ser propicio.
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