El carabinero amancebado

El lugar de El Puente de Sabiñánigo había jugado desde la Baja Edad Media un importante papel de control de caminos, sobre todo de los caminos que iban desde el valle de Tena hasta la ciudad de Huesca. En sus términos se ejercía una continuada vigilancia y, desde luego, se complicaba este control con ocasión de los momentos de conflicto bélico. Había pasado ya con ocasión de la Guerra de Sucesión y de la Guerra de la Independencia y, lamentablemente, la situación pervivía veinticinco años después de que se diera el conflicto hispanofrancés.

Eran momentos de la ofensiva carlista, de las graves tensiones que había provocado la sucesión en el trono de Fernando VII de una mujer, de su propia hija Isabel II. Las tierras de Huesca vivieron dramáticamente este enfrentamiento entre la España liberal isabelina y la España absolutista carlista y en el Puente de Sabiñánigo se mantenía una brigada de carabineros que patrullaba el territorio y controlaba la población de ocho casas. Estaba al mando del teniente Fernando Alonso, un oficial caballero que vivía amancebado con una moza que llamaba criada y con la cual iba a misa, acompañados de su hijo.

El cura de Sabiñánigo, encargado también de la iglesia de El Puente, está empeñado en acabar con esta situación, pero las cosas no le salen bien puesto que en vez de menguar, crecen los casos de amancebamiento entre los carabineros de esa brigada. Mosen Antonio Bueno se cansará de escribir al obispo de recriminar a los jefes. Nada menos que durante trece años estuvo empeñado en ello y al final, aunque no lo logró, se decidió a dejar todo y pedir una canonjía en la Catedral de Jaca. Tenía entonces treinta y ocho años y abundantes estudios de Humanidades, Filosofía y Teología.

Pero el obispo no lo tuvo en cuenta y el mosen de Sabiñánigo tuvo que aguantarse.

¿Qué es lo que pasaba en 1850? Pues sencillamente que el teniente de carabineros vive amancebado con una criada, alegando que tiene que hacerlo puesto que necesita una mujer que cuide y atienda la educación de sus hijos, ya que su legítima mujer -su «parienta»- se ha tenido que quedar en su tierra por indisposición. Y si el jefe vive así, ninguno de sus subordinados puede ser recriminado de hacer lo mismo. Profundamente opuesto a esta situación, el párroco había acudido al cuartel para protestar por ello y demandar soluciones.

Una y otra vez se encontró con la misma contestación: con ello «sólo conseguiría disgustos», pero esto no le frenó en subir más arriba en la denuncia y lograr -después de muchos empeños- que se recibiera carta de un inspector de carabineros ordenándole a éstos resolver sus problemas en el plazo de seis horas. Llegó el mandato y pasaron las seis horas. Todos seguían con sus mancebas en casa y nadie tenía intención de acabar con esa relación. Ante el desespero del cura, el sargento de carabineros del puesto de El Puente le animaba diciéndole que pensara «en lo indisciplinado y desmoralizado del cuerpo en general», un grupo de gentes que sufrían los vaivenes de la política y el abandono de sus jefes.

Así se lo contaba mosen Antonio Bueno a su obispo y hacía hincapié que - el mismo sargento - le dijo que «por más órdenes que se hayan dado no se ha podido regularizar» la vida de este colectivo militar. Salía a carta por semana al obispo sobre el tema, además de notificarle cualquier cambio o postura acaecida desde el inicio de un nuevo caso hasta la visita que le hizo el oficial Fernando Alonso para justificarle -como vimos- su amancebamiento por el bien de los hijos de su legítimo matrimonio.

Y es que era todo un caso la fiebre de vida extramatrimonial que recorría la parroquia y su anexo. Amancebado vive el carabinero Cosme Elgorriaba y también su compañero Pedro López que está amancebado con Antonia Susín desde 1848. Dos largos años de vida en común que no eran nada en comparación con la historia del carabinero Nicolás Auseré, cuya particular relación comenzó en 1837 con una rocambolesca historia que atormentó al pobre mosen Antonio, con sus 24 años y recién llegado a Sabiñánigo desde Villanúa.

Ese sí que habría sido un caso de película si hubiera estado inventada entonces, un buen argumento para una novela romántica de ésas que comienzan a publicarse en Europa. El 17 de marzo de 1837 se le presentan en la iglesia del lugar de Sabiñánigo el carabinero Nicolás Auseré y la joven Ramona Laguna, habitante en el lugar. El cura está en la sacristía cuando entran los dos interfectos y poco puede hacer por la sorpresa. Sin que pueda reaccionar se convierte en testigo de algo que él se niega a aceptar. Los dos «novios» se dieron palabra de casamiento ante el cura y le pidieron que los casara. Y además no iban solos, les acompañaban otras dos personas que cumplían el papel de testigos.

El disgusto del joven cura es monumental y, pasado el suceso, se encierra en la rectoría para escribir al obispo contándole lo sucedido y pidiéndole ayuda y consejo. En la carta le cuenta cómo «tal inesperado acto no lo consentí, ni aprobé y siéndome imposible de huir o evitar mi presencia» les anunció que daría cuenta al señor obispo de Jaca. Desde el lunes 17 de marzo han pasado muchas cosas e incluso, el sábado 22 de marzo, los jefes militares del carabinero le amenazaron con mandarlo a presidio si no se casaba.

El viernes 28 de marzo ya estaba lista la carta para salir rumbo a Jaca. En uno de sus párrafos el cura recordaba lo que le dijo el fogoso Nicolás Auseré: «Yo quiero a la Ramona por mujer». Eran tiempos de romanticismos y de amores imposibles, atormentados y complicados. De imposibles arreglos, de vidas rotas... Definitivamente los aires románticos del Paris de Victor Hugo parecían pasearse por los senderos de los Capitiellos, moviendo la sotana del mosen Antonio Bueno que, en general y amancebamientos aparte, hacía honor a su apellido.