De Sevilla a Escartín, una maestra rural

En todos los pueblos y aldeas está presente la escuela: en edificio independiente o instalada en alguna sala de un casal municipal. Y, en torno a ella, los niños y niñas, entrando, saliendo o jugando a la hora del recreo. Era una estampa clásica en los lugares desaparecidos, como lo es hoy en los que continúan habitados.

La escuela, regentada por un maestro o maestra, era, antaño, casi el único instrumento propagador de la cultura en los núcleos pequeños, complementado esporádicamente por el cura, que atendía los servicios religiosos. En los pueblos más grandes se ampliaba el espectro cultural con el médico, el boticario, el secretario y el cura residente. Estos profesionales se integraban, en mayor o menor intensidad, con las gentes del lugar, enriqueciéndolas culturalmente, mientras desarrollaban sus tareas.

De todos ellos, las figuras del maestro o la maestra, de aquella escuela tradicional, nos merecen la máxima admiración y respeto por su abnegada labor pedagógica, con precariedad de medios, falta de apoyo institucional y mal retribuidos económicamente, problemas endémicos de esta profesión hasta tiempos no muy lejanos. Los maestros realizaban con ilusión sus tareas educativas, supliendo con su imaginación, sus aptitudes y su ingenio personal la falta de medios de todo tipo, reducidos a la estufa de hierro o al brasero, la tiza, la negra pizarra, los catones, las tablas y los mapas de cartón colgados de las paredes.

Para incrementar un poco sus menguados ingresos solían dar clases de adultos, a las que asistían todas las personas mayores que deseaban alfabetizarse o aumentar sus saberes, hasta dominar por lo menos «las cuatro reglas», es decir, lo más imprescindible para defenderse en la vida.

Los maestros mantenían una estrecha relación con la personas del pueblo, fruto de la convivencia cotidiana a lo largo de todo el curso, prolongada, a veces, durante varios años. Se hospedaban en una vivienda municipal, adosada al edificio escolar o bien en alguna casa, con niños en edad escolar, y que se prestase a ello. Participaban en la vida activa del pueblo, observando y realizando algunas tareas, conversando con todos, compartiendo las alegrías y las tristezas de las familias...

La gente les mostraba su afecto, les respetaba y apreciaba su labor. Cuando en cualquier casa se celebraba un acontecimiento extraordinario, un bautizo o una boda, se sentían halagados con la presencia del maestro o maestra. Además, a lo largo del curso, especialmente con motivo de la matanza de los cerdos, se les entregaba algunos alimentos, el llamado «presente». Como generalmente eran jóvenes, se unían a los actos festivos de mozos y mozas: «lifaras», «beiladas», etc.

Al llegar a aquellos pequeños pueblos y aldeas, hoy desaparecidos, los maestros y maestras se encontraban con una realidad, quizá imaginada, pero desconocida en la mayoría de los casos, especialmente para los que únicamente estaban familiarizados con el medio urbano. El esfuerzo de adaptación variaba en función de su situación personal, de su procedencia física y sociocultural. Pensemos en las circunstancias de 50 años atrás, con todo tipo de carencias como denominador común: carreteras o pistas de acceso, luz eléctrica, teléfono, agua corriente, etc. El maestro se encontraba con el camino o la senda y una caballería para llevar su equipaje, con las teas o el candil para alumbrarse en la casa, con la palangana para lavarse y la cuadra para hacer sus necesidades... A estas circunstancias estaban habituadas las gentes de los pueblos, pero hay que reconocer que los que procedían de la ciudad estaban acostumbrados a ciertas comodidades, no las de ahora, por supuesto. No todos conseguían adaptarse plenamente al medio rural.

rosario.jpg (12875 bytes)Generalmente, con mayor o menor rapidez, se iban integrando en la vida del pueblo, disimulando la añoranza de su tierra y al final sentían el tener que marcharse cuando obtenían otro destino... Un caso singular atrae nuestra atención: cómo una sevillana fue maestra de Escartín durante nueve años, en la década de los 50...

Se trata de Doña Rosario Algarín Márquez, natural de El Coronil, localidad próxima a Sevilla, ciudad en la que vivió la mayor parte de su vida. Todavía recordamos perfectamente aquel soleado, pero frío mediodía, a la salida de misa del día 7 de enero de 1952, festividad de S. Julián, fiesta pequeña del pueblo, cuando estábamos charlando un grupo de personas en la lonja y apareció el cartero con una carta para el Alcalde:

-¿Dónde vas con el día que hace?, le preguntaron.
- Pues mirad, como ha hecho tan malos días, he pensado subir hoy, que hace sol y además es la fiesta..., respondió el correo.
-¿No será de la maestra o maestro que viene y que lo estamos esperando desde Septiembre?.
-¡Ah!, tú verás.

El Alcalde la abrió, ante la expectación de todos y empezó a leerla...:

- «... Soy la Maestra destinada para ese pueblo; les ruego salgan a buscarme a Fiscal, con alguna caballería, el día 8 de los corrientes...»

- ¡Vaya día que ha ido a elegir!, después de tanto tiempo esperando, exclamaron todos a coro.

Y es que estuvo nevando durante varios días, habiendo una capa de 50cm., del pueblo para abajo, porque en la sierra no se veían ni los bojes. En esas circunstancias era muy problemático salir con una caballería, añadiendo que el camino de Bergua a Fiscal estaba impracticable en muchos tramos, a causa del hielo acumulado.

- Pues tendremos que ir varios, para ir abriendo «traña» (camino) por delante del macho, marchar por el solano de Bergua, cruzar el río Ara por Forcos y bajar por la carretera hasta Fiscal, dijo el Alcalde.
- Será la única forma, replicaron los demas.

Así que toda esta aventura inicial le aguardaba a la maestra, que no desentonaba lo más mínimo con el agotador viaje desde aquellas lejanas tierras...

Todo comenzó con un escueto nombramiento de la Delegación Provincial de Sevilla: «...maestra nacional de la escuela mixta de Escartín (Huesca)», recibido un 20 de diciembre de 1951. Tras la admiración por la enorme distancia en aquelíos tiempos, empezó la tarea de buscar este lugar en los mapas, con ayuda de su padre y amigos. Pero no aparecía por ninguna parte, por lo que tuvieron que recabar información adicional de Huesca.

- Puede llegar por tren hasta Sabiñánigo, de allí tomar un coche de línea que la llevará a Fiscal, donde irán a recogerla, escribiendo previamente al alcalde..., le dijeron.

Fue preparando el viaje con antelación suficiente, con el fin de estar en el pueblo el día 7 de Enero: tres días en aquellos trenes-correo, con máquina de vapor y vagones con asientos de listones de madera, que se marcaban en los glúteos como una señal imborrable.

El día 3 de enero realizó el trayecto Sevilla-Madrid, donde pernoctó. Al día siguiente arribó a Zaragoza, durmiendo cerca de la Pilarica. El 5 continuó hasta Sabiñánigo, quedando impresionada del blanco panorama que se veía por doquier; allí tomó el autobús rumbo a Fiscal, pero al llegar a Biescas...

- Cotefablo no se puede pasar por la cantidad de nieve que hay, así que los que vayan al valle de Broto, tendrán que regresar y subir por Barbastro, dijo el viejo conductor.
- Oiga, que yo tengo que llegar a Fiscal, para ir a Escartín, exclamó Rosario.
- Pues lo tiene claro, ¡con la nevada que hay! Mire, vuelva hacia Barbastro y algún día llegará a ese pueblo...

Podemos imaginarla cara de circunstancias que pondría. Pero no había otra solución, así que vuelta a Sabiñánigo para tomar el tren de la tarde que la dejaría en Huesca. El día de Reyes se trasladó a Barbastro, donde pasó el día, pues no llegó a tiempo para coger el coche de línea de Aínsa-Boltaña, allí presenció la cabalgata, a la luz de las antorchas y con bastante frío, según recordaba. El día 7 decidió quedarse también para dar tiempo a que llegase la carta al pueblo.

El día 8 llegó hasta Fiscal, alrededor de las 13 horas, donde se produjo el encuentro con algunos vecinos de Escartín que acudieron a recogerla con dos caballerías.

- Ya no recuerdo cuántos días hace que salí de Sevilla..., les dijo.
- ¿Será posible que venga Vd. de tan lejos?
- Como lo oyen.
- Y, ¿dónde está Escartín?
- Pues mire, está a más de 3 horas de aquí y vamos a marchar enseguida para que no se nos haga de noche...

No sabía si reir o llorar, en medio de los blancos montes. También los vecinos se quedaron helados al ver que era bastante gruesa para el camino que les esperaba.

- Y, ¿cómo vamos a ir?, siguió preguntando.
- Mire, el equipaje en un macho y Vd. a caballo en el otro.
- Pero, si no he montado jamás...
- No se preocupe que ya le ayudaremos nosotros. Aquí tendrá que aprender.

Le ayudaron a montar y marcharon por la carretera hasta Forcos. Aquí debían vadear el río Ara y seguir por el camino del solano de Bergua. No le comentaron nada hasta que llegaron a la orilla del rio.

- ¿Dónde me llevan por aquí? ¿Cómo pasamos al otro lado?
- Agárrese bien, que los machos son de confianza...

Las jaculatorias a su Macarena le salían a borbotones, en medio de la expectación de los tres vecinos, que tampoco estaban muy tranquilos viendo a la inexperta y gruesa amazona.

- Por si acaso la vamos a atar un poco, no sea cosa que la perdamos...

Poco a poco fueron atravesando el cauce hasta la otra orilla, los hombres pasaron remangados y agarrados a las caballerías.

- Ya hemos pasado lo peor, ahora sólo quedan dos horas de camino...
- Y, ¿les pare poco?, replicaba con su gracejo andaluz.
- No se preocupe, ya se irá acostumbrando, que aquí caminos tenemos muchos.

Alrededor de las 5 pasaron por «sarrato» (cerro) desde el que se divisa el pueblo.

- Mire, ya se ven las casas de Escartín.
- Parecen las casitas de Belén en medio de la nieve, dijo la maestra.

Como manifestaría después no había vista la nieve más que en el cine,jamás en la realidad. Esta imagen con el paisaje nevado, donde sólo sobresalían los árboles o las altas paredes, quedaron grabadas en su mente y no las olvidaría jamás. En los días siguientes volvió a nevar y así continuó periódicamente haste primeros de marzo.

- Pero, ¡cuándo voy a ver el suelo!, repetía una y otra vez.
- No se preocupe señorita, que ya lo verá.... le respondían.

Diario sobre la pared de la escuela (calco)Como venia siendo costumbre se hospedó en una casa del pueblo, en este caso, en casa Ferrer, donde trataron de acogerla lo mejor que pudieron. Aunque la diferencia ambiental era abismal, pronto se dio cuenta de que la hospitalidad era sincera, lo mismo que toda la gente del lugar. Y ella también supo corresponder.

- No se preocupe, señorita, que aquí hambre no pasará. A lo mejor no tendremos lo que a Vd. le guste, pero comida no le faltará le repetía una y otra vez la abuela Serafina.

Aquel invierno fue bastante frío. Cada uno de los niños aportábamos unos cuantos trozos de leña para encender la estufa y caldear un poco la escuela, que estaba en la parte alta del pueblo, un poco a desmano de las casas. Muchos días los hombres tenían que limpiar el camino a través de la nieve. Cuando la nevada era muy grande o había mucha ventisca hacía la clase en una sala de la casa, al calor de algún brasero.

- Hoy no se puedé salir de casa, con este tiempo tan malo y la nevada que ha caído, ya les avisaremos que vengan aquí, le decía la dueña.

Hasta marzo no se derritió la nieve de los alrededores y se fue destapando el suelo escalonadamente hacia la sierra.

- Por fin puedo ver donde pongo los pies, después de tanto tiempo, decía Rosario.

Era muy sociable y pronto conoció a todos los vecinos, con los que compartía el tiempo libre fuera de la escuela: charlando con las mujeres en los carasoles o en la fuente, participando en las «beiladas» o en las fiestas con mozos y mozas, dando algún paseo hasta los campos cercanos, donde había alguien trabajando, etc. Había un afecto mutuo y en la casa terminó siendo una más de la familia. En todos los sitios dejaba constancia de su gracejo andaluz, contando cosas de su lejana tierra, adornada a veces con algún fandanguillo.

A pesar de todo, sentía la lógica nostalgia de su patria chica, de sus familiares y amigos, que se acrecentaba cuando algún año no pudo marchar de vacaciones navideñas, a causa de la nieve. O cuando llegaban las fechas de la famosa feria de abril sevillana. El viaje duraba al menos 3 días, así que en Semana Santa no se iba, luego se le consentía que las acumulase para el verano.

Y así durante nueve años y medio, ¡nada menos!, desde el 8 de enero de 1952 hasta el 12 de julio de 1961. Realizó cursillos, concursos y oposiciones, intentando regresar a su región pero hasta esa fecha no lo consiguió. Posteriormente volvió en dos ocasiones para visitar a la familia que le había acogido y que había emigrado a Huesca. En Sevilla capital completó los últimos años de su dilatada hoja de servicios, falleciendo el 20 de enero de 1986.

Unos años después de marcharse descubrimos, en una pared, un esquemático diario, escrito a lápiz, repleto de admiraciones, de interrogantes, de afirmaciones, de deseos y de nostalgias, que reflejan claramente los sentimientos de una maestra rural que dejó su huella en los alumnos y en los recios muros de la escuela.