Dibujos de Julio González en Larrés

Imagen de Amigos de Serrablo

Una de las actividades fijas en el Museo de Larrés es la exposición monográfica que se hace cada año durante el verano. En esta ocasión ha sido una selección de 35 dibujos y 3 esculturas del gran artista Julio González, que han permanecido expuestas desde el 18 de julio al 21 de septiembre. Estas obras constituyen una parte de la colección del IVAM, Centro de Arte Julio González, de Valencia. Debe constatarse por otra parte, la inestimable colaboración del Departamento de Cultura de la Diputación Provincial de Huesca, así como de Ibercaja y el Ayto. de Sabiñánigo.

Sin duda, esta exposición ha sido muy apreciada por el público que ha visitado el Museo en ese período.

El dibujo fue para Julio González, si no el medio de expresión principal, sí el más común. Fue a partir de 1926 un medio de trabajo y experimentación inseparable de la cultura. No es exagerado afirmar que, sin el apoyo permanente que proporciona el dibujo, la escultura de Julio González, tal y como la conocemos, no hubiera existido.

Es natural por tanto que, en su conjunto, la obra dibujada de Julio González refleje las diversas etapas de su desarrollo artístico; sobre todo, su último y más importante cambio, el que suponía la dedicación definitiva del artista a la escultura a partir de 1926-28. Pero esta afirmación necesita una matización importante; en efecto, una de las constataciones más sorprendentes que proporciona el estudio del escultor catalán es la de que, mientras que el cambio observable en las esculturas anteriores y posteriores a esas fechas cruciales es enorme, el cambio que se evidencia en los dibujos es mucho menor, y está relativizado por la continuidad de ciertos temas (maternidades, las escenas o figuras campestres, las cabezas...).

Para Julio González la escultura era a partir de 1928 el gran desafío con el que tenía que enfrentarse; más aún, un terreno desconocido en el que había que inventar o encontrar caminos nuevos. El dibujo era un cambio, ya desde la adolescencia, un medio familiar, casi doméstico y sin secretos. De lo que debe haber sido una producción muy extensa nos ha llegado una cantidad importante cuyo total puede cifrarse en torno a los 3.500 ó 4.000 dibujos.

Se trata de dibujo realizados generalmente con medios tradicionales (tinta china, aguada, acuarela o gouache), y es en ellos donde mejor se pone de manifiesto la modestia del artista, una especie de pudor que le impide exhibir, en un medio que presupone por su propia naturaleza la intimidad del espectador, los mecanismos internos de la creación.

Los dibujos de Julio González son, naturalmente, dibujos de escultor. Lo que guía la mano del artista no es tanto la apariencia visual como el conocimiento tridimensional de los objetos; el trazo no es tanto descriptivo como prescriptivo, indica lo que puede ser hecho con la materia escultórica. Sólo en el período 1928-32, en el que el artista trabaja sistemáticamente en la construcción de un lenguaje escultórico radicalmente nuevo, pueden encontrarse casos de relación directa entre determinados dibujos y determinados aspectos de una escultura en proyecto. Todo parece indicar que Julio González no resolvía sobre el papel, sino directamente con la forja, las cizallas o los cinceles los problemas formales de su escultura. Por otra parte, la evidencia cronológica atestigua la costumbre peculiar del artista de dibujar no antes, sino a partir de esculturas ya realizadas.