Pero junto a un título, el aspirante debía tener unas características personales específicas. En primer lugar, debían ser recelosas y cuidadosas con el castillo: "devan ser no solamente esforçados para defenderlas, pero aún muy cautos y recatados en mirar que no sean engañados ni que por su negligencia y poco miramiento se pongan en peligro de perder las tales fortalezas, mayormente siendo en frontera de enemigos, so pena de trayción y alevosía y de caer en una de las mayores trahiciones que ser pueda". A su vez, el alcaide "a de tener el valor, poder y calidades no sálamente para defender la dicha fortaleza... más aún para defender el paso y puerto de Aragón a Bearne que allí ay, el cual paso es el más importante de toda la montanya" . Resultaba conveniente que el que fuera a regir el castillo fuera de la localidad de Canfranc, ya que la proximidad favorecería un mejor gobierno de la fortaleza: "...que tubiesen su domicilio, casa y habitación en Canfranch, que es el más propinquo (cercano) lugar de este reyno al dicho castillo, para que con más facilidad lo pudiesen a un rebato proveher y defender". Para la defensa y mantenimiento del castillo. el alcaide debía contar con lo que en principio eran sus únicos recursos. Por un lado, un salario anual, que. a mediados del siglo XVI rondaba los 56 escudos. Junto a esto, contaba con los ingresos que le reportaba el derecho de la 'rota" o de la "rotura", que consistía en un tanto por ciento de las mercancías que pasaban por el puerto. Este ingreso, que podía llegar a los 100 ducados anuales, era considerado como la principal renta, salario y drecho de los acaydes. Parece ser sin embargo que, de acuerdo a la súplica expresada por Pedro Iñiguez, todo este dinero no era suficiente para atender todos los gastos necesarios. Ello llevaba implícito otra característica que debía tener el alcaide. Debía ser una persona acaudalada, con patrimonio suficiente para aportar aquel dinero extra necesario para el buen mantenimiento del castillo: ... y no hay otro dinero, ni otra hazienda para pagar soldados, vituallar, proveher y reparar el castillo, y por esto es necesario que vuestra merced provea persona que tenga patrimonio para poder suplir y vistraher (prestar) lo que a una necesidad, porque el salario es tan poco que aún con grande parte no abasta para el mantenimiento del alcayde [22].
Resulta interesante analizar el patrimonio de los dos aspirantes al alcaidado de Candanchú en 1557, por cuanto permite acercarnos al mundo de la pequeña nobleza que dominaba en la sociedad pirenaica del siglo XVI.
Sobre la base de un patrimonio familiar conservado a lo largo de varias generaciones, cuyo origen en algunos casos posiblemente se remontara a los tiempos del primitivo reino aragonés, y que les reportaba unas rentas, esta pequeña nobleza había buscado su fortalecimiento diversificando sus actividades económicas (invirtiendo en el arrendamiento de rentas eclesiásticas, en ganadería, en actividades comerciales entre ambos lados del Pirineo) y estableciendo unas líneas de parentesco internas. El patrimonio de Pedro Íñiguez, uno de los aspirantes perteneciente, como he comentado más arriba, a una antigua casa hidalga de Canfranc, consistia en tres portales de casas y tres campos en dicha villa, el derecho a pacer en el puerto de Izas con 700 cabezas de ganado menudo "para lo cual tiene pastores que entienden en la labor y en su hacienda", y dos portales de casas, unas "uras" y otras heredades en Jaca. Aparte disponía de un caballo, tres quartagos, cuatro lacayos " y muchas armas en su casa". Traducido en dinero, la hacienda que tenía en Canfranc valía 3.000 escudos y la de Jaca más de 3.500 escudos, mientras que en ganados, bienes muebles, censales, y dinero tenía más de 12.000 escudos. Parte de su dinero lo invertía en el arrendamiento de pequeñas rentas eclesiásticas y en actividades comerciales. Respecto a lo primero, su participación era bastante activa: "...que la mayor parte de la hazienda que tiene... es en beneficios eclesiásticos, de los quales tiene por vía de encomienda los títulos en cabeças de parientes y amigos, y, él se recibe y coje los fructos, y que ha procurado los más importantes dellos". En concreto, tenía arrendadas entre otras las rectorías de Arrés, Navasa [23] y de la val de Tena. Por lo que toca al comercio, Íñiguez. como buena parte de los vecinos de Canfranc, se dedicaba a "tractar en Bearne y Francia". Así, Fabiano Jiménez, infanzón de Siresa, aseguraba que "le ha visto tractar y comprar muchas telas y lanas en Aragón, y ha oydo dezir que tracta en Bearne y Francia.
Por lo que respecta al otro aspirante al alcaidado, Juan Aragués menor, si bien también parece que provema de una antigua casa infanzona, de Acumuer, no tenía tanto nivel económico ni parece que hiciera demasiado por aumentar su patrimonio. De todas formas, éste no era tampoco despreciable. Consistía en una casa y algunas heredades en Jaca, y en dos casas, heredades y ganado "grueso y menudo" en Acumuer. Este era el patrimonio común que compartía con su hermano Ambrosio y con sus padres, con los cuales seguían viviendo. Aparte, disponía para él de la dote de su mujer, consistente en bienes que había en Zaragoza por valor de entre 500 y 700 libras. A diferencia de Íñiguez no se dedicaban a actividades mercantiles. Así lo afirmaba el propio Juan Aragués: "... tienen hazienda y viven con sus ganados y grangería , si quiere administran honestamente, y no de trabajos y mercaderías ni de otros tractos illícitos,conforme a la calidat de la tierra y de otros hidalgos della".
Estrechamente relacionado con el potencial económico y social de los aspirantes, está otra de las condiciones que se exigían a todo aquél que quisiera regir la fortaleza de Candanchú. Esta "está en parte que dentro de un día y una noche puede ser cercada de los enemigos, por quanto sin necesidad de otra gente de guerra sino la de la ciudad de Olorón y de los lugares circumvezinos y más allegados a la fortaleza pueden los bearneses cercarla sin ser sentidos, y de presto tomalla".
La celeridad con que el castillo podía caer en manos enemigas obligaba a que su alcaide fuera una persona con capacidad para poder reunir con prontitud un número de gente suficiente que lo impidiera. Por ello era esencial que estuviera bien "emparentado", para poder recurrir a las alianzas familiares en los momentos de mayor peligro. La importancia de este factor se demostraba con el ejemplo de Jaime Borau, que siendo alcaide en 1510 tuvo que hacer frente a un ataque inesperado de 5.000 franceses.. "Por ser persona poderosa, de expirienzia, emparentado, y natural de la tierra, con sus parientes y amigos se encerró en ella y la defendió, y mató muchos de los enemigos ". En este sentido, tanto Aragués como Íñiguez cumplían con el requisito. Como afirmaba Bartolomé de Les, canónigo de Santa Cristina, Pedro Íñiguez "tiene parientes y amigos, poderosos hombres de la montaña de Jaca, que han ayudado a mantener el castillo". Entre ellos se encontraban individuos pertenecientes a familias realmente destacadas en la zona: Don Sancho de Pomar, señor de Sigués; Don Ugo de Urriés, Don Pedro de Urriés, señor de la honor de la Peña, el señor de Latrás, el señor de la Garcipollera, cuñado suyo, el merino de Jaca ("amigo, deudo, y muy cercano a su mujer"), Pedro Latrás, Ramón de Mur, y Pedro de Mur, prior de Obarra. La mayoria de ellos, miembros de la pequeña nobleza, mejoraban sus ingresos dedicándose a actividades como el contrabando de caballos y al bandolerismo [24]. Para ello disponían de una extensa red clientelar "Su precaria situación económica contrastaba con la capacidad para arrastrar masas, con su prestigio dentro de la comunidad que les empujaba a intervenir como jueces árbitros en los distintos conflictos entre vecinos, concejos,.... y con su amor por el orden heredado y por sus privilegios, lo que les llevará a utilizar las armas ante cualquier litigio" [25]. Es esta capacidad de convocatoria lo que los hacía útiles para la defensa de los puestos fronterizos. Juan Aragüés también disponía de una red de amigos, clientes y deudos dispuestos a favorecerle con sus personas haziendas y vasallos. En este sentido, Francisco San Climente, vecino de Bescós, destacaba cómo "todos los Aragueses de la montaña son sus parientes por parte de su padre, y todos los Urrieses son también sus parientes por parte de su madre ". Efectivamente, su padre Juan había contraído matrimonio con Gostanza de Urriés, familia hidalga que desde 1483 hasta finales del siglo XIX tuvo en propiedad el castillo de Larrés [26].
Todo alcaide elegido debía hacer a continuación "sacramento, pleito y homenaje", es decir, jurar fidelidad y comprometerse a conservar las posesiones que el rey le había encomendado [27]. Como labor principal a la que le obligaba su puesto, aparte del hecho concreto de mantener la posesión de la fortaleza, estaba el control del paso fronterizo. Para ello lo adecuado era realizar una doble defensa, tanto activa como pasiva. Pasiva en el sentido de asegurar que hubiera una guarnición adecuada en el castillo y que éste se encontrara bien pertrechado y en condiciones para defender el paso. Activa, procurando conocer con antelación las intenciones de los enemigos y anticiparse a las mismas. Para ello era necesario que el alcaide estableciera una red de espia al otro lado del Pirineo. "es cosa muy importante a servicio de vuestra merced que la persona que tenga este cargo sea valerosa y poderossa, y de mucha espiriençia, y tal que pueda y sepa tener en Francia spías y personas que le den abiso y sepan en tiempo de guerra de todo lo que allá se tracta, como lo hazían los alcaydes pasados". En este sentido, Pedro Íñiguez destacaba cómo, durante el tiempo que había sido lugarteniente del castillo "ha tenido spías en Franzia y Bearne y en los puertos, enviando mensajes a Zaragoza al Gobernador , pagándolo con sus dineros". Aludía en concreto a los años 1557 y 1558, durante los cuales "monsieur de Vandoma" tuvo intención de atacar Fuenterrabía, por lo que Íñiguez envió cuatro espías e informó posteriormente al duque de Alburquerque, virrey de Navarra, y al Gobernador de Aragón.
Las condiciones de vida de las guarniciones de las torres y fortalezas que vigilaban la frontera pirenaica debían ser bastante penosas. En primer lugar por el clima. Así, por ejemplo, describe el padre Ramón de Huesca, en su historia del Hospital de Santa Cristina, el paso de Somport: "los muchos pasajeros que perecían en aquel sitio espantoso y lleno de peligros, especialmente en invierno, por las muchas nieves que allí caen y los vientos repentinos y tempestuosos que ciegan y sepultan en las ventiscas a los pasageros" 28 También era el clima una de las causas aducidas por Aragués para que Íñiguez no fuera alcaide, ya que, al ser "hombre gotoso" , era "inábil e insuficiente para estar donde el dicho castillo está, ni aún en la villa de Campfranc, por ser como es en extremo grado tierra fría ". A ello se unía las dificultades que tenían los alcaides para aprovisionar las plazas, lo cual generaba inevitables conflictos con los pueblos de alrededor, a los que se recurría para que alimentaran, e incluso alojaran, a los soldados. Como afirma Sanz Camañes, "la carga de estos nuevos pobladores debía ser muy pesada para los escasos recursos y hacienda de los montañeses y, además, comportaba los efectos perniciosos que acompañaban a los alojamientos" [29]. Este problema se vio suavizado en parte en Candanchú al contar cerca del castillo con el monasterio de Santa Cristina, al cual parece que iba a menudo la guarnición a misa, para pernoctar, y para hablar con los espías enviados a Francia. Ello, sin embargo no impidió la existencia de problemas con las localidades cercanas. Así, el anterior alcaide, Gaspar de Borau, tuvo enfrentamientos con Canfranc, Villanúa y la val de Aísa "por las vexaciones que les hazía siendo alcaide.... (y porque).. .. los quería obligar y pretendía eran obligados los dichos lugares a la guarda y reparo del dicho castillo".
La solución a la que optaron los alcaides de Candanchú para evitar estos problemas fue pactar treguas con los bearneses, y así poder tener la guarnición mínima indispensable en el castillo. De ello fue testigo Juan Martínez, mercader de Zaragoza que tuvo arrendada por un tiempo la aduana de Canfranc, y que afirmaba haber visto que Gaspar de Borau hacía sus "pacerías y pactos de no hazerse mal ni daño a nadie de los unos ni de los otros sin avisarse antes por quinze anies por quinze días, y assi no tenía necesidad de tener muy guardado el castillo". De hecho, Pedro Íñiguez, durante el tiempo que fue lugarteniente de la fortaleza, se limitó a tener "un castellán con su mujer dentro del castillo".
El pleito que enfrentó a Pedro Íñiguez, de Canfranc, y a Juan Aragués menor, de Acumuer, por el alcaidado del castillo de Candanchú, se debía a que durante el tiempo que Íñiguez tuvo el cargo de lugarteniente, como sustituto temporal del alcaide Gaspar de Borau, Aragués obtuvo la tenencia por privilegio concedido por Doña Juana, gobernadora en ausencia de Felipe II, que había marchado a Flandes. Sin embargo, cuando fue a tomar posesión del castillo en compañia del Justicia de Jaca, Íñiguez se negó a entregarlo, y posteriormente envió a su hermano Martín a Yuste, para hablar con el Emperador [30] al tiempo que buscaba la colaboración de la villa de Canfranc, a la cual prometía eximirla del pago del derecho de la rota si le apoyaba en sus pretensiones.
Desconocemos por el momento cual de los dos logró imponerse. Lo que es indudable es que el interés de ambos por el alcaidado de Candanchú debía ir más allá de su afán por servir al rey. Controlar el paso fronterizo del Somport suponía poder comerciar con el Bearne sin tener que pagar tarifas aduaneras, y con total libertad para tratar con productos prohibidos por las autoridades, como el contrabando de caballos. Especialmente sospechoso en este sentido era Íñiguez que, como señalaba más arriba, se dedicaba entre otras cosas a comerciar con el Bearne: pues attendido el dícho Pedro Enyeguez y su hermano Martín son mercaderes y personas que tratan en Bearne y Francia, y an acostumbrado tener de su mano este paso del castillo de Candaljub y usar de los arbitrios que querían, así en ,fraude y perjuycio del rey como del reyno, a su voluntad, y que perdiendo este castillo no podrán ni ternán lugar para hacer lo que antes hazían y de presente hazen, y así sienten esta pérdida tanto". Del contrabando de caballos también entendían ambos: Aragués por ser comisario real encargado de perseguir a los contrabandistas, e Íñiguez por ser sospechoso de pasar caballos a Francia 31, que eran guardados en la encomienda de Aubertin, dependiente del monasterio de Santa Cristina y dirigida por Baltasar de Borau, hermano del cuñado de Íñiguez. Este tipo de actividad fronteriza fue en aumento a lo largo del siglo XVI.
Muchos habitantes de la montaña necesitados de ingresos que completaran los pocos que obtenían de sus actividades agrarias se dedicaban a comprar caballos en las ferias de Huesca, Barbastro y Saríñena para luego pasarlos a Francia sirviéndose de los buenos conocimientos que tenían de los pasos montañosos [32]. Era una actividad rentable, pero a la vez muy sancionada llegando a ser castigada con la pena de muerte. La incapacidad de las autoridades para frenar, con los medios disponibles, el contrabando, llevó a emitir en diversas zonas del Pirineo los llamados "desaforamientos", por los cuales la legislación vigente quedaba temporalmente suspendida y se daba carta blanca para la represión de actividades ilegales. Así, en 1558, "por la mucha fama pública que había en aquella tierra de que se pasaban caballos a Francia, se desaforaron los de Jacca para remediar que no se pasasen, y los de Villanua, que es de la jurisdicción de Jaca, aunque no se desaforaron, hicieron ciertos estatutos acerca dello para guardar los pasos de día y de noche". De todas formas, cualquier iniciativa para acabar con el contrabando estaba destinada al fracaso ya que, por un lado, carecía de apoyos entre los montañeses, y por otro lado, los mismos encargados de ponerlas en práctica terminaban participando en dicha actividad ilegal.
Finalmente, es necesario aludir a cómo la existencia de estos intereses por ambas partes para adquirir el alcaidado de Candanchú, generó una "subida de tono" del enfrentamiento, mezclándose entre las razones objetivas por las que cada parte aducía su derecho para ser alcaide, graves insultos y acusaciones personales. Entre otras cosas, esto era lo que decían los testigos de Íñiguez sobre Aragués: "no entiende sino en jugar y hacer traiciones en el juego, y andar con mujeres,..., hombre desasosegado y gastador,..., no tiene patrimonio ni hazienda,..., es vicioso, holgazán, sin arte ni modo de vivir, y jugador que suele jugar una noche y un día muchas veces sin levantarse,..., no entiende sino en holgazanear y putanear". Las acusaciones que hacía el partido de Aragués sobre Íñiguez eran más sutiles e indirectas. Así, por ejemplo, con estas palabras resaltaban el nulo interés de Íñiguez por servir al rey y el hecho de que sólo buscara su interés personal: "muchos hombres se hallan haver subido y suben de poco a mucho por ser virtuosos y deseosos de servir a sus reyes y señores, mayormente siendo de limpia sangre, que no por ser hombres que pretenden ser ricos, porque con las riquezas empalean muchas faltas y procuran danyos y perjuycios a los que no tienen tanto".