En 1585, Lorenzo Abarca, que había tomado posesión del señorío de Serué, visitó en Gavín a su pariente don Francisco y le recordó que hacía un siglo, el entonces señor de Serué había vendido ficticiamente su hacienda al entonces Señor de Gavín, don Sancho, para redimir vejaciones de bandos y otras tribulaciones y persecuciones que entonces tenía confiando que dicho Lope Abarca le conservaría su hacienda y la defendería como mas propincuo pariente suyo. Don Francisco no lo dudó un solo momento: a pesar de los graves apuros financieros por que atravesaba en aquel momento, declaró ante notario que la venta había sido fingida, que ni él ni sus antepasados habían tenido derecho alguno sobre Serué e incluso nombró a un abogado de Jaca para que defendiera ante cualquier tribunal los derechos de su pariente a la baronía. Es decir, la palabra dada por un Abarca un siglo antes seguía siendo sagrada para su biznieto y era cuestión de honor cumplirla. Otra cosa era que la venta se hubiera llevado a cabo para defraudar al Merino o al fisco real, ya que parece que lo que el de Serué pretendía era evitar el embargo judicial de sus bienes como consecuencia de esas ignotas banderías, mediante el recurso a su pariente el de Gavín.
Estos derechos eran, principalmente, la jurisdicción alta y baja, mero y mixto imperio, la provisión de cargos eclesiásticos: rectorías y vicariatos, en sus lugares de vasallos. Por ellos, y especialmente por la jurisdicción civil y criminal, tuvieron que hacer frente a obispos, ciudades e incluso al mismo Gobernador General del Reino.
Los Abarca fueron gente religiosa, sin duda de profunda fe en Dios y cumplimiento de los preceptos de la Iglesia. Tenemos constancia de muchos cumplimientos pascuales de don Francisco y su familia en su palacio de Gavín, con su esposa, sus hijos y los criados de la casa, entre los que figuraban el criado de Flandes y la doncella,. Aynes, mora, y los moros de Palacio. Estas actas de cumplimiento pascual nos permiten entrever la vida familiar de los Señores de Gavín: rodeados de numerosos hijos y criados, traídos de Flandes y de esclavos moros convertidos.
Juan de Abarca, señor de Serué, dispone en su testamento fechado en 1513, ordena ser enterrado en el cementerio de San Salvador de Biescas, que llamen a 33 clérigos misacantanos, dispone numerosos sufragios por su alma y la construcción de una capilla en la parroquia citada donde habría de ser entrado su cadáver cuando Dios Nuestro Señor ordenara de mi que yo servare mis ultimos dias e naturales que mi anima pasara deste mundo al otro perpetuo y funda un aniversario para que se canten dos misas en su honor, en las dos fiestas de San Miguel, de Mayo y de Septiembre. Todas estas disposiciones revelan la creencia del de Serué en Dios y en el más allá.
Muchos de los Abarca, sin duda los segundones, fueron clérigos y encontramos sus nombres dispersos por la documentación contemporánea: ya hemos visto a mosen Tristán, el hermano de Sancho Abarca, en el siglo XVI Jerónimo Abarca era rector de Gavín, a fines del siglo XV aparecen Martín Abarca, rector de Casbas y Antón Abarca, clérigo, habitante en Biescas.
La provisión de los beneficios eclesiásticos por los señores de los lugares, generalmente en favor de sus familiares, causó problemas sin cuento con los Obispos de Huesca-Jaca y luego de Jaca. Los Abarca no podían imaginar que ninguna autoridad se opusiera a la suya en sus dominios, en lo espiritual o lo temporal.
En 1443 don Guillén de Gavín rector de Gavín, era ferozmente reprendido por el sallentino Miguel de Blasco y los clérigos del Valle de Tena reunidos en Sallent. Le entregaron unas letras descomulgatorias para Guiralt Abarca, su mujer Pascuala Marqués y algunos servidores suyos y le ordenaron que la entregara al señor de Gavín, y que no hiciera como otras veces, que se había negado a presentar el documento de excomunión. El pobre cura intentó resistirse alegando que le levantaban falso testimonio, pero don Miguel le conminó a entregarla a su destinatario. Por desgracia, el acta notarial no dice cuáles fueron los motivos de la excomunión, pero es fácil pensar en algún problema de provisión de parroquias con el Obispo. Y personalmente, comprendo la actitud del pobre párroco de Gavín, aterrado ante la perspectiva de tener que enfrentarse con un Guiralt Abarca de quien luego hablaremos, enfurecido ante el anatema episcopal.
En 1557 el Concejo de Jaca consultó con su asesor jurídico la posibilidad de aprehender, es decir, embargar, los beneficios eclesiásticos de los lugares del señorío de Gavín. Del texto del dictamen del abogado, se desprende que don Matías se había negado en redondo a admitir a los curas que le enviaban para su lugar y los había expulsado de él cuando intentaban tomar posesión. Ante las protestas del Concejo, don Matías, en una delicada insinuación dirigida a los munícipes, entró en Jaca con sus gentes armadas de escopetas con las mechas encendidas, dispuestos a disparar. Por lo que cuenta el jurista, la sangre no llegó al río, no hubo violencia y la cosa debió quedar en tablas, pero con los clérigos nombrados por el Señor, en contra de los puestos por el Prelado. El abogado, eso sí, opinaba que si los candidatos de don Matías servían su oficio, el Obispo podía castigarlos. Pero el Señor se había salido con la suya, quod eral demonstrandum.
En 1559 un severo cortejo, compuesto por un clérigo y un notario, dos testigos y un procurador, salió de Jaca para tomar posesión de la rectoría de Navasa, del dicho Señor de Gavín, en virtud de unas bulas apostólicas. Terminado el acto y cuando se encontraban en Jarlata, cayó sobre ellos don Juan Abarca, hermano del señor de Gavín, con dieciséis lacayos (en el sentido de hombres armados) y cercó la casa donde se habían refugiado. Para hacerlos salir, don Juan recurrió al expeditivo procedimiento de prender fuego al edificio, con lo cual los dieciséis tuvieron que salir de allí y rendirse. Don Juan apresó a todos y los raptó. Más de un mes duró el secuestro durante cuyo tiempo don Juan se negó a decir donde los tenía incluso a su hermano Matías, el mayorazgo.
Treinta años más tarde don Pedro de Aragón, Obispo de Jaca, había procesado a don Antonio Abarca, señor de Serué y entonces Justicia de Biescas, por haber dado muerte a un cura, sin duda por otro tema de provisión de beneficios. Su hijo don Lorenzo acompañado de sus lacayos fue a Jaca, cercó el Palacio Episcopal, penetró en el despacho del Prelado que estaba despachando con el Deán y le disparó un arcabuzazo. Menos mal que el Deán, don Valero Palacios, tuvo la presencia de ánimo de desviar el arma, aun a costa de sufrir una herida en la mano, y así salvó la vida del Obispo, que si no murió de balazo, debió estar a punto de fallecer del susto. El Cabildo y el Ayuntamiento de Jaca escribieron al Rey para darle cuenta del delito y el propio Felipe II contestó desde el Escorial recomendando al concejo que castigara una ofensa de tan mal ejemplo procediendo en virtud de vuestros estatutos o desafueros con rodo el rigor que en delictos tan graves se acostumbra. Su padre intentó solucionar el asunto recurriendo al hispánico método de la recomendación: otorgó poderes notariales a Felipe de Espés, criado del Rey nuestro Señor, al doctor Juan Cajal, médico de su Majestad y a Pedro de la Abadía reloxero del rey, domiciliados en Madrid y paisanos suyos, a juzgar por sus apellidos altoaragoneses, para que intercedieran ante el Monarca. Quizás por estas gestiones o por otras causas, entre ellas el temor de los concejales de Jaca a los Abarca, que en ese siglo les había creado un sinnúmero de dolores de cabeza, el castigo (si es que lo hubo) no fue muy grave, pues cuatro años más tarde encontramos a don Lorenzo ocupando el cargo de concejal de Huesca y encabezando la compañía de Huesca en la reconquista de Biescas, tras su invasión por los bearneses, e incluso fue Diputado del Reyno en 1597-98 y 1603-1604.
La defensa de su derecho de jurisdicción fue también caballo de batalla de los Abarca contra la administración pública. La jurisdicción era sentida por ellos como inherente a su condición y rango de señores, por ello irrenunciable. Cuando Lorenzo Abarca nombra procuradores en 1574 para tomar posesión del lugar de Serué y de la pardina de Villasegura, los faculta para tomar la verdadera, real y actual posesión del lugar y la pardina con la jurisdicción civil y criminal alta y baxa, mero y mixto imperio. En el contrato de arrendación de la Pardina de Baylín, que su padre hizo con unos ganaderos de Acumuer y Yosa de Sobremonte, queda bien claro y bien especificado que el dicho Antonio Abarca se reseva la jurisdicción civil y criminal alta, baxa, mero, mixto imperio la cual pueda ejercer durante el tiempo de la dicha arrendación por si o por su alcayde. Una cosa era arrendar las hierbas y pastos, pero otra muy distinta ceder ni un ápice de sus poderes señoriales.
Los de Gavín pasaron la segunda mitad del siglo XVI enzarzados en pleitos jurisdiccionales, que llegaron a límites verdaderamente insospechados.
La Villa de Biescas era de realengo desde los orígenes del Reino, e incluso Juan I le había concedido el privilegio de que no pudiera ser enajenada por él ni sus sucesores, para que siempre quedara en manos del monarca. Ello conllevaba el ejercicio de la jurisdicción criminal sobre el territorio de la Villa. Pero los de Biescas intentaron ampliar esta jurisdicción y ejercerla sobre el señorío de Gavín, a lo que se opuso terminantemente su titular, don Matías. Cuando todavía se estaba pleiteando, don Matías, respondiendo a una mediación del Concejo de Jaca, les respondió que estaba dispuesto a negociar con los de Biescas no ablando en lo de la jurisdicion porque yo no puedo azer perjuicio a mis herederos. Deja bien claro que esta es su última palabra y que está dispuesto a negociar en todo salvo en lo jurisdiccional, porque se lo pide la Ciudad de Jaca, pero que de otra forma no cedería ni aunque se lo rogase todo el reino de Aragón, dado que está muy agraviado.
Los de Biescas decidieron pasar a vías de hecho. Y cuando en el mes de abril siguiente el Juez Ordinario de la Villa subió a Gavín a distribuir justicia, se encontró con don Matías y dos de sus hermanos que le arrebataron la vara, símbolo de su dignidad, la partieron, le insultaron y lo echaron del pueblo con las espadas desenvainadas.
Para dejar claras las cosas, reunió a sus lacayos y bajaron a Biescas con arcabuzes, ballestas y otro genero de armas y dispararon arcabuzes y escopetas hacia la dicha Villa con grande bullicio y ocasión de grandes inconvinientes. Las cosas habían llegado demasiado lejos. Intervino don Juan de Gurrea, Gobernador General del Reino, e incluso la Audiencia de Aragón, que condenó a muerte en rebeldía a don Matías. Este, con sus hermanos y secuaces, se echó al monte y vivió como una alimaña durante meses, pero para dejar claro cuales eran sus derechos, desafió y acosó a los de Biescas, haciéndoles correrías cadaldía. Según dicen, se han hecho muertes de una parte y de otra y se ha venido en encender la pasión en aquella montaña, de manera que estan ya puestos todos en necesidad, como informaba el Gobernador de Aragón a la Infanta doña Juana. Las Juntas de los Valles de Tena, Broto, Serrablo y Basa intentaron mediar y el propio Gobernador recomendó a la princesa que los perdonara. Como argumento alegaba que no se podría sustanciar el proceso por falta de testimonios, ya que los de Biescas son tan ruines, es decir, estaban tan aterrados y el de Gavín los tiene tan amenzados que no osarán hablar de ello.
Pero cuando las cosas parecían estar en vías de arreglo, sobrevino el incidente antes relatado de Navasa y la situación volvió al punto de partida. El concejo de Jaca, irritado ante el secuestro llevado a cabo en Jarlata, dentro del señorío de la Ciudad, pidió a su abogado en Madrid que requiriera la aplicación de los privilegios de la Ciudad y le permitiera salir en persecución de los hermanos Abarca. El Gobernador escribía a Felipe II para relatarle los hechos y dar su opinión favorable a que fuera la Ciudad quien lo castigara conforme a sus culpas y en uso de sus privilegios por estar esta tierra tan tiranizada del Señor que se dize ser de Gavin. Y sin embargo, el Gobernador deja abierta una puerta a la clemencia, al afirmar que si el de Gavín y su hermano quisieran pedir perdón a la Ciudad y vivir como hombres de bien, se les debe disimular algo de lo pasado, porque son tan moços que es lastima de ver lo mal que se entienden.
El asunto debió solucionarse sin recurrir a la violencia, ya que a fines de Octubre de 1559 las familias Dompes del Pueyo y Val de Panticosa nombraron árbitros de sus diferencias a don Matías y a su hermano. Al año siguiente la documentación nos muestra a don Matías y su esposa en Gavín, administrando sus señoríos. En 1561 firmaban la paz con Biescas. En el acta consta la intervención de los montañeses de los valles de Tena y Broto. Las dos partes se concedieron recíprocamente paz foral por ciento un años y renunciaron a todas las acciones contrarias a ellas y a las reclamaciones a que por razón de los bandos pudieran tener derecho.
Sin duda en esto influyó la salomónica decisión, quizás debida a don Juan de Gurrea, de nombrar a don Antón Abarca, señor de Serué, Justicia de la Villa de Biescas. Con esto quedaba a salvo el principio de que fueran los Abarca, de una rama u otra, quienes distribuyeran justicia en Biescas y el señorío sin herir la sensibilidad de los difíciles barones de Gavín.
Poco duró la paz, con don Antón o sin él, ya que en 1573 se aprehendió la baronía de Gavín a instancias de los Jurados de Biescas, tan tenaces como los de Gavín en la cuestión de sus preeminencias. Don Francisco, que había sucedido a su padre, había levantado unas horcas -símbolo de su jurisdicción criminal- ante la iglesia de Ainielle y en el camino de la fuente de Berbusa, es decir, en sitios bien visibles para los vecinos. Los comisarios forales, de Panticosa, las derribaron ante notario. A esto siguió un largo pleito, del que se conservan las alegaciones de don Francisco afirmando que desde tiempo inmemorial los de su casa habían ejercido la jurisdicción criminal y civil sobre sus lugares. Ignoro cómo acabó el pleito. Pero en esto, los Abarca parecen tener razón, ya que en la toma de posesión del Justicia de Biescas en 1447 exhibió un privilegio real fijando su jurisdicción sobre Biescas, Senegüé, Betés, Yosa, Javierre y Latas, sin que en él se mencione ninguno de los lugares de la baronía de Gavín.
Los Abarca de Gavín como buenos nobles de su tiempo, estuvieron implicados en las enrevesadas banderías de su época. Ruypérez de Abarca hubo de pagar en 1389 trescientos sueldos jaqueses al Merino de Jaca por todos los homicidios que los hombres de su garrida y bando habían cometido.
Durante el interregno subsiguiente a la muerte de Martín el Humano y la guerra civil que se originó tras el compromiso de Caspe, Ruypérez y su hijo Guiralt se vieron involucrados en los combates. En 1413, según nos cuenta Zurita, el Conde de Urgel había enviado ciento de a caballo y doscientos de a pie para robar y quemar los lugares de Ruy Perez de Abarca. Los de Gavín sin duda se resistieron, por una vez en el mismo bando que los de Urries, señores del Castillo de Larrés, pero debieron forzar la mano, en el combate o en las represalias, ya que el mismo año Guiralt Abarca fue condenado al pago de 1.600 sueldos por los daños cometidos en el reino: robando e incendiando bienes, deteniendo o haciendo arrestar a hombres. Ante la negativa del noble a acatar lo decidido, el propio Fernando I ordenó en abril de 1414 a todos los funcionarios regios que embargaran sus bienes para garantizar el cumplimiento de la sentencia.
El mismo año, Guiralt Abarca, o los hombres de su banda obedeciendo sus órdenes, habían dado muerte a Martín Cajal, mozuelo de poca edad e inocente, hijo de García Gavín alias Cajal de Biescas, quien había demandado a los Abarca por la posesión de una torre. El crimen revestía especial gravedad, pues Guiralt había dado aseguramiento a su contrincante ante la cancillería real. El Príncipe de Gerona dictó una instrucción a su alguacil, Mosen Juan de Abella, en que declaraba enemigo público a don Guiralt, le negaba asilo en casas de infanzones ni en lugar privilegiado, en derogación de los Fueros, permitía los registros domiciliarios, escombras, en cualquier lugar donde se sospechara que estaban y ocupar sus torres de Gavín y Lárrede e incluso absolvía a sus vasallos de la fidelidad debida a su señor.
Continuará