Mosen José Pardo Asso

Imagen de Marcuello Servós, Chaime

Una aclaración de partida

Antes de comenzar es necesario situar este artículo en sus orígenes. En la primavera de 1994 Julio Gavín[1] me animó y empujó a trabajar la obra de

Mosén José Pardo Asso. Hasta entonces para mí sólo era el nombre de una

persona que había escrito un diccionario de aragonés allá por los años 30. Para Julio Gavín era y sigue siendo algo más. Conoció personalmente a mosén José Pardo Asso, de su amistad y recuerdo quedaban pendientes dos tareas: refrescar su memoria, y recopilar el conjunto de obras publicadas por don José. Rebuscando en varias bibliotecas de Zaragoza conseguimos encontrar cinco de sus publicaciones. De ahí surgieron una serie de artículos breves que se han publicado en la revista Serrablo. Ahora, aportamos una elaboración de conjunto sobre la figura de mosén José y la obra que conocemos.

Un montañés

José Pardo Asso es hijo de la Tierra Alta: un montañés. Nació en Santa Cilia de Jaca el 17 de agosto de 1880. Corrían unos tiempos muy complicados y complejos. Como dijo aquel: -algún día había que nacer. Los padres de este hombre eran gente del país. La madre, Mariana, venía de Biniés y su padre, Mariano, era de la misma Santa Cilia.

Es uno de los muchos aragoneses interesantes que a lo largo de la historia este país ha ido aportando. Su memoria permanece callada y conocida por muy pocos. Los bibliófilos, los lingüistas y alguno de sus antiguos feligreses le recuerdan y saben de él. Pasó por el mundo vestido unas veces con sotana, otras con traje negro, siempre cubierto con su boina o con una teja eclesiástica si la ocasión lo pedía. Unas ropas que nunca le alejaron de sus paisanos, pues siempre fue un hombre afable, curioso y entregado a las gentes que se lo tropezaban.

Estudió en el Seminario Diocesano de Jaca. No sabremos nunca si fue porque tocaba o por vocación propia. La cosa es que terminó su formación eclesiástica y fue ordenado sacerdote. Tal y como era propio de la época, recorrió diversas parroquias de la Diócesis. Se estrenó en Yésero, después Jasa, Santa Cruz de la Serós, también pasó por Santa Eulalia de Gállego, por Larrés, hasta que por fin terminó su peregrinaje en Sabiñánigo.

Los que le conocieron dicen que mosén José, por encima de todo, fue un hombre volcado a su gente y también a su tierra. Ejerció su sacerdocio con devoción, entrega y cercanía. Era fiel a las personas lo cual le supuso alguna complicación. De hecho, pasó dos meses encerrado en el campo de concentración de San Juan de Mozarrifar por dar cobijo a un hermano de un amigo que era buscado por la policía. Fue en 1942. Para entonces mosén José estaba viviendo en Zaragoza. Ya antes, en el año 1931, con la proclamación de la República y la supresión de la dotación del clero, nuestro montañés había bajado a la capital de La Ribera. Creó una pequeña residencia de estudiantes y una academia donde preparaba a sus alumnos para el bachiller y el ingreso en la Universidad.

Su manera de ser ponía en el centro a las personas y pasaba por encima de las ideologías, -algo bastante difícil especialmente en aquel período histórico atravesado por la intolerancia-. No tenía problemas en acercarse a quien fuera. Por ejemplo, estuvo un tiempo convaleciente en el hospital de la Facultad de Medicina. Entonces era párroco en Larrés, pero cogió unas fiebres maltas que lo dejaron casi inválido. Tuvo que bajar a ser visitado por el doctor Pedro Ramón y Cajal, cuya familia procedía de su parroquia. En la convalecencia compartió sala y trabó amistad con un anarquista importante, Mariano Ascaso, de la CNT. Una relación que continuaron posteriormente mientras ambos vivieron en Zaragoza.

También conoció a intelectuales de su tiempo. Fue amigo de Miguel Allué Salvador, Miguel Asín y Palacios, de Ramón Menéndez Pidal y otros personajes ilustres de la época. Mosén José sabía estar en cualquier parte y con cualquiera. Siendo párroco en Sabiñánigo sus superiores le dieron algún aviso por no pasar la colecta. Pero el tenía muy claro: -¿qué les voy a pedir si casi todos son obreros?.

Mosén José fue el extremo opuesto del cura ruin y mediocre que Sender pintó en su Requiem. Este montañés fue un hombre fiel y entregado. Un hombre estudioso, con mucho ingenio, disciplinado, enérgico y austero. Sólo tuvo dos vicios: el café y el tabaco. Murió de cáncer de pulmón el 28 de agosto de 1957.

Sobre su obra.

A la hora de elaborar este artículo sólo disponemos de cinco[2] obras: "Ortografía sin reglas", "Nuevo diccionario etimológico aragonés", "Ingenio y buen humor, Cuentos, chistes, anécdotas" y dos cuadernillos de "Cancionero aragonés patriótico y humorístico". Muchos de sus trabajos se perdieron. Julio Gavín ha estado persiguiendo, desde hace tiempo, un par de obras que don José escribió y no llegó a publicar. Estaban escritas en aragonés de Serrablo. Julio las leyó en su momento, pero devolvió el manuscrito a su dueño. Con la muerte de don José, su biblioteca personal y los papeles se trasladaron al Seminario de Jaca, donde no se sabe si existen o desaparecieron con los años. Una de las obras era una pieza teatral en la que su protagonista, Rosendo, se veía involucrado en una historia similar a la de "Capuletos y Montescos". Junto a estos textos, mosén José también publicó en la prensa zaragozana algunos artículos con el seudónimo de Oscanio, probablemente en el Heraldo de Aragón. Una tarea que queda pendiente es rastrear los archivos del periódico para intentar recuperarlos.

Mientras tanto, nos quedamos con las obras publicadas y a la mano. Para adentrarnos en la obra de don José Pardo Asso comenzaremos por la más aspera de las publicaciones que tenemos a nuestro alcance, -aunque éste sea un orden cronológico inverso al de su edición- después el Diccionario y por último los trabajos sobre el humor aragonés.

La Ortografía

En 1940, mosén José publicó en la imprenta del Hogar Pignatelli de Zaragoza su "Ortografía sin Reglas". Una obra de doscientas veintisiete páginas que pretendía poner al alcance de cualquier persona el dominio de las reglas de escritura. No quiere entretener. Es un libro didáctico que el autor califica como método práctico. Un manual probablemente pensado desde la experiencia de don José como maestro de jóvenes bachilleres. Si se lee con atención el subtítulo de la propia obra, se muestran con claridad las pretensiones del autor. Dice, "único método fácil y práctico". Ciertamente, no es sencillo crear un tratado sobre ortografía que resuelva los problemas de normalización y sus excepciones, tan abundantes en el idioma español. Podría parecer pretencioso subtitular a la obra como única , pero esto era así en ese momento. La pedagogía imperante era abstrusa, nada cómoda, muy poco ágil, soportada en textos que resultaban centones indigeribles. Además, no se conforma con destacar de su obra la practicidad y su sencillez, es "para escribir todos sin cometer una falta ortográfica". El convencimiento del autor, don José, de la efectividad de su sistema es tajante. Quién se acerque al método, a la ortografía sin reglas, a la ortografía centrada en los casos no padecerá la enfermedad de los iletrados. No hay que olvidar que este manual se publicó en una etapa donde el analfabetismo peninsular ofrecía unas tasas abrumadoras. Pocas personas de las capas medias e incluso altas, casi ninguna de las humildes, eran capaces de leer, mucho menos de escribir y, en el caso de hacerlo, las incorreciones eran de una densidad trágica.

La preocupación de mosén José puede parecer propia de un maestrillo pesado e impertinente, centrado en el uso correcto del idioma. Puede parecer una preocupación diletante en un tiempo donde los desastres de la guerra y la crudeza de la postguerra hubieran exigido de las personas inteligentes otro tipo de publicaciones. Pues esto sólo es apariencia. Poner al alcance de cualquier ciudadano o ciudadana la posibilidad de expresarse con corrección era abrir las puertas al cambio social. Hay una frase que repetía con abundancia Pedro Arrupe: la diferencia entre un pobre y un rico es que el pobre siempre tiene quinientas palabras menos que el rico... y si no las tiene las compra. En los años 40, la propuesta de mosén José era abrir las puertas a un modo distinto de estructurar la sociedad.

El subtítulo, aparentemente intranscendente, descriptivo y cuasi-publicitario, "para escribir todos sin cometer una falta ortográfica" tiene más hondura de la que a golpe de vista ofrece. Los que cometen faltas ortográficas son los que no dominan el lenguaje. Si decimos "todos", allí van incluidas las capas sociales más humildes que, como se ha indicado, difícilmente sabían leer, menos escribir y era una tarea casi imposible que lo hicieran como exigían los eruditos de la academia.

La carátula de la obra termina con una acotación básica: "vocabulario completo, de todas las palabras dudosas contenidas en el diccionario de las Real Academia y otras muchas en uso". Esta descripción nos anticipa el método que ofrecerá el pedagogo. No importan las reglas y su enumeración sino los casos dudosos. El foco central, el centro de interés del método son las tierras movedizas de la duda cotidiana, esas palabras que confunden a cualquiera. Más que las reglas, importan las palabras en sí mismas, los casos. Quizá por esa pretensión mosén José utiliza solamente la introducción para decir algo más que no sean ejemplos y muestras de la corrección ortográfica.

La introducción es muy breve. Una página y seis líneas más. En ese limitado espacio de papel destaca el modelo téorico latente. Primero, el diagnóstico: cualquier persona tiene dificultades al escribir, es fácil equivocarse y no utilizar adecuadamente la ortografía. Segundo, continuando con el diagnóstico: sólo se recuerdan las reglas simples e invariables, pero de otras muchas nos guiamos por "el efecto que a nuestra vista produce su grafismo". Como el mismo don José indica, "escribe mejor quien más haya leído y tiene mejor memoria retentiva, conservando la imagen de las palabras como se retiene la imagen de una flor u otra cosa cualquiera". Tercero, consecuencia lógica, la solución a este problema de escritura pasa por "un catálogo breve de todas las palabras de dudosa escritura, pudiendo leerlas repetidamente, grabándolas así en la memoria mejor". Cuarto, como corolario a lo dicho, don José piensa en su fuero interno, por ello tiene necesidad de expresarlo, que para muchos, para la mayoría, con ese catálogo es suficiente, aunque siempre queden personas que les gustaría saber por qué de las reglas y su etimología. Una pequeña licencia subliminal de propaganda de su diccionario etimológico aragonés. Mosén José lo que quiere y le parece el reto a vencer es: "no cometer faltas de ortografía nada más". Así, de esa forma, evitar que se caiga en "el ridículo de la incorrección ortográfica". Un efecto bochornoso que a él le parece pésimo provocado cuando alguien lee los errores escritos. Para don José las herejías de los estudiantes actuales le parecerían crímenes, todavía más imperdonables que los de su tiempo... Si tuviese ante sus ojos estas obras manuscritas o mecanografiadas, sean de Universidad o Bachillerato, se asustaría. No podría evitar, "por esto un concepto desfavorable de la cultura de quien lo escribió, aunque su escrito sea un modelo en su fondo y de expresión".

Paradójicamente, en nuestro tiempo marcado por el Estado de Bienestar, por la conquista y extensión de los derechos sociales, entre ellos la educación básica, el cambio social conseguido ha producido una menor valoración de las reglas que don José se preocupó por cuidar y enseñar. Quizá con esto se revela una parte de las contradicciones más complejas de nuestra sociedad. Primero, la información está por todas partes, nos desborda, -sea de forma impresa o por las ondas hertzianas-, pero apenas tenemos tiempo para detenernos a digerirla. Cuando una informacjón no se asimila y se procesa ¿para qué nos sirve? Segundo, la educación. Reglada, sistematizada, obligatoria, para todos... nunca se estudió tanto, pero ¿hemos construido una sociedad más educada, más culta?

Mosén José no tuvo oportunidad de vivir estas contrariedades, pero sí que supo anticiparse a los métodos pedagógicos de su época. Si algo queda claro después de leer la "Ortografía sin reglas", es que la lengua fue una de las preocupaciones de mosén José. La expresión escrita de las ideas y de las palabras era y es una tarea fundamental. Mosén José manifestaba, sin decirlo expresamente, una intuición privilegiada: la lengua es un punto radical de lo humano, sea como fuente de cultura, de poder o reconocimiento social.


  1. En Aragón Julio Gavín no necesita ser presentado. Es un aragonés con empenta e imaginación, presidente de la Asociación Amigos de Serrablo, artista y amante de esta tierra. Quizá en otro momento dediquemos un trabajo de investigación a aglutinar el conjunto de actividades y obras que ha ido dejando sembradas en su batallar cotidiano.
  2. Parece ser que existe además otro libro: "Nuevo diccionario ortográfico de la lengua española". Zaragoza, imprenta "La editorial", sin fecha. Lamentamos no poder disponer de ella en este momento.