(Este trabajo que se publica en nuestra revista corresponde a la conferencia dada por Don Manuel Gómez de Valenzuela en el "V Curso de Historia Medieval y Moderna" de Sabiñánigo el día 2 de Julio de 1996. Su reproducción en estas líneas se debe a su amabilidad, pues no puso ningua objeción al solicitárselo).
He querido traer hoy ante ustedes, una familia un tanto singular en el apacible panorama familiar pirenaico que estamos estudiando en este curso. Se trata de los Abarca, señores de Gavín, Serué, la Garcipollera, Navasa y otros lugares del Pirineo. A través de ellos, y centrándome en las ramas de Gavín y Serué, procuraré trazar la sicología de una de esas familias de señores pirenaicos aragoneses, basada en los datos que hasta ahora he podido ir recogiendo en protocolos notariales y archivos aragoneses.
Las leyendas aragonesas hacen remontar el origen de los Abarca a los albores del Condado. Según la Crónica de San Juan de la Peña, en el siglo IX, cuando doña Oneca, viuda de Sancho Íñiguez de Navarra, cruzaba el valle de Aibar, fue atacada por los sarracenos, que mataron a toda su familia y la hirieron de una lanzada en el vientre, de cuyas consecuencias falleció inmediatamente. Un noble aragonés, que poco después pasó por el lugar de tan salvaje carnicería, vio la mano de un niño que salía por la herida de la reina. De allí sacó al neonato, que reinó veintiocho y murió en el año 905.
De este linaje surgió la familia Abarca, fundadora del castillo de Sancho Abarca, junto a Tauste. En 1139 Rodrigo Abarca era señor en Valtierra. El primer documento en que este linaje aparece como titular del señorío de Gavín data de 1283: se trata de la capitulación matrimonial de Alonso Abarca, hijo de don Sancho Abarca y doña Violante de Bergua con Juana de Bolea y Atrosillo. La familia continúa en Gavín, siguiendo la política de enlaces familiares entonces habitual, Juan Abarca, hijo de Rodrigo Abarca y sobrino de Lope, señor de Gavín, contrajo matrimonio con Violante de Gurrea. La madre del contrayente, María Abarca, le dio Serué, Bailín y Bergosa, con su señorío jurisdiccional. Y desde este momento tenemos ya constituidas los dos señoríos: Gavín y Serué, en manos de dos ramas de la misma familia Abarca. No voy a entrar en genealogías, siempre complicadas y necesitadas de gráficos, más que de palabras. Solamente voy a intentar trazar, como he dicho, la forma de ser y de actuar de esta familia.
Los Abarca eran infanzones, pertenecientes al brazo de Caballeros, mesnaderos e infanzones y asistieron a varias reuniones de las Cortes de Aragón. Lorenzo Abarca, señor de Serué, llegó a ser Diputado del Reino a fines del siglo XVI.
También acompañaron los Abarca a los reyes de Aragón en expediciones por el Mediterráneo y lucharon a su lado en guerras en el propio territorio: en 1392 Ruy Perez de Abarca fue con el Rey Juan a Cerdeña y Sicilia. Tres años después, con ocasión de la invasión del reino por el Conde de Foix fue nombrado Capitán por la Ciudad de Jaca, junto con Jimeno de Arbea. Juan Abarca, según nos cuenta Zurita, después que se ganó el arrabal de Barbastro, se entró dentro con hasta doscientos ballesteros montañeses.
Durante la guerra de Fernando el Católico con Navarra, el Magnífico Sancho Abarca, entonces Señor de Gavin, tomó a su cargo la defensa de los puertos de Sallent. En 1507, como fuese puyado en la Val de Tena en servicio del Señor Rey y Regno de Aragon a resistir cierta gente gascona que quería entrar por correr la Val de Tena y la montaña de Jaca subió a los puertos e impidió la entrada de los gascones. Seis años más tarde fue nombrado Capitán de Guerra por don Alonso de Aragón, aduciendo la abilidat del amado y fiel a Su Alteza Sancho Abarca cuya se dice ser la dicha honor de Gavin e acatando asimismo la antiguedad de su Casa. Su nombramiento fue reconocido por las Juntas de los Valles y Concejos de la Montaña de Jaca. El procurador tensino aceptó este nombramiento en nombre de la Junta de su Valle, pero a condición que el Capitán no pidiera a la Val salario alguno ni le obligara a pagar cosa de aquello, y que no ejerciera funciones jurisdiccionales, reservadas al Justicia del Valle. Don Sancho debió acoger desdeñosamente estas condiciones. En el verano de 1513, según certificación de los propios tensinos, al saberse que cuando el Rey don Johan destruyó la tierra del Conde de Lerin, se juntó en la Val de Osau mas de ocho o nueve mil hombres. Los tensinos avisaron a don Sancho, que de nuevo se encaramó a los puertos con más de trescientos hombres, así de sus vasallos como de sus amigos. Cuando don Fernando el Católico tomó el reino de Navarra y el rey Juan y gente francesa cerraron el sitio de Pamplona, don Sancho volvió a subir a la frontera con trescientos hombres y evitó de nuevo la entrada de los gascones por el Portalé. El temor de los tensinos estaba justificado, teniendo en cuenta que los franceses habían asolarado el castillo de Candaliup (Candanchú) y entrado en Torla.
En ambas ocasiones todos los gastos corrieron a su cargo. Un acta notarial de 1507 relata la embajada que los tensinos enviaron a Gavin, para ofrecer al noble señor el resarcimiento de los gastos que le había ocasionado la defensa del Valle. Don Sancho los recibió en su palacio de Gavin, en compañía de su hermano Mosen Tristán, rector de Gavín y Yésero. Los tensinos le recordaron que el Valle le había ofrecido 300 sueldos (cien por quiñón) para los gastos, que no había querido aceptar. Y de nuevo acudían a él los representantes de los quiñones de la Partacua y Panticosa para entregarle 200 sueldos. La respuesta de don Sancho y su hermano constituye un modelo de orgullo y conciencia de su linaje. Les dijeron que no placiese a Dios que ellos tomaran dinero ni paga por razón de los gastos efectuados en la campaña. Que habían gastado esa cantidad en servicio de Nuestro Señor el Rey de quien esperaba haber el premio, y era aparejado para más facer, quanto su persona e bienes bastassen. Pidió a los tensinos que devolvieran los 200 sueldos a sus principales y además, que si algún tensino tenía queja por daños que sus gentes hubieran podido causarle, que le escribieran un memorial, que el los contentaría. Que solo un dinero no prendería ni quiso prender, como certifica el notario panticuto Miguel Guillén, atónito y supongo que aterrado ante semejante explosión de desdeñosa altivez. Y en mi opinión, los tensinos tuvieron suerte, pues debieron coger a los hermanos en un buen día y no salieron apaleados del palacio. Lo mismo sucedió en 1514: en el acta notarial la Junta hace constar que los emisarios del Valle habían recibido idéntica respuesta: que él tenía a bien haber gastado todo lo que había gastado y aunque fuera mucho más, en servicio del Rey Nuestro Señor que pues era su servicio. Los tensinos quedaron tan asombrados que lo mandaron pregonar por todos los lugares del Valle.
En las Carnestolendas de 1592, una expedición de gascones cruzó el Portalé y tomó Sallent por sorpresa. Algunos sallentinos pudieron escapar y dar la alarma en Biescas. Inmediatamente, el entonces Barón de Gavin, don Francisco Abarca, junto con Diego de Heredia, convocó a sus vasallos y armados de arcabuces intentaron parar a los invasores en el paso de Santa Elena. Poco pudieron contra unos 500 invasores bien armados con mosquetes y corazas y pertrechados con armas de guerra. Los montañeses fueron dispersados y don Francisco apresado y conducido al Castillo de Lourdes, donde permaneció unos seis meses. Se estaba negociando su canje por unos prisioneros bearneses y dos caballos, cuando logró fugarse y tras una huída que me imagino alucinante, por el más alto Pirineo, logró regresar a su casa dc Gavín.
Lorenzo Abarca, señor de Serué, por su parte, dirigió como Alférez la compañía que la ciudad de Huesca levantó para hacer frente a la invasión. Fue el primero en reconquistar Biescas e hizo ondear la bandera de la ciudad sobre la torre de San Pedro.
Todos estos hechos nos muestran a unos Abarcas fieles servidores de su Rey, por quien están dispuestos a dar, y dan, vida, libertad y hacienda, sin esperar recompensa alguna.
Por otra parte, se advierte que eran respetados en todo el Alto Gállego. Son muy abundantes los testimonios en que actúan como presidentes o miembros de tribunales arbitrales para resolver rencillas entre lugares o personas del Valle. Concretamente, a fines del siglo XV, don Lope Abarca y su madre doña Juana de Lobie, osalesa, lograron por su intercesión que se hicieran las paces entre familias tensinas, en unos conatos de banderías iniciadas en el Valle y que apaciguaron. Aun los Abarcas más montaraces, como don Matías, del que luego hablaremos, fueron elegidos por las familias tensinas de los Dompés del Pueyo y del Val de Panticosa para poner fin a sus diferencias, y el propio don Sancho Abarca junto con el obispo Francisco de Urriés y el infanzón Felipe de Bergua decidieron los litigios que oponían a los lugares de Senegüé y Aurín.
Por otra parte, don Antón Abarca, señor de Serué, fue Justicia vitalicio de la Villa de Biescas, donde habitaba. La documentación nos lo muestra dictando justicia, presidiendo tribunales arbitrales y dirigiendo prudentemente la administración local, como en la contratación de los muros de contención del Gállego a su paso por Biescas.
Además, eran buenos y prudentes administradores de su patrimonio. A principios del siglo XV Ruyperez Abarca compró unas viñas en Senegüé que revendió al año siguiente con notorio beneficio. Supieron invertir bien sus caudales: en el siglo XV y XVI eran arrendatarios de las rentas parroquiales de todo el Valle de Tena e incluso de Senegüé, y don Lope estaba asociado con su primo el panticuto Juan Abarca, para la explotación de los molinos trapero y harinero del lugar, sobre el Caldarés. También arrendaban sus pastos: en 1433 Guiralt Abarca otorgó poderes al cura de Gavín para que arrendara las hierbas del puerto de Yésero, fijando condiciones como que iban destinadas a ganado groso y menudo y prohibiendo terminantemente la entrada de puercos de cualquier pelo, manera o condición seran. Como dato revelador de la situación del Alto Gállego en aquel año, concede al clérigo la facultad de representarle en pleitos civiles y criminales entra tamen sanguinis vindictam. En 1559 don Antonio Abarca señor de Serué, arrendó la pardina de Baylín a unos ganaderos de Acumuer y Yosa de Sobremonte por plazo de seis años y precio de 620 sueldos jaqueses pagaderos en una tanda y en 1528 su padre don Juan, vendió 156 corderos por 458 sueldos.
Otra fuente sustanciosa de ingresos eran los derechos señoriales, que cobraban de sus lugares de Gavín, Orós Alto y Bajo, Lárrede, Susín, Casbas, Berbusa, Ainielle, Gavín, Barbenuta y Yésero. Los tributos se pagaban en especie: cebada y trigo y en metálico: en 1651 Yésero pagaba 930 sueldos, Berbusa 1.186, Ainielle 162, Lárrede 3, Oliván 260, Susín 25 y Casbas 60. A esto se unían otros menores, como las cuatro ovejas y el carnero que los de Ainielle pagaban anualmente, así como la explotación de la selva de Lárrede y la pardina de Busa.
Puede verse que los Abarca practicaban la virtud, muy montañesa, de la prudente administración de sus bienes, lo que les permitía vivir con austero señorío. Pero por otra parte, eran capaces de derrochar su hacienda por un punto de honor. A fines del siglo XVI, don Francisco, según cuenta Blasco de Lanuza, tenía muy empeñada su casa por las banderías que habían mantenido sus padres contra la casa de Latrás. A pesar de ello, en 1581 don Francisco Abarca recibió el encargo del Ayuntamiento de Jaca de salir en persecución del noble bandolero Lupercio Latrás. Los munícipes intentaron echar a una familia contra la otra aprovechando los bandos entre ellas: propusieron a Felipe II que nombrara a don Francisco, señor de Gavín como capitán de la compañía que pensaban enviar contra el de Latrás, que poco antes había quemado los molinos de Jaca y talado sus huertos, tras un infructuoso intento de invadir la ciudad. Aunque el erario público, es decir, la Hacienda Real, había enviado a Jaca nada menos de cuatro mil ducados para la persecución de Lupercio Luirás y sus factores, valedores y secuaces, don Francisco salió a cumplir su misión con la gente de Rey y a su costa, es decir, sufragando él toda la campaña, y eso que por esas fechas andaba en muy mala situación económica, haciendo equilibrios para poder pagar las pensiones de los censos y sus otras deudas. Por ello, el Conde de Chinchón, tesorero de Su Majestad del Reino de Aragón, escribía desde Lisboa al Obispo Lafiguera que no era menester que se gastara ni un real de los cuatro mil ducados que para este efecto se habían dado a la ciudad de Jaca, y de los que era depositario don Sancho Abarca, concejal de Jaca y Señor de la Garcipollera. En la carta trasluce una leve insinuación del de Chinchón de que el Señor de Gavín era un primo. Pero ya hemos visto cual era la actitud de los de Gavín cuando se trataba de servir al Rey.
Por causas que hasta ahora desconozco, don Francisco marchó nada menos que a Flandes entre, aproximadamente, 1585 y 1590. Debió pasarlo muy mal, financieramente hablando, ya que cayó en manos de un tal Juan Ponce que le estafó vilmente al hacerle firmar un recibo por una cantidad que no le había dado, o al menos solo parcialmente, en concepto de préstamo por el desempeño de un baúl de ropa que el noble montañés había tenido que pignorar para pagarse el viaje. Por las actuaciones del pleito, vemos que don Francisco había caído en manos de un pícaro de novela, que se las sabía todas y que en el hidalgo señor de Gavín encontró una presa fácil.
Aunque Don Francisco no actuara en esta ocasión con la debida prudencia y quizás por el alejamiento de su tierra natal fuera víctima de un desaprensivo, que engañó su buena fe, no debe pensarse que los Abarca fueran gentes zafias y desmañadas. Eran cultos para su época y habían estudiado. En 1528 Juan Abarca, señor de Serué, destinó los productos de la arrendación de las décimas de Sallent y el Pueyo, en el Valle de Tena, consistentes en panes (cereales), lanas y dineros, para el mantenimiento de un fillo suyo studiant al qual dicen Anton Abarca, que luego heredó el señorío de Serué y fue, como hemos visto, prudente justicia de Biescas. En las cartas conservadas en el archivo de Jaca de don Matías y doña Ana Abarca, se aprecia un estilo culto y pulido, que, con el lenguaje un tanto enrevesado de aquellos tiempos, va al fondo del asunto y no se pierde en circunloquios, y que sabe concluir sus escritos con refinadas fórmulas de cortesanía como por ejemplo: Guarde Nuestro Señor las muy magníficas personas de Vuesasmercedes y casas, Dios nuestro Señor aumente esa Ciudad en todo bien, como los que en ella viven han menester.
El móvil de los Abarca era ante todo, el sentido del honor, la conciencia de su linaje, de sus derechos señoriales y de su condición de nobles señores, que les otorgaban derechos, pero también les imponían deberes, como el servicio incondicional al Rey y la fidelidad a la palabra dada. Se consideraban los titulares de un patrimonio compuesto de bienes inmuebles y muebles, pero también de derechos históricos, para ellos sagrados, que no podían ceder bajo ningún concepto y debían entregar intactos a sus herederos. Por su defensa eran capaces de luchar contra quien fuera, salvo, naturalmente, contra el Rey, pero sí contra sus funcionarios o representantes.
La fidelidad a la palabra de honor resalta en los hechos de dos Abarcas: don Lope II y su biznieto don Francisco. En 1490 don Lope reconocía que años antes había efectuado la compra ficticia en fe e por cubierta et el no había pagado res de aquella, de los bienes de Beltrán de Blasco y su esposa, al parecer para proteger los derechos de los hijos de éstos.
Continuará