Espierre

Espierre ha contado siempre con un patrimonio forestal y ganadero; su agricultura tendía más a preservar la subsistencia de personas y animales domésticos; tierra de secano, pedregosa, escarpada y trabajada con aperos rudimentarios y un poco de huerta, donde el único producto que destacaba era la patata.

La Casa era regida bajo un régimen patriarcal; cada elemento de la misma tenía sus obligaciones, conviviendo todos bajo el mismo techo y obedeciendo las decisiones que el padre o hijo heredero ordenaban, tendentes a la conservación del patrimonio.

Los principales elementos empleados en la construcción de las casas han sido la piedra y la madera, ambas abundantes en la zona. Las casas, separadas unas de otras, constaban de planta baja y de uno o dos pisos. Las eras, como en la mayoría de pueblos, estaban en los alrededores del caserío; las cuadras para el ganado vacuno eran por lo general habitáculos separados de las viviendas. En la parte delantera de las casas había unos pequeños recintos, que se habilitaba para corral de animales domésticos, donde predominaban las gallinas y conejos.

Desde la parte baja de la vivienda o patio, se accedía a la bodega, que aparte de guardar el vino, servía para guardar los productos de la huerta y de la matacía; dentro de la misma planta estaba la cuadra, para los animales de labor y tocinos. Una escalera conectaba con el primer piso. En este piso, estaba la cocina de hogar, fogaril, sala de comedor y dormitorios; si había segundo piso contenía habitaciones para dormitorios.

La mujer era la encargada de las labores domésticas, cuidarse de las comidas, limpieza de la casa, lavado de la ropa, etc. y en algunas labores del campo y huerta (atención y recogida de hortalizas, mantornar la hierba, etc.).

Los hijos en edad ya de trabajar buscaban contratarse como jornaleros fuera del pueblo y el que se quedaba, era un trabajador más de la casa, sin ningún tipo de sueldo. Esta situación, duraba hasta que se volvía del servicio militar, a cuyo término, se intentaba buscar la solución definitiva, la mayor parte de las veces, aceptando el trabajo en núcleos industriales.

Las especiales características de la zona montañosa, hacía que Espierre, como muchos de los pueblos de su entorno, vivieran la mayor parte del año, aislados y más con las temperaturas que debían soportar en los meses crudos del invierno. Ello propiciaba la creación de oficios artesanales, que paliaban en parte el tener que depender de las ayudas exteriores. Sin embargo Espierre con un núcleo de población que no pasaba de doscientos habitantes, debía contar hasta para sus necesidades más perentorias, con el vecino Biescas, del que le separaba hora y media de camino.

En los casos en que se necesitaba de los servicios médicos, se recurría a Biescas, donde se iba a buscarlo en caballería; al no existir comunicación telefónica, no había la posibilidad de ponerlo en antecedentes, lo que en circunstancias graves, constituía una pérdida de tiempo que, en ocasiones, era vital; este problema se agravaba con la llegada del invierno, pues a las clásicas heladas, había el temor de las nevadas, que de aparecer, dejaban completamente incomunicados a los habitantes de la zona.

Para las cuestiones religiosas había sacerdote, en el vecino pueblo de Barbenuta; a pocos metros de la parroquial, estaba la abadía, edificio bastante acomodado para las necesidades de la época (hoy en completa ruina). En los años anteriores a la contienda civil, vivía Mosén Mariano, en dicha abadía; tenía sus propias tierras, que trabajaba, cuando las labores religiosas le dejaban el tiempo libre.

También el cartero, tenía su casa en Barbenuta; bajaba a pié, diariamente al pueblo de Orós Alto, en busca de la correspondencia, tanto de Espierre como de Barbenuta, distribuyéndola cada día.

No había tienda de comestibles, por lo que había que desplazarse a Biescas para comprar las cosas más elementales de la casa.

En invierno, se hacía la compra del vino, para todo el año; si se adquiría a Bodegas Arrudi de Sabiñánigo o Antonio Bescós de Senegüé, se iba a buscarlo a Orós Bajo, donde estas casas acudían a venderlo; se bajaban con las caballerías y botos de 5 decalitros para su traslado. Si el vino era de Casa Marquitos de Biescas, se acudía allí mismo a buscarlo. Los vinos procedían de las comarcas de Rioja, Cariñena o Somontano de Barbastro.

En Espierre, como en los pueblos de su entorno, cada casa, tenía su horno, donde se amasaba y cocía el pan. Para su elaboración, se llevaba el trigo al molino de Biescas; la harina se cernía con cedazo o torno; el torno clasificaba la harina por departamentos en donde se encontraba la harina pura, el menudillo y el salvado. La víspera, en una vacía se dejaba preparada la levadura para añadirla a la masa. A la mañana siguiente, se calentaba agua y se hacía la mezcla de harina con la levadura. Paralelamente se calentaba el horno y cuando este estaba a punto, se ponían los panes para su cocción. Estos panes tenían un peso aproximado de 3 kilos y la hornada se hacía para un período de quince días. Junto con los panes se solía hacer algunas tortas de aceite y azúcar y también de chicharrones con la manteca rancia del cerdo.

La matacía constituye en los pueblos altoaragoneses una especie de rito festivo, en el que participa de forma directa la familia más allegada; tenía lugar en los meses de Diciembre o Enero y no es de extrañar, que en los dos días que duraba, estuvieran presentes en las comidas de 12 a 15 personas.

Antes de iniciar la matanza del cerdo o cerdos (pues en algunas casas se mataban dos), se tenía por costumbre el tomar una copita de anís, con pastas o pan tostado. En algunos casos, se aprovechaba también para sacrificar un macho cabrío o cabra, salando la carne para el consumo en los meses de verano; si no se guardaba como cecina, se mezclaba con la carne de cerdo, para hacer más longanizas, chorizos, etc.

Las mujeres eran las encargadas de hacer el mondongo. El primer día hacían las tortetas y morcillas. Para lavar las entrañas de los animales, se iba al río (distante media hora del pueblo), debiendo caminar algunos años entre la nieve. Era normal, por la época del año, que se tuviera que hacer fogatas, junto al río, para poder combatir el frío. Al regreso, para templar el cuerpo, se almorzaba; consistía en una fritada de hígado, cebolla, chicharros y mollejas. La comida del mediodía, consistía en judías estofadas, chuletas del mismo cerdo, todo ello regado con vino y café.

El segundo día, se hacían las longanizas, chorizos, salchichones, bispo (cabeza de cerdo, piel, tocino, papera de la cabeza) y escolaneta (arroz y pasta de la morcilla); se hervía en recipientes y se colgaba en la cocina. Se preparaban los jamones y se salaban. La comida del segundo día constaba de pollo, conejo, paella, postres, café y licores.

En tiempos de caza, se abatían jabalíes, liebres, conejos (estos escasos), perdices y codornices.

Espierre siempre contó con carpinteros, albañiles y yeseros.

El Sr. Román (Casa Ferrería) y Sr. Antonio (Casa Soro), se dedicaban a la carpintería; eran unos verdaderos artesanos de la madera; hacían todo tipo de trabajos a mano, con útiles primitivos, muchos de los cuales (cepillos, martillos, sierras, garlopas) habían sido fabricados por ellos. Sus trabajos abarcaban un amplia zona de pueblos, donde sus servicios eran requeridos. El Sr. Román, era el encargado de hacer los ataúdes, no solo del pueblo, sino de los pueblos cercanos. Otro de sus trabajos, era la confección de toneles para guardar el vino; para los mismos empleaba las maderas más adecuadas como son el cerezo o el roble. En los trabajos normales, se cortaban pinos de 4 m., abatiéndolos con el hacha. Se troceaba en su mitad (2 m) con sierra a mano. Se cuadraban los trozos de 2 m con hacha y de allí se hacían las tablas, de acuerdo con las necesidades de cada momento. Normalmente la talla de estos pinos se hacía en los meses de invierno, que es cuando se rezuma la sabia.

Para los trabajos de albañilería y yesería, había más mano de obra; además de los Sres. Román y Antonio (que también abarcaban estas modalidades), había los Sres. Tomás (Casa Basilio), Francisco (Casa Asora) y Vicente (Casa Ignacio), estos tres últimos del vecino Barbenuta. Todos ellos se cuidaban de hacer los remiendos de casas, bordas y pajares, como también de nuevas viviendas.

En el pueblo no había herrero; había local habilitado, para estos menesteres en Barbenuta; subía un herrero de Biescas, apodado Gangón, cada quince días. Los trabajos más usuales eran herrar las caballerías, aluziar las rejas del arado, picos, azadones, hachas y demás útiles. A este herrero, se le contrataba por una cantidad anual, de acuerdo con las necesidades de cada vecino y el pago se hacía en trigo, una vez recogida la cosecha, con medidas de cuartales o fanegas de acuerdo con el trato subscrito.

La producción del campo era escasa, pues apenas cubría las propias necesidades; consistía en trigo, cebada, patatas, y en especial pipirigallo (trapadella), tefla (alimento para el ganado), alfalfa y prado. Todo era de secano, a excepción de algunos trozos, que se regaban con acequias que aportaban agua de los manantiales del monte Erata y que generalmente se secaban en verano.

La hierba era toda cortada a mano y se dejaba secar en el campo, acarreándola posteriormente con las caballerías a los pajares. Para buscar mayor rentabilidad, las partidas de campo, que habían sido trabajadas, se les dejaba descansar al año siguiente, buscando con esta rotación, que se hacía cada año, una mayor productividad. Las tierras, se abonaban con el estiércol que se recogía de las cuadras; todos los trabajos eran manuales o empleando medios muy rústicos; la recolección del trigo se hacía con hoces y posteriormente ya se empleó la dalla (que en aquellos años, constituía para el labrador una especie de lujo); venía después el atado de las gavillas para su posterior traslado a las eras; se empleaba trillos de pedreña, que hacían los mismos carpinteros del pueblo; la confección de estos trillos era una verdadera labor artesanal, que requería mucha destreza, paciencia y tiempo. El aventado (separación del trigo de la paja), se hacía a la tarde, aprovechando la brisa vespertina.

Todos estos trabajos del campo eran muy sacrificados, pues a la natural carencia de útiles apropiados, se unía la desigualdad del terreno; los caminos de herradura, malos y llenos de piedra, y el transporte que únicamente podía hacerse con las caballerías, lo que daba lugar a tener que dedicar muchas horas complementarias.

Cada año, del monte común (propiedad del Estado), el guarda forestal, indicaba los pinos y robles, que deberían ser talados, para el consumo de madera y leña; estos árboles eran marcados, haciéndoles un corte lateral con el hacha y se les estampaba las letras P.F. (patrimonio forestal). Cuando el guarda había hecho la selección, iba un vecino de cada casa y se procedía a seleccionarlos por lotes, sorteándose a continuación, quedando asignado a cada casa, lo que debía cortar, para el uso de sus necesidades.

Hay una parte del monte que es de la comunidad de vecinos; se rige por una sociedad, cuyo capital está distribuido en acciones entre el vecindario. Normalmente, la tala de madera se hacía y se hace, cada diez años. El talado de la madera ha de solicitarse oficialmente; en el supuesto de que exista más de un comprador, se subasta la tala al mejor postor; los precios ofertados, han de tener la aquiescencia de todos los miembros de la comunidad, lo que originaba, en ocasiones, muchos problemas a la hora de aunar criterios.

Cada casa solía disponer de dos mulos para los trabajos del campo y uno o dos de recría. Los de recría se compraban cuando tenían un año y sobre el año 1950 se valoraban entre 5 a 10.000 ptas. cada uno. Al segundo año, se les domaba y castraba. En el tercer año ya trabajaban. Entre este año y el cuarto, se llevaban a las ferias de San Andrés (Huesca), Jaca o Biescas, para su venta. El precio de transacción era de tres o cuatro veces superior al de su adquisición y los compradores eran en su mayoría franceses, catalanes o de la propia provincia.

Otra fuente de ingresos lo constituía el ganado lanar; cada casa disponía de 50 a 100 cabezas. Este ganado iba a la Tierra Baja, desde primeros de Noviembre, hasta bien entrado Mayo. Si los pastos se buscaban en Zaragoza, marchaba toda la cabaña del pueblo, con la de un ganadero de Ainielle y se quedaban en monte Sedero, junto a Torrero. El pago se hacía a prorrateo, según la cantidad de animales que aportaba cada casa. Si iban a la provincia, se pastaban los pueblos de Monflorite, Siétamo, Alcalá del Obispo, Loporzano, Ponzano, Velillas y Almudévar. El ganado se repartía por las tierras de los propietarios de estos pueblos y cada propietario, se cuidaba del ganado que pastaba en sus propiedades. El pago consistía en la mitad del valor de la lana (cuando se esquilaban), así como la mitad de las crías nacidas durante esos meses de pasto.

Para iniciar la marcha de la cabaña a Tierra Baja, se concentraban los ganaderos, en una casa llamada Ventorrillo, junto al puente de Oliván. Allí se hacía una buena pastorada y a primeras horas del día siguiente, iniciaban el descenso.

A la subida del ganado,ya entrado el buen tiempo, se procedía a esquilar el ganado, rematando al término del mismo con una buena comida, en la que se celebraba tanto el fin de este trabajo, como la llegada de la cabáña a tierras altas. Con la lana, se hacía toda clase de ropa de abrigo, corriendo a cargo de las mujeres, el cardado, torcido e hilado de la lana. En el buen tiempo, el ganado dormía en el campo, haciendo una rotación constante por parcelas, para dejar todas las tierras abonadas con los excrementos; el propietario de la finca pernoctaba el ganado, era el encargado de su cuidado.

En los meses que el ganado dormía en el campo, las mujeres iban a ordeñar las ovejas y aprovechaban para hacer quesos; con los quesos ya contorneados, los residuos sobrantes eran aprovechados para hacer sopas; a estas sopas se le llamaba «sericueta».

También era importante la existencia de ganado vacuno, presente en todas las casas y dedicado principalmente a la cría de terneros que posteriormente eran vendidos. A partir de Mayo pastaban en el monte, hasta la llegada del mal tiempo, en que eran retenidos en los corrales. Durante el tiempo en que pastaban en el monte, se contrataba un vaquero para su custodia y el pago se hacía a prorrateo de los animales que cada casa aportaba.

Continuará