Andan las cabezas de nuestros niños repletas de imágenes de violencia que les llegan desde todos los confines de la pequeña pantalla a todas las horas. Violentos nacidos en Japón, Europa o Estados Unidos, repletos de tics gráficos y estereotipados de concepto. Por ello la vuelta a algunos de nuestros más clásicos cuentos de infancia se me antoja totalmente saludable y reparadora para tanta mente cortada con patrones escasamente recomendables.
Y si es bueno recuperar algo tan clásico como el Pinocho no es menos saludable y reparador despojarlo de grafismos manidos y presentarlo a los niños de este final de milenio traducido a uno de los lenguajes gráficos más sólidos del siglo XX: el de Antonio Saura.
El Museo Castillo de Larrés, símbolo de lo que un grupo de personas dedicadas puede llegar a hacer por su comunidad, acoge entre el 20 de julio y el 15 de septiembre una obra ciertamente singular. Las ilustraciones que Antonio Saura ha realizado para un cuento, Pinocho, paradigma de acumulación de desgracias sobre una especie de niño de madera, del todo apto para quienes pasaron su infancia entre los ruidos de los bombardeos y los no menos sordos sonidos de los odios. Antonio Saura, en la presentación de la exposición que se celebra en Larrés, habló de dibujo y de niños y de desgracias.
El sentido trágico de la realidad y su afán por la monstruosidad como sistema de representación presentes en la totalidad de la trayecto ria pictórica de Antonio Saura, ha debido dar paso, a la hora de ilustrar su particular Pinocho, a nuevos modos gráficos que, por otro lado, no podían andar excesivamente distantes de sus planteamientos habituales. Los dibujos y pinturas de Saura y de todos los artistas, además de atender a las servidumbres que en cada ocasión hayan de contemplar, han de ser primeramente dibujos y pinturas propios, en este caso de Saura.
Y sin duda lo son. Ha de reconocerse el esfuerzo añadido que tuvo que realizar el pintor a la hora de conseguir -que sin duda lo hace- que el grafismo interese a los niños. Con frecuencia, a la vista de las ilustraciones de algunos cuentos, corre uno el riesgo de pensar que los dibujantes consideran que los niños son hombres por debajo de lo normal. Que les queda mucho por aprender para utilizar adecuadamente el complejo mundo de la imagen.
Saura sabe que no tiene nada que ver el modo de los adultos con el de los niños y en la ilustración de Pinocho lo demuestra. Sin pretender imitar la manera infantil, las viñetas del pintor oscense consiguen una aproximación real al lenguaje gráfico de la infancia, sin ridiculizarlo, porque el planteamiento se realiza desde un total respeto a un sistema de transmisión que es simplemente diverso al de los adultos y propio de la infancia.