Los carlistas en el Pirineo según la tradición oral

El Alto Aragón durante la primera guerra carlista se le ha llegado a llamar El Vedado de la Reina, sin embargo, también es cierto que historiadores como Melchor Ferrer han dicho: "En este vedado entraron muchas veces a cazar los batallones navarros, las partidas catalanas y las procedentes del Bajo Aragón".
Humildemente y escuchando a las gentes de estas montañas lo reafirmo: las gentes de Bernués, de Serué, de Barbenuta, de Gésera, de Artosilla o de Fanlo, por citar aldeas en las que he hablado de este asunto, tuvieron que correr en más de una ocasión para esconder sus escasos alimentos, ante la hambruna carlista.

En mayo de 1837 penetró desde Navarra, a través del Valle del Aragón, la Expedición Real mandada por el propio Don Carlos y el infante Don Sebastián. Tras ser bien acogidos en Huesca por el pueblo, el cabildo y el ayuntamiento, la expedición no supo rentabilizar el éxito inicial. Acosada por las tropas isabelinas, sufrió una aparatosa derrota en p leno Somontano de Barbastro. Los supervivientes mudaron rápidamente de oficio perdiéndose por los caminos de la Sierra de Guara y se convirtieron sin escrúpulos.

Tropas sin rumbo y sin disciplina; por una provincia accidentada en la que Madoz decía en 1847 que ningún habitante tenía "ni más salario, ni más beneficio que el de su propio alimento", fortalecieron un bandolerismo endémico al que se combatió incluso con batidas generales (1841).
Al hilo de lo dicho, en el Archivo Diocesano de Jaca se conserva una carta del 20 de junio de 1839 en la que el cura de Yebra escribe al señor obispo refiriéndole las vejaciones que, a comienzos de dicho mes, habían sufrido su tío, el cura de Ipiés, y su casera, a manos de siete bandoleros disfrazados de carabineros: "Lo atan con la mayor violencia, y hacen lo mismo con la casera, y le presentan al cuello cuatro puñales y al pecho dos fusiles, y le piden dos mil duros, o de no darlos que su cabeza va a ser cortada".
Ot ro suceso parecido, y de las mismas fechas, fue el que aconteció no muy lejos de Ipiés, en el pueblo de Lasieso. Allí, me contó un informante, que llegaron un domingo cuatro o cinco "trabuqueros", cuando la feligresía oía misa, y cerraron por fuera las puertas del templo. Hicieron salir solamente al cura y le robaron todo el dinero que guardaba. Hasta que los bandoleros no desaparecieron, no pudieron salir los de Lasieso.

Ricardo del Arco, en sus Notas del Folklore altoaragonés, recogió una copla alusiva a la Expedición Real por el Alto Aragón: "Desde Sierra de Salinas/ se divisan los disparos/ de la Gente de Don Carlos/ que intentan entrar en Barbastro".
Tal vez vinculado con esta expedición, llegó a mis oídos un eco guardado en el pie de monte de San Juan de la Peña, más concretamente en Botaya, aldea de la que, por cierto, se dice que las gallinas eran tan vergonzosas que se escondían para mear. En este pueblecito cargado de románico y de leyenda, Leonardo Portaña, nacido en 1904, recordaba de sus mayores la siguiente copla: "Los carlistas de Ayerbe/ la contribución cobraron/ pero en el lugar de Luna,/ no corrieron;/ que volaron".
Carlistas o viejos soldados echados al monte en tropelía, atemorizaron, como vamos a seguir viendo, con sus ires y venires a aquellas aldeas montañesas: Aurelio vive plácidamente su jubilación en Anzánigo y recuerda cómo su abuela María contaba que los gitanos y los carlistas eran de la misma madera y que, cuando se anunciaba su llegada, todo el mundo marchaba al monte a esconder lo que tenía de valor.
En Escartín, una antepasada de mi padre, Manuela de Casa Lacasa, había bajado a una borda de los huertos, próxima a la Fuente de los moros, a hacer la colada con otras mujeres.
Debieron de tener mucha faena porque se les hicieron las tantas de la noche en aquella impresionante barranquera. El miedo adormecido rasgó las composturas cuando oyeron pasar un zapatiau de gentes que no eran otr a cosa sino los carlistas.
En Serué, me contaba Hortensia Piedrafita, durante las guerras carlistas, como no había aceite, salaban la manteca de cerdo y la guardaban. Sin embargo, cuando había mucho movimiento de tropas, la cogían y la escondían en un agujero de una roca que había en la loma de San Andrés, en la cumbre de la Sierra de Monrepós.
En Barbenuta, según había oído Concepción Otal, lo que se escondía eran las propias personas, que lo hacba½÷½das½÷ós dqs d½÷l÷s h÷s÷os½dos‘÷e.Jn÷é÷Ot½ Otín, de Artosilla, en la mísera Guarguera donde se enseñoreaba el propio diablo, oyó contar que los carlistas venían desde Navarra y que cuando llegaban a las inmediaciones del pueblo sus gentes corrían a esconder los jarrones a la cueva La Espelunga, también en la sierra.
En Gésera y en el mismo valle del Guarga, cuando el padre de Santos Orduna era pequeño, al llegar los carlistas, todas las gentes huían y sólo se quedaban en las casas los críos más pequeños. En ciert a ocasión acamparon las tropas en la faja de Casa Mairal y cuando las criaturas "cucutiaban por as ventanas " los soldados hacían el ceño de dispararles.
José Buisán, nacido en Fanlo en 1904, oyó que una vez echaron los carlistas el alto a una mujer que cuidaba el ganado con un niño, en la partida Comal y al no detenerse ésta, abrieron fuego y falleció.

Sin embargo, cuando recogemos información oral sobre el carlismo en estos valles hay un centro temático que emerge constantemente: el del cura asociado a tesoros y al enriquecimiento de alguna familia.

Tras Fernando VII el liberalismo se encargó de desmontar progresivamente, a través de desamortizaciones y constituciones, el Antiguo Régimen; en suma, el mundo feudal todavía vivo en España.

El clero, que desde la cercana Revolución francesa veía caer sus seculares privilegios, no dejó de mostrar su descontento tal como se comprueba en el Archivo Diocesano de Jaca. Así, por ejemplo, el cura de Aini elle y Berbusa se lamentaba ante el obispo de la laicidad de los tiempos y de carecer, incluso, de leña para afrontar el crudo invierno.
En aquel contexto no resultaba nada extraño que los párrocos se apuntasen al carlismo como tabla de salvación y que el mito de la guerra los convirtiese en guardianes de tesoros.
Así, en Latas, cerca de Sabiñánigo, cuentan que cuando pasaron los carlistas, éstos escondieron dinero dentro de una hoya que enterraron en el huerto del cura. Pasados los años, los de Casa Escolano picaron todo el solar pero no encontraron nada (Esteban Villacampa, 1914, Latas).
Algunos curas de La Litera y de Ribagorza se echaron al monte con partidas para reivindicar el tradicionalismo; es el caso del cura de Viacamp o el de otro párroco, que la tradición oral sitúa en Castejón de Sos.
Dicen las fuentes orales que en la vieja iglesia y en la abadía de Castejón estuvieron los carlistas ocho días porque el cura era "cómplice y cabecilla".
A l parecer, en estos años, el párroco amasó alguna fortuna proveniente de las acciones de guerra. Su casera, que era a la vez sobrina, cuando murió éste, la heredó y se fue a casar a Casa Morancho de Liri. Pasaron los años y ella no dijo nada del tesoro. Lo mantuvo enterrado y sólo al sentirse morir informó de él a sus hijos. Esta es la justificación, según dicen, de que la citada casa de Liri comenzara de repente una pujante andadura económica.

Del carlismo y de los tesoros he recogido otra historia en Chía. Dicen que en la casa infanzona de los Gabás recalaban siempre las tropas carlistas pagando siempre la estancia en oro. Dicen también que desde entonces la casa alcanzó un apogeo insólito (F.M.S., 1909, Liri).

No les iba tan bien a los del Reino de Sallent con los carlistas, pues según Antonio Fanlo, su abuelo era un "carlistón" que casi llevó la hacienda a la ruina por su filiación política. "Todo le parecía poco para los carlistas" - me decía. "Tenía mos apalabrado casi todo el Monte de Alfajarin y no se pudo rematar por su culpa" -añadía. Con visión histórica, no debe de resultar extraño que una familia tan pudiente e infanzona como el Reino tomase partido con el carlismo, representante de los privilegios del Antiguo Régimen, como tampoco debe de resultar extraño que mi informante, en la pasada guerra civil, organizase en el Ejército Nacional los denominados Voluntarios del Valle de Tena. Tanto su abuelo "carlistón" como él arriesgaron, aunque el uno saliera trasquilado y el otro beneficiado.

Vinculado al mismo centro temático es el siguiente suceso ocurrido en Biescas: "Casa Domingo Escartín era una de las más fuertes del pueblo. Tenía doce o catorce mulas. Cuando 105 carlistas perdieron la última guerra venían cargados con oro desde Cataluña camino del País Vasco. Un criado de esa casa robó bastante oro y desapareció durante medio año. Al regreso se hizo una casa donde está el actual comercio de Casa Marqui tos. Cuando llegó la guerra civil de 1936 un capitán de milicianos, que algo debía de saber, precintó la casa impidiendo que fuese saqueada y quemada". (E.A.A., 1894, Biescas).

Para finalizar la andanza carlista, he de decir que los valles limítrofes con Navarra estaban más conexionados, para bien o para mal, con los flujos tradicionalistas.
Así, en Ansó, los de Casa Cocorro eran familia de un jefe carlista de la zona de Isaba. Por eso, cuando sus tropas llegaban a esta vil÷¥pe÷apetaban todo y no pagaban tributo alguno.
En cambio, en Berdún, sus gentes estaban atemorizadas pues las tropas secuestraban a las mujeres y luego pedían rescate en dinero o en bueyes. En una ocasión en Casa Conejo, se llevaron a una mujer que estaba amasando y días después pidieron por ella treinta duros, que los familiares pagaron puntualmente en Castillonuevo, aldea navarra situada en la cara norte de la sierra de Leyre. Tanto era el miedo que tenían a los carlistas los de Berd ún que llegaron a entabicar a algunas personas buscadas por los carlistas.