Junto a cadiera, una sociedad en extinción

Imagen de Marcuello Servós, Chaime

La sociedad tradicional de Serrablo se ha convertido en una pieza rara. Las cosas de siempre, los hábitos que fueron cotidianos casi han dejado -sin el casi- de existir. Ahora son cosas del museo de Artes Populares, dentro de unos años serán materia de arqueólogos y, si seguimos a este ritmo, en un par de décadas puede que sólo preocupen a los paleontólogos.

Ante ello caben al menos dos actitudes, una la nostalgia otra la despreocupación. La nostalgia nos conduce a recrear idealistícamente lo que las cosas fueron. Como si los tiempos pasados hubieran sido mejores y con su memoria nuestros recuerdos nos reavivaran el ánimo. Pero desde la nostalgia no se puede hacer nada por cambiar el rumbo. La nostalgia mira al pasado y allí se instala, como si no existiera futuro al que adelantarse. Recordar es bueno, en tanto que nos pone en marcha para caminar, para orientar el presente de nuestra sociedad de manera que no se repitan los errores. Pero es negativo si nos paral iza y nos estanca en lo que ya nunca más será.

Por otra parte, la despreocupación ubic{nÿalï algún extremo opuesto a la nostalgia. En alguna parte, no se sabe dónde. Puede mirar o no al futuro, no importa. Desde luego, al pasado, todavía menos. La despreocupación se instala en lo efímero, se sienta a la grupa de cada momento y deja pasar los instantes -siempre irrepetibles- como si la vida no le fuera en ello. Si la sociedad tradicional desaparece, qué más da, otra vendrá. Allá ella. La despreocupación enlaza fácilmente con las pautas de consumo de nuestra sociedad actual. La industrialización trajo consigo una revolución silenciosa que ha transformado profundamente la vida social de los países occidentales, obviamente también la vida serrablesa. La lógica del mercado, como cálculo de rentabilidades, de maximizaciones de los beneficios ha privatizado las preocupaciones e individualizado los usos fragmentando la vida cotidiana. La despreocupación se convierte en u na válvula de escape como mecanismo de defensa ante la impotencia diaria.

Pero también hay otras actitudes posibles. Entre la nostalgia y la despreocupación proponemos un equilibrio tejido a base de interés, memoria y ocupación. Es un equilibrio inestable y frágil. Merece la pena preocuparse de las raíces para entender mejor por qué son las cosas como son.

Comprender y comprendemos más a fondo para así actuar con más conciencia en el hoy. La memoria es una buena compañera. Las gentes que caen en la amnesia se pierden, se confunden y se desorientan. La memoria es una de las fibras básicas con las que trabajar en el presente. Pero es una tarea en la que hay que ocuparse. Reclama la acción, la puesta en marcha del verbo hacer.

La sociedad serrablesa, rural desde siglos, se modificó con la industrialización de esta centuria. Y desapareció, para convertirse en otra cosa. Ahora sólo quedan rescoldos de lo viejo. Algunos los tenemos cerca. Nuestros mayo res y los que van camino de ello son las últimas piezas vivas. Desde ellos podemos vencer a la nostalgia, a la despreocupación y recrear el presente. La forma de retejer esa memoria casi extinguida es recuperando palabras, enseres y fragmentos de la vida de antes.

Porque las buenas conversaciones no se olvidan. Dejan huella, casan y se transmiten. Por eso quiero retejer una parte de esa sociedad que se extingue. Hace tiempo hablaba con Miguel, un buen amigo. Es un hombre enjuto, curtido por el sol, con algo más de sesenta años. Sus manos están talladas por el trabajo duro, es agricultor de siempre. Sus ojos, pequeños, se esconden llenos de sabiduría. En su pueblo, ahora quedan tres personas y él es el joven. Junto a la estufa de leña charlábamos de sus años "mozos", de la vida de antes, de eso que llamamos "lo tradicional".

Miguel forma parte del Serrablo en extinción. Las raíces de nuestra tierra se confunden con las de su casa. Me decía que desde el si glo X en el pueblo eran dos fuegos, como consta en unos papeles que le enseñó un cura hace ya tiempo. Miguel y la gente de su generación son un libro abierto para leer la evolución de nuestra sociedad. De niño sufrió la barbarie de la guerra civil, de joven las penurias de la postguerra y en su adultez la llegada de la revolución industrial, los cambios, la democracia... Su horizonte se transformó. Antes el mundo era abarcable, se reducía a los seis o siete pueblos circundantes. Las noticias de otras tierras lejanas formaban parte de la nebulosa mítica de algunos -quizá intrépidos- que habían emigrado a las Américas, o a pelear a las guerras, la de Cuba, la de Africa. De los adelantos del mundo llegaban al pueblo lo que los pastores subían de la Tierra Baja y las novedades que aparecían en el núcleo industrial de Sabiñánigo. El quehacer cotidiano repetía lo que siempre se había hecho. Cada época del año tenía sus labores. Las fiestas llegaban puntuales, se deseaba acudir a las ferias, conocer otras gentes, buscar mozas casaderas, descubrir las cosas del progreso.

Pero la vida era dura, muy dura. Tanto si lo vemos desde la inmovilidad social, las jerarquías familiares, la escasez, como si la juzgamos desde el bienestar de las calefacciones, de la luz eléctrica, el teléfono de hoy.

Nuestro presente es privilegiado, aun sabiendo las dificultades de muchos. No caben las añoranzas de una forma de existir que ahora nos parecería insoportable. En unas décadas, Miguel y su generación pasó del subdesarrollo a las ventajas de los países desarrollados. De la economía del "no gastar", al consumo exagerado. De las cosas claras a un chocolate demasiado espeso y difícil de digerir. Porque ni todo lo de antes era bueno ni todo horroroso, también tenía su riqueza. Un tesoro distinto al bienestar material que no podemos perder. Saber que la vida no se vive más por ir muy deprisa, que no se tiene más felicidad por poseer más cosas, que no se es mejor por gastar más, que vale la pena conversar con otros, que sí sirven los viejos, que tenemos que tratar el mundo con cuidado porque no es nuestro. La gente de los pueblos sabe que hay que "resacar" las fuentes y no dejar que se pierdan porque si no dónde beberemos después. Formamos parte de un todo donde no vale decir "el que venga detrás que arree".

Con Miguel uno aprende algo que no está en los libros. Se aprende sabiduría de la que se esconde en los rincones callados de la Humanidad, lejos del mundo de las apreturas y aceleraciones. Se aprende que tanto estress no es bueno para nadie. Se aprende que merece la pena sentarse tranquilamente junto al fuego, charlar un rato, cambiar de gusto la saliva e intentar pensar en cosas nuevas para hacer, eso sí, sin querer correr para llegar antes que ningún otro. ¿Adónde vamos con tanta prisa?

En la conversación con Miguel en la "cadiera" de su cocina no intentábamos idealizar lo que antes se vivía, sobr e todo hablando de los montañeses y su entorno social. No eran -ni son- angelitos. La susceptibilidad, el recelo marcaban a una sociedad cerrada como la tradicional, la gente que los trataba decía "montañés y gorrión, estacazo y a o capazo". Las dificultades eran tantas que para sobrevivir no se podían fiar ni de su sombra. El balance final de esos años mozos era paradójico. Por una parte, rechazo de las malas condiciones de vida y, por otra, el anhelo de la vitalidad que ha emigrado a otros lugares. Ese es el dolor que más molesta. En épocas pasadas, cuando la existencia era más difícil, no faltaban habitantes, ahora sobra espacio. Las eras están vacías. No hay niños en las calles. Sólo se escucha el paso silencioso de las horas. Con el progreso se ha marchado la vida de los pueblos. Se ha escapado, justo cuando es más fácil: hay luz eléctrica, agua corriente, una carretera mediana -casi tantos baches como asfalto-, hasta se puede poner un "fax" o un "modem" si se quiere. Los campos dan más cosechas que nunca, sobra colesterol y falta juventud. Justo cuando todo es más fácil.

La nostalgia no dirá si nos tenemos que quedar con los brazos cruzados o hacer algo más. La despreocupación ni siquiera se lo planteará. Es necesario cuestionarse y buscar respuestas a muchos porqués. ¿Por qué se ha ido vida de los pueblos de Serrablo? ¿Por qué se ha quedado esta tierra vacía? ¿Qué podemos hacer?

Hemos propuesto un equilibrio tejido a base de interés, memoria y ocupación. El mejor ejemplo, y no es chauvinismo, son los cien números de este boletín y la labor que hay tras ellos desde Amigos de Serrablo. A medida que el interés de unas pocas personas del país y otras de fuera cuajó, paciente y denonadamente se han ido dando respuestas. Así, desde la ocupación, la memoria se ha rescatado, recreado y revitalizado. La sociedad serrablesa tradicional perdurará lejos del olvido.