Cuando el pasado 18 de agosto dejaba la vida Julio Caro Baroja en los muros -sus muros, los de los Baroja- de Itzea, desaparecía una de las figuras más destacadas de este siglo en el campo del pensamiento, de la historia, de la etnografía, de la etnohistoria, del -en definitiva- humanismo genéricamente entendido, de lo humano desde su visión más particular y personal.
Nacido en Madrid el 13 de noviembre de 1914, vivió desde la más temprana edad en un ambiente propicio para el desarrollo de las actividades y de las disciplinas que practicó a lo largo de su trayectoria y de su devenir diario. Un hombre con una dilatada y sorprendente vida que se asombraba en sus cercanos sesenta años de "haber vivido tanto", como apuntaba en uno de sus más interesantes y fundamentales libros de toda su producción literaria, en un volumen que supuso una de las primeras incursiones que en el campo de las memorias se realizaba, como se puede constatar en Los Baroja (1972), imp ortante y destacado texto por su tratamiento, por la época y las circunstancias del momento de elaboración y redacción, por la temática abordada y por el modo de exponerla o, entre otros muchos valores, por la intrahistoria que todas y cada una de las páginas contienen, en las que el mundo barojiano y el de sus muchas experiencias en el campo de lo etnológico, de la cultura tradicional a la que consagró su vida desde su más pronta juventud, salpican las líneas, los párrafos, los ojos vivos y vividos, expectantes y sentidos, de Julio Caro Baroja.
Su vida transcurrió en todo momento entre Madrid y Vera de Bidasoa, entre la capital y ese rincón del Pirineo navarro fronterizo con las tierras francesas en donde vivió y entresacó todas las esencias y virtudes del campo y de sus moradores, del hombre y su relación con el entorno natural, de lo elaborado por el ser humano con las posibilidades que la naturaleza pone a su alcance. Lugar destacado de Vera de Bidasoa, de Itzea -"la casa" en traducción del vasco- en esos muros donde convivían los muchos recuerdos, enseres y libros que, poco a poco y desde 1912 -año en que la compró Pío Baroja-, habían ido depositando sus familiares más directos y queridos, en especial su tío Pío. Esos seres cercanos con los que pasó su infancia y que le marcaron y dejaron profunda huella para su posterior vida y dedicación, como eran sus tíos, el novelista Pío y el pintor Ricardo, su abuelo e incansable viajero Serafín, su culta y amante de la música madre, y su padre siempre envuelto en los papeles de la editorial. De todos ellos sacaría fruto y enseñanza, en ese ambiente propicio fue creciendo e instruyéndose en unos años, los primeros de su vida, en los que la salud no le acompañó en todo momento, pero que aprovechó para dedicarse al estudio y a la lectura, bases que le abrieron los ojos y le hicieron ver más allá de lo que entrevea cualquier otro ojo, que le posibilitaron el adentrarse en otros aspectos y ten er una apertura hacia nuevos asuntos, hacia los puntos y los temas a abordar, que le facilitaron las interrelaciones y la comprensión del hombre y de sus varias y variadas actividades tanto físicas como espirituales.
Unos primeros años en la casa, en Itzea, en Vera, donde comprendió y vislumbró la necesidad -ante la inminente desaparición de los valores del hombre y de todo lo que le rodeaba- de estudiar todo aquello relativo a la cultura tradicional, esos asuntos y temas que se estaban perdiendo vertiginosamente, sobre todo a partir de la guerra civil, y que le llevaron a vaticinar que éramos la última generación en poder ver, estudiar y plasmar gráficamente aquellos elementos y manifestaciones otrora habituales. Ese rincón navarro, -y esa casa, entendida ésta tanto desde su importancia física y constructiva, como desde su función aglutinadora de la familia, de sus posesiones y de sus creencias y/o supersticiones-, en el que desarrolló sus primeros trabajos e investig aciones, como lo demuestra el ensayo titulado "Algunas notas sobre la casa en la villa de Lesaka" (1929), publicado cuando contaba con tan sólo quince años en el Anuario de Eusko-Folklore. Gustos y dedicación apreciados por su tío, quien fomentó sus inquietudes y sus contactos con los estudiosos coetáneos de la cultura tradicional, tales como Telesforo de Aranzadi o su maestro José Miguel de Barandiarán.
Inicio de una singladura, de un largo itinerar en esos asuntos relativos al hombre y a su cultura, siendo el primero en abrir el camino al estudio de la gran mayoría de los temas que con posterioridad tanto se han tratado y divulgado, así como de otros únicos en su materia, de los que no existe más bibliografía que la de Caro Baroja, que los textos elaborados por este hombre sabio, meticuloso, concienzudo y profundo. Primeros trabajos que se compaginaron con sus estudios universitarios en Madrid entre los años 1932 y 1940, a excepción del trienio de la gu erra civil que los interrumpe como consecuencia de ésta. Concluida su licenciatura, y terminado su doctorado en 1942 -ambos con premio extraordinario-, obtiene al año siguiente la plaza de ayudante de Historia Antigua de España y de Dialectología en la Universidad de Madrid, de las que cesa en 1945, dando inicio asimismo sus colaboraciones en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, tanto en el marco del Instituto Bernardino de Sahagún como en el Centro de Estudio de Etnología Peninsular.
En esas mismas fechas comienza a trabajar en otra de las parcelas por la que también sintió predilección y a la que dedicó varios años de trabajo y estudio: la museografia. Nombrado en 1944 director del Museo del Pueblo Español de Madrid, cargo que desempeñó durante una década, redactó y editó en el marco de las publicaciones del propio centro museográfico el «Proyecto para una instalación al aire libre del Museo del Pueblo Español de Madrid», texto rescatado años m ás tarde (1986) bajo el título de «Museos imaginados», en donde se añadían sus últimas impresiones y metodologías a emplear en materia de museos y su relación con la cultura popular.
A la par sigue desarrollando sus investigaciones, sus diversos trabajos de campo por los distintos lugares de España que le proporcionarán los datos y los elementos fundamentales para la elaboración de sus posteriores e inigualables libros, como lo son «Los pueblos de España» (1946), «Los vascos o Análisis de la cultura» (1949). Son los años en los que conoce y se relaciona con otros profesionales y estudiosos de la antropología, como son los casos de Julian Pitt- Rivers y de Evans-Pritchard -este último mientras disfrutaba de una beca en Oxford en el año 1952-. No obstante, sus trabajos no sólo se circunscriben al área peninsular, realizando una amplia y exhaustiva labor de campo por el Sahara y Marruecos durante 1953, investigación etnohistórica que se centró e n los nómadas del desierto y que tuvo como fruto la publicación en 1955 de sus Estudios saharianos (reeditado en 1990). Así pues, va desarrollando su labor y entablando diversas amistades y contactos, como los mantenidos hasta 1955 con José Ortega y Gasset o la iniciada en 1965 con Davydd Greenwood. Labor callada y solitaria, basada en su propios puntos de mira y de pensamiento, ya que no se encuadraba con nada ni con nadie, sólo con su razón y con su trabajo, lo cual le conllevó algún que otro problema de tipo político o relacionado con la Universidad.
Un trabajo callado que se refleja en la importancia y trascendencia de sus obras, abordadas desde diversos planos -histórico, etnológico, lingüístico- y en las que la fusión de temas aportaba nuevas claves en su conocimiento y en su profundización. Práctica de diversas disciplinas, entre las que no se quedaba a la zaga la de pintor y dibujante, esos trazos llenos de expresividad y de detalles que, a la vez, le servirán en sus estudios y las acompañará en alguna de sus publicaciones.
Investigaciones que se van fraguando y se van materializando en libros que han marcado un hito en las ciencias históricas y etnológicas, en los que el paulatino y minucioso trabajo de campo se compagina con la búsqueda y rastreo por los distintos archivos, dando como resultado textos de la talla de Razas, pueblos y linajes, Los moriscos en el reino de Granada (1957), el fundamental y continuamente citado Las brujas y su mundo (1961), Los judíos en la España moderna y contemporánea (1963), El Carnaval (1965), La hora navarra del siglo XVIII (1969), Inquisición, brujería y criptojudaismo (1970), o Teatro popular y magia y Ritos y mitos equívocos (1974). Títulos todos ellos entresacados de su vasta producción desarrollada a lo largo de más de diez años, en los que compagina esta actividad con la impartición de cursos o l a dirección de centros relacionados con el mundo de la etnología, ya sea en la Universidad de Coimbra (1957) o bien en la Ecole Pratique des Hautes Etudes de París (1960). Es a partir de este momento, a partir de 1975, cuando más se intensifica la vida pública de Caro Baroja, cuando más se empieza a conocer su persona y su obra, bien sea por sus libros o bien sea por los distintos medios de comunicación, en los que colabora y en donde se hacen eco de sus múltiples actividades y reconocimientos. El citado año m ÿl ÿÿÿ inicio de una nueva y larga década en la que continuamente saldrán de las máquinas impresoras libros como Brujería vasca (1975), Baile, familia y trabajo (1976), Las formas complejas de la vida religiosa: religión, sociedad y carácter en la España de los siglos XVI y XVII (1978), La estación del amor (fiestas populares de mayo a san Juan) (1979), el libro de dibujos Cuadernos de campo (1979), Tecnología popular e spañola (1983), o El estío festivo (fiestas populares de verano) (1984). Toda una amplia relación de encabezamientos y de temas, centrados fundamentalmente en el País Vasco y en España en su conjunto, si bien con un alto número de referencias y de lugares citados del primero. Todo un voluminoso conjunto de publicaciones que entre artículos, ensayos más o menos breves y libros, sobrepasan holgadamente el medio centenar de títulos, entre los que cabe destacar -además de los ya citados- Tres estudios etnográficos relativos al País Vasco (1934), Algunos mitos españoles (1941) Los pueblos del Norte de la Península Ibérica (análisis histórico-cultural) (1943), La vida rural en Vera de Bidasoa (1944), La ciudad y el campo, Romances de ciego (1966), Vidas mágicas e Inquisición (1967), El señor inquisidor y otras vidas por oficio, Estudios sobre la vida tradicional española (1968), Ensa yos sobre la literatura de cordel (1969), Etnografía histórica de Navarra (1971), Semblanzas ideales (1972), De la superstición al ateísmo (meditaciones antropológicas) (1974), Una imagen del mundo perdida, Ensayos sobre la cultura popular española (1979), Temas castizos (1980), La casa en Navarra (1982), La aurora del pensamiento antropológico (la antropología en los clásicos griegos y latinos) (1983), Paisajes y ciudades (1984), Los fundamentos del pensamiento antropológico moderno (1985), Realidad y fantasía en el mundo criminal (1986), La cara, espejo del alma: historia de la fisiognómica (1987), Sobre el mundo
ibérico-pirenaico (1988), Historia de la fisiognómica: el rostro y el carácter (1988), Palabra, sombra equívoca, Terror y terrorismo (1989), Arte visoria y otras lucubraciones pictóricas (1990), Las falsi ficaciones de la Historia (en relación con la de España) (1991), o su última obra publicada, Jardín de flores raras (1993). Libros que se complementan con otros dos compartidos, en donde se pueden rastrear 105 pasos de su vida y las formas de ver ésta: Disquisiciones antropológicas (con Emilio Temprano, 1985) y Conversaciones en Itzea (con Francisco J. Flores Arroyuelo, 1991). Una incuestionable y abultada labor que se vio reconocida y gratificada con numerosos nombramientos y premios. Así, entre los primeros cabe destacar la pertenencia, como miembro, a varias instituciones: Academia de la Lengua Vasca, Academia de Buenas Letras de Barcelona (1947), Real Academia de la Historia (1963), Royal Anthropological Institute of Great Britain and Ireland (1983) y Real Academia Española (1986). En los segundos sobresalen el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (1983), el Premio Nacional de las Letras Españolas (1985) y el internacional Men éndez y Pelayo (1989), además de otras distinciones como ser hijo predilecto de Madrid, hijo adoptivo de Navarra (1982) y Medalla de Oro de Bellas Artes (1984).
Hoy, cuando Julio Caro Baroja se ha ido, perdura para siempre su mente, sus ideas, sus obras, constituyendo uno de los pilares básicos en los que se fundamente cualquier estudio que sobre temas etnográficos, históricos, o etnohistóricos, se realicen en el futuro. Su espíritu y su persona seguirá entre nosotros por medio del recuerdo de su vida, de sus múltiples obras y de sus valiosos libros. Una persona, un nombre, que en Serrablo, en Sabiñánigo, en el Museo Angel Orensanz y Artes de Serrablo, siempre se recordará por su grata y cálida visita, por sus entusiastas y alentadoras palabras, y por la sala que a partir de hoy llevará su nombre: Julio Caro Baroja.