EXPIÓÿÿEÿtÿe ÿos _os siglos XIV y XVII, mientras en Zaragoza, y otras ciudades del Centro y Sur del Reino de Aragón, la alta nobleza, el alto clero, y los comerciantes y banqueros enriquecidos construían hermosos palacios y castillos residenciales, en los que las concesiones a la armonía, a la estética y a la belleza eran cada vez más palpables, en el montañoso Norte, los austeros infanzones de inacabables genealogías, que se remontaban a los mismísimos orígenes del Vetusto Reino, levantaban adustas torres aspilleradas -¡Realizadas según el más "antiguo modo de hacer"!-, que muy poco tenían que ver con la moda al uso; y que quedaban incluso fuera del eclecticismo de la mayor parte de los maestros - artífices- constructores de iglesias del siglo XVI. Sin embargo, en contra de la conclusión que el lector pudiera haber sacado de la afirmación precedente, existió en este tipo de arquitectura -en estas alejadas comarcas-, una evolución, estética y estructural -tal y como reza el título de este sencillo trabajo- ¡aunque, eso sí, tardía!, impuesta por la propia dinámica histórica, económica y social.
Fue D. José Cardús Llanas, el recordado médico altoaragonés, quien comenzó a llamar la atención, allá por los años cincuenta, sobre este tipo de construcciones; primero en una serie de artículos publicados en el periódico de Barbastro, El Cruzado Aragonés, y después en su conocida serie "Turismo Altoaragonés", en Heraldo de Aragón. La catalogación y enumeración de las torres, con criterio histórico global, la debemos a Cristóbal Guitart, una de las máximas autoridades en castellología hispánica, en su conocida trilogía -ya clásica- sobre los castillos aragoneses (1976 y 1988). El libro de José Garcés Romeo, Julio Gavín Moya y Enrique Satué Oliván sobre la arquitectura popular de Serrablo, es desde el punto de vista arquitectónico, de gran interés por incidir en la tradicionalidad de la arquitectura de estas torres. Por nuestra parte quedan unos trabajos monográficos de Biescas, Escuer y Lárrede, y dos sobre las torres fuertes del Campo de Jaca, dentro de la serie "Castillos y Pueblos Medievales de Aragón", y en la revista Castillos de España, en los que se abordan los aspectos histórico-arquitectónicos. En cualquier caso sólo retazos que pueden servir para una futura obra de conjunto más completa.
Las comarcas del Noroeste de Aragón fueron las más proclives a sufrir invasiones -y de hecho las sufrieron- a lo largo de varios siglos; debido a sus particulares circunstancias territoriales e históricas. No tenemos demasiadas noticias de como pudo estar protegida la Vía Romana que atravesaba el Valle de Hecho, frente a los vascones, o como serían, posteriormente, los emplazamientos de vigilancia visigodos. Tampoco las fuentes más fidedignas ofrecen información precisa de los movimientos bagaudas que convulsionaron el Pirineo y Aquitani a. Muy distinto es el caso de los primeros siglos de la invasión islámica, y de los Reinos y Condados del Norte Peninsular en esas centurias, en los que los datos referentes a fortificaciones son frecuentes.
En el siglo XIV, que es nuestro punto de partida, el Noroeste de Aragón vive una época de gran agitación social y guerrera, debido a las banderías derivadas del enfrentamiento entre los nobles partidarios del Rey, y los afines a La Unión; el bandolerismo consiguiente a la anarquía; la Peste Negra; la presión fiscal debida a la guerra con Castilla; la crisis económica en la Montaña; el conflicto intermitente con Navarra, y otros muchos sucesos que exceden del propósito de este trabajo. En el siglo XVI, cuando Navarra forme ya parte de la Corona, será la frontera pirenáica la que cree los problemas. En el XVII, de nuevo el bandolerismo; y la consecuencia más inmediata será que los altoaragoneses de estos valles septentrionales seguirán construyendo torres en sus pueblos y pardinas, como si la guerra de conquista emprendida hacía siglos por los Condes de Aragón no se hubiese terminado.
En el documento de confirmación por el Rey Jaime II -1323-, de los privilegios otorgados por Jaime I a la Villa de Ansó, se recuerda que la misma debe ser amurallada, para evitar una nueva destrucción por parte de los navarros. Ya anteriormente, los Reyes de Aragón habían fundado y fortificado el enclave de Tiermas, por la inestabilidad de la frontera navarra. La misma muralla de Jaca fue ampliada y reparada en varias ocasiones, a lo largo de la Baja Edad Media. A fines del siglo XV fueron reconstruidos y amurallados otros lugares cercanos a la frontera con Navarra, como Villarreal y Assoveral.
Otro tanto puede decirse del levantamiento de torres. A partir de 1326, los Lanuza, señores de Escue r, Arguisal e Isún de Basa, mandaron construir de nueva planta una torre, rodeada de un alto muro, en el primero de estos lugares, tras los violentos enfrentamientos entre jacetanos y biesquenses, que afectaron a los pueblos de su señorío. En tomo a 1400 se construyó la torre de Larbesa, donde antaño había tenido posesiones el monasterio de San Andrés de Fanlo, para proteger a los campesinos y pastores del lugar.
En el siglo XVI fueron numerosísimas las torres fuertes erigidas en los pueblos del Norte de Aragón. La de Villacampa, en Laguarta, fue obrada en 1542 según la fecha del dintel. Poco después se construirían las de Orna -de los Ara-; Gillué -de los Villacampa de la Pardina de Orlato y Gillué-; Yéspola -de los Villacampa de Laguarta; Senegüé -de los Baguer, señores de la Honor de Senegüé- etc. etc.
Según se desprende de la lectura de casi la inmensa totalidad de las Ejecutorias de Infanzonía, la existencia de una "torre" -otras veces: "muro de castillo"- en la casa matriz, es indisociable de la condición nobiliario de este estamento. No parece necesario insistir en que se trata más de una fórmula, que de una realidad, pero en el territorio en que nos movemos se cumple en la mayor parte de los casos.
La torre era ante todo un edificio prismático rectangular, aspillerado, con muy pocas concesiones a lo tenido como supérfluo -cuya finalidad es concreta, aunque sirve de almacén y dormitorio-, que por lo general constaba de tres o cuatro plantas -también las había de dos, como Artosilla; o de seis, como se dice en los documentos de los Villacampa de Gillué-. La torre servía para defenderse, y, las más de las veces, también para vivir. Su enorme volumen se elevaba por encima de las humildes casas de las pequeña aldeas, dando testimonio de poder y de autoridad. En ocasiones se levantaba junto a ella un pequeño edificio de dos plantas, en el que instalaban la cuadra, en la pl anta inferior, y el hogar, en la superior, en el que se ubicaba la puerta principal, generalmente de medio punto, y surmontado sobre el trasdós de su arco, un pequeño escudo blasonado, con timbre de hidalguía, con las armas de la familia.
Los esquinazos son por lo general de sillería, muchas veces reducida al punto de apeo, la superficie visible, y a la arista, en tanto que los muros, en estructura de doble pared de sillarejo con relleno -según el método lombardo altomedieval-, apenas hacen concesión a la diferencia con los demás edificios del entorno. Las bóvedas, que sólo existen en contados edificios, realizadas con lajas de sección trapezoidal, también son reflejo del peso de la tradición altomedieval en estas aisladas comarcas. Por lo general se empleó el mortero de cal. Los mechinales se tapaban cuidadosamente con cantos rodados o con ripios.
Las torres de las que nos oc upamos, forman parte inequívoca de la edilicia, pero no son obras de autores conocidos, o cuyos rasgos de expresión exijan un reagrupamiento absolutamente externo a las limitaciones del simple concepto geográfico. Por eso parece conveniente aceptar el planteamiento inicial.
El territorio comprendido entre el Congosto de Santa Elena y la desembocadura del Guarga, es la zona más abierta de todo el Alto Gállego. Esto consigue poner en juego dos características contrapuestas, que no vienen sino a enriquecer y diversificar las tipologías arquitectónicas que estamos exponiendo: 1º) La escasa dificultad de acceso al territorio facilita la permeabilidad de la evolución arquitectónica de las zonas culturalmente más avanzadas; 2º) Esa misma facilidad de acceso hace que sus poblaciones sean más vulnerables, y por lo tanto se insista en no olvidar el sentido de la fortificación. Estas son las razones que hacen más atractivo el estudio de los edificios de este pequeño territori o, que el de otro más próximo o alejado.
Casi todas las torres fuertes levantadas en la comarca entre 1326, y los comienzos del siglo XVII -así como los campanarios fortificados; de los que no se va a tratar-, son edificios paralelepipédicos simples, de planta rectangular. Existen algunas excepciones a esta tipogía: La "casaza" de Oliván, en Javierre, anterior a la que ocupa actualmente esta familia, en forma de L, que se conserva en su integridad; la de los Ara, en Orna, con casa adyacente, la de los Sanz de Latrás, de corte palaciano, ya del siglo XVII, edificada sobre las ruinas de un ignorado castillo bajomedieval; y el Castillo de Larrés. Interiormente se dividen en varias plantas, con pisos olladeros; es decir con retranqueos -esto aligera el muro, conforme gana altura, lo que abarata los costos y aumenta la superficie-. Los más antiguos, como es el caso de la del Castillo de los Lanuza -antes de que fuera abovedada, en el siglo XVI-, en Escuer, apoyaban sus pisos en vigas de madera, con tablas. Tal es el caso de las torres de Osán y Sobás (esta última de una rama de la familia Villacampa), en la Val de Basa, construidas a fines del siglo XV; de la de Castillo Lerés, de los Otín; la de Latas, de corte palaciano (Con escudo acosado de los Oliván de Javierre, y de los Lanuza); la de Aso de Sobremonte (Casa Barón, con una pequeña bóveda, limitada al antiguo paso); y la de los Lacasa, en Espierre, con amplias bóvedas en la parte baja,÷noes½ ½st÷e÷½÷½÷a ½a½pequ÷ñ÷½t½rr÷½ rl nol n½roeste del edificio (Otra torre, en la esquina sureste, con planta baja abovedada, se hundió ya hace algunas décadas por culpa de una reparación defectuosa).
En el siglo XVI se erigen torres con la planta inferior abovedada, especialmente en zonas llanas, como la de los Baguer, en Senegüé, o la de los Lanuza del barrio de San Pedro, de Biescas. En la de Orna, la bóveda cubre la planta inferior de la casa, pero no la de la torre. La de los Acín, de Biescas, de 1580, cubre sus cuatro plantas integramente cubiertas con bóvedas. Las cinco plantas de la torre de los Lanuza de Escuer, quedaron reducidas a tres al abovedar el espacio con cantería, en los comienzos del siglo XVI -varias aspilleras quedaron inutilizadas-.
Algunos campanarios fortificados presentan el piso inferior abovedado por tratarse de dependencias eclesiales -sacristías-, como es el caso de Arto, Betés, Espierre y Latre, o cabalgar sobre la bóveda de la iglesia, como en Orna. Caso curioso era el de Gavín, abyectamente derribado por Regiones Devastadas, tras la guerra, cuyo campanario era una torre-puerta, con paso abovedado; y el de Barbenuta, inscrito en la planta de la iglesia.
El ingreso, y la comunicación entre las plantas, es otro capítulo inherente a la estructura. Las más de las veces, al contrario de lo que sucedía en las torres fuertes de los castillos altomedievales, las portadas no son estrechos vano s situados en altura, sino que bien al contrario, se ubican en la planta baja, dejando traslucir un cierto gusto por lo grandioso y llamativo. La torre de los Acín, de Biescas; la de Latas; la de Senegüé -tapiada-; la de Orna; y la nueva de los Oliván de Javierre, ofrecen magníficas portadas de medio punto. Otra muy pequeña, apuntada, hay en Escuer (donde también se abren puertas en altura para las balconadas corridas). La de Sobás es estrecha y adintelada. La de Osán, edificio con resabios góticos, es la única torre que tiene portada en altura, aunque naturalmente no puede verse más que desde el interior.
La comunicación entre las plantas se hacía con escaleras de madera, en casi todos los edificios reseñados, pero algunos llegaron a disponer de accesos de obra, que son una auténtica delicia arquitectónica. Destaca en primer lugar la torre de los Acín, que comunica todas sus plantas con un artificio intramural, inicialmente en recodo, y en su desarrollo final com pletamente paralela al muro sur. La de Orna reduce su curiosa escalera a la casa. En Escuer, la escalera que permite acceder la planta noble es exterior -es decir que se trata de lo que los documentos navarros del siglo XVI denominan "patin"-, lo que da cierta armonía y belleza al conjunto; algo parecido, aunque menos espectacular, debía de haber en la torre de Osán.
La tipología arquitectónica a la que nos estamos refiriendo, mantiene su simple volumetría de una manera constante -algo característico de la arquitectura militar-, y los paramentos prácticamente lisos, como si el paso de los siglos no le afectara. Por lo tanto hablar de "evolución estilística", es referirse a la concepción de los vanos, a su lectura, y a su distribución.
En las torres más antiguas, como la de Escuer -siglo XIV-, los únicos vanos, aparte de las aspilleras, eran las puertas (más tarde, cuando se abovedó, se construyó una ventana geminada en la planta noble) -tres de las aspilleras de esta torre son cruciformes-. Totalmente urbana, con hermosa ventana de parteluz cruciforme, todavía gótico, es la casa palaciana de los Lanuza del barrio de San Salvador de Biescas, labrada en el siglo XV por el mismo artífice francés que realizó las ménsulas de la capilla de los López de la iglesia de Sallent. La de Osán -siglo XV- tenía una hermosa ventana geminada de corte gótico -ahora se puede admirar en la iglesia-, que fue desmontada cuando se desmochó la torre (¡Porque le caían rayos!). La de Castillo Lerés, de comienzos del XVI, todavía muestra un pequeño vano geminado. Es en el mismo siglo XVI cuando se introducen los pequeños ventanucos adintelados -interiormente con posillos, siguiendo las normas al uso de la arquitectura tradicional del momento, en los vanos, y de la edilicia, en los asientos y arco rebajado sobre ellos-, como en Senegüé y Orna, y también una nueva tipología de ventanas más cercana a lo que podríamos d enominar "Renacimiento", que nos viene a indicar como es la "recepción" de la nueva arquitectura en estas montañas.
Estos vanos, de cierta amplitud, poseen dinteles y alféizares finamente moldurados que sobresalen de la superficie del paramento, invadiendo literalmente el espacio, y pilastras lisas, con apeos también moldurados, en las jambas. Estamos hablando de un cambio sustancial, que da un marcado toque palaciano a los edificios, aunque bajo algunas de estas ventanas se sigan construyendo dÿoriaorias aspilleras para armas de fuego, como en la casaza de Oliván -que por cierto es la única que tenía capilla-. El mecenazgo de tales realizaciones debemos atribuirlo a los Oliván de Javierre, puesto que se encuentra en las casas fuertes que esta familia tiene en esa población, y en la de Latas. La más antigua de las tres, en forma de L como ya hemos comentado, presenta varios vanos de este tipo en planta superior, todos ellos con aspillera en el antepecho. La de Lat as tiene sus cuatro vanos -fachada principal-, limitados a las dos plantas superiores, distribuidos ortogonalmente, respetando la alternacia lleno-vacío que exigía la arquitectura de los nuevos tiempos, en contra de la distribución en A ó V de la concepción gótica (como se daba en la torre de Osán - en V-, cuando tenía la ventana en su lugar original).
Muy pocos edificios conservan los hogares que evidentemente tuvieron, pero por fortuna han llegado intactos hasta nuestros días los de las casas de los Lanuza de San Salvador, de corte francés, con hojarasca flamígera, y perros, en sus mensulones, y los dos superpuestos de la torre de los Acín también de corte francés; todos ellos en Biescas.
No hay datos sobre las mismas. Quedan restos de estuco en lo que se sabe era la capilla de la Casaza de los Oliván de Javierre.
Dentro de la monotonía que puede representar una volumetría tan poco maleable, cual es la de los edificios fortificados de simple torre -su única concesión en este sentido serian los tejados a dos o cuatro aguas-, éstos que acabamos someramente de analizar constituyen toda una lección de dinamismo arquitectónico, que pone en evidencia la permeabilidad y sensibilidad de una clase -los infanzones con más hacienda; pues no debemos olvidar que los había hasta pobres de solemnidad-, y su gusto por lo bello. Si analizamos las torres fuertes existentes en el entorno, es fácil comprobar que tal evolución y riqueza no se da más que en el entorno de la ciudad de Jaca, donde compiten comerciantes e infanzones -torres del Merino, Larbesa, Araguás, Boalar de Atarés, etc.-, y quizá, de forma más discreta en el Valle de Tena, donde la influencia del sur de Francia es patente -Lanuza de Casadios, en Sallent, Tramacastilla y Bubal (desaparecido el ventanal de parteluz cruciforme)-. Lejos en el tiempo parecen quedar las austeras construcciones de la Guarguer a, Val de Avena, o los restos de la torre de Javierrelatre, territorios colindantes con la zona que nos ocupa.
En resumen: las torres construidas en la etapa considerada muestran claramente en su estética -y a veces en su aparejo; no debemos olvidarlo- la época de su construcción. Menos quizá en su simple estructura, que permanece constante, con las excepciones indicadas de escaleras pétreas.